sábado, 31 de mayo de 2014

Dejen a María en su casa, no la pongan en un altar




Juan 19:26-27
"26 Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. 27 Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa".


Juan es el autor de este evangelio sin embargo cuando se refiere asimismo no dice "yo Juan el que escribí este evangelio", eso lo dice cuando escribe las visiones de Apocalipsis para significar su destierro y porque la naturaleza misma simbólica del libro necesitaba el nombre apostólico. Aquí pudo haberlo hecho sin embargo prefiere que se le tenga más bien por las señales de amor de Jesús, y por eso dice "discípulo a quien él amaba" (v. 26; 21:7,20); y dicho eso porque los afectos que se comunicaban entre ambos (13:25). Eso no quiere decir que 
Jesús no amara a los otros, y posiblemente cada uno podría usar esa misma expresión personal.

Además de sentir Jesús amor hacia Juan le muestra confianza al grado de pedirle que cuide a su madre una vez muerto, "he ahí tu madre"; y como los deseos de Jesús son órdenes, el apóstol inmediatamente le abrió las puertas de su casa y todo lo que tenía a la madre de su Señor (v. 27). En otro lugar se mencionan los hermanos y las hermanas de Jesús, pero comúnmente se piensa según el uso del término hermano dentro de los judíos, que podría tratarse de primos o de parientes, y también se usaba en sentido simbólico (Mr. 6:3). La idea de que Jesús no tendría más hermanos, hijo único, no sólo primogénito sino unigénito, se fortalece con esa petición que hizo a Juan, puesto que si otros hermanos tenía, es extraño aunque ellos fueran incrédulos, no la recogieran en sus casas sin que él se los pidiera. 

Es un mito inaceptable es que María fuera virgen después del parto, antes si pero no después. José su marido no se menciona porque quizás para este tiempo ya había muerto. Si José estuviera vivo tampoco habría necesidad de que Juan la recibiera en su casa. De todos modos la relación de Juan con la familia era tan excelente que Jesús prefirió a ese discípulo amado a otros parientes cercanos. Posiblemente fuera ella la única mujer que viera a Jesús con poca ropa, las demás ya he mencionado por qué, se quedaron distantes; en cuanto a María porque era su madre.

Jesús le llama "mujer", y eso parece su costumbre. En las bodas de Caná le preguntó "¿qué tienes conmigo mujer?" (Jn. 2:4). Tendrá otra explicación esa preferencia excepto que sea desamor o falta de respeto. Quizás evitando que la "familia sagrada" fuera divinizada, que heredara una autoridad cuyo privilegio tendría que ganarse de modo espiritual y no genealógico, y porque en realidad la familia sagrada es la Iglesia. Si Jesús no trató a su madre como si fuera una diosa, una mediadora celestial, sino como una mujer, santa y consagrada, pero no más que eso, es inapropiado ascenderla a una posición espiritual que su bendito Hijo no quiso darle. Dejen a María en su casa y no la pongan en un altar, ni la pongan a la diestra de Dios. Se puede muy bien servir a Jesús de modo doméstico, cosiendo alimentos tanto como escuchando su palabra (Luc. 10:41-42). Juan cuenta el hospedaje a María como un honor, que la madre de su Señor esté a su cargo y proveer para ella. 

Los hijos deben siempre recompensar a sus padres en lo que es bueno, y no tirarlos al olvido cuando envejecen, al contrario buscar alguna forma de protección, dónde y cómo, puedan pasar el resto de sus vidas cómodamente sin ser carga para nadie.

Los ministros y la providencial mano de Dios

Marcos 6:7-13
 (Mt. 10.5-15; Lc. 9.1-6)
7 Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos. 8 Y les mandó que no llevasen nada para el camino, sino solamente bordón; ni alforja, ni pan, ni dinero en el cinto, 9 sino que calzasen sandalias, y no vistiesen dos túnicas.10 Y les dijo: Dondequiera que entréis en una casa, posad en ella hasta que salgáis de aquel lugar. 11 Y si en algún lugar no os recibieren ni os oyeren, salid de allí, y sacudid el polvo que está debajo de vuestros pies, para testimonio a ellos. De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para los de Sodoma y Gomorra, que para aquella ciudad. 12 Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen.13 Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban”.

Nuestro Señor confirió a sus apóstoles poderes similares a los suyos, es decir les trasladó su autoridad para que en su Nombre predicaran el evangelio e hicieran esas señales. O sea, que fueran en el ministerio tan grandes como él. Cuando uno empieza a leer este texto salta a la vista que el Señor quiso hacer de sus apóstoles réplicas de sí mismo y les dio autoridad para desalojar los cuerpos humanos de espíritus malignos (vv. 7, 13) y que sanaran los enfermos. Esto de la expulsión de demonios parece ser algo primordial porque es lo que se menciona dos veces; es lo impresionante, y es por eso que en el texto sobresale. El arrepentimiento, que fue el mensaje que llevaban era acompañado por esos otros poderes espirituales (v. 13). En cuanto a la unción con aceite es una forma judía que de modo temporal fue practicada en relación con los enfermos; y mientras la iglesia permanecía dentro de ese marco judaico los ancianos de ella ponían en práctica ese ritual (Sgo. 5:14).

No obstante, lo principal de este pasaje fue instruirlos en la confianza de la providencia de Dios en el financiamiento de sus ministerios. Se sabe que Jesús no tenía un presupuesto hecho para correr con las finanzas de su equipo. El grupo dependía de las ofrendas voluntarias que recibían y de la hospitalidad urbana de la cultura judía (vv. 8-10). Conjuntamente con esta forma providencial, diaria, de sostenimiento económico de sus misioneros les hizo una observación y una advertencia: que no llevasen con ropas ninguna maleta, ni se preocuparan por usar ahorros o pedir préstamos para salir en esa misión, que Dios el sostenimiento de ellos ya lo tenía arreglado y de eso él se encargaría. No tendrían que vivir temblando sobre el dinero necesario para poder predicar el evangelio. Ese inicio de fe no contradice en nada cómo se financian los misioneros entre los gentiles en la actualidad.

Jesús les estaba enseñando la modestia en la adquisición de propiedades, en el vestir, en el comer, porque eso quedaría regulado por la providencia divina. No vivirían más allá de sus posibilidades. Exactamente así no se hace hoy, las iglesias acostumbran, y otras organizaciones también, a recoger de antemano suficiente dinero para emplearlo y pagar los costos de los ministros y misioneros, de modo que ellos no tengan que preocuparse de otra cosa que no sea predicar el evangelio de arrepentimiento y limpiar las vidas de influencias satánicas, y rogar con amor y compasión por los enfermos. Ese fue el espíritu con que el Señor envió a sus doce apóstoles en aquella gira misionera.

Fue un circuito temporal y habrían de volver a él trayendo las noticias que todo había salido bien, y contando los éxitos espirituales que habían tenido. Una prueba nada más para que no tuvieran miedo en dejarlo todo y responder positivamente al llamamiento de Dios. Y en el futuro tampoco sentir temor por quedarse sin provisión o recursos porque el que los llamó tiene manera de cumplir su responsabilidad con el sostén de ellos. Las lecciones tomadas por ellos en esta ocasión y experimentadas en un lapso corto de tiempo habrían de servirles, y a todos los que leyeran esta historia posteriormente, y estuviesen ocupados en la misma tarea, sacudir del corazón cualquier susto porque falten los recursos para continuar haciendo sus trabajos.

Este pasaje y las orientaciones dadas por el Señor debiera ser leído con frecuencia por todos nosotros los sucesores de los apóstoles para que además de conformarnos con un mínimo de sostenimiento, sin buscar dentro de las mejores casas una vida más holgada, seamos capaces de vivir sin estrés y de cumplir con la vocación encomendada por Jesús. Quiso nuestro Señor desarrollar la confianza de sus ministros en la providencia divina y convertirlos a ellos en réplicas suyas en ese sentido, puesto que jamás se sintió inquieto por lo que había de vestir o de comer y como pagaría sus gastos. Si Dios era capaz de darles poderes extraordinarios para que triunfaran sobre los demonios y las plagas, también lo sería para proveer para sus mesas.

No obstante el Señor les advirtió que todo no sería color de rosas puesto que si los demonios no podrían hacerles perenne resistencia sí habrían hombres, casas, y ciudades que habrían de cerrarles las puertas no queriendo tener nada que ver con la predicación del evangelio, con su sostenimiento y ni siquiera con escucharlos. Simplemente les dijo que no insistieran y se trasladaran a otro lugar donde Dios tuviera gente más dispuesta a escucharlos y que dejaran a tales endurecidos a cargo de la justicia de Dios, porque ellos tendrían un día que presentarse delante del tribunal de Cristo y recibir su castigo, que habría de ser superior en ese juicio final, al que le espera a las ciudades de Sodoma y Gomorra.

Dios que sabe bien siempre lo que hace y tiene tanto interés en que los pastores y misioneros no prediquen otro evangelio, que pensó que si debidamente los ayudaba a confiar en su provisión eso les sería de beneficio para conservar la identidad doctrinal sin comerciar por necesidad sobre puntos de vistas importantes para la fe: aceptar ser pastores de iglesias que les exijan taparles la boca a doctrinas que no les gustan de su credo. Los preservaría de verse obligados por dinero a acomodar el evangelio a los gustos de los que proveían sus sostenimientos. Si a ciertos pudientes oyentes no les gustaba la doctrina que ellos predicaban por encontrarla severa, o les disgustaba tanta Biblia en los sermones y preferían testimonios editados y vueltos a editar, exagerados, y si no, les ponían mala cara, en vez de complacerlos podían recoger las pocas cosas que tenían e irse, encomendados de nuevo a la mano de Dios, que es mejor que “medrar” falsificando la palabra de Dios (2Co.2:17). O hacer caso omiso y que esos señores se lleven su grupo y dejen el remanente en paz, cuidado por un ministro virtuoso.

De todos modos, sonríele a la sabiduría de Dios



Salmo 18:32
“Dios ha hecho perfecto mi camino”. 

Hemos cometido imprudencias, equivocaciones y pecados; pero un día cuando el Señor lea (en su memoria) y explique la providencia en nuestras vidas, cuando todos nuestros enemigos hayan sido vencidos, incluyendo la misma muerte, seguro hallaremos que nuestro camino siempre fue perfecto; y llenos del Espíritu Santo exclamaremos con Pablo: ¡Oh profundidad de la ciencia y la sabiduría de Dios! (Ro. 11:33-36).  Y ¿por qué será así?  Por que el Señor lo hace; no dice el texto que nosotros no nos hemos equivocado, que siempre hemos decidido bien. La experiencia desmentiría esa falacia; tenemos muchas cosas que lamentar y si fuéramos a hacerlas de nuevo, la haríamos de modo distinto; pero el Señor ha hecho que ellas obren para bien (Ro. 8:28). 

No que hayan sido sabias o hubieran estado bien hechas sino que el Señor las ha usado para nuestro bien; en ese sentido nuestro camino ha sido perfecto, que no ha dañado nuestra salvación, que ha redundado para nuestro crecimiento en gracia. Nuestros caminos no son perfectos en sí mismos sino en el uso que Dios hace de ellos. “He escrito dos salmos confesando mi asunto con Betsabé y su esposo Urías el hitita; no pude evitar en mi literatura que los que entienden la mente hallen mucha culpa cristiana en mis composiciones; mi mucho gemir y llorar en mi lecho ha acortado significativamente mis años, ya tengo setenta y siento mucho frío. Busquen para mí un poco de calor humano para expirar tranquilo. Lo agradeceré y no sucumbiré a mis pasiones juveniles. En fin, lo sucedido es que Dios los ha enderezado (Sal. 5:8)”. En resumen, nuestro camino es perfecto cuando somos guiados por el Espíritu Santo (Ro. 8:14); y en retrospectiva mirando lejos, le sonreímos a esa hermosa pareja divina, la sabiduría y la gracia.

viernes, 30 de mayo de 2014

John Stott se iría de la iglesia, Spurgeon dejó la Unión, y los presbiterianos Princeton



Salmo 11:3
“Si los fundamentos fueren destruidos”. 

Si fueren destruidos los fundamentos de la religión cristiana, que son sus doctrinas básicas y su ética, ¿qué harán los que han confiado sus vidas a ellas? ¿Qué harán los simples creyentes cuyas almas son cuidadas por pastores? ¿Qué harán si a los mismos maestros que les oían enseñar las verdades ortodoxas del N.T. ahora les oyen lo opuesto y les ven destruir lo que edificaron? ¿Qué podrán hacer los justos si oyen que ya el fundamento de la salvación no es Cristo sino que lo han quitado y han puesto en su sitio otro nombre y otro evangelio; y que la salvación no es un don de la gracia solamente que se recibe por fe sino que el hombre tiene que hacer obras para ponerlas junto ellas? (1 Co. 3:11). ¿Qué harán los justos si se dan cuenta que en la predicación, en el evangelismo y en la adoración Cristo tampoco en todo tiene la preeminencia (Col. 1:18), que es vana porque se dice que no resucitó? ¿Huirán los justos al monte cual ave? ¿O hacer como dijo John Stott en una entrevista cuando le preguntaron si su iglesia aprobaba el matrimonio entre homosexuales y lesbianas, afirmó que lucharían quizás por unos años y luego se iría?
Sí, quizás sea mejor así, tratar de dominar aquellas instituciones que son como el fundamento de la iglesia, de la denominación y a partir de ella luchar para poner de nuevo el fundamento que quiso ser destruido; y si no se logra, pues entonces salir, como hicieron los presbiterianos con el seminario en Princeton; cuando ya no pudieron detener la ola liberal, se marcharon y fundaron el que ahora radica en Filadelfia. O lo que hizo Spurgeon en Londres cuando la Unión Bautista se negó a condenar a los que estaban enseñando el liberalismo en sus iglesias; después de lo que se conoce como el Downgrade Controversy, abandonó la Unión y a poco tiempo murió.

Esa actitud defensiva o combativa fue la que usó Pablo contra judaizantes y pro-gnósticos en sus iglesias como los gálatas y los colosenses (Flp. 1:17) ¿Qué haremos si aquellas doctrinas que son el fundamento de la religión cristiana, que hizo del movimiento una secta, como lo llamaron sus contemporáneos, algo distinto al judaísmo, son socavadas? Por ejemplo, la divinidad de Cristo. ¿Qué haremos con la iglesia que rechaza la divinidad de Cristo o con una denominación entera? ¿Le toleraríamos esa deserción teológica para que como Himeneo y Alejandro ande gangrenando todo el cuerpo? ¿O es mejor expulsarla para que haga su mal afuera, entre aquellos a quienes el dios de este siglo cegó el entendimiento para que no les resplandezca la luz del evangelio? ¿Qué harán los justos si oyen a sus profetas y maestros enseñar que la salvación no es por fe sola sino fe con buenas obras, promesas, comidas, etc.? ¿Qué harán los justos (que pueden hallarse en cualquier denominación) si se dan cuenta un día que en su iglesia los fundamentos han sido destruidos hace siglos y se ha estado venerando imágenes como dioses lo cual la Biblia prohíbe? ¿Deben seguir adorando a Dios entre altares y altares, cantando alabanzas evangélicas, usando dones del Espíritu entre figuras de talla y oro que otros hundidos en la ignorancia adoran? ¿Qué harán los justos si empiezan a enseñar en su religión que ya Dios no es más trino sino una sola persona, la del Padre, que el Espíritu Santo no tiene personalidad sino que es una fuerza divina? Si los justos se dan cuenta que eso es lo que se enseña en su denominación, ¿qué harán? ¿Tolerar o dejarla? En tales casos, si no hay fuerzas para combatir y ganar sea mejor y hacer lo que David no quería, huir al monte cual ave, escapar, como dice la tradición que hizo Juan cuando supo que Cerinto el gnóstico estaba bajo el mismo techo que él y temía se desplomase por la ira de Dios. David pregunta qué harán los justos si eso les pasa y da a entender que los justos tienen que hacer algo, la situación es crítica, terrible, dolorosa, pero no pueden quedarse con los brazos cruzados mientras los fundamentos apostólicos son destruidos.

Pero, ¿qué harán los justos si los fundamentos básicos de la sociedad son destruidos? ¿Si los fundamentos morales sobre los cuales ha sido edificada nuestra sociedad occidental, que son los fundamentos cristianos son destruidos? ¿Qué hacer si en las escuelas se enseña una educación sexual liberal y anticristiana? ¿Sacamos nuestros hijos y los ponemos en una escuela privada o nos hacemos miembros del PTA (Padres, Maestros, Alumnos), vamos a las reuniones y protestamos para que los fundamentos no sean destruidos? ¿Se cruzarán de brazos los justos y no harán nada? Lo que pudiéramos hacer con la iglesia, dejarla, no lo podemos hacer con la sociedad donde vivimos, por lo menos en muchos casos; el primer camino a tomar es usar los medios que se han conservado para evitar que los fundamentos sean destruidos. Si un presidente aprueba el aborto, la constitución nos garantiza la oportunidad de votar en su contra y no reelegirlo, si se manifiesta en pro de los matrimonios de homosexuales, hay que cambiarlo y elegir a otro para quien los mandamientos de Dios sean más importantes que la interpretación filosófica de la libertad democrática. ¿Elegiremos un presidente, o lo renovaremos sólo contemplando los progresos económicos o las promesas financieras que hace sin juzgarlo cristianamente? ¿O no nos importan los fundamentos cristianos de la sociedad y los sacrificamos por la prosperidad individual y la conveniencia? Si los fundamentos cristianos que pusieron los peregrinos que se bajaron del barco Flor de Mayo, en el caso de Estados Unidos, y sobre los cuales se inició, prosperó y sobresalió esta sociedad son destruidos, y que ahora influye tanto en Hispanoamérica, su esplendor se marchitará y como el imperio romano, ella también se caerá y nosotros con nuestros hijos pereceremos en su derrumbe.