miércoles, 29 de junio de 2011

No para saludar a Jedutún


Salmo 27:4
“Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida para contemplar la hermosura de jehová  y …para inquirir en su templo”.  


Literalmente significa arar, romper (la tierra); en este caso investigar, escudriñar (se), penetrar dentro de lo profundo de Dios y de su corazón. Pero también es admirar (a Dios). Lo que pides a Dios búscalo; las bendiciones que quieres, trabaja por ellas.

Y ¿qué pide? Gastar más tiempo en la casa de Dios; no recortar el tiempo a la adoración para ocuparse en los compromisos reales de palacio, administración, la guerra, la economía, la diplomacia, sino quitárselo a todo ese trabajo para dedicarlo totalmente a la adoración. No quiere trabajar seis días y reposar uno para consagrarlo a Jehová, sino reposar y consagrar a él los siete, la semana entera, el año completo, su vida.

¿Cuándo tú lees que David esté dedicado a un día semanal? Para dos cosas quiere hallarse en la casa de Dios. Para contemplar la hermosura, no del templo, sino de Dios, no del coro ni para saludar al director su amigo Jedutún, sino para cavar. ¿Tendría visiones espirituales? Él nunca las menciona aunque era un hombre espiritual. Para él Dios se le revelaba por su Palabra; lo contemplaba no con sus ojos sino con su Espíritu.

Así iba al templo para tener una aproximación a la realidad de Dios, para tener la delicia infinita de sentirlo cerca. Llevaba al tabernáculo todas sus preguntas y luego se marchaba respondido en todo o esperando la respuesta sobre lo inquirido. Contemplar a Dios es vivir la experiencia de sus virtudes, de su amor, de su sabiduría, de su belleza espiritual de la cual el mundo es una copia. ¡Oh, qué  experiencias en la casa del Señor!

domingo, 26 de junio de 2011

Las cosas difíciles del Padre Nuestro


 Lucas 11:5-13
5 Les dijo también: ¿Quién de vosotros que tenga un amigo, va a él a medianoche y le dice: Amigo, préstame tres panes, 6 porque un amigo mío ha venido a mí de viaje, y no tengo qué ponerle delante; 7 y aquél, respondiendo desde adentro, le dice: No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis niños están conmigo en cama; no puedo levantarme, y dártelos? 8 Os digo, que aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite. 9 Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. 10 Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. 11 ¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente?  12 ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? 13 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?


Las cosas del Padre Nuestro necesitan acumular mucha oración. Esto que sigue es una ilustración sobre lo enseñado en el Padre Nuestro, y el énfasis en la paternidad divina aquí se perpetúa y se ve en el hombre que duerme con sus críos y es despertado por los golpes en la puerta.

Por supuesto que el amigo que toca la puerta de otro tan tarde, molesta a esa hora, es inoportuno. No se va a casa de nadie a altas horas de la noche cuando todos descansan del fatigoso día. Particularmente esto es aplicable a la intercesión. El amigo que llegó a esa hora fue por su extravío, perdió el camino y desorientado se acercó a pedir ayuda, a un hijo de Dios. Como Jesús está hablando de gracias  espirituales, ilustra que cuando se piden bendiciones del Espíritu Santo para un amigo, un extraño o un familiar extraviado, no se está pidiendo poca cosa; se está solicitando a Dios que bendiga a una persona que porque quiso “se apartó por su camino” (Isa. 53:6 ) y  no merece ni un mendrugo de misericordia.

Jesús quiso animarles a usar esa clase de oración y que pusieran en ella los mismos sentimientos que pondrían por un hijo hambriento, digamos, extraviado.

Con menos sentimientos que estos familiares, la oración no está completa y carece de calidad. Hay que amar mucho para orar bien. El ejemplo es triple porque el susodicho e inesperado visitante solamente puede esperar cosas malas, tres maldiciones y no tres bendiciones. Sin embargo Jesús les dice que rueguen por él como si fuera un hijo propio, y Dios sin preguntar nada por causa del amado intercesor le dará todo lo que le pida. ¿Si un hijo le pide pan, pescado y un huevo se lo negará? ¿O en su lugar le dará algo que le haga daño, una serpiente, un escorpión o una piedra?”. No, Dios ama a los intercesores y para ellos y pueden esperar bendiciones atesoradas, las “cosas buenas” del Espíritu Santo (v.13; Mt. 7: 11).

Si piden una vez y parece que no oye, pedirla otra vez, y si tampoco da nada, pedirla una tercera, no porque no haya oído sino porque “no está bien el pan de los hijos echarlo a los perrillos”, y el favor que se solicita es altamente inmerecido, difícil de obtener pero no imposible. Hay un toque final que abre la  puerta. Cuando se nos hace esperar no pensemos que molestamos al Maestro (Luc. 8:49), él no está dormido ni con niños a su lado porque “no se adormece el que vela por Israel” y siempre contesta cuando se le pide ayuda  para hacer su voluntad, ganar el pan de cada día (encontrar empleo), perdonar lo que debemos, lo que nos deben y las malas decisiones de los descarriados; o sea, las cosas difíciles del Padre Nuestro.


jueves, 23 de junio de 2011

El gusto por la palabra de Dios


Lucas 10: 38-42
 38 Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. 39 Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. 40 Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. 41 Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. 42 Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.


Quizás el propósito principal de este relato sea indicar la clase de hospitalidad que Jesús prefería, cuando el mayor tiempo de estancia en una casa era dedicado a escuchar sus estudios, sobre otras cortesías. En sentido general casi siempre fue así, porque los hogares que visitaba se volvían centros de predicación y milagros. El Señor recomienda la actitud de María, que sentada a sus pies escuchaba y aprendía (Hch. 22: 3), y eso como se piensa, que Marta parece la dueña de la casa (v. 38), y que era viuda acompañada por su hermana María y su hermano Lázaro.

María, cuando la hermana le pidió que viniera a darle una mano en la cocina, no le hizo caso ni desvió la atención de lo que estaba escuchando. No sentía que su ministerio fuera menos importante al de su hermana. Entonces Marta se dirige a Jesús, que había oído cuando le dijo que "se saliera del culto" o que “no hubiera ido a la iglesia”, y se imaginó que el Señor respaldaría su deseo diciéndole, "María, vete que tu hermana te necesita", y como no fue así, no se contiene y se dirige al Señor con un modo inapropiado (v. 40).

Se acercó a la sala porque María continuaba haciendo de oídos sordos a las interrupciones que le hacía desde la cocina. Jesús, con doble énfasis coloca a Marta, Marta, en su sitio porque era mucha Marta, y deja a María en el suyo. Le responde que él se conformaría con menos cosas de las que ella estaba preparando, dándole a entender que si reducía su agenda y achicaba el menú, tendría tiempo para sentarse al lado de su hermana. La anfitriona estaba perturbada con exceso de trabajo (una especie de workaholic; obsesionada con el trabajo) y Jesús le dice que si hiciera menos cosas, no más de lo que él prefería, cumpliría bien con su vocación y estaría más tranquila, con menos estrés, más contenta con su hermoso trabajo, haciéndolo para la gloria de Dios, menos disgustada en la casa y en la iglesia con las preferencias bíblicas de su hermana, y con Lázaro que brillaba por su ausencia. 

María no siempre tendría esa oportunidad, de tener en su casa a tan distinguido maestro y antes que se fuera a otro lugar, consumía todo el tiempo posible en aprender y ser edificada, y Jesús estando de acuerdo con ese deseo le dijo a la cocinera que no contaran con él para quitarle a su hermana el gusto por la palabra de Dios.

domingo, 19 de junio de 2011

Nuestra fe es una decisión divina

Lucas 10:21-24

(Mt. 11:25-27; 13:16-17)
 21 En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. 22 Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. 23Y volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis; 24 porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.


Pregúntele a un viejo creyente en Dios y en Jesús si se arrepiente de ser llamado cristiano, y le dirá con una sonrisa en la boca que jamás. Los discípulos pudieron saber que Jesús estaba contento, quizás no porque sonreía sino por su alabanza a Dios, y el tono exaltado de sus palabras. Dice la historia que Jesús “se regocijó en el Espíritu”. En su oración se refiere a los ignorantes y estudiosos, a los hombres de libros y a los que no habían ido al colegio, a los rabinos, escribas y fariseos y a los pecadores y publicanos. A estos últimos se les reveló Dios mientras que a los otros no.

¿Por qué escondió la verdad a los cultos y se la dijo a los sin letras y del vulgo? (Hch. 4:13). No hay mejor lenguaje que el usado por Pablo, “por el puro afecto de su voluntad” (Efe. 1:5), o como él mismo dijo “sí Padre porque así te agradó”, sin mencionar que haya sido porque viera algo bueno en cualquiera. Por eso hemos venido a ser creyentes, no porque tengamos diplomas sino porque agradó a Dios dársenos a conocer y enseñarnos a su Hijo, y a su Hijo le agradó lo mismo, enseñarnos teología.ijH

Y eso es motivo de gozo, saber que el Padre y el Hijo hablaron sobre nosotros y estuvieron de acuerdo que llegáramos a conocerlos. Y si nuestra fe es el resultado de la decisión de ellos, no es de nosotros, es una revelación; y como dice, “a quien el Hijo lo quiera revelar”, es un don que se da, una luz que alumbra. Y esa revelación cristiana de Jehová, el Padre de nuestro Señor Jesucristo estuvo escondida mucho tiempo, y al darla Jesús a conocer parece otro. Ese es el verdadero Dios y la vida eterna (1 Jn. 5:20).

No hay otra explicación para nuestra fe que la soberanía de Dios, y hemos llegado a ser creyentes porque a él le plugo, por su voluntad y no la nuestra. La misma voz que nos llamó, otros no la entendieron (Hch. 22:9), cuando Dios nos abrió el corazón para que estuviéramos atentos otros se aburrían o se dormían (Hch. 16:14), veíamos y oíamos y otros estaban ciegos y sordos, respirábamos como un perfume de vida el conocimiento de Cristo y para otros fue como un olor de muerte (2 Co. 2:16), la misma palabra por la cual nos concedió arrepentimiento a otros los endureció (Ex. 7:13), en fin, a nosotros nos amó y a otros aborreció (Ro. 9:13), no porque seamos mejores, tal vez en ocasiones peores, sino por su amor soberano.

Y si Jesús se regocijó porque Dios nos haya preferido (2 Sa. 6:21), nosotros también tenemos motivos para estar contentos, al ver lo que otros no ven, entender lo que otros no entienden, perseverar cuando otros caen, proseguir mientras otros se vuelven, y creer lo que otros rechazan. Y esto no porque seamos inteligentes o virtuosos sino privilegiados, porque así agradó al Padre y al Hijo, y nuestra fe es una decisión divina.

viernes, 17 de junio de 2011

Una doctrina para vivir y morir


Efesios 1:7-12
“7 En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados  según las riquezas de su gracia, 8 que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, 9 dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, 10 de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra. 11 En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, 12 a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo”.


No fue Calvino quien inventó la palabra predestinación, tampoco Agustín obispo de Hipona. Las palabras elegidos y predestinación son acuñadas por el apóstol Pablo, salieron de su puño y letra y encontradas en las epístolas firmadas con su nombre. Ese sistema de doctrinas llamado calvinismo no es otra cosa que paulinismo, y tampoco es paulinismo porque se hallan en los sermones de nuestro Señor Jesucristo. Ninguno de los inveterados enemigos del apóstol Pablo objetó contra esa palabra ni lo acusó de herejía, porque aún ellos creían en la predestinación y en la elección para salvación, demostrada en la misma elección de la nación de Israel. El seno de la predestinación está lleno de consuelo para los santos, y les asegura que sus vidas tanto en las mejores y peores condiciones, están supervisadas por Dios y que ninguna cosa buena o mala podrá tocar uno solo de sus cabellos sin su autorización. Es decir es una doctrina para vivirla y morir en ella como lo describen en todas las biografías de Calvino.


"Cuando el fin de su vida se aproximaba, Calvino enfrentó su muerte como hubiera enfrentado el púlpito-con gran resolución. Teocéntricamente, y eso se ve en la fe que muestra cuando escribe su última voluntad en su testamento, que fue dictado en el 25 abril de 1564:

‘En el nombre de Dios, yo, Juan Calvino, siervo de la Palabra de Dios en la iglesia de Ginebra... doy gracias a Dios que él no sólo ha mostrado su misericordia hacia mí, siendo una pobre criatura, y... me ha soportado en todos mis pecados y debilidades, pero algo mucho más que eso, porque me ha hecho portador de su gracia para servirle por medio de mi labor... yo confieso vivir y morir en esta fe que él me ha dado, de modo que no tengo otra esperanza ni refugio que su predestinación sobre la cual descansa enteramente mi salvación y en la cual está fundada.

Yo abrazo la gracia que me ha ofrecido en nuestro Señor Jesucristo y acepto los méritos de sus sufrimientos y muerte, por medio de la cual todos mis pecados han sido enterrados; y con humildad le ruego a él que me lave y me limpie con la sangre de nuestro gran Redentor... De modo que yo cuando le vea sea hecho conforme a su semejanza. Además declaro que me he esforzado en enseñar su Palabra sin contaminación y he expuesto su Santa Escritura fielmente, de acuerdo a la medida de la gracia que él me ha dado" (Citado en The Expository Genius of John Calvin, por Steven J. Lawson, pag. 17).


"El final fue tranquilo. Me avisaron con urgencia, dice su historiador y amigo Beza, corrí hacia su casa tan rápido como pude, acompañado por otros hermanos, pero encontré que ya Calvino había entregado su último aliento. Murió sin tener en sus labios alguna palabra de queja ni siquiera sin hacer algún movimiento sino más bien como alguien que se ha entregado a un profundo sueño. Probablemente la causa de su muerte fue producida debido al mal funcionamiento de sus riñones con piedras. Que Calvino haya muerto en paz fue una señal de que había vivido bien. De forma similar en 1546 se tomó una mascarilla de rostro de Martín Lutero para demostrar que al final de su vida no se había entregado a la muerte gritando como un alma que se la llevan los demonios según sus oponentes católicos habían predicho. Morir tranquilo y bien significa estar preparado suficientemente en oración, arrepentimiento y toda clase de confesiones".

"El desgaste diario de su trabajo estaba teniendo un terrible efecto sobre su composición física haciéndole muy difícil llevar su carga. En adición a las migrañas que padecía y problemas intestinales que plagaron siempre gran parte de su vida adulta, Calvino sufría de gota reumática. El exceso de ácido úrico enfermaba su vejiga de lo cual hace mención en sus cartas. Su victoria política no lo libró de sus dolores físicos; comenzó a sufrir fuertes sudores durante la noche que le producían tos y sangre, indicando su tuberculosis pulmonar. Y todavía la cosa se puso peor. Sus heces fecales estaban llenas de parásitos y lombrices lo cual le producía aún más pérdida de sangre y lo dejaban exhausto y anémico. Tanto la tos como su fatiga física frecuentemente le hacían imposible dictar sus cartas o tratados y esto por semanas y aún por meses. Comía poco, casi siempre una sola comida al día y frecuentemente ayunaba, todo lo cual contribuía a su desgaste físico. Los amigos de Calvino lo describían casi como solamente piel y huesos". (Calvin, Bruce Gordon, pag. 278, 279, 333,334).

Como dijo en su testamento, “yo confieso vivir y morir en esta fe que él me ha dado, de modo que no tengo otra esperanza ni refugio que su predestinación sobre la cual descansa enteramente mi salvación y en la cual está fundada”.