domingo, 30 de enero de 2011

Aprendamos a lavar nuestras oraciones con la sangre de nuestro Señor Jesucristo


(Tomado del libro, John Calvin, A Heart for Devotion, Doctrine & Doxology; pgs. 237-239).


Foco trinitario en la oración



“Calvino acentúa el aspecto trinitario de la oración. La oración se origina con el Padre, es hecha posible a través del Hijo, y es efectiva en el alma por medio del Espíritu, por medio de quien ella retorna por vía de Cristo al Padre.


La oración es dada por el Padre, quien graciosamente nos invita a orar por medio de Cristo y anima tal invitación por medio de sus promesas. Aparte de Cristo, la oración seria "tonto y atrevido para los mortales presumir poder dirigirse a Dios". Deben más bien esperar por el llamamiento del Padre a que él lo implemente por medio de su Palabra, "por cuanto él promete ser nuestro Salvador, también muestra que siempre estará listo para recibirnos. El no espera hasta que nosotros vayamos a buscarle; más bien se ofrece a sí mismo y nos exhorta a orar a él, y haciendo esto es que prueba nuestra fe". Él nos atrae a la oración por medio de la dulzura de su nombre, Padre.


“Calvino dedica considerable atención a la obra de Cristo en la oración. Cuando Cristo estuvo sobre la tierra aconsejó a sus discípulos a pedir en su nombre (Jn. 16:23). Solamente por medio de su nombre tenemos acceso al Padre, Calvino dice. Dios oye nuestras oraciones cuando por medio de su Hijo oramos en su nombre. Calvino da un firme aviso que si no nos aproximamos a Dios en el nombre de Jesucristo, "ningún camino de acceso a Dios existe; nada queda en su trono sino ira, juicio y terror".


“Cristo es el nexo entre el creyente y Dios, donde la unión y donde las oraciones del pecador son purificadas "por la sangre rociada" y presentadas al Padre. Aprendamos a lavar nuestras oraciones con la sangre de nuestro Señor Jesucristo, nos aconseja Calvino.


“Cristo también es nuestro Intercesor en el cielo. Calvino hace notar que, "Dios no escucha ninguna oración que no sea por medio de la intercesión de Cristo". La obra consumada de Cristo y el "poder de su muerte garantizan su eterna intercesión a favor nuestro", así añade. De este modo venimos por medio de Cristo, y con Cristo al Padre, tal que "Cristo es constituido nuestro predecesor y quien dirige las oraciones de su pueblo".


“El Espíritu Santo siempre juega un papel crucial en la vida de oración del creyente, así lo firma Calvino. Él es "nuestro maestro en la oración, es quien nos dice lo que es correcto y también quien templa nuestras emociones". Él intercede por nosotros con gemidos que son indecibles (Ro. 8: 26). Calvino explica que él, "crea en nosotros seguridad, deseos y suspiros, porque sabe que con nuestros propios poderes naturales escasamente tendríamos suficiente". El afecta nuestros corazones de una forma tal que nuestras oraciones "penetran con fervor en el cielo".


“Calvino también trata de como se siente el creyente cuando el Espíritu parece no encontrarse presente en su oración. Dice que eso no es excusa para cesar de orar hasta que se sienta el Espíritu; más bien debemos de modo inoportuno "demandar que seamos inflamados con los dardos de fuego de su Espíritu de modo tal que los creyentes seamos capacitados para orar". Nunca debemos cesar de orar para que aumente en nosotros su Espíritu”.

sábado, 29 de enero de 2011

La oración y los soberanos decretos de Dios


(Tomado del libro, John Calvin, A Heart for Devotion, Doctrine & Doxology; pgs. 232-234).


La Definición y Efectividad de la oración


“En la edición final de sus Institutos, Calvino define la oración como, "la comunión de los hombres con Dios por medio de la cual, habiendo entrado al santuario celestial, ellos apelan a él en persona en relación con sus promesas para recibirlas... así la fe de ellos no es en vano". En otra parte escribe, "la oración es una comunión entre Dios y nosotros mediante la cual le exponemos nuestros deseos, nuestros gozos, nuestros suspiros, en una palabra, todos los pensamientos que tenemos en el corazón".


“Calvino consideró la oración como una santa y familiar conversación con Dios, nuestro Padre en celestial, reverentemente hablando, es una conversación de familia hecha por aquellos que han entrado en su pacto mediante el cual el creyente confía en Dios como un niño confía en su padre". La oración es "una emoción del corazón que se derrama delante de la presencia de Dios". En la oración nos comunicamos y tenemos comunión con nuestro Padre que está en los cielos y sentimos en su presencia nuestra transparencia. Como Cristo en Getsemaní, derramamos nuestros "deseos, suspiros, ansiedades, temores, esperanzas, y gozos en el seno de su presencia". En otras palabras por medio de la oración un cristiano expresa a Dios y coloca en sus manos "sus preocupaciones poco a poco". Nos es "permitido derramar en su presencia todo nuestras dificultades que nos atormentan, de modo tal que sea él quien desate nuestros nudos porque por nuestra parte no podemos hacerlo". La oración es el derramamiento del alma, la raíz más profunda de la piedad, el fundamento de toda nuestra seguridad. Es la parte más importante de la vida cristiana, la sangre misma de cada creyente.


“Un aspecto fundamental del pensamiento de Calvino sobre la oración es que ella es instituida no específicamente para Dios sino para el hombre. La oración es un medio dado al hombre de modo tal que podamos por la fe tomar, "las riquezas que se encuentran en el seno de nuestro Padre Celestial". Calvino dice que la oración le permite al creyente apelar a la providencia, predestinación, omnipotencia, y omnisciencia de Dios el Padre. La oración atrae sobre el creyente las misericordias del Padre y el cuidado que él otorga a sus hijos porque, habiendo orado, tenemos un sentimiento de paz, porque conocemos que él "tiene la voluntad y el poder para cuidarnos de la mejor manera".


“El derramamiento del alma como hijos en oración delante del Padre celestial conlleva también las acciones de gracias. Las peticiones incluyen "aquellas cosas que tienen que ver con la extensión de la gloria de Dios y la santidad de su nombre, y ambas cosas en resumidas cuentas es para nuestra ventaja". En relación con las acciones de gracias, "celebramos como alabanza los beneficios que él nos ha concedido, y reconocemos en su presencia su generosidad en aquellas cosas que nos ha dado". Debido a nuestra necesidad espiritual y pobreza, lo mismo que la liberalidad de Dios, "debemos asiduamente usar ambas clases en la oración"; o sea, la acción de gracias y a las peticiones.


“Dos objeciones que a menudo surgen acerca de la comprensión que Calvino tenía sobre la oración. La primera dice que cuando un creyente obedientemente se somete a la voluntad de Dios con eso está renunciando a su propia voluntad. A tal objeción Calvino responde que a través del acto de una oración sumisa, el creyente está invocando la providencia de Dios para que obre a su favor. Así bajo la guía del Espíritu la voluntad del hombre y la voluntad de Dios trabajan juntas.


“La segunda objeción es que la oración a Dios parece una cosa superflua a la luz de su omnisciencia y de su omnipotencia. A tal objeción Calvino responde que Dios ordenó la oración más como un ejercicio para la piedad del hombre que para sí mismo. Nuestras oraciones no cambian la providencia de Dios y en su providencia Dios ordena los medios por los cuales consigue su fin. Lo que Dios "ha determinado darnos según el puro afecto de su voluntad, mucho antes que nosotros lo pidamos, él se lo promete a sí mismo, darlo precisamente, como respuesta lo que le pedimos en oración". Así por la oración el creyente recibe exactamente lo que Dios ha ordenado para él desde la eternidad.


La oración no cambia los decretos de Dios (énfasis mío). Sabemos que esto es cierto por tres razones. Primero, Dios es inmutable; segundo, su buena voluntad gobierna todas las cosas; y tercero Dios está en control de todo incluyendo nuestras oraciones. Si la oración pudiera cambiar los decretos de Dios, la voluntad humana usurparía a lo menos en parte el control que Dios tiene sobre la historia y eso significaría la negación del control de la gracia de Dios sobre todas las cosas, e indudablemente destruiría nuestra fe. Más bien "la oración es algo que hacemos con la ayuda de Dios sobre la base de lo que Dios ha hecho por nosotros en su eterna elección".


“No obstante, la oración es efectiva por esas dos verdades que nunca deben ser olvidadas: Que en su divina sabiduría Dios anticipa nuestras oraciones; y segundo que en su divino amor las responde". En otras palabras es en contra de la naturaleza de Dios no escuchar y responder las oraciones de su pueblo. Dios desea ayudarnos y no defraudarnos con su gracia.


“El punto de vista de Calvino de una oración afectiva es resumida por Bruce Ware: "Mientras la oración nunca obliga Dios a actuar de otra manera que de acuerdo a como su infinita sabiduría le indica, ella no obstante, es importante y es una condición necesaria la cual debe estar presente en ciertos aspectos, para que la obra de Dios se lleve a cabo. La oración entonces no es contraria a la divina soberanía sino que es un instrumento divinamente funcionando dentro de la esfera de la soberanía y sabiduría de Dios y de su poder, para llevar a cabo en todas las cosas su voluntad". En fin, la respuesta de Dios a la oración es "la divina respuesta a una divina iniciativa en los elegidos" (énfasis mío). La oración es efectiva porque tiene su fundamento en Dios y brota de la amante y soberana gracia que obra en nosotros".

jueves, 27 de enero de 2011

El llamamiento eficaz y la gracia irresistible

(Tomado del libro, John Calvin, A Heart for Devotion, Doctrine & Doxology; pgs. 174-176).


“La obra del Espíritu Santo en la salvación de los pecadores envuelve el llamamiento eficaz y la regeneración. El llamamiento eficaz debe ser distinguido del llamamiento externo que es hecho a todo aquel que escucha el evangelio (Mt. 28:19). El llamamiento externo tiene que ver con la presentación del evangelio a todo ser humano. El llamamiento interno está conectado y utiliza el llamamiento externo pero ambos no son una misma cosa y no le es dado a todo aquel que escucha el llamamiento externo. El llamamiento interno es dado solamente a los escogidos, y siempre este llamamiento es efectivo. En otras palabras, aquel que es llamado será salvado (Ro. 8:30).


“La regeneración es el acto del Espíritu Santo por medio del cual hace que un hombre que se encuentra en un estado espiritual muerto tenga vida espiritual. Este llamamiento es, en efecto, una "resurrección". En el acto de la regeneración, el Espíritu Santo cambia la disposición del alma y renueva la voluntad. La nueva vida dada en la regeneración inmediatamente manifiesta fe y arrepentimiento. La regeneración no es por lo tanto el resultado de la fe como los arminianos y otros aseguran. Más bien la fe es el resultado de la regeneración.


“El estado del pecador es análogo al estado de Lázaro en la tumba (Jn. 11:1-44). Exactamente así el incrédulo, como Lázaro muerto, es incapaz de hacer algo para cambiar su condición. Jesús ordena al cuerpo que salga de la tumba (y esto destruye completamente las afirmaciones de algunos que dicen que si Dios manda que algo suceda eso quiere decir que se tiene la habilidad natural para hacerlo).


“El llamamiento de Jesús hecho a Lázaro también es análogo al llamamiento externo hecho a todos los incrédulos. Es como Ezequiel predicando en el valle de los huesos secos (37:1-14), el llamamiento externo es hecho a gente espiritualmente muerta. Aquellos que proclaman el evangelio lo están haciendo como en un cementerio. Lázaro no puede obedecer el mandamiento de Cristo hasta que él reciba nueva vida y esto es algo que solamente Dios puede hacerlo. Cuando Lázaro recibe la nueva vida, él inmediatamente responde y sale de la tumba. De la misma manera el pecador muerto espiritualmente no responde al evangelio hasta que reciba una vida espiritual nueva en la obra de la regeneración efectuada por medio del Espíritu Santo. Una vez que es regenerado, no obstante, inmediatamente viene la respuesta, colocando su fe en Jesús. Entonces de este modo por medio de la fe es justificado por Dios.


“La gracia irresistible, también llamada la gracia eficaz, no es una doctrina seca y polvorienta inventada antiguamente por los calvinistas. De hecho es una gloriosa doctrina bíblica, porque sin la obra del Espíritu Santo nos encontraríamos sin esperanza en este mundo y en el venidero. Cuando uno adquiere una completa comprensión de cuál es la seria condición en que se encuentra la raza humana entonces las perspectivas que tiene acerca de las doctrinas cambian dramáticamente. Si nosotros tenemos el concepto de que el hombre solamente se encuentra incapacitado para responder a Dios o enfermo, nunca comprenderemos la riqueza de la gracia de Dios. Pero sin embargo cuando nosotros nos vemos a nosotros mismos como Dios nos ve, no obstante, la verdad adquiere proporciones muy hermosas. Cuando comprendemos que nacemos espiritualmente endurecidos, y que somos rebeldes desde el nacimiento, contra el Todopoderoso y Santísimo Dios, el Creador de los cielos de la tierra, y que somos pecadores hasta el fondo de nuestro ser, entonces no presumiremos de un inflado sentido de bondad y habilidad natural. En ninguna manera aceptaremos el hecho de que Dios nos eligió porque encontró alguna bondad innata dentro de nosotros mismos. Ni tampoco adularíamos a nuestro yo pensando que Dios nos ha escogido porque fuimos los primeros que dimos el primer paso e hicimos el primer movimiento para volvernos a él.


“Todo lo contrario, caemos sobre nuestras rodillas cada día dándole gracias a Dios por su maravillosa gracia y nuestra salvación. Le damos muchísimas gracias porque él llegó hasta nuestra tumba cuando estábamos muertos en delitos y pecados, y él clamó con voz poderosa hacia nosotros ¡sal fuera! Le damos gracias al Señor por habernos dado una nueva vida, por liberar nuestra voluntad del mal, por concedernos fe y arrepentimiento, por haber llegado hasta nuestras tumbas, habernos ordenado salir y despojarnos de ese ropaje mortuorio con el cual nos encontrábamos sujetos.


“Si hemos salido de nuestras tumbas no es exactamente porque hayamos tenido algún poder en nosotros mismos para hacerlo. Tampoco, ¡Dios nos libre!, que pensemos que hemos salido de nuestro cementerio por alguna decisión que hicimos por Cristo. Más bien ha sido completamente por la irresistible y eficaz gracia de Dios, por la soberana y misteriosa obra del Espíritu Santo que nos dio nueva vida. Cuando nosotros finalmente aprendemos esta gran verdad, entonces junto con Calvino y nuestros amados predecesores reformados, adjudicamos toda la gloria de nuestra salvación a Dios y solamente a Dios".

lunes, 24 de enero de 2011

Con permiso, ¿vosotros sois los dueños de la verdad?

Job 15:8

¿Oíste tú el secreto de Dios, y está limitada a ti la sabiduría?


A ningún hombre, predicador, autor de libros, denominación cristiana o iglesia, está limitada la sabiduría. A ninguna iglesia o denominación cristiana está limitada la salvación y se le puede decir como Pablo a los corintios, en reproche, ¿creen que sólo ustedes tienen la palabra de Dios, que con ustedes se originó y que el resto del mundo se halla en tinieblas? (1 Co. 14:36). ¿Crees que tienes toda la verdad, que cada doctrina es bíblica que toda interpretación es correcta, firme, y que lo contrario es equivocación y torcer la Escritura para la propia perdición? Eso sería como identificar a una persona o denominación con el Espíritu Santo, equivaldría a dar paso y apoyo al concepto de infalibilidad que tanto ha perjudicado a la verdad por su tiranía.


No, la verdad está distribuida, repartida en diversas proporciones entre los cristianos y las denominaciones para que sepamos que un en ningún hombre o denominación hay salvación, para preservar la libertad individual de cada persona, para inclinarnos a la interdependencia los unos con los otros y necesitarnos mutuamente y edificarnos y perfeccionarnos los unos a los otros, y para que no nos enorgullezcamos y dominemos la verdad sino que seamos súbditos de ella y sus propagadores pero no sus dueños.


Esa distribución de la verdad es precisamente lo que preserva a una denominación de convertirse en una secta arrogante y petulante y que no mira a los demás con humildad y amor (1 Co. 12:6-11). Hay salvación en muchas denominaciones cristianas porque la sabiduría es Cristo (1 Co. 1:30) y su presencia no se limita a un templo, nación, lengua, etc., y está ausente de los otros y que para hallarlo hay que ir allí. Cristo no tiene un sello denominacional en su frente que diga, "bautista" "pentecostal" "adventista" y muchísimo menos, Testigos de Jehová o Mormones. La palabra de Dios no está presa. Cristo se halla presente aun junto a errores no fundamentales que no le impiden su oficio como Sumo Sacerdote, Profeta y Rey. Y si bien no los aprueba, es condescendiente.


Son las doctrinas de la salvación, entre otras cosas grandes, las que niegan o evidencian su presencia, que no impiden la fe en él, no la desvían hacia ídolos, no le substraen su gracia. Para escoger una denominación hay que saber cómo explican la salvación sólo por gracia y la centralidad de Jesucristo, mirar bien que Cristo allí como Salvador se halle libre y en todo “tenga la preeminencia”, sea “el todo” y “el alfa y la omega”. Podemos decir con firmeza a los que piensan que ellos solos tienen las doctrinas de salvación, que creen amar más la verdad que al pecador, como Job le dijo a Elifaz, "con vosotros morirá la sabiduría" (12:2) y “¿qué sabes tú que no sepamos? ¿Qué entiendes tú que no se halle en nosotros?” (15:9).

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Pudiera leer,

“Mirad Cómo Oís”, “¿Cómo lees?” (Parte I).