miércoles, 21 de mayo de 2014

Un viejo mirándose en el espejo


Job 16:7,8
“Pero ahora tú me has fatigado; has asolado toda mi compañía. Tú me has llenado de arrugas; testigo es mi flacura, que se levanta contra mí para testificar en mi rostro”. 

Es su costumbre bendita, la de Job, orar mientras predica sus sermones a los amigos. "Estoy arrugado, me contemplo en el espejo y siento ganas de llorar, se me cae la cara, la piel de mi rostro se vuelve fláccida; la frente, las mejillas, los ojos y el cuello se han llenado de arrugas y me falta carne. Mis manos a veces tiemblan; y tengo manchas de viejo donde antes la piel era rosada y llena de sangre; hoy está pálida. He envejecido de pronto en unos cuantos años, mi cabello ahora es gris y en poco será blanco. ¿Qué has hecho Dios con mi salud y juventud? Conforme miro mi rostro otros lo miran y se extrañan que haya envejecido tanto y susurran mi edad a mi espalda y se glorían de lo que yo sé, que la juventud se me ha ido; voy al sepulcro oh Dios, los límites de mis años se acercan (v. 22). Sin embargo, como he envejecido y me he llenado de arrugas, ¡ajá!, ellos también se llenarán si son dejados en la tierra de los vivientes, y les pasará lo que a mí, se llenarán de amargura el alma al ver arrugas en el rostro y comenzarán a sufrir los años que les queden por haber perdido la juventud. Y llorarán no tanto por la cercanía del final sino por mirar lo que otros tienen y que no se puede reponer, menos años.

Y me digo a mí mismo, ¿cómo querré volver a mi juventud si en aquellos tiempos no tenía lo que me has dado, una buena esposa, hijos, nietos, una carrera, muchas y provechosas experiencias; una mujer, mi vieja que no quiere que maldiga a Dios ni que me muera, que es como mi madre y me cuida como a su cuerpo. Hijos, he perdido algunos, los otros son mis amigos y me hacen volver al mundo de la juventud y me piden de la sabiduría que tú has puesto detrás de mis arrugas. Mi vida ha sido de bendición e inspiración a algunos y mis palabras los han confortado, por ellas han dejado el barro, la noche del pecado; he hecho una buena inversión con mi vida; ¿cambiaría todo eso por no tener arrugas en la cara? Tengo el consuelo que aunque mi cuerpo se va desgastando mi espíritu se ha renovado y siento más que nunca un eterno peso de gloria (2Co.4:16-18). Estoy próximo a conocer cómo fui conocido (1Co.13:12),  a ser vestido de inmortalidad, a recibir mi corona (2Ti. 4:6-8); me has perdonado los pecados de mi juventud, he huido de la fornicación y de las pasiones juveniles y me he guardado sin mancha del mundo; Dios mío, mis huidas tú has contado y he escrito un libro para memorias no con tinta sino con tu Espíritu sobre cosas santas. No lloro al ver mis arrugas, son las marcas del Señor Jesucristo, evidencias de un alma madura, menos atractivo y codiciado por el mal, para que yo sea más tuyo, hasta que me levante en la resurrección con un cuerpo glorioso y sin arrugas".