sábado, 12 de enero de 2013

Si el diablo te ata, adiós a tus bellísimos rizos y bucles

Mateo 12: 29
"¿Cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes si primero no le ata?".

El hombre fuerte aquí es el diablo. Si primero no se le ata, o sea, si Cristo primero  no lo ata limitándole el poder no se puede vivir como cristiano. Eso implica que uno adquiere el dominio sobre sus pensamientos y acciones, ahora se enseñorea sobre su estómago, sus manos, pies, ojos y sexo; o sea lo “pone por servidumbre”; el diablo es echado del cuerpo y éste se espiritualiza y se convierte en un templo.

Pero como el cuerpo es un cuerpo de muerte y nació en pecado, y como ha vivido tanto tiempo bajo su dominio no es fácil identificar si una tentación es solamente orgánica o de los dos, aunque ella por sí sola hace las obras de él. El cuerpo es para el Señor (1Co. 6: 13), y para sacar al diablo primero tiene que entrar Cristo no sea que el diablo de alguna manera salga, por métodos humanos, y retorne hallándola “vacía” y la persona se ponga peor (12: 43-45). Tiene que entrar primero la verdad porque por medio de ella “el Hijo nos hace libres” (Jn. 8: 32, 36). 

Cuando se dice que los glotones, los borrachos, los fornicarios, adúlteros, avaros, no entrarán al reino de los cielos (Luc. 21: 34; 1Co. 5: 11); no es por capricho o por razones éticas sino porque la persona no ha sido desatada “en la tierra” y por lo tanto no se le ha concedido ninguna gracia en el cielo (Mt. 16: 19). El alma sola no hereda el reino de los cielos sino con el cuerpo. El glotón no tiene dominio sobre su apetito, el avaro no domina su ambición, el fornicario no puede romper, o santificar esa relación a la cual le llama "vivir en pareja". La falta de autoridad sobre el cuerpo es una indicación que no se han recibido los poderes del siglo venidero. Cuando Pedro menciona la lista de cosas que pertenecen a la vida y la piedad y las que hay que añadir a la fe, menciona el “dominio propio” o templanza (2 Pe. 1:5,6). Volviendo al texto inicial, procura que el diablo no te amarre algo, ya sea las manos para que no puedes alzar las sin ira y contienda, o los pies para que no sigas por el camino estrecho y en tierra santa, porque si el diablo te ata, ya te puede como a Sansón cortar las guedejas, y adiós a tus bellísimos rizos y bucles.