jueves, 30 de septiembre de 2010

Estoy buscando una aguja en un pajar

Walky y yo hace un año salimos todas las semanas a repartir tratados en las calles y mercados. Hemos hablado a muchos. Hemos sido bendecidos con un grupo de inconversos, pequeño para tantos, a los cuales en un apartamento predico los domingos. ¿Una sola de esas vidas no vale nuestro trabajo? ¿No es un gran acontecimiento que el Espíritu Santo haya bajado del cielo y regenerado algunos? ¿No es un preciosísimo milagro que Cristo haya justificado un puñado de esos jóvenes centroamericanos? ¿No cantan gozosos los ángeles por un pecador que se arrepiente? ¿Y por quince o veinte? Y ¿en qué iglesia el domingo en la mañana hay 10-15 visitantes inconversos? Es raro que los hermanos lleven convidados ese manojo de almas. ¿No está Cristo donde haya dos o tres reunidos en su nombre? ¿No predicó Pablo en Roma en una casa alquilada? ¿Por qué yo no en un apartamento alquilado, los domingos? ¿Dónde se sentaba él sino en el suelo? Yo estoy mejor, me siento en una silla y un grupo en círculo me mira y oye, y tengo que decirle el número de la página en la Biblia para que hallen la cita, porque nunca antes tuvieron una en sus manos.

La mayoría de la humanidad parece espiritualmente abandonada por Dios. Sé por experiencia que dentro de un ministerio apostólico y salvador el consuelo que tiene la palabra “algunos” (Hch. 17: 34), y recuerdo cómo los discípulos se asombran que con un Maestro como Jesús no haya habido más convertidos a su evangelio, y que sean “pocos los que se salvan” (Mt. 13:23). Las congregaciones del NT comenzaron con una familia o dos y no consta que se hicieran megas iglesias. Por ejemplo Filipos, Colosas. Corinto es una excepción en número.

Hacer “obra de evangelista” es la paulina orden (2 Ti. 4:5) y no es como cantar y coser; y uno más temprano que tarde tendrá que consolarse que aunque haya trabajado más que otros ha logrado quizás menos resultados que los que deseaba (1Co. 15: 10). Algunos, desesperados y auto culpándose evangelistas, frustrados por el poco éxito de sus trabajos y queriéndose morir como Elías, quisieran cambiar de profesión y dicen “si alguien quiere ser inmundo que sea inmundo todavía”, “yo me voy a Tesalónica a poner otro negocio”. Estos sinceros obreros deformados por una teología sentimental y arminiana se cohíben de recibir aliento de la doctrina de la elección particular en las palabras de Jesús “nadie puede venir a mi si el Padre que me envió no lo trajere; y el que a mi viene no le echo fuera” (Jn. 6:37) y de Lucas “glorificaban la palabra del Señor y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna” (Hch. 13:48), o sea a los que “antes conoció” y que también “los predestinó” (Ro. 8:29). Y nadie puede hacer que “la palabra de Dios corra y sea glorificada” sino Dios (2 Te. 3:1). El corazón a veces quiere ir delante de las doctrinas y eso no debe ser así.

Es cierto que si no se predica nadie se convierte. Tenemos la orden de predicar para que “la palabra de Dios sea glorificada” y el apóstol dice que “¿cómo creerán si no hay quien les predique?”; pues debe haber alguien que les hable a los pecadores para que crean el evangelio; pero nadie podrá ir a Jesús aunque cinco mil les prediquen, si Dios no lo lleva. Por lo tanto, dependo más de Dios, de su agenda y doctrinas que de los esfuerzos que hago; y no debo sufrir la impaciencia de aquel sembrador que no dormía bien pensando en la semilla que había sembrado como si sus desvelos él y no la tierra la hicieran germinar. Y ¿de qué le sirvieron sus ansiedades y preocupaciones? De nada, a no ser desgastarlo y que las verdes hojas de su esperanza se las coma el gusano de la inquietud y la ansiedad que nunca muere, porque en él no estaba el poder para acelerar el proceso de crecimiento divino (Mr. 4:27-29). No entendía las leyes espirituales del sembrador, la semilla, los pájaros y los terrenos en el reino de Dios.

Sé que “para estas cosas” nadie “es suficiente” (2 Co. 2:16); y no me quita el ánimo la dureza del corazón humano porque las doctrinas de la gracia que pertenecen a mi credo, lo dan por muerto y yo no procuro revivirlo con mis métodos, personalidad o palabras. Cristo es “la resurrección y la vida” y es él quien puede decirle “sal fuera” y sacarlo de su sarcófago. Para él no hay ningún corazón difícil. Soy un pámpano y no la vid, yo solo tengo que evitar que a mi relación con él la alcance el otoño porque separado sí no podré hacer nada (Jn. 15:5).

Si alguien no se salva si no oye el evangelio, tiene que oírlo en cualquier parte y es mi responsabilidad no atraerlos hacia mí sino yo llegar hasta ellos aunque tenga que pasar por Samaria, y trabajar con temor y temblor. Por eso el sábado pasado tomé conmigo algunos y mientras nos tomábamos un helado en McDonald ellos llamaban usaban sus teléfonos móviles para llamar a los amigos que estaban en el aparcamiento e invitarlos a juntarse con nosotros y leer la Biblia.

En los Hechos dice que “creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna” (Hch. 13:48), Tiene que ser mucho el trabajo. No ha habido mejor misionero que el apóstol Pablo que trabajara tan arduamente por la salvación de “los escogidos” (2 Ti. 2:10) y eran ellos los que no pedían “por el mundo” sino por los que el Padre les daba (Jn. 17:9). La doctrina paulina de la predestinación, que no se puede ni mencionar porque la gente piensa en Calvino y no en Pablo que fue quien la reveló, no me estorba para hacer la obra misionera, al contrario, es mi esperanza porque trabajo pensando que los escogidos sí responderán y “lo alcanzarán” (Ro.11:7).

No trabajo con motivaciones arminianas ni salgo para “ver si alguien quiere ser salvo” si alguien por su libre albedrío lo acepta porque yo sé “que no depende del que quiere ni del que corre sino de Dios que tiene misericordia” (Ro. 9:7). Mi evangelismo no se empequeñece porque yo ande de un sitio a otro yendo, “no como a la deriva” ni “golpeo al aire” (1Co. 9:26) sino que busco los escogidos. No he leído el libro de la vida donde se hallan sus nombres. No sé dónde viven, si son hombres o mujeres, jóvenes o viejos. Diré en mi corazón como el profeta: “Y dirás en tu corazón: ¿Quién me engendró éstos? Porque yo había sido privada de hijos y estaba sola, peregrina y desterrada; ¿quién, pues, crió éstos? He aquí yo había sido dejada sola; ¿dónde estaban éstos?” (Isa. 49:21). Desconozco todo eso pero sé que “todo lo hizo hermoso en su tiempo” no en el mío, y que “ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la OBRA que ha hecho DIOS desde el PRINCIPIO hasta el fin” Ecl. 3:11). Estoy convencido que la obra de la gracia de Dios es hermosa y “hermoseará con la salvación a los humildes” (Sal. 149:4), y que hay gente elegida por Dios que oirán y creerán. Vamos de edificio en edificio, de calle en calle, porque doy por cierto que algunos creerán y yo pudiera ser el medio que Dios use para salvarlos y él me lleve hasta donde están.

No trabajo contra imposibles sino para alcanzar aquellos cuyos “nombres están escritos en el libro de la vida desde antes de la fundación del mundo” (Apc. 17:8). Cuento con medios simples para alcanzarlos, con la predicación bíblica, el Espíritu Santo y la oración, y pienso y veo que son suficientes. Jesús lo dijo, que “muchos son los llamados y pocos los escogidos” (Mt. 20:16); que la puerta es estrecha y aunque estuviera abierta poco “pocos la hallan” (Mt. 7:14). Los que prefieren la puerta ancha de la perdición aunque se les indique el camino a la Nueva Jerusalén son como el tonto de Eclesiastés que “no sabe cómo ir a la ciudad” (Ecl. 10:15). Para mí no es un dilema la reprobación, y como Pablo y Jesús mi enfoque está en los santos, no en el misterio de los que se pierden y si alguien quiere saber más que le pregunte a Dios. Me ocupo como colaborador de Dios en añadir a la iglesia los que han de ser salvos y todavía no lo son y yo estoy comisionado para que lo sean. No son muchos, son pocos, pero yo ando buscándolos y por ser tan pocos es que me demoro tanto en encontrarlos, casi como una aguja en un pajar.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Los que suben al pináculo de la iglesia

“9 Y le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo; 10 porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden; 11 y, En las manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra. Respondiendo Jesús, le dijo: Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios” (Lucas 4:9-12).


No se metan en una situación de riesgo pensando que Dios enviará a sus ángeles como socorro y todo saldrá bien. Los que suben alto, hasta el pináculo de la Iglesia, tengan cuidado el diablo no los eche abajo; en esos momentos cuando se hallen en la cumbre, arrodíllense y oren porque allá arriba soplan los vientos más fuertes que abajo, que en la vida del cristiano ordinario.

Nunca como antes deben ser prudentes y velar y orar que cuando se ha crecido en utilidad. Hay pasos a esas alturas que no deben dar, hay decisiones que no deben tomar, ni siquiera pensar en ellas; no hagan ningún movimiento que los saque afuera de la seguridad de la Iglesia porque caerán al vacío y no recibirán ningún angelical socorro por desobedientes. Al borde de una caída nunca deben permanecer. Eviten el desierto, la soledad ministerial, porque en ella pululan las espantosas visiones de la carne, del mundo y de Satanás.

Hay terrenos en las alturas religiosas que bordean los territorios de los dominios del diablo y cruzar esa frontera es un peligro, ya no habrá ángeles que los protejan, y la caída y los tropezones con las piedras será un destino casi seguro. Es decir que consiste en no acercarse al borde del peligro. En rechazar la oferta, y es el momento de retroceder porque casi siempre el diablo hace la proposición cuando ya es casi seguro que responderán afirmativamente y no podrán negarse. Aléjense.

No piensen que la fe les puede alcanzar para volar, tal vez tengan menos que la que necesitan y sus alas sean cortas o sin saberlo estén dañadas. No se enojen contra Dios si no envía su socorro porque serán ustedes los únicos culpables por no haber guardado las distancias. Mejor renuncien a esa altura si comprueban por experiencia que allá arriba hay muchos diablos; es preferible una dimisión sin haber cometido pecado que ser echado abajo deshonrosamente; las inseguridades financieras que se padecen por bajar las escaleras y decir adiós a las cumbres, salir honrosamente por la puerta del pináculo del templo, son menores que las que siempre acompañan al caer al precipicio, sin contar la multitud de hermanos y amigos que cuando oigan la explosión de vuestro testimonio se acercarán morbosamente para explorar, desencantados o furiosos, el cuerpo muerto.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Santidad pastoral

Éxodo 28:38

“Y estará sobre la frente de Aarón, y Aarón quitará la iniquidad de las cosas sagradas que los hijos de Israel consagren en todas sus ofrendas santas; y la lámina estará siempre sobre su frente, para que sean aceptas delante del Señor”.


No hay favor más grande que me haya hecho Jesucristo en toda mi vida que haberme limpiado de mis pecados con su sangre, ni más inmerecido que lo continúe haciéndolo. Ninguna otra cosa deseo tanto como ser puro, perdonado y justificado de mis iniquidades. Es una exigencia de mi vocación y un grito de mi salvación. Como ministro sé que me puedo olvidar de toda bendición real sobre mi trabajo si no vivo santamente porque el Dios que me emplea no oirá mis oraciones, ni prosperará mis labores sin poder hacerme "participante de la naturaleza divina". Separado de él nada podré hacer.

Spurgeon dijo: “Ninguna otra cosa Dios bendice tanto como nuestra semejanza con Cristo”. Después de haber pasado casi toda mi vida predicando la palabra de Dios puedo asegurar que Spurgeon tiene razón. Creo que yo habría sido más bendecido en el ministerio si hubiera sido más santo, si hubiera imitado más al apóstol Pablo como él imitaba a Cristo, si mis muchos trabajos, desvelos y estudios hubieran sido más santificados.

Cuando cierro mis ojos y me pregunto por qué no he tenido un ministerio más exitoso, aparte de la soberanía de Dios, no ha sido porque haya trabajado y sufrido poco, sino por mi falta de santidad, que no ha sido completa, y casi concluyendo mi carrera tristemente le pido al Señor que perdone mis “antiguos pecados” (II Pedro 1:9) "en las cosas santas", las que durante toda mi vida de servicio he consagrado a él. Muy poca cosa pude hacer cuando mis oraciones tenían estorbos. Y me asombro que hubiera podido hacer algunas cosas sin que Dios me haya quitado el trabajo. El origen de nuestra frustración y mediocridad es la falta de santidad en el trabajo.

Tal vez yo no sea la única melancólica excepción. Las oraciones debieran hacernos más santos, el estudio de la Biblia, la teología, la historia del cristianismo, las preciosas biografías que hemos leído, los cánticos de alabanzas, la escritura de artículos y libros, la consejería pastoral, el altar familiar; pero todo eso apenas hará prosperar una iglesia sin santidad pastoral, ni terminar la carrera y ni siquiera con buen testimonio.

Pudiera haber soberanas bendiciones sobre un sermón con el Espíritu Santo ausente pero lo más lógico y bíblico es que lo que previene el crecimiento de la iglesia es la falta de santidad de ella y de los líderes, del pastor principalmente. Las ofrendas sagradas, quizás él no lo note, están contaminadas. No ha seguido frecuentemente el consejo de Pablo “examinaos a vosotros mismos” (II Corintios 13:5). Algo hay deficiente en su lectura bíblica, sus estudios, preparación de sermones, predicación, vida pastoral, trato con los hijos o común acuerdos maritales con su esposa cuyas ejecuciones cerrada la puerta en secreto, el Señor que está en secreto mira con desaprobación.

Los seminarios y los colegas del ministerio nos enseñan a ser grandes en la obra de Dios, y nos inspiran a serlo, pero no a ser santos. Nos califican por los conocimientos y nos gradúan con buenas notas sin poder medir, porque no pueden, cuánto en esos años de estudios hemos crecido en semejanza con Jesús; y ninguna otra cosa adquirida nos ha de traer más prestigio y progreso que eso, ni garantía para no haber corrido en vano y terminar la carrera con gozo.

La historia completa de nuestro ministerio bien conocida por el Señor pudiera no ser otra cosa que una honesta biografía de la misericordia y paciencia de Dios, y la supervivencia de un ministro que milagrosamente continuó sin caídas. La lámina “santidad a Jehová” ha continuado sobre nuestra frente más como una meta que como un logro. ¡Quién pudiera aspirar a ser recibido en gloria con estas palabras “bien buen siervo fiel, sobre lo poco has sido fiel”!

El gran día final revelará el verdadero valor de cada ministerio por la aprobación o desaprobación de Dios, que es la regla para medir el valor de un trabajo porque sólo él conoce verdaderamente las motivaciones y limpieza de nuestras ofrendas sagradas cuando persuadimos a los hombres, pero sólo a él "le es manifiesto lo que somos" (II Corintios 5:11).

viernes, 17 de septiembre de 2010

Es mejor ser un buen laico que un mal pastor


“Al entrar El en la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que lo dejara acompañarle. Pero Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho por ti, y cómo tuvo misericordia de ti” (Marcos 5:18, 19).


Jesús sabía que cuando los familiares vieran el cambio operado en él, y los vecinos lo mismo, podrían entusiasmarlo para que se convirtiera en apóstol, evangelista o predicador. Supongo que por eso le encargó que circunscribiera su auditorio a la familia, y que con ella tendría un rotundo éxito. Los hijos, la mujer, los primos, y si como Pedro, la suegra estaba por allí, también predicarle a ella. Fue preciso el Señor cuando le dijo “ve a tu casa y los tuyos”. No le dijo que fuera de puerta en puerta por todo el barrio o que izara un púlpito en la cuadra siguiente, ni que ingresara a un seminario y se hiciera pastor. Muchos pecados perdonados no implican un llamamiento al ministerio. Una gran conversión no implica un llamamiento al ministerio.

Algunos piensan enseguida que Jesús los llama por el impactante testimonio de salvación que tienen. Contemplan maravillados como la gente dice amenes y aleluyas cuando les cuenta cómo Jesús les quitó las cadenas, los sacó del cementerio y los llenó del Espíritu Santo, y se animan para estar todo el día y toda la noche contando eso, aconsejando al público y dándoles pistas de como reproducir la experiencia que él tuvo. Y hacen mal. Dios no los llamó para eso. Son otros los que tienen que hacer ese trabajo porque son ellos los que tienen vocación y llamamiento. No se debe convertir la conversión en vocación.

Jesús le dio la misión de predicar no a una iglesia sino a la familia; ¡y vaya, a todo el que quiera oírlo pero no con un nombramiento oficial de pastor! Hablarles a todos los que les interesen su cambio; y si es posible unirlos a la comunidad cristiana, que es la iglesia. Los grandes testimonios de conversión no son únicamente para el púlpito sino para la vida doméstica. El llamamiento al ministerio es otro distinto del de salvación. Fíjate en algunos graduados en teología y otras materias administrativas, condecorados por seminarios que no exigen llamamiento celestial, que salen a buscar una iglesia donde pastorear sin que Dios les haya asignado alguna. Hubieran hecho mejor siguiendo el consejo de ganar a la familia, y salvarla, y dar apoyo al ministro local que los bautizó porque, aunque es una frase tópica, es mejor ser un buen laico que un mal pastor.

martes, 14 de septiembre de 2010

Mentalidad victoriosa

“No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán” (Mateo 28:10).


Si hubieras estado allí oyéndolo habrías recibido la mentalidad victoriosa que Jesús quiso que sus amados hermanos tuvieran, por la esperanza misma, para que enfrentaran por el testimonio suyo, sin miedo, la muerte. ¿Has observado cuántas veces en estos últimos capítulos se dice: No temáis? No temáis a la muerte, ya podéis cantar y vivir sin sustos y malos presentimientos porque morir será una experiencia distinta con sabor a salvación, si podéis verme a mí en ella.

No penséis que entráis a las sombras ni que caeréis en un pozo sin fondo porque dirigiréis vuestros pasos hacia una mansión de luz. Es sorbida en victoria (1 Co. 15:54).

Cámbiele el nombre a la muerte y llámenle partida, sueño, pero nunca término, porque es vía. ¿Te asusta ir adonde está Jesús? Ya no es un monstruo sino un ángel de luz, ya no llores, ella te sonríe, te besa. Es amable porque nos hace el favor de deshacernos de este viejo tabernáculo (2 Co. 4:16-5:9).

Ya no hay que temer a nada, ni a ella, ni a la vida, ni al presente o al porvenir, ni al pecado o a la condenación. Las cosas peores no están por venir sino las mejores. Si puedes mirar a través del velo, acepta este hecho de victoria, cree sus palabras e imita la fe de sus grandes santos, tu camino será dorado, más brillante cada vez, hacia arriba nunca hacia abajo, hacia lo seguro, lo real, donde brota la luz del universo: Dios.

¿Qué nos resta aquí? ¿Pobreza, desilusión, traición, olvido, enfermedad y muerte? El que nos trazó el camino lo ha hecho todo para que alcemos nuestra cabeza y lo miremos a él. Ya puedes mirar y verás que la línea que cada cual se trazó convergió en él. Estás más cerca de tu salvación que cuando creíste. No pienses en quienes dejas sino en quienes te darán la afectuosa bienvenida; piensa en ello con una mentalidad victoriosa. Al final del ascenso está Jesús.