lunes, 28 de marzo de 2011

Una defensa a la saliva


Marcos 8:22-26

22 Vino luego a Betsaida; y le trajeron un ciego, y le rogaron que le tocase. 23 Entonces, tomando la mano del ciego, le sacó fuera de la aldea; y escupiendo en sus ojos, le puso las manos encima, y le preguntó si veía algo. 24 El, mirando, dijo: Veo los hombres como árboles, pero los veo que andan. 25 Luego le puso otra vez las manos sobre los ojos, y le hizo que mirase; y fue restablecido, y vio de lejos y claramente a todos. 26 Y lo envió a su casa, diciendo: No entres en la aldea, ni lo digas a nadie en la aldea.



No tiene sentido explicativo la forma en que Jesús escoge crearle la visión a este ciego si no es para ilustrar el trato que recibe el yo cuando un pecador es llamado al arrepentimiento. El Señor toma de la mano a un hombre ciego en este mundo, lo saca del grupo para a una relación privada y le dice solito en la cara cosas que si no le sacan los colores lo dejarían pálido de vergüenza. Jesús le pone a prueba su orgullo, y si le parece poco, su altanería humana, que como si las pisoteara, las escupe a ambas, para que empiece viendo hacia dentro antes que hacia afuera. Esas dos características que son propiedades del yo no pueden ser removidas sino con el clarísimo desprecio de Cristo hacia ellas.



El grupo de amigos que se queda lejos no se enteran de lo que pasó en su cómo ver las cosas, pero el hombre vuelve a ellos cambiado, mirando derecho, pero sin ellos saber cómo fue; él no se los dice y le da vergüenza decirlo, el mal rato que Dios le hizo pasar, y ni lo suponen porque aunque llega contento, está pensando que como vivía debió darle a Jesús asco, y lo desagradable que había sido su conducta para el paladar divino.



En esa actitud, dolorosa para su yo, permanece por un tiempo en su primera etapa de apertura espiritual cuando empieza a mirar lo que palpaba con sus manos, una confusa masa de sombras y luces con árboles andantes en semejanza de seres humanos. Pero eso le da ánimos porque si bien no ve como quisiera, ya paladea algo de lo que es ser hecho vidente por Jesús que lo está salvando de su congénita ceguera, y aunque así se quedara estaría conforme porque ya no viviría más en tiniebla total. Sin embargo no ocurrió de ese modo, con esperanza puede esperar que “el que comenzó la buena obra la continúe”, y con un poco de paciencia llegue a la sanidad completa, olvidado ya del deshonor de la escupida que no tuvo que quitársela con la mano porque fue medicina.



Y como lo deseaba, Jesús no dejó su trabajo a medias, dándole tiempo a que su orgullo se repusiera, o mejor dicho se evaporara con el esputo, y entra en la segunda etapa donde por fin su ojo se llena de luz (Mt. 6:22), prosigue evolucionando en pareceres, opiniones, gustos y comportamientos, hasta la restauración completa y la percepción sin equivocaciones, de todas las cosas. El primer rostro que ve es el de Jesús y la mano benigna que saluda amiga a publicanos y pecadores, y la boca llena de gracia y verdad que escupió para salvación su ceguera; y se sonríe ahora pensando que si le pareció que escupiéndolo lo tenía en poco fue porque lo tenía en mucho, y lo que escupió no fueron sus mejillas sino su ceguera, su ignorancia, su incredulidad carnal, no su cara.



Su caso fue anecdótico mostrando a quien se lo contara cómo se obtienen un par de ojos para ver, y que el yo tiene que pagar de su bolsillo la cuota de humillación que exige la Deidad, y aprender en esos inicios de la vida cristiana que si se queda en su puesto tiene que bajar su rostro, o mejor aún, esconderlo porque si alza su barbilla otra vez, se expone a que le tiren desde el cielo una saliva.

jueves, 24 de marzo de 2011

Una lengua húmeda con la saliva de Jesús


Marcos 7:31-37


31 Volviendo a salir de la región de Tiro, vino por Sidón al mar de Galilea, pasando por la región de Decápolis.32 Y le trajeron un sordo y tartamudo, y le rogaron que le pusiera la mano encima.33 Y tomándole aparte de la gente, metió los dedos en las orejas de él, y escupiendo, tocó su lengua; 34 y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: Efata, es decir: Sé abierto. 35 Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien. 36 Y les mandó que no lo dijesen a nadie; pero cuanto más les mandaba, tanto más y más lo divulgaban. 37 Y en gran manera se maravillaban, diciendo: bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar”.


Este hombre no era totalmente mudo, la palabra que el evangelista utiliza quiere decir sólo que tenía dificultad para hablar, cierto impedimento. Lo que sí era sordo, y ya eso era suficiente problema para poder hablar porque no escuchaba lo que otros decían ni tampoco su voz. En la práctica era sordomudo. A juzgar que cuando fue sanado inmediatamente comenzó a hablar bien (v. 35), indica que su problema no era innato, y eso quiere decir que se quedó sin la audición en algún momento de su vida. Lo que pudiera ser de nacimiento es su tartamudez. Es curioso y es importante el hecho que este hombre no vino a Jesús por iniciativa propia, sino que otros lo animaron y lo acompañaron para que pidiera su sanidad (v. 32). Serían sus buenos amigos o parientes, que no imaginaban el bien que le estaban haciendo al reino de los cielos.


Este milagro Jesús prefirió hacerlo en privado, supongo que para no incrementar su popularidad (v. 33); la forma de hacerlo usando su saliva es similar a las de otras veces (8:23; Jn. 9:6). Parece que aquí escupió su dedo y con el tocó la lengua del tartamudo. Indicando con eso que cualquier cosa que salga de él es santa y trae bendición. Y este hombre en especial será bendecido. Si hay sanidad en su saliva ¿no la habrá en su sangre y en su palabra? Por supuesto que mucho más.


Hay algo que es un poco diferente a otras señales que él hizo, no realmente que haya levantado sus ojos al cielo, pues se supone que a menudo lo hacía cuando oraba. Lo diferente es que quisiera como taladrar sus oídos con sus dedos, y más que eso el hecho de que acompañara su súplica al Padre con un gemido (v. 34) o "suspiro".


Éste es un milagro como si lo hubiera tomado de forma personal y le costara trabajo y fuera difícil, o lo hiciera sufrir, y de forma especial intercediera por el tartamudo. Ese gemido es lo más importante que ocurrió en esa escena, y es la transmisión audible en el Espíritu Santo, de todo lo que sin palabras quiso decirle a Dios. Si de esta forma tan profunda oró por este hombre es que el caso de él presentaba obstáculos a la manifestación de la gracia divina, y percibiendo el Señor tal impedimento, no físico sino espiritual, moral, lo cura de un modo especial, horadando sus oídos y poniendo su habla en la de este mudo.


Recordando que este hombre no llegó a Jesús por su propia iniciativa sino que parece que lo animaron y un grupo lo trajo, y después del tratamiento que recibió que ya he descrito, este señor pudiera haber sido incrédulo, y la forma de sanidad que le aplican y los suspiros que saca del pecho del Maestro, fueron aplicados para convertirlo en creyente y que saliera de aquel lugar convertido en un hombre diferente. Así que lo de la saliva y los dedos conjuntamente con la opresión en el pecho de Jesús cuando oraba por él, son los esfuerzos del Salvador para hacer discípulo a este caballero que vino incrédulo y se fue creyendo. Lo único que se dice después de su recuperación fue que "hablaba bien" (v. 35).


Expresamente no le dijo que no testificara de lo que había Dios hecho con él, eso se lo dijo a los acompañantes (v. 36); de él sólo se dice que le soltaron la lengua y recuperó el habla. Yo me imagino, y es sólo una imaginación que habría cierto ministerio para este hombre que podría usar sus oídos y su oratoria en predicar "bien" de lo que había visto y oído.


Sólo me resta una cosa, el hecho de que esta palabra caldea, "efata" hubiera sobrevivido por mucho tiempo y la gente la recordara de tal modo que el apóstol Pedro y Juan Marcos las repiten aunque tengan que traducirla (v. 34). Algo así ocurrió con la frase "talita cumi” o "niña a ti te digo levántate" (5:41); y eso especialmente dentro de los oyentes de la circuncisión a quienes ministraba el apóstol Pedro, porque para un auditorio mayormente gentil el evangelista Lucas (8:54), escribe la traducción sin mencionar la palabra aramea. Así que "efata" fue popular dentro de los judíos; y eso tiene que ocurrir principalmente si el que recibió la sanidad por medio de ella la repetía ocasionalmente, porque con una sola palabra recibió los dones de la gracia.


Después de haber especulado un poco, si mi suposición tiene algo de cierta, este hombre fue uno de los constantes voceros de su milagro, es decir un cierto predicador voluntario, y que su ministerio de la Palabra (indicado por la saliva de Jesús y los oídos abiertos) costó a nuestro Señor tanta intensidad en su oración y suspiros, para que tuviera bien abiertos los oídos y una lengua desatada de la incredulidad, y húmeda siempre con la saliva y las palabras de Jesús.

No he dicho que Jesús es calvinista

Marcos 7:14-23
(Mt. 15:1-20)
14 Y llamando a sí a toda la multitud, les dijo: Oídme todos, y entended: 15 Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al hombre. 16 Si alguno tiene oídos para oír, oiga. 17 Cuando se alejó de la multitud y entró en casa, le preguntaron sus discípulos sobre la parábola. 18 Él les dijo: ¿También vosotros estáis así sin entendimiento? ¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar,19 porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos. 20 Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. 21 Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios,22 los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez.23 Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre”.

Jesús enseñó, aun teniendo en cuenta su amabilidad, la total corrupción del corazón humano, aunque cause náuseas y humillación. Según la realidad de como nos miraba por dentro, lo que metemos y sacamos, “la jactancia queda excluida”. Una religión humana que abarque sólo formas, comidas, días festivos, y ritos o cumplimientos de deberes, puede convertir a sus seguidores en arrogantes, pero jamás el evangelio de Jesucristo. Las buenas nuevas de la gracia anunciadas por él no se encuentran en una teología adulona que suaviza la catástrofe que produjo la caída de Adán, y dice hallar dentro del corazón del hombre alguna cosilla que haya quedado sana.
Jesús no dibujaba de forma romántica el corazón humano sino más bien como algo peor a un depósito de excrementos, o un lugar árido y apartado que es lo que la palabra letrina significa. Los predicadores de teología arminiana pudieran horrorizarse al escuchar de los mismos labios del Salvador de ellos, que la mente humana hiede (el corazón, la carne, como quiera llamarle), que está completamente infestada, y que la ley de Moisés o cualesquiera otros mandamientos humanos son ineficaces para extirpar del interior de todos los hijos de Adán esos vicios y malas inclinaciones, y enderezar social y espiritualmente la conducta.

Si la evangelización de los pecadores no se aproxima a ellos con esta situación en mente, sus logros serán superfluos. La evangelización y la santificación de la iglesia deben enraizarse en la realidad que ante Dios el corazón humano está perdido, por todas esas acusaciones que Jesús le hace. La conducta humana lo que necesita es un trasplante de corazón, o una metamorfosis, lo que se llama una regeneración, la hechura de Dios de una nueva criatura.
Queda claro que la oposición de Jesús a que se enseñen mandamientos humanos, que busca darle rodeos a una total perdición, en vez de la Palabra de Dios, se debe a que se hacen nulos los resultados para los cuales Dios la envío. Invalidar el mandamiento de Dios significa no sólo una sustitución del mismo, sino que es un equivalente en resultados a dejar la personalidad humana intacta y sin cambio. Lo único que puede penetrar el corazón endurecido por el pecado humano y llegar hasta sus íntimos pensamientos y los tuétanos, es la palabra de Dios.

La imagen fotostática que Jesús hace del corazón del hombre no es de un órgano enfermo sino más bien muerto y que hiede, y todas esas cosas que menciona, malos pensamientos, adulterios, homicidios, avaricias, envidias, soberbias, cosas que se execran, son evidencias de su total descomposición. La forma de la religión solamente pule el sepulcro pero no lo limpia por dentro. Si algún escritor dijera en su ardor doctrinal que Jesús era calvinista, sería un horrible fanático, pero sí es correcto si dice que así de ese modo, con una depravación total, explica el corazón el calvinismo. Si alguno anda buscando de dónde el apóstol Pablo, cuyos escritos son el cristianismo, de dónde sacó su doctrina que el hombre nace muerto en delitos y pecados (Efe. 2:1-5), tiene que pensar que el evangelio que Jesús le reveló, y no hombre, no fue otro que éste, que el hombre necesita un corazón nuevo porque ese heredado del viejo Adán, no sirve (Ga. 1:11-12). Y no me confunda, no he dicho que Jesús fuera calvinista sino que nuestra teología es la misma.

lunes, 21 de marzo de 2011

No olvide tomar sus medicinas

Salmo 38:2-8

Mis llagas hieden y supuran”.



Esto parece referirse simbólicamente a las heridas hechas por el látigo de Dios por causa del pecado. Las voy a tomar con un poco de libertad. No hay indicación en la Biblia que todas las enfermedades procedan por la acción de algún espíritu maligno ni que sus curas sean expulsarlos del cuerpo; lo que sí consta es que los profetas aunque obraban milagros usaban medicinas por recomendación del mismo Dios, por ejemplo higos (Isa. 38:21) como ocurrió con la enfermedad del rey Ezequías. El apóstol Pablo es otro ejemplo de este mismo tipo de obrar, recomendó vino como medicina a Timoteo como un modo de aliviarse de su enfermedad estomacal (1 Ti. 5:23); y otras muchas recetas sabría de su amigo y médico amado, Lucas (2 Ti. 4:11).



La consulta de los enfermos a los médicos no es algo que la Biblia desaprueba y mucho menos la utilización de las medicinas que ellos recetan. No encontraban ninguna contradicción entre orar por los enfermos y comprar alguna receta médica. Eso es importante para aquellos que creemos que Dios lo mismo obra por medio de un milagro, sin la intervención de un tratamiento farmacéutico, que por medio de cirugías, operaciones, amputaciones, quimioterapias y medicinas hechas en laboratorios. Los conocimientos que los hombres adquieren son porque Dios los enseña o les da la capacidad para que los adquieran, que es lo mismo.



El adelanto de la ciencia lo miro como una bendición del Señor y no como una señal demoníaca; como una manera que ha tenido de usar su misericordia extendiéndonos la vida y haciéndonos más humanos por medio de la medicina. En una época como la bíblica, de tanto atraso en higiene, salud, cuando la ciencia de los galenos estaba en pañales, y era más brujería que ciencia, curarse de cualquier enfermedad casi era un milagro y por ende el único remedio que existía para no morirse por un catarro era orar por los enfermos. La gente sufría muchísimo con cualquier enfermedad, sin aspirinas, y por eso se les llamaban enfermedades o dolencias (Sal. 103:3). ¡Qué bendición ha sido el descubrimiento de los anestésicos!



Hay enfermedades que nos dice que tienen un origen espiritual, que son los demonios los que la producen, con síntomas muy parecidos o los mismos de las que hoy se conocen como males de tipo orgánico; por ejemplo, la epilepsia. Un niño echa espumarajos por la boca, quizás intenta suicidarse (lee la descripción, Mr. 9:14-29). Sabemos que éste niño era además de epiléptico, endemoniado, o que el demonio provocaba su epilepsia; pero no quiere decir que todos los endemoniados eran epilépticos ni todos los epilépticos endemoniados. En tiempo de Jesús no se conocían los virus, los parásitos, etc. y las enfermedades solían describirse espiritualmente, sin que se adjudicaran a algún espíritu inmundo.



La mujer sanguinolenta que tocó el manto de Jesús declaró que había sufrido mucho con los tratamientos de los médicos y gastado todo su dinero, no en hechiceros. Lucas el médico, narrando como Jesús sanó a una mujer encorvada dijo que tenía espíritu de enfermedad; alguna versión dice que “causada por un espíritu”, pero es más interpretación que traducción. No hizo mención a la expulsión de algún ser inmundo sino que simplemente narra su curación (Luc. 13:11). Por eso pienso que se ha metido muchísima superstición ignorante dentro de la religión cristiana moderna y bien agradecemos a la ciencia que colabore con el evangelio para echarla afuera.



Por otra parte, la Escritura enseña que la iglesia cristiana, lo mismo que los santos del antiguo pacto, solían pensar que ciertas enfermedades tenían alguna relación con el comportamiento moral de la persona y la acción de Dios. No todas, pero sí, había la posibilidad de que el mal que alguien sufriera tuviera que ver con sus pecados, bien como una consecuencia moral o como un castigo de parte de Dios, señalando su juicio. En ese caso, si la enfermedad era repentina e incurable, los hermanos veían el juicio sobre el impío, si se trataba de un hermano, se pensaba que podría haber pecado y oraban para que les fuesen perdonados y devuelta su salud (Sgo. 5:14,15). De todos modos, cuando nos enfermamos es bueno hacer reflexiones y juzgar moralmente nuestros pasos, meditar en el uso que estamos haciendo de nuestra salud, la transitoriedad de la vida y la preparación espiritual para morir. Y no se olvide tomar las medicinas.