martes, 29 de noviembre de 2011

Lo que Pablo dijo y lo que hubiera dicho


11 Mirad con cuán grandes letras os escribo de mi propia mano. 12 Todos los que quieren agradar en la carne, éstos os obligan a que os circuncidéis, solamente para no padecer persecución a causa de la cruz de Cristo. 13 Porque ni aun los mismos que se circuncidan guardan la ley; pero quieren que vosotros os circuncidéis, para gloriarse en vuestra carne. 14 Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo. 15 Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación.16 Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios. 17 De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús. 18 Hermanos, la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu. Amén” (Gálatas 6: 11-18).


Tratando de penetrar en el pensamiento de Pablo a través de sus palabras nació esta paráfrasis cuando yo deseaba concluir con una habitual exposición, y me pareció al final que conllevaba más gracia que si la hubiera dividido en secciones homiléticas, por eso en vez de atarla dentro de un recipiente didáctico, la dejé libre como originalmente vino a este mundo.

“Voy a decirles unas cuantas verdades finales y las escribiré de mi puño y letra, con caracteres grandes para que sean legibles y porque no veo bien; me arriesgo a que los que me odian me tomen como un arrogante,  pero no me importa con tal que ustedes solucionen los problemas que les han causado los que os perturban (1: 7; 5: 12).

“Vayamos al grano: ustedes no se están circuncidando por algún convencimiento teológico de la verdad, veo que no es voluntariamente sino por miedo; los han amenazado y ha caído sobre ustedes espíritu de cobardía perdiendo el dominio propio (2 Ti. 1: 7); y como temen padecer persecución por causa de las doctrinas de la gracia (que se explican con la cruz de Jesús), aceptan también circuncidarse, mezclando dos puntos de vistas opuestos, el farisaico y el apostólico; si todavía guardaran la ley después de la circuncisión me quedaría callado pero sé que lo mismo que sus maestros, no lo harán, porque no pueden y porque no querrán; se quedarán fuera de los dos pactos, sin Cristo y sin Moisés, y peor aún, la profesión será una pretensión, una hipocresía.

“La razón personal que tienen para obligarlos a que tomen el rito no es ustedes sino el orgullo sectario, para gloriarse entre ellos y los superiores de Jerusalén, que nuestra herejía, como la llaman (Hch. 24: 14), se va extinguiendo y así agradar a los judíos de la capital. Si lo hicieran por Dios tendrían algún mérito pero ellos piensan en honores y ganancias cuando sacan sus cuchillos para cortar los prepucios; el proselitismo es su meta: ahogar el cristianismo por la fuerza y no la salvación de nadie.

“En cuanto a mí, no tienen pruebas que yo enseñe la circuncisión, y estén seguros que no lo haré porque tengo por basura lo que el mundo me daría a cambio; los intereses del mundo no los apetezco; no trabajo para mi propia reputación porque mis honores son los de la cruz de Cristo, procuro identificarme con él, sufro en mi carne lo que le faltó a él sufrir por la iglesia (Col. 1: 24), no por nuestra redención sino por su predicación para su formación; la continuación del ministerio de Cristo es mi meta, con el cual estoy identificado; su sonrisa y aprobación es lo que deseo, me glorío en conocerlo (1 Co. 1: 31); el mundo me crucificó a mí con él (2: 20) y he sido bautizado en su muerte (Ro. 6: 3); he criticado fuertemente a los que dejan el ministerio amando este mundo (2 Ti. 4: 10) y he aconsejado a los nuevos ministros que cualquiera que milita no se enrede en los negocios de la vida a fin de agradar a aquel que lo tomó como soldado (2 Ti. 2: 4).

“Tengo el mundo crucificado y como no quiero de él poder, dinero o fama, por la razón que ustedes han tenido para acomodarse a él, yo no obraría. Si alguien todavía duda lo que digo, acérquese que abriré mi camisa para que vea las cicatrices que tengo en el cuerpo por las pedradas y los azotes que me han dado, precisamente por predicar un evangelio sin compromiso con el judaísmo; a esas heridas les llamo estigmas o marcas de Cristo porque son suyas, me las hicieron por su causa y les pertenecen, son mis trofeos, mis títulos y salario.

“Pregúntenle a los maestros si ellos las tienen; pero yo no digo esto por ellos sino por ustedes para animarlos a no ser cobardes porque desde los días de Juan el bautista el reino sufre violencia y los violentos lo arrebatan (Mt. 11: 12), y es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios (Hch. 14: 22). Creo que muchos de ustedes si entran al reino lo harán sanos, sin ningún arañazo, sin pagar algún precio. Espero con esto detener todas las críticas en mi contra.

“Y concluyendo mi epístola si vamos a ver, en la cuestión de la salvación el ser transformado por Dios en un hombre nuevo, en una nueva criatura es lo único que importa, lo mismo da que se tenga o no la circuncisión. Si se deciden por la ley lo que harán es continuar en la línea genética del Adán terrenal, seguirán siendo hombres y mujeres naturales (1 Co. 2: 14), tal vez se mejoren algo y se conviertan en personas distintas pero no en nuevas criaturas (2 Co. 5: 17); la ley no tiene el poder de la resurrección de Cristo; una ley no crucificada es una ley vigente y sin que otorgue gracia para cumplirla. El reino de Dios es para nuevas criaturas que experimentado una metamorfosis (transformación del entendimiento Ro. 12: 2), que han vuelto a la forma de Dios y tienen estampada en sus vidas la imagen del celestial.

“Concluyo con este asunto: no es cuestión de  opiniones doctrinales sino de creencias que no transforman las vidas y otras que sí lo hacen, condición indispensable para estar con Cristo. Toda mi carta termina con este consejo personal: háblale a tu corazón y pregúntale si eres una nueva criatura.
“Yo Pablo”.   

Espero haber resumido con esta paráfrasis la intención final del apóstol, y por mi parte es la última exposición.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Jesús sabía sufrir


Hebreos 12: 1-11
“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos enreda, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante,  puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe; quien por el gozo que tenía por delante sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios. Considerad, pues, al que soportó tanta hostilidad de pecadores contra sí mismo, para que no decaiga vuestro ánimo ni desmayéis. Pues todavía no habéis resistido hasta la sangre combatiendo contra el pecado. ¿Y habéis ya olvidado la exhortación que se os dirige como a hijos? Hijo mío, no tengas en poco la disciplina del Señor ni desmayes cuando seas reprendido por él. Porque el Señor disciplina al que ama y castiga a todo el que recibe como hijo. Permaneced bajo la disciplina; Dios os está tratando como a hijos. Porque, ¿qué hijo es aquel a quien su padre no disciplina? Pero si estáis sin la disciplina de la cual todos han sido participantes, entonces sois ilegítimos, y no hijos. Además, teníamos a nuestros padres carnales que nos disciplinaban y les respetábamos. ¿No obedeceremos con mayor razón al Padre de los espíritus, y viviremos? Ellos nos disciplinaban por pocos días como a ellos les parecía, mientras que él nos disciplina para bien, a fin de que participemos de su santidad. Al momento, ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que por medio de ella han sido ejercitados”.

Aquí aprendemos a ocuparnos de nuestra vida cristiana cuando atravesamos una situación de crisis.  No tomamos bien las cosas cuando estas acontecen; los problemas nos alejan de Dios y malgastamos inútilmente el tiempo en preocupaciones como si no tuviésemos fe ninguna, como si no hubiese promesas para alentarnos; nos separamos de la Escritura, y la vida se nos convierte en un constante gemir todo el día.

Enfoque y desenfoque del momento.
Observa que el autor ha venido exhortando a los hermanos a ser fieles en los momentos difíciles que la carrera cristiana les presenta; les dedicó un largo capítulo acerca de la fe antigua y como aquellos hermanos resistieron las circunstancias que les tocaron vivir; no es que ahora se sienta cansado para continuar con el mismo asunto, pero parece hacer un alto para una nueva consideración y es como si les estuviera diciendo: hermanos, yo entiendo que las circunstancias no son nada agradables, muchos han perdido sus propiedades y hasta la reputación, algunos están encarcelados y otros han sido muertos, pero dado que las circunstancias están establecidas por Dios y no las podemos cambiar, mi opinión es que en vez de concentrarnos en el sufrimiento que nos causa, debiéramos dedicar nuestro esfuerzo a purificar nuestros espíritus, y “despojarnos de todo el peso del pecado que nos asedia”.

Debe ser la santificación de nuestra vida la principal preocupación que tengamos en estos momentos; si seguimos temiendo lo que nos pueda hacer el hombre y luchando para que las circunstancias cambien, muy bien puede nuestra vida espiritual declinar; es mucho más sabio que nos dediquemos a quitarnos el pecado que tenemos dentro y a mejorar nuestra relación de santificación con Dios que llorar las pérdidas y los malos tratos a que hemos sido sometidos.

Pongamos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, sigamos su ejemplo y aspiremos a ocupar un lugar junto a él allá en el trono de Dios en cielo. Tomemos el ejemplo de Jesús para no desanimarnos y miremos a él quien sufrió tal contradicción de pecadores. Aún no hemos alcanzado el clímax que él alcanzó, pues no hemos ofrecido nuestra sangre; todo pudo haber sido peor que lo que pasó; combatamos el pecado que tenemos en nuestros miembros. Más importante que cambiar el curso de los acontecimientos y que las cosas pasen es librarnos del pecado que “nos asedia”, que está listo para ganar ventaja si nos descuidamos con preocupaciones. Cuida celosamente tu vida espiritual cuando estás en adversidad, hay “una nube de” vecinos, amigos y familiares, también enemigos, que están informados de lo que nos está pasando y miran si claudicamos (Jer. 20:10).

Definición correcta de la situación.
Aprendamos  a valorar nuestras circunstancias no como desgracias que nos ocurren sino como  disciplina que el Señor nos da, para corregir nuestra forma de vivir, purificarnos y nuestros espíritus salgan limpios después que haya acabado todo. A este aspecto de tomar las circunstancias adversas como disciplina el autor le dedica un buen espacio y concluye con el pensamiento que ya les he señalado, que la disciplina, los malos tratos, los abusos, la discriminación, y cualquiera otra suerte de desgracia, puede tomarse como disciplina de parte del Señor y pensar que son útiles para la santificación del alma; mejorar nuestra relación con Dios, sacar un buen partido de la situación, repito: en vez de concentrados en cambiar las circunstancias o lamentarnos por lo que nos está pasando, debiéramos acumular las energías y fuerzas que tenemos, y quitarnos el pecado de encima y procurar mejorar nuestra vida espiritual para que estemos a la altura de las circunstancias que estamos viviendo y no ser aplastados por ellas ni tener que avergonzarnos de la forma incorrecta como tomamos las cosas cuando vinieron sobre nosotros.

Una clase de disciplina paternal.
Dios disciplina a los hijos y no a los bastardos. Los que no son hijos los deja vivir dentro del pecado y no hace nada para corregirlos, aunque sí está airado con ellos; pero aquellos que han de reflejar su imagen los disciplina para notar en ellos los reflejos de su gloria. No hay ninguna falta de amor en la disciplina del Señor, al contrario, vela por el futuro de sus hijos y le aplica su buena educación. Ningún hijo de Dios está exento de disciplina porque “todos han sido participantes” (v. 8), ni debemos acusarle de “despropósito alguno” (Job 1. 22), antes continuar “venerándolo” (v. 9). Mientras más agudo sea el sufrimiento y más inexplicable su razón, más estrecha debe ser la relación con el Señor. El propósito suyo es que sus hijos se santifiquen y por medio del sufrimiento aprendan la obediencia (5.8), para que lleguen a ser semejantes al “autor y consumador de la fe” (v. 2); que mejor pudiera decirse “perfeccionador” de la fe, donde el período de sufrimientos es una etapa de perfeccionamiento de la fe. El aspecto teológico  acerca del comienzo y culminación de la fe está subordinado a la práctica de la fe dentro de la vida cristiana, en los padecimientos.

Jesús sabía sufrir.
Tenemos un problema: No sabemos sufrir. Una y otra vez la Escritura nos hace volver los ojos hacia Jesús como ejemplo, dándonos pauta de cómo tomar el sufrimiento que nos asalte: menospreciando el oprobio, porque miró más allá de su dolor y vio al final que sus padecimientos no serían inútiles, sino que darían “frutos apacibles de justicia” (v. 11). Todo es mirar más allá del ahora, del aquí, sino al después, no con igual pesimismo sino con completa fe y satisfacción. Daremos gracias por lo que hoy lloramos. Ningún sufrimiento que ataque a los hijos de Dios es por gusto; él tiene en su mente la imagen de su Hijo y se propone esculpirla en la vida de aquellos que son ejercitados en la disciplina. Sí, acuña esa palabra en tu memoria, “ejercitados” (v. 11); el dolor es un entrenamiento y mientras más desgarrador sea, probablemente más útil será para lograr el ideal divino. Hay dos palabras que son importantes en estos tiempos: “paciencia” y “soportar” (vv.1, 8), porque no es tiempo para buscar salir del problema rápidamente sino pedir fuerzas para soportarlo y ¡esperar! hasta que se cumpla la voluntad del Señor. 


Y yo añadiría reverentemente “aceptación” para no buscar gozo dentro de esa clase de circunstancia porque no lo hay (v. 11); el gozo no se encuentra en el presente sino más allá del presente, en el futuro, lejos donde el Señor lo vio, “al presente ninguna disciplina produce gozo”. Destierro en ese momento la idea de la felicidad, la disciplina no es para hacernos felices sino para enseñarnos “obediencia” (v. 9). Este es un periodo de perfeccionamiento, lo cual también sería correcto traducir de “maduración”, porque un fruto se encuentra perfecto cuando madura. Es a través de la disciplina que los hijos se convierten en adultos, no es el tiempo que ha pasado desde que se convirtieron a Cristo lo que los hace maduros, sino el dolor y la disciplina.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Los que se infiltran encubiertamente


Judas 1: 3, 4
3Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos.  4 Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo. ".

Cuando dice "nuestra común salvación" quiere decir la mía y la de otros; cada cristiano debe ser un apologista de las doctrinas de la salvación; no sufrir impasiblemente la corrupción de la verdad sino defenderlas ardientemente (Apc. 2: 2). Algunos no querían participar en esa clase de lucha (G.a 1: 8, 9). Se fingieron ser ortodoxos y cuando estuvieron dentro atacaban la verdad (2 Co. 11: 26; Ga. 2: 4).

La iglesia les hacía un examen teológico a los nuevos miembros y a sus maestros. Parece que la corrupción ética está precedida por la desviación doctrinal. Ver que "plasmadas conversaciones corrompen a las buenas costumbres", o sea, plasmadas doctrinas echan a perder la vida (1 Co. 15: 33; la palabra conversaciones en griego es homilía). No es que Judas "parezca" enseñar que hay hombres destinados a su condenación sino que lo están, cuyos nombres no están inscritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo (Apc. 13: 8; 17: 8; 1 Pe. 2: 8).

La palabra que Judas usa y que se traduce "marcados" o "destinado" es pro-grafo,  o pre-escrito, anunciado. El destino de ellos estaba marcado o escrito. En Hechos 13: 48, en español aparece la palabra ordenados, que significa "arreglado, ordenado en sucesión, señalado"; pero no es ésta la que se utiliza aquí que es mucho más fuerte y habla de una determinación hecha de antemano incambiable porque "lo que he escrito, escrito está". Toman la gracia como excusa; es decir los que se infiltran encubiertamente para corromper, si pudieran, hasta el fundamento doctrinal apostólico de la Santa Iglesia Católica, que no es necesariamente la organización actual.

martes, 22 de noviembre de 2011

El cristiano es como el viento


Marcos 2: 21, 22
“Y nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque entonces el vino romperá el odre, y se pierde el vino y también los odres; sino que se echa vino nuevo en odres nuevos”.


El cristianismo enseñado por Jesús es una doctrina de libertad; tiene sus orígenes dentro del judaísmo, pero no es lo mismo. El judaísmo aunque está lleno de promesas para el mundo no fue hecho para el mundo sino para los judíos; si queremos usar la ley judía los gentiles hay que interpretarla por el evangelio y no a la inversa pero si mezclamos la ley de Moisés con el evangelio, el evangelio se pierde. El evangelio debe echarse en moldes nuevos, en nuevas formas de vivir la vida de Dios y nuevas formas de adoración. Todavía es algo nuevo, hermoso, vivo, lleno del Espíritu Santo, alegría y vida.

El evangelio no es la ley de Moisés sino la ley de Cristo (1 Co. 9:21). Dos cosas de las cuales hay que librarse como ritual, del ayuno y del día de reposo o sábado. Cristo es el Señor (vv.10, 27). El apóstol Pablo principalmente peleó mucho para que los cristianos no volvieran a la ley de Moisés, lo mismo que el autor de los Hebreos; quizás Lucas que viajaba con Pablo. El evangelio tiene su propio molde, el Espíritu, no hay otro. No hay ceremonias ni obras para salvarse, no hay códigos de leyes para cumplir, no hay un programa que seguir, en el evangelio sus prosélitos reciben una nueva vida, son creados por Dios para vivir de una forma diferente. No dejan el pecado ni son mejorados en sus vidas naturales sino que con la recepción del Espíritu comienzan a ser nuevas criaturas y a vivir como Dios quiere. Es un nuevo nacimiento obrado por el Espíritu. La vida en el Espíritu es una vida de fe en la Palabra de Dios. La fe es lo único que cuenta.

Cristo revolucionó completamente el sistema judío y entró abruptamente dentro suyo quebrándolo todo con sus palabras al decir que “el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados” (v. 10); con lo cual indicó que en su persona resumía todas las ceremonias, los sacrificios, todo el poder de la religión. Ese cambio del judaísmo hacia él lo hizo en virtud de su señorío. Vino enviado por Dios para poner a un lado la letra y concluir con un plan distinto de salvación (2 Co. 3: 6). El es el fin de la ley (Ro. 7: 4; 10: 4; Ga. 4: 5. El ayuno, que en el capítulo se menciona, ya no será igual, una obra de la ley, sino una práctica ocasional que toma su efectividad de la fe y del Espíritu pero que no es nada sin oración; y el sábado lo mismo, el ritual semanal es cambiado totalmente hacia su Persona. Un solo día ya no tiene importancia sino todos y ninguno (Ro. 14: 5; Col. 2: 16, 17).

No hay salvación en el sábado, ni en el domingo, ni en el lunes, la salvación se halla en Cristo; y no se va hacia él por medio del ayuno o abriendo el sábado semanal sino por la fe en El. No más religión, no más preceptos, no más ceremonias ni rituales sino el Espíritu, la libertad del Espíritu (1 Co. 9: 19; 2 Co. 3: 17). El que se halla por la fe en Cristo es inocente de cualquier violación de la ley ceremonial porque él es “mayor que el templo” (Mt. 12: 5, 6); y puede profanar el sábado, según la ley, porque Cristo es mayor que el sábado y es Señor del sábado (2: 28).

El evangelio es ese vino nuevo del cual habló y no debe echarse en ningún molde por sagrado que sea. El odre nuevo es el evangelio y quizás la iglesia. El cristiano es como el viento, como el Espíritu, como el agua, libre para quien lo únicamente importante es Cristo. Si mezclas el evangelio con la ley, el evangelio se pierde. Aquí se llama vino nuevo. El evangelio debe echarse en nuevos moldes, nuevas formas de vivir la vida de Dios, nuevas formas de adoración. Oh sí, todavía es algo nuevo, hermoso, vivo, lleno del Espíritu Santo, alegría y vida (vv. 10, 20, 27).