sábado, 31 de mayo de 2014

Los ministros y la providencial mano de Dios

Marcos 6:7-13
 (Mt. 10.5-15; Lc. 9.1-6)
7 Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos. 8 Y les mandó que no llevasen nada para el camino, sino solamente bordón; ni alforja, ni pan, ni dinero en el cinto, 9 sino que calzasen sandalias, y no vistiesen dos túnicas.10 Y les dijo: Dondequiera que entréis en una casa, posad en ella hasta que salgáis de aquel lugar. 11 Y si en algún lugar no os recibieren ni os oyeren, salid de allí, y sacudid el polvo que está debajo de vuestros pies, para testimonio a ellos. De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para los de Sodoma y Gomorra, que para aquella ciudad. 12 Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen.13 Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban”.

Nuestro Señor confirió a sus apóstoles poderes similares a los suyos, es decir les trasladó su autoridad para que en su Nombre predicaran el evangelio e hicieran esas señales. O sea, que fueran en el ministerio tan grandes como él. Cuando uno empieza a leer este texto salta a la vista que el Señor quiso hacer de sus apóstoles réplicas de sí mismo y les dio autoridad para desalojar los cuerpos humanos de espíritus malignos (vv. 7, 13) y que sanaran los enfermos. Esto de la expulsión de demonios parece ser algo primordial porque es lo que se menciona dos veces; es lo impresionante, y es por eso que en el texto sobresale. El arrepentimiento, que fue el mensaje que llevaban era acompañado por esos otros poderes espirituales (v. 13). En cuanto a la unción con aceite es una forma judía que de modo temporal fue practicada en relación con los enfermos; y mientras la iglesia permanecía dentro de ese marco judaico los ancianos de ella ponían en práctica ese ritual (Sgo. 5:14).

No obstante, lo principal de este pasaje fue instruirlos en la confianza de la providencia de Dios en el financiamiento de sus ministerios. Se sabe que Jesús no tenía un presupuesto hecho para correr con las finanzas de su equipo. El grupo dependía de las ofrendas voluntarias que recibían y de la hospitalidad urbana de la cultura judía (vv. 8-10). Conjuntamente con esta forma providencial, diaria, de sostenimiento económico de sus misioneros les hizo una observación y una advertencia: que no llevasen con ropas ninguna maleta, ni se preocuparan por usar ahorros o pedir préstamos para salir en esa misión, que Dios el sostenimiento de ellos ya lo tenía arreglado y de eso él se encargaría. No tendrían que vivir temblando sobre el dinero necesario para poder predicar el evangelio. Ese inicio de fe no contradice en nada cómo se financian los misioneros entre los gentiles en la actualidad.

Jesús les estaba enseñando la modestia en la adquisición de propiedades, en el vestir, en el comer, porque eso quedaría regulado por la providencia divina. No vivirían más allá de sus posibilidades. Exactamente así no se hace hoy, las iglesias acostumbran, y otras organizaciones también, a recoger de antemano suficiente dinero para emplearlo y pagar los costos de los ministros y misioneros, de modo que ellos no tengan que preocuparse de otra cosa que no sea predicar el evangelio de arrepentimiento y limpiar las vidas de influencias satánicas, y rogar con amor y compasión por los enfermos. Ese fue el espíritu con que el Señor envió a sus doce apóstoles en aquella gira misionera.

Fue un circuito temporal y habrían de volver a él trayendo las noticias que todo había salido bien, y contando los éxitos espirituales que habían tenido. Una prueba nada más para que no tuvieran miedo en dejarlo todo y responder positivamente al llamamiento de Dios. Y en el futuro tampoco sentir temor por quedarse sin provisión o recursos porque el que los llamó tiene manera de cumplir su responsabilidad con el sostén de ellos. Las lecciones tomadas por ellos en esta ocasión y experimentadas en un lapso corto de tiempo habrían de servirles, y a todos los que leyeran esta historia posteriormente, y estuviesen ocupados en la misma tarea, sacudir del corazón cualquier susto porque falten los recursos para continuar haciendo sus trabajos.

Este pasaje y las orientaciones dadas por el Señor debiera ser leído con frecuencia por todos nosotros los sucesores de los apóstoles para que además de conformarnos con un mínimo de sostenimiento, sin buscar dentro de las mejores casas una vida más holgada, seamos capaces de vivir sin estrés y de cumplir con la vocación encomendada por Jesús. Quiso nuestro Señor desarrollar la confianza de sus ministros en la providencia divina y convertirlos a ellos en réplicas suyas en ese sentido, puesto que jamás se sintió inquieto por lo que había de vestir o de comer y como pagaría sus gastos. Si Dios era capaz de darles poderes extraordinarios para que triunfaran sobre los demonios y las plagas, también lo sería para proveer para sus mesas.

No obstante el Señor les advirtió que todo no sería color de rosas puesto que si los demonios no podrían hacerles perenne resistencia sí habrían hombres, casas, y ciudades que habrían de cerrarles las puertas no queriendo tener nada que ver con la predicación del evangelio, con su sostenimiento y ni siquiera con escucharlos. Simplemente les dijo que no insistieran y se trasladaran a otro lugar donde Dios tuviera gente más dispuesta a escucharlos y que dejaran a tales endurecidos a cargo de la justicia de Dios, porque ellos tendrían un día que presentarse delante del tribunal de Cristo y recibir su castigo, que habría de ser superior en ese juicio final, al que le espera a las ciudades de Sodoma y Gomorra.

Dios que sabe bien siempre lo que hace y tiene tanto interés en que los pastores y misioneros no prediquen otro evangelio, que pensó que si debidamente los ayudaba a confiar en su provisión eso les sería de beneficio para conservar la identidad doctrinal sin comerciar por necesidad sobre puntos de vistas importantes para la fe: aceptar ser pastores de iglesias que les exijan taparles la boca a doctrinas que no les gustan de su credo. Los preservaría de verse obligados por dinero a acomodar el evangelio a los gustos de los que proveían sus sostenimientos. Si a ciertos pudientes oyentes no les gustaba la doctrina que ellos predicaban por encontrarla severa, o les disgustaba tanta Biblia en los sermones y preferían testimonios editados y vueltos a editar, exagerados, y si no, les ponían mala cara, en vez de complacerlos podían recoger las pocas cosas que tenían e irse, encomendados de nuevo a la mano de Dios, que es mejor que “medrar” falsificando la palabra de Dios (2Co.2:17). O hacer caso omiso y que esos señores se lleven su grupo y dejen el remanente en paz, cuidado por un ministro virtuoso.