domingo, 26 de octubre de 2008

Maranatha, y la Providencia de Dios


Filipenses 4:5-7

“Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”.


De aquí puede salir una exposición bonita. Es un tema aparte del anterior. Comienza diciendo vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres (v.5), que también pudiera traducirse vuestra amabilidad, razonabilidad, moderación, humildad, mansedumbre, de las cuales de acuerdo al contexto yo me quedaría con "moderación" o "razonabilidad". La idea es que aquellos hermanos se comporten ante las gentes de forma espiritualmente razonable y moderada; es decir lo que tiene en vista es el testimonio cristiano probablemente en las tribulaciones y necesidades, especialmente en esos tiempos, presentido general como un estilo de vida templado y comedido. Viviendo ellos entre una gran nube de testigos, deben presentar al mundo una forma de vida que sobrepasa todo entendimiento (v. 7); y genuinamente como un producto de la fe; puesto que tal ecuanimidad proviene de una fe puesta en oración y que encarga todos los cuidados de la vida a la providencia de Dios.

Sobre este asunto Calvino hace un excelente comentario. "Esta es la más bella declaración de la cual tenemos que aprender en primer lugar, que la ignorancia de la providencia de Dios es la causa de toda impaciencia, y la razón por la cual nos apresuramos tanto y por razones triviales nos metemos en confusión y a menudo también, nos desanimamos porque no pensamos que el Señor tiene cuidado de nosotros. Por otra parte el único remedio para calmar nuestras mentes es reposar completamente sin reservas en la providencia de Dios, estando completamente seguros de que jamás estamos expuestos a una fortuna ciega o al capricho de los malvados, sino que nos encontramos bajo el gobierno y cuidado paternal de Dios. En fin, el hombre que cree que Dios está presente siempre encuentra algo seguro sobre lo cual descansar".

Es decir la confianza en la providencia de Dios es la esencia misma del pensamiento del apóstol para estos filipenses. Les ruega que estén tranquilos y no pierdan su compostura bien sea por las necesidades de la vida porque el Señor suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús o como ya he dicho por vicisitudes circunstanciales que están fuera del control personal y que agitan el espíritu y los pensamientos y ahuyentan del golpe la tranquilidad mental y espiritual con la cual es recomendable vivir y expresar al mundo la vida cristiana. No que las cosas nos den igual salgan como salgan, sino que más que una resignación y un hábito de quedarse con los brazos cruzados, es una compostura influida por una fe adquirida de las promesas de la providencia del Señor que está bien cerca de nuestras necesidades y en el ojo mismo de la tormenta que circunvala la vida. Son aquellas cosas humanamente ingobernables de las cuales se encarga Dios.

No olvidemos eso, nuestro Señor no está distante de lo que nos pasa, su ojo no nos mira desde el infinito, su trono no se halla lejos de nuestro hogar. Si quiere leer un ejemplo bonito lo hallará en 2Tim.4:16-18. Jesús está cerca, ¿por qué angustiarse, por qué afanarse? Hay algo más. El apóstol dice que es posible y seguro obtener una tranquilidad que sobrepasa todo entendimiento (v. 7). Para mí sería más acertada la traducción si fuera que sobrepasa toda comprensión. ¿La comprensión de quién? La de todos los hombres (v. 5). Nota que no es precisamente la indispensable pureza la que los vecinos contemplarán en nuestra vida y quedarán asombrados sino la forma en que tomamos las cosas, nuestras respuestas a las necesidades, conflictos y obstáculos que presenta la vida. Se dirán ¿cómo es posible que estés tan tranquilo pasándote lo que te pasa? Y cuando a ellos las cosas se le tornen similares les habremos dejado una pauta ejemplar preciosa para, sin comprender tal vez completamente la situación, recurran a la providencia de Dios del mismo modo que ante los ojos de ellos lo hicimos.

Es deber nuestro enseñar al mundo a vivir con la fe puesta en Dios. El corazón mismo de todas estas palabras es maranatha, o el Señor está cerca, y lo único que se nos pide es orar con fe, y en ese mismo punto, sin ir más lejos ni buscar nada más para protegernos del insomnio y el nerviosismo, esforzarnos por arrojar toda ansiosa inquietud en Ese que tenemos tan cerca. Ese es el pensamiento que debe perdurar en el día malo. Estas son palabras de oro porque las está pronunciando un hombre encarcelado; no es un párrafo escrito para la publicación de un libro. Las siente, las vive. La paz mental nos dice el apóstol preso, aquel que sabe lo que es hallarse confinado en un calabozo y no sabe cómo saldrá de él, vivo o muerto. No son palabras dichas por un teórico, sino por uno que en ese momento las está viviendo; las ha aprendido por su misma experiencia. Recomienda lo que ha puesto en práctica. Y si alguien quiere tomar esa palabra maranatha en relación con la segunda venida del Señor, no afecta para nada la explicación providencial que he sugerido. El "día del Señor" siempre está cercano y de esa expectativa se extraen los más jugosos consuelos de la fe y nada como eso para sacar la vista fuera de un encerramiento, carcelario o circunstancial, y traer calma a un corazón que se bambolea y pierde su sosiego.

sábado, 25 de octubre de 2008

Israel, Sus Libros y su Mesías




Hojeando libros leídos me entusiasmé con la divinidad de Jesús, y quise saber lo que pensaban de eso los hermanos antes del concilio de Nicea (325 d.C). Me sentí muy contento con lo que supe pues echa por tierra las acusaciones de los Testigos de Jehová, y otros, que la divinidad de Cristo fue una idea de, emperador Constantino. Pues resulta que en ese concilio sólo se confirma lo que ya la iglesia conocía y aceptaba, que Jesucristo era Divino-Humano. No se había popularizado antes por motivo de las persecuciones y porque eran pocos los que disentían.

Hay algunas cosas que confirmé: Los líderes, y por supuesto los hermanos del primero y segundo siglo TENIAN A JESÚS COMO DIOS y lo declaraban sin temer que rompieran su monoteísmo. No sufrían debilitamiento de la fe en ese sentido ni tenían problema de conciencia. EL VERBO SE HIZO CARNE (Jn 1:14) y quien veía al Hijo, como era la Palabra encarnada, veía al Padre (Jn 14:9).

Ireneo, en el segundo siglo (115-190) en su libro Contra las Herejías XI, escribió:

“La iglesia, aunque dispersa por todo el mundo, aun en los confines de la tierra, ha recibido de sus apóstoles y discípulos esta fe…un Dios, el Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, y el mar y todo lo que en ellos hay, y un Cristo Jesús, el Hijo de Dios quien se encarnó para nuestra salvación y ha de venir de la gloria para reunir todas las cosas en uno, para que Cristo Jesús, nuestro Señor, Y DIOS, y Salvador, y Rey, según la voluntad del Padre, delante de él se doble toda rodilla…”.

También leí en la Epístola de Ignacio a los Efesios, lo siguiente:

“Hay un solo médico, de la carne, sin embargo espiritual, nacido, sin embargo no engendrado, DIOS ENCARNADO, genuina vida en medio de la muerte salido tanto de María como DE DIOS”, Jesucristo, nuestro Señor (7:2). Y en otra Epístola a los Trallianos dice: “Esto harán, no siendo orgullosos sino manteniéndose muy cerca de NUESTRO DIOS, JESUCRISTO” (7:1).

La función histórica de Israel es una función cristiana (Compara Mt 2:15 con Oseas 11:1; el mejor representante de Israel es Jesús). Moisés y Elías hablan de “la ida de Jesús a cumplir en Jerusalén” (Lc 9:31). Israel ofreció la carne de Jesús, su pesebre, un hogar en Nazaret y una cruz. Ese es el aporte a Jesús y así conocimos a Jesús “según la carne”. Pero ya no lo conocemos así. Es más que eso.

Esas palabras me hicieron saltar y cantar de alegría. Los cristianos apostólicos creían en la divinidad de Cristo, antes del Concilio de Nicea (325 d.C), creían que era igual que el Padre en sustancia y que era Dios, el misterio manifestado en carne (1Ti 3:16).

Jesús es el Hijo encarnado de Dios, no sólo es el “salvador de los judíos”, de su pueblo, sino Universal, “lleno de gracia y de verdad”. Persiste su naturaleza humana en su Persona, pero unida a su naturaleza Divina. Así tenemos a Dios “manifestado en carne” con nosotros, “Emanuel” (Mt 1:23). Si es “Dios” “sobre todas las cosas” (Rom 9:5), si es “Dios” “manifestado en carne”, no cometemos idolatría adorándolo, como si fuera otro dios, o un dios menor, o un dios semejante pero no “Coigual” con el Padre.

Jesús de Nazaret no fue un simple instrumento dispuesto para descargar la ira divina sobre él para obrar nuestra justificación y redención, sino que “Dios estaba en Cristo” (2Co 5:19), Dios mismo se hallaba en el Hijo en la cruz, muriendo en la persona de su Hijo. La cruz no es una violenta injusticia del Padre. El Substituto es de su misma sustancia, no una creación. No es sólo un medio para allegarnos al Padre sino que en él “habita corporalmente la plenitud de la Deidad” (Col 2:9). ¿De qué otro hombre se ha dicho eso? De ningún otro. Si en él habitó la plenitud de la Deidad, la Deidad plena, toda, ¿qué es si no Dios? Y “sobre esta Roca” se edificó su iglesia (Mt 16:16-18).


Otra cosa importante que sirve para entender la hermenéutica apostólica y nosotros seguir su sistema, es su exégesis cristocéntrica porque INTERPRETABAN EL A.T. POR JESÚS Y NO A LA INVERSA. Van de Jesús a Moisés, no de Moisés a Jesús, de Jesús a Isaías y no de Isaías a Jesús. Y por supuesto, dejaban de lado todas las ceremonias de la ley, haciéndome pensar que el mundo cristiano en eso era “paulino”, o sea, que LAS DOCTRINAS ENSEÑADAS POR PABLO SON EL CRISTIANISMO PURO y por lo tanto, toda la Biblia, no sólo el resto de los autores del N.T. debe ser interpretada por el apóstol Pablo; y como esa forma de pensar dirigió mi exégesis con respecto a todo el N.T. y particularmente Apocalipsis del cual escribí un libro, el asunto me entusiasmó más.


Ignacio en la Epístola a los de Filadelfia dice:


“Les ordeno que no hagan las cosas como en un cliché sino como discípulos de Cristo. Cuando oigo algunos decir: “Si yo no lo encuentro en los documentos originales no creo en el evangelio”. Y yo les respondo, “como está escrito, que ellos tuercen la Escritura”. PARA MI JESUCRISTO SON LOS DOCUMENTOS ORIGINALES. EL ARCHIVO ORGINAL SON SU CRUZ, SU MUERTE Y RESURRECCION de lo cual nos viene la fe en él” (8:2).

Y en la epístola de Bernabé, que por un tiempo algunas iglesias la incluyeron en el canon de la Escritura y data del año 130 a.C., leemos la cristiana exégesis que su autor hace de los libros del A. T., y aunque no podamos seguir en todo sus forzadas interpretaciones, y aunque el libro parece muy gnóstico, es admirable y provechoso el esfuerzo que hace por poner a un lado el judaísmo, su rompimiento definitivo con él y llamándole religión falsa, y su interpretación cristiana de toda la ley y los profetas, y que el A.T. es un libro cristiano y no judío.
El A.T. es inferior a Jesús, sus libros son hermanos menores de los evangelios y cualquier creyente en el reino de la gracia es superior a ellos (Mt 11:11). Dios nos habló en otro tiempo por los profetas pero ahora nos ha hablado por el Hijo (He 1:1,2). Y eso fue lo que hice en mi exposición de Apocalipsis, el libro de un Desterrado, tratar de obviar el judaísmo de su autor o a lo sumo someter sus sombras a la materia de la gracia en Jesús (He 8:5; 10:1). Y es por eso que soy uno de los cristianos menos ceremoniales del mundo.

Este asunto se lee también en epístola de Ignacio a los Magnesianos. Ignacio fue informado por una delegación de hermanos de lo que estaba pasando en la iglesia allí. Y él les responde que:

“Si continúan observando el judaísmo, admitimos que nunca han recibido la gracia. Los divinos profetas vivieron como Cristo Jesús y esa es la razón por la que fueron perseguidos, porque siendo inspirados por el Espíritu de Cristo Jesús y tratando de convencer a aquellos inconversos que Dios es uno, se ha revelado en su Hijo Jesús como la Palabra…” (8:1,2).

Con respecto al domingo como día del Señor y no el sábado dice: (Y esto léanlo con interés los que simpatizan con las doctrinas Adventistas del Séptimo Día, que lo correcto es preguntarle a Jesús qué quiso decir Moisés y no adaptar lo que dijo el Señor para que coincida con la ley):

“Aquellos que en otro tiempo vivieron de acuerdo a esas prácticas (judías) arribaron a una nueva esperanza. Cesaron de guardar el sábado y vivieron conforme al Día del Señor, en quien nuestras vidas como la de ellos brilla, gracias a su vida y su muerte, aunque algunos niegan esto… y nosotros continuamos siendo discípulos de Jesucristo nuestro solo Maestro. ¿Cómo nosotros podremos vivir sin él si aún los profetas que eran sus discípulos por su Espíritu aguardaban en él como Maestro?”. (9:1,2).


Así que ya tan temprano como el segundo siglo los cristianos afirmaban que el A.T. era un libro cristiano y no judío. Y va más allá todavía diciendo:


“Es monstruoso hablar de Jesucristo y vivir como judío. El cristianismo no cree en judaísmo sino el judaísmo en cristianismo. Gente de todo el mundo ha venido a creer eso y así ha sido unida a Dios” (10:3).


Lo importante de esto es que Jesucristo para aquella temprana generación representaba la llave de la interpretación de la Escritura, y se aproximaban a ella con la historia de Jesús y hacían de sus homilías y enseñanzas un material cristocéntrico. En eso seguían la línea y celo del apóstol Pablo, y se escandalizaban como él cuando algunos les hacían cambios al evangelio y lo convertían en “otro” “diferente”, habiendo así ellos “caído” de la gracia (Ga 1:16-19; 5:4). Jesucristo es la llave del reino de los cielos y por lo tanto de la Escritura. Se va desde él hacia el A.T. y no a la inversa. Aquellos son sombras y él es la realidad.
Por eso notamos que en la hermenéutica apostólica ellos adaptaban los textos y los acomodaban en forma o sustancia, como fuera, a la vida y enseñanzas de Jesús, fueran sucesos históricos, leyes, ceremonias, cualquiera, trataban de encontrar en todo eso lo que había allí dentro de Jesús porque entendían que Israel había existido y perdurado hasta “el cumplimiento del tiempo” cuando Dios enviara a su Hijo “nacido de mujer, nacido bajo la ley”. Jesús es nuestra esperanza de gloria.

martes, 21 de octubre de 2008

Un Fariseo en Wall Street



Supón que pudiéramos sacar del Hades y traer desde el primer siglo a uno de aquellos fariseos que conquistaron a Judas con dinero y mataron a Jesús por envidia. Aquellos hombres eran símbolos de la piedad en los días de Jesús, sin embargo lo llevaron al Gólgota. Fueron ellos. ¿Gente innoble, perversa, delincuentes, mafiosos? Nada de eso. Eran los mejores hombres de su tiempo. Los diezmadores. Los evangelistas (proselitistas). Doctrinalmente puros, al menos creían muchas cosas con Jesús y Pablo. Celosamente ciegos, fanáticos si quieres, cargados con hipocresías, pero celosos por Dios. No fueron las rameras y publicanos los que mataron a Jesús, fue lo mejorcito de aquellos tiempos. Imagina aquellos hombres andando por una de las actuales calles de Jerusalén, Nueva York o South Beach, mirando aunque sea de reojo todo el panorama a que nos han obligado hoy, u hojeando alguna de esas revistas que hacen sonrojarse a cualquiera que le quede un poco de vergüenza en su cara, o mirando hombres con hombres dados de la mano y besándose en una esquina junto a Starbuck. Aquellos homicidas no podrían resistir, sin llorar, esas escenas, a menos que se consideraran muertos y puestos en los infiernos.

Esto que sigue es un trozo del libro Passion, escrito por Karl. A. Colson.

“... lo que emerge de una cuidadosa lectura del N. T. es que la impiedad que mató a Cristo, que el terrible odio que levantó sus manos contra el ungido del Señor fue la impiedad y el odio de gente buena, verdaderamente gente muy buena.
“No cuesta trabajo recordar que los líderes que dirigieron el levantamiento contra Cristo eran judíos puritanos, el partido de los fariseos, cuyo celo por la aplicación de la ley hasta las cosas más pequeñas de la vida diaria estaba inspirado por los más altos ideales de pureza y de la más inconmovible devoción a Dios. Tenían la convicción que una nación en la cual Dios es honrado en todas las pequeñeces de la vida sería bendecida aún en una lucha que levante contra el poder de Roma. Para ellos ser piadoso y escrupuloso era lo mismo que ser patriótico; la salvación de ellos y la salvación de su tierra vivían y morían juntas.
“El fácil hacerse una opinión sobre esta clase de bondad. Los fariseos diezmaban la menta y el comino y olvidaban asuntos más importantes con respecto a la ley de Dios; los fariseos alargaban sus filacterias y hacían largas oraciones; los fariseos guardaban el sábado y eran muy escrupulosos en cuanto a cualquier violación aunque fuera muy pequeña en este día santo: contaban los pasos, los ojos no debían vagar de un lugar a otro, el estómago debía estar eminentemente vacío; los fariseos leían y leían, oraban y oraban, oraban y se lamentaban por la salvación de esa pequeña porción de tierra, de rocas sucias y arenas ennegrecidas por el agua.. Cualquiera grande hubiera podido reírse de ellos, tal como Pecksniff, Ananias Wholesome, Jonson y el gran Shakespeare. Verdaderamente parece risible.
“Pero antes que nos riéramos ante esta clase de piedad debiéramos compararlo con nuestro tiempo. O también más atrás. Coloca a un fariseo en una de las calles de la corrupta Corinto del primer siglo, transitada por mujeres lujuriosas y ávidas de deseos. Coloca a un hombre de éstos, rígido por el cumplimiento de la ley en medio de aquel ambiente afeminado, en una multitud de chulos y enamorados de la desnudez, de la descarada voluptuosidad, gente con ardientes pasiones, que huela sus finos perfumes, sus afrodisíacos frascos y analgésicos vinos.
“Coloca a ese fariseo junto apóstol en las concurridas calles de Atenas rodeado por miles de ídolos mudos, esculpidos, fundidos y labrados. Deja que ese fariseo mire con sus ojos semíticos las obscenas representaciones que se le arrojan a la vista. Permite que vea todas inmundicias que pululan por las calles de una ciudad cualquiera del mundo griego o romano, llena de decaídos seres humanos, pobres mendicantes y gente envilecida. Deja ese fariseo pensar mientras palpa toda esas cosas, déjale un momento para que piense en el inefable Nombre de Dios, el Creador de los confines de la tierra y fíjate si no se enardece su espíritu o decae su semblante. Tal vez lo oyes sollozar. Sería fácil juzgar la moralidad de los fariseos hasta que tengamos la oportunidad de imaginar a uno de ellos en nuestro tiempo, viendo y palpando lo que nosotros vemos y palpamos. Imagina un fariseo de aquellos, en Hollywood,o uno de aquellos hombres santos caminando por Wall Street, o deja alguno que camine junto a ti por la calle principal o a la orilla de la espuma del mar de South Beach...”. (Passion, Karl A. Colsson, pags. 22-23).

¿Qué impacto tendría todo eso sobre su alma… y la nuestra? Y sin embargo Jesús dijo que si nuestra justicia no fuera mayor que la de los fariseos no entraríamos al reino de los cielos. ¿Cómo podemos imaginar ir al cielo donde está Dios si somos moralmente inferiores a ellos, en conducta y conciencia? ¿Cómo se sentiría un fariseo si fuera el huésped nocturno, por un solo día, en nuestro hogar y viera los programas favoritos nuestros, por el ejemplo el show de Fernando Hidalgo, La Cosa Nostra o el oscuro noticiero de Jaime Baily? ¿Pernoctaría con nosotros?

¿Qué pensaría de nosotros, los lectores de los pergaminos que ellos tan celosamente escribieron y conservaron, la Biblia? ¿Los herederos de Jesús Nazareno a quien él crucificó, los descendientes doctrinales de Saulo de Tarso? ¿Qué sentiría al oír que nuestras niñas en el santo sábado lo toman para bailar, beber y algo más en una discoteca nocturna? ¿No le daríamos náuseas? ¿Es nuestra justicia mayor que la de ese invitado fariseo? ¡Y cómo queremos ganar a los de Wall Street, a los de Hollywood y a los sensuales del Sur de Florida! Si nos aburren sus largas oraciones, si nos reímos de sus alargadas filacterias, si nos molestan sus quisquillosos escrúpulos y su supersticiosa dieta, ¿qué pensaría él de nuestra moral? ¿Son nuestros ojos más puros que los de él, nuestras manos con menos iras y contiendas, nuestros labios menos mentirosos, cuando nuestro corazón palpita con alegrías y se ríe con los chistes de Álvarez Guedes y no se llenan nuestros ojos como los de él, con lágrimas? Aquella gente era buena y mató a Jesús. Y si no alcanzamos a ser mejor que un fariseo, ¿qué haríamos con Jesús si lo tuviéramos como predicador en nuestro púlpito? ¿Qué harían los celosos diáconos? ¿Soportarían sus sermones y filípicas?

viernes, 17 de octubre de 2008

La teología de una Oración


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Mateo 11:25-27 (LBLA)

En aquel tiempo, hablando Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios e inteligentes, y las revelaste a los niños. [26] Sí, Padre, porque así fue de tu agradó. [27] Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

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El estado espiritual en el que se halla Jesús, dice Lc.10:31, es de completo regocijo por el éxito misionero que tuvieron sus 70 enviados, aunque les dijo que se regocijaran más bien en la salvación de ellos que en los éxitos evangelísticos. No les estaba prohibiendo se pusieran contentos con la salvación de los pecadores porque él mismo se gozó con las nuevas triunfales. ¡Cómo no nos vamos a sentir felices al ver que los pecadores se convierten con nuestra predicación!
¿Puede usted ver el rostro iluminado del Señor? ¿Puede sentir su corazón latir de dicha? ¿Cuál es la razón? El resultado de aquella gira evangelística de sus apóstoles. No trajeron un informe hinchado, no hablaron de gente que alzaron la mano para mostrar que creían. Cristo había mirado al cielo y visto al diablo descendiendo derrotado por aquellos sermones que sus discípulos predicaban. El trono de Satanás estaba siendo amenazado por aquellos evangelistas. El alma del Señor está feliz, nada le ponía tan contento como ver el reino de los cielos descendiendo entre los pecadores. Entonces oró y dio gracias al Padre por lo que había visto y oído y su oración, su santa oración es la que vamos a estudiar y aprender de ella, porque está llena de sana teología, aprender cómo es que se salvan los pecadores para alegrarnos también nosotros.


Veamos el regocijo del Señor. Los dos evangelistas nos dicen que él pronunció estas tres palabras: “Te alabo Padre”. Pero repetimos la pregunta: ¿Cuál fue el motivo de su oración de alabanza? Tanto porque los pecadores se hubieran salvado como por la forma en que Dios había planeado salvarlos. Observe eso porque a nosotros también eso nos alegra, su forma de salvar a un pecador, como el hecho mismo que lo haga.

En sentido general alaba el plan y la elección de los escogidos en su sabiduría, su inteligencia; el tipo de plan que el Padre escogió para salvar a los pecadores. El Señor se regocijó con aquel plan porque era el mismo que él había escogido para ser el Salvador del mundo. Sin ese plan nadie se hubiera salvado. Un plan que no reposa sobre el veleidoso o empedernido libre albedrío. Dijo: “Te alabo Padre porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos y las revelaste a los niños. Sí Padre, porque así te agradó”. Fíjese que él no dijo solamente “Te alabo porque has revelado estas cosas a los niños” sino que también dijo en su oración: “Porque escondiste estas cosas a los sabios y entendidos”.
Aunque se halla implicada, no exactamente por la excepción hecha, sino por el privilegio concedido a los menos y quitado a los grandes, y hasta no hay mucha forma de afirmar que Jesús se regocijó solamente con la salvación de los pequeños y no con el merecido hecho de que el evangelio se quedara oculto para los entendidos del mundo, por la propia dureza del corazón de ellos, y porque el camino del intelecto de ellos no arribaría a Dios. Se lo merecían.

Eso es lo que dice el texto de ambos evangelistas. El sentimiento perfecto de justicia que el Hijo del Hombre sentía, su deseo de que la incredulidad fuera vindicada, su hambre y sed de justicia, el honor de Dios constantemente ofendido por aquellos intelectuales y ricos indiferentes y rebeldes, que no por sus capacidades eran desechados sino por el carácter soberbio de ellos. Esas cosas, que existían de modo perfecto en el corazón de Jesús, que tenían que ver con el Padre, más que con los pecadores, fue lo que lo movió a dar gracias porque algunos se quedaban a oscuras cuando a otros se les alumbraba el cielo.

Quizás tengamos que conocer un poco más el corazón de Jesús, no solamente en su amor por los perdidos sino en su amor por su Padre celestial, no solamente como Salvador sino como Juez justo, según dice Juan. Nuestro conocimiento del Salvador no está balanceado mientras no le conozcamos también como Juez Justo, alguien que amaba la ley de Dios y la cumplía hasta en sus jotas y tildes. Mientras más conozcamos a nuestro Salvador más conoceremos como es que nos salvó.

¿Nos podríamos regocijar nosotros de ese modo, por esas dos cosas, que los sabios y entendidos se queden sin comprender el evangelio mientras que los ignorantes pasen a entenderlo? ¿Que unos lo rechacen y otros lo acepten, que para unos sea olor de vida y para otros, olor de muerte? ¿O somos más sensibles y sentimentales, o más humanos que Jesús? (2Co 2:16). ¿No nos pondríamos a llorar más bien que sentirnos regocijados por la segura condenación de un grupo de la sociedad? Jesús lloró y suspiró mucho por los pecadores, los evangelios nos dan razón de que lloró más de lo que se dice que se enojó. Lloró por la cruz, lloró por los adúlteros, por los publicanos, por los ladrones, por la gente maldita que pecaba sin conocer la ley de Dios. Pero ¿cuándo usted ha leído que lloró por los fariseos y saduceos? ¿Cuándo usted le ha oído gemir por aquellos hipócritas? ¿Acaso no ha leído su sermón escrito en Mateo 23? Para aquellos que voluntariamente estaban blasfemando al Espíritu Santo no hubo jamás perdón. Aquellos eran los sabios y entendidos que aquí en su oración hace mención. Los rabinos, los profesores, los que le criticaban porque era un hombre sin letra y del vulgo, un carpintero que no había ido a la escuela.

Sin embargo, aunque nuestra reflexión puede llegar hasta donde la he llevado, la teología de esa oración no resulta deprimente sino estimulante porque el Señor exactamente no está dando gracias porque ellos rechazaron el evangelio sino porque el Padre cuando todos estaban en tinieblas favoreció a los ignorantes sobre los sabios. El regocijo del Señor no es tanto porque abandonó a los entendidos sino que estando ambos, sabios e ignorantes, sumidos en la oscuridad, iluminó a los pobres, los pequeños, los marginados, los pecadores, los enfermos, los cojos, las rameras, los ladrones, con la gracia salvadora. Su felicidad está en que el Padre eligió para salvación a los peores pecadores, a los que menos esperanza tenían de ser escogidos, a los más marginados, a los más empedernidos, a los que estaban lejos, sin ciudadanía, sin pacto, sin promesa. Los que estaban verdadera y descubiertamente enfermos. ¿Nos regocijaríamos nosotros en eso, que el Señor revelara su gracia a los pecadores más groseros?

Tiene que tener en cuenta que el énfasis de su oración, la carga de su gozo, no se halla puesta sobre el hecho de que a los sabios y entendidos les fuera privado ese conocimiento sino de que a los ignorantes y embrutecidos pecadores se les revelara. La alabanza de Jesús se halla justificada por quiénes fueron elegidos y que hayan sido elegidos. Hay un misterio muy grande en sus palabras que es bastante difícil de explicar, que alaba a Dios porque pasó por alto a los sabios y entendidos y no les reveló la fe ni les dio su perdón. Quizás hoy me oye algún sabio y entendido, un hombre o una mujer arrogante que no puede pensar que de Galilea salga algo bueno, que el Hijo de José sepa letras sin haber estudiado, que un mortal sea antes que Abraham fuera, que se diga Hijo de Dios haciéndose igual a Dios. Decidme señor o señora, ¿no merece por su actitud ofensiva ser pasado por alto? ¿No podría usted muy bien ahora mismo quemar toda su sabiduría y humillarse como un ignorante y creer por fe lo que no puede demostrar por la ciencia? (1 Co 3:18). ¿Es demasiado pequeño Jesús a sus ojos de sabio y entendido? Tenga cuidado, porque su ciencia lo puede perder, puede estarse equivocando miserablemente. El maestresala en aquella fiesta a que asistió Jesús, al probar el agua hecha vino dijo que era añejo, que tenía años de estar guardado en alguna bodega, sin embargo aunque científicamente era un hecho de que era viejo, había sido acabado de hacer. ¿No le pasará lo mismo a usted con el carbón 14 o la prueba de la fluorina, la edad de la tierra, de los fósiles y un día compruebe que su darwinismo fue un error fatal que le excluyó a Dios?

Cuando uno lee las epístolas del Pablo entiende algo del por qué. Los sabios y entendidos siempre, alegando ser eso, rechazaron el evangelio por simple, e incluso criticaron duramente al apóstol por predicar esas necedades o locuras. En los primeros capítulos de Corintios usted hallará eso. Aquellos hombres sabios rehusaban hacerse ignorantes para recibir el evangelio, no quisieron abdicar de su razón y acoger lo revelado por medio de la fe y de ese modo no pudieron ser salvos. Así halla las dos partes, ellos rechazaron el evangelio de modo voluntario y al mismo tiempo Dios no les revela su evangelio. Muy pocos sabios, aunque felizmente siempre ha habido algunos, y nobles también, no se han envanecido en sus razonamientos y fueron salvos.

¿Está mal que el Salvador se arrodille y de gracias porque le esconde a usted el conocimiento del evangelio cuando lo menosprecia, cuando lo tiene delante, que no le deje entender la Biblia cuando la toma en sus manos, cuando hace tantos años que posee alguna guardada sin abrirla o ni siquiera la tiene, o jamás visita alguna iglesia ni pude soportar un sermón de 30 minutos ni un culto razonablemente agradable? ¿Está mal que se regocije y en lugar suyo dé amor por la Biblia a los que no saben casi ni leerla y placer espiritual a los que no conocen las delicias superiores del pensamiento y que llene las iglesias de niños, campesinos, mujeres, gente de las clases bajas? ¿Hay algo de injusto en que todos despreciando el evangelio él escoja a los pequeños para usar una gracia especial y regeneradora y decida darles un corazón nuevo y blando? No hubiera tenido que salvar a nadie, ni sabio ni bruto, pero tuvo compasión de los pequeños porque así le agradó al Padre.

¿Le molesta a usted que haya pasado por alto aquellos sabios arrogantes que no se juzgaron dignos de la vida eterna? ¿Quiere defenderlos a ellos, cuestionar y oponerse a la selección de Dios, cuando a esos no les importa la defensa que usted les haga, ni se la pidieron ni tampoco la quieren? A los impíos e indiferentes no les interesa la elección ni la predestinación, ¿no los ha oído en su evangelismo decir que ellos quieren el infierno, que no les importa la religión ni el más allá sino esta vida?
¿Quiere que yo le explique más por qué no hubo misericordia regeneradora para ellos? Mi respuesta la hallo en los mismo labios del Señor y no añado ni una jota más: “Sí Padre porque así te agradó” (v. 26). Si algo agradó a Dios, ¿no será justo, santo y bueno? Seguro que lo es.

sábado, 11 de octubre de 2008

Memorias de un Pastor Ordinario


(Memoirs of an Ordinary Pastor)

La vida y reflexiones de Tom Carson, escritas por su hijo D. A. Carson.

Dice el Dr. D. A. Carson:

"Algunos pastores, poderosamente dotados por Dios, son extraordinarios regalos suyos para la iglesia. Aman a su pueblo, usan bien la Escritura, ven muchas conversiones, tienen un ministerio que trasciende a otras generaciones, entienden su cultura y se niegan a rendirse ante ella, son teológicamente robustos y poseen una personalidad disciplinada.

"La mayoría de nosotros, no obstante, servimos en lugares mucho más modestos. La mayoría de los pastores no predicarán regularmente a miles de personas. La mayoría no escribirán nunca libros que influyan a las multitudes, no supervisarán numerosas directivas y no verán en sus iglesias sino un modesto crecimiento. Solícitos en el cuidado de los ancianos, entregados a la visitación, a la consejería, al estudio de la Biblia y la predicación. Algunos trabajarán con poco apoyo de tal manera que tendrán que preparar sus propios boletines.

“Muchos de ellos asistirán a las conferencias preparadas para ministros y podrán enterarse de aquellos ministerios exitosos, y se irán del lugar unos días después con una combinación de sentimientos en sus corazones, por un lado la gratitud de poder haber participado en ese evento y por el otro celos, sentimientos de sentirse como una persona inadecuada y con culpa. La mayoría de nosotros, siendo francos, somos pastores ordinarios. Papá fue uno de ellos. Este pequeño libro es un modesto intento para hacer oír la voz de uno de esos ministros ordinarios, porque tales siervos tienen mucho que enseñarnos" (pág. 9).


La traducción de la palabra ordinary del inglés al español es como algo de baja calidad o vulgar, común, promedio, mediocre o inculto. Pudiera ser que todos esos sinónimos no se apliquen con justicia a algunos ministros pero a muchos sí. La inmensa mayoría de los siervos de Dios son ordinarios. Y no porque no hayan hecho esfuerzos por ser más útiles. Durante el año asisten a muchas conferencias sobre “iglecrecimiento”. Y es cierto que no pocos han salido con sentimientos de culpa de esos retiros ministeriales.

No es para menos después de haber escuchado las hazañas, los sicológicos consejos y los ingeniosos métodos, la singulares anécdotas, los alcances anecdóticos, los electrificantes ministerios, y el descomunal tamaño de la joven iglesia que ese genio de la administración eclesiástica ha levantado en tan corto tiempo, y la fama que tiene, pues hasta varios han comentado supersticiosamente en los pasillos y dormitorios que han oído a Juan el bautista que se ha levantado de entre los muertos.

Unas semanas después cuando regresa a su casa y a su iglesia, el pastor ordinario está otra vez decepcionado. Todos los años le pasa lo mismo. Los planes y el taurino trabajo pastoral no han dado mucho. Las cosas están más o menos igual. Hubo algún impulso inicial pero después se paró. El librito que vendió el invitado ha sido leído varias veces y copiado sus enseñanzas. Y tirado a un lado, es ridículo, no es magia. El no tiene la vara de Moisés. Y ya le queda poco de la autoestima. Llega a la conclusión después de varios años de duro esfuerzo, que los métodos y los “talleres” no son la solución. El progreso de la iglesia tiene que ver con otra cosa. Tiene que ver con la soberana voluntad de Dios. El Espíritu da como quiere. Es cierto que hoy hay siervos de Dios que son maravillosos regalos suyos para la iglesia cristiana. Dependen enteramente del Espíritu Santo, la Palabra y la oración. Otros, como el mismo Carson, sus trabajos "son más modestos". Unos siembran, otros riegan, y el crecimiento lo da Dios.

Por otro lado, gran parte de esos triunfadores modernos y expertos en sembrar y hacer crecer congregaciones, o “revitalizarlas” son unos soñadores. El evangelismo, como ellos describen el proselitismo y lo recomiendan es asunto de mercadeo, administración y liderazgo. Pero yo no me ocupo ahora de esas grandes figuras sino de los otros anónimos siervos del Dios Altisímo a quienes él usa y bendice y protege como a genuinos profetas. Este comentario es un reconocimiento a aquellos hombres como desconocidos, pero bien conocidos por Dios, para los cuales está reservada una entrada abundante en el reino de los cielos.


Aunque pertenece a la clase de pastores tenidos como ordinarios, tiene muy buenas cosas que decir y quién sabe si mejores que aquellos que no tienen rebaños tan chicos. Vale, que no tiene de qué gloriarse. No ha circuncidado a muchos según la carne y si se mueve de una congregación para otra le piden un impecable currículo y algunas poderosas cartas de recomendación. No tiene la suerte de ser hebreo de hebreos ni del linaje de Benjamín, ni de la tribu de Dan sino más bien “sin padre ni madre y sin genealogía”, su presencia corporal es débil y la palabra menospreciable, o sea que no es un buen orador como ellos piden. Prefiere ser Pablo, un “palabrero”, que Tértulo.

Será ordinario pero habla como un verdadero maestro de Israel, y saca de su corazón y de la Escritura, tesoros nuevos y añejos y oírle un mensaje expositivo es sentir el alma ardiendo, y cuando abre la Biblia, el corazón salta lleno de Espíritu Santo, en el pecho. No publica sus profundas experiencias espirituales, y en una ocasión retuvo por 14 largos años que fue al tercer cielo y oyó palabras inefables que le prohibió Dios que las imprimiera en un libro y las vendiera como pan caliente a los de poca fe y amadores de experiencias extrasensoriales. Y eso, sépanlo los que no son ordinarios, fue elevado tan alto a pesar del peso de su caída humanidad. ¡Los secretos de la gracia! Es un tesoro como persona, como cristiano y como pastor. Y no es una excepción, hay muchos como él.

Conduce tu auto un domingo en la mañana hasta su parroquia y verás el privilegio que tienen sus cien o menos oyentes. Sus almas están bien alimentadas con Cristo. Allí sí que está el Espíritu en el día del Señor. La gente lo oye absorta o sonriente, en la punta del asiento, como si comiera la carne y bebiera la sangre del Señor. Es pan de ángeles lo que le dio el Señor al ministro, ordinario. Es demasiado comida para tan pocas personas. Uno se convence que Jesús está vivo, y cree que hay Espíritu Santo, como Jacob de José, cuando ve los asnos cargados con lo mejor de Egipto, pan y trigo, es decir, verdades que pesan una libra cada una.
La comida que sacó de su despacho y trajo a su púlpito hubiera alcanzado para alimentar a cuatro mil, sin contar las mujeres y los niños. Y recogieron doce cestas con los sobrantes. La única razón por la que no tiene una iglesia numerosa es por disposición divina y no por carencia de gracia, que le sobra. Puede él tener la esperanza que dentro de aquella incontable multitud vestida de ropas blancas que vio Juan en su Apocalipsis, de todas las naciones y lenguas, algunas hablarán en español y darán su testimonio a favor de su desconocido ministro y cómo él los ayudó a lavarse en la sangre del Cordero, a preservar su alma virgen y guardarse sin manchas del mundo.

El ministro ordinario también tiene enormes triunfos, sin las fanfarrias de la popularidad, que lo acreditan como uno que ha sido llamado por Dios y no ha tomado para sí, por sí mismo, esa honra. Será tenido por la historia (es una hipérbole) como un pastor ordinario, porque nadie va a escribir su biografía en estos tiempos postmodernos, porque sería diferente a la que ellos quieren leer. El es como los de otrora, y ya esos los publicistas no los venden porque no tienen compradores. O muy pocos.

Será un pastor ordinario pero puede hablar con orgullo santo sobre la bondadosa providencia de Dios que lo ha preservado sin caídas para su reino celestial. Por su virtud y poder, por el interés que Dios ha tenido en su salvación y en su ministerio, es que no ha permitido que su pie tropiece en piedra, ni haya sido atrapado por el lazo del cazador ni sucumbido en brazos de la sensualidad. Nada le ha faltado, Dios siempre ha atendido sus urgencias y después de enseñarle a estar contento cualquiera que sea su situación ha sido ayudado con “pequeños socorros” y para que no se sofoque le ha llegado de la presencia del Señor “tiempos de refrigerio”.

Un pastor ordinario ama a Dios porque le ha perdonado sus muchos pecados. Es un hombre muy agradecido. No se puede medir cuánto lo ama, pero por sus decisiones, sus renuncias y pérdidas, sus padecimientos, su esfuerzo por el extendimiento del reino, su integridad espiritual y moral año tras año, y su desinterés vocacional, se puede decir que su amor por el Señor es grande. Un pastor ordinario también lleva en su cuerpo las marcas del Señor Jesucristo y parafraseando a Pablo, sufre por la iglesia lo que le faltó al Señor, no como Redentor, sino como predicador y pastor. Como Jesús, él tampoco pertenece a aquellos que trasquilan las ovejas en beneficio propio, ni tampoco tiene la piedad como fuente de ganancia, ni como pretexto hace largas oraciones, ni necesita el púlpito para sentirse realizado porque esa no es su meta sino hacer la voluntad de Dios, cualquiera que ella sea. Lleva con honor sus cicatrices, heridas que se han sanado, algunas sólo casi.
Cuando Pablo defiende su ministerio de las comparaciones con los judaizantes, no apela a sus títulos, a los idiomas que podía hablar sino a los naufragios que había sufrido, al hambre que había padecido, a la sed que había tenido, a los robos de los cuales había sido víctima, y así continúa mencionando peligros y otras cosas más. No dice que ganó muchas almas y que había plantado cien congregaciones y algunas “mega-iglesias”, sino que desde Jerusalén hasta lírico había llenado toda la región con el evangelio del Señor Jesucristo. Y el crecimiento lo daría Dios.

Esos pastores ordinarios no son menos que "aquellos grandes apóstoles". Y la iglesia ve que de las joyas que Dios ha puesto en su corona la más brillante gema es su familia. Tal vez el Señor no haya bendecido tanto su trabajo como su familia. Aquí la misericordia de Dios se ha desbordado. Lo acompaña una esposa ideal, la ayuda idónea, una verdadera colaboradora, una carne de su carne y hueso de su hueso, una sierva de Dios, una gran mujer y una madre excepcional. No tiene mayor gozo que ver que sus hijos andan en la verdad. Aman a Dios y a su obra, y sus hijas son como las esquinas labradas de un palacio, y un día cuando al fin entre en su reposo y oiga al Señor decirle lo mismo que al que ha tenido mucho éxito “bien buen siervo fiel, entra”, podrá responderle "no sólo yo Señor, yo y los hijos que tú me diste".


El Dr. Corson en otro sitio escribe esto de su padre:

"Nunca le oí y tampoco encontré entre sus papeles, que Tom expresara algún celo o malicia hacia otros compañeros que pareciera que lo eclipsaron, pero si tuvo que luchar o no luchar contra eso, las situaciones eran propicia para que se generara en él un sentimiento de inferioridad que podría haberlo acompañado por el resto de su vida. Comparado con otros ministerios el suyo fue ordinario" (pág. 68).


Si usted es un pastor ordinario y envidia al que tiene más éxito, ¿qué razón tiene? ¿Qué distingue al otro si no es la gracia? ¿Cree que aquel será llamado grande en el reino de los cielos porque llevó a Cristo a miles? ¿No ha leído que el éxito genuino no es del predicador sino de la Palabra de Dios? Si lo que tiene aquel se lo ha dado Dios no tiene de qué gloriarse. Los reconocimientos celestiales no vendrán por las cantidades sino por la fidelidad y por la semejanza que se tenga con Dios.
O si usted tiene un pastor ordinario, y es miembro de una iglesia pequeña, no se avergüence ni menosprecie su trabajo yéndose para una más grande. Lo hará sufrir. Lo hará sentir menos. Se abatirá su espíritu y llorará su ausencia. ¿Cree que Dios verá con buenos ojos que usted se ligue a una gran congregación que no necesita de sus dones ni dinero?
¿Se imagina que va a ser mejor atendido? ¿O que será mejor cristiano? ¿Son necesariamente mejores cristianos los que pertenecen a una iglesia grande? ¿Podrá usted pensar tanto en sus intereses más que los de su pequeño rebaño que le echarán de menos porque su asiento estará vacío? Y tal vez a la larga no gane con el cambio y luego le pese y le de pena regresar. El libro, Memorias de un Pastor Ordinario, lo compré precisamente porque me sentí identificado con el título y con la experiencia pastoral del doctor D. A. Carson mismo, su padreTom Carson, otros que aparentemente eran ordinarrios aquí en la tierra pero grandes en el reino de los cielos, y también pensé que tenía que ver conmigo.

jueves, 9 de octubre de 2008

La Fe del Conde de Montecristo


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Una palabra de orientación al lector.

La primera parte es la introducción al tema. La segunda es un análisis de la paradoja neotestamentaria entre la fe paulina y las obras en Santiago, que te pido con paciencia también leas. Y la cumbre de mi propósito es la porción final que espero que la disfrutes y te sirva de consuelo.

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Introducción

La doctrina mas discutida en los días de la Reforma protestante del siglo XVI fue la justificación por la fe sola sin las obras de la ley, ya que por ellas “ninguno será justificado”[i]. Esta doctrina y todas sus hermanas llamadas “doctrinas de la gracia” son preciosas, no inventadas por Agustín, Calvino, Lutero, los puritanos, los hugonotes o los bautistas, porque son las doctrinas de los apóstoles y de nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo todas ellas no fueron dadas solamente para ser creídas sino vividas. El amor de Dios se vive, su misericordia se vive. La justificación por la fe se vive, la redención se vive, la expiación se vive.

Las obras del Espíritu Santo se experimentan: el nuevo nacimiento, el arrepentimiento y la santificación. La inspiración de la Sagrada Escritura es un hecho. Y mencionando esto, la primera historia eclesiástica que tenemos en el Nuevo Testamento se llama Los Hechos de los Apóstoles, no sólo sus palabras sino sus acciones. Que fueron también los hechos del Espíritu.

Cuando uno madura (un eufemismo de “envejece”) se vuelve terriblemente real. Uno quiere confirmar millones de veces su salvación, o como dice el apóstol, hacer firme su elección.[ii] En relación conmigo, ahora que tengo la salvación “más cerca que cuando creí”, procuro disfrutar más aquellas doctrinas que he enseñado y por las cuales he contendido desde mi juventud. Son algo no sólo que creo sino de lo cual participo, son hechos que me conciernen.

Hablemos sobre la justificación por la fe, y digamos que la vida cristiana consiste en una vida de fe, una vida vivida con una “esperanza viva”[iii], contentos de haber arreglado la cuestión de los pecados contra Dios y haber recibido por la justicia imputada de Cristo, plena justificación y absolución. La justificación es tanto jurídica como moral y me permite vivir sin culpas, sin miedo y orgulloso de la gracia, gloriándome en el Señor.[iv] El propósito principal de la fe dada por Dios no es permitirle a la persona adquirir conocimientos teológicos per sé sino para vivir una vida de fe. Una vida social de fe, una vida doméstica de fe, una vida económica de fe, con buena o mala salud pero con fe. La fe no sólo es una necesidad para “agradar a Dios” sino para vivir una vida que valga la pena vivirla, una vida feliz y “estar contento cualquiera que sea la situación”. El encargo que tiene la fe en este mundo es conseguir fidelidad, lealtad, y también traer sonrisas, paz, bondad, esperanza, sueño y otras bellezas más. Ningún hijo de Dios debe vivir como un reo de la justicia divina ni con una vida miserable como si estuviera vestido de ropas viles y no de gala[v], vestido del Señor Jesucristo[vi]. En fin, el alma misma de la fe es el comportamiento, la actitud y el estilo de vida, y se transmuta en esperanza, bondad, mansedumbre, templanza, paciencia, o sea, en una vida en el Espíritu. La fe tiene que llegar a esa transmutación, alterando el carácter y el comportamiento, sin que haya jamás conflicto entre la teología y la práctica. Las obras no son salvadoras pero forman parte de la salvación.

Pablo dijo “el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Ro 3:20, 28). Santiago dice lo opuesto.

Aparente paradoja

Santiago 2:20-26 (LBLA)

Pero, ¿estás dispuesto a admitir, oh hombre vano, que la fe sin obras es estéril? [21] ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre cuando ofreció a Isaac su hijo sobre el altar? [22] Ya ves que la fe actuaba juntamente con sus obras, y como resultado de las obras, la fe fue perfeccionada; [23] y se cumplió la Escritura que dice: Y Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios. [24] Vosotros veis que el hombre es justificado por las obras y no sólo por la fe. [25] Y de la misma manera, ¿no fue la ramera Rahab también justificada por las obras cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino? [26] Porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta.

Santiago no usa aquí justificación con el mismo sentido que la usa Pablo, ni está dirigiéndose al mismo tipo de público. Pablo dice que el justo por su fe vivirá sin las obras de la ley (Gal.3:11), y habla a aquellos judaizantes que insistían que para ser salvos había que guardar los ritos y las obras de la ley y con ella se vanagloriaban hasta el máximo. Santiago no habla a gente que obra sino a gente que no lo hace, que no quiere obrar.

El interés de Pablo es separar la fe de las obras y el de Santiago es unirlas. Para Pablo justificación es un acto legal para obtener el perdón, para Santiago es una aceptación ante Dios, una vida con frutos. Santiago piensa que la fe es algo práctico, que es un estilo de vida. Ni un punto menos. Lo de Pablo es alta teología, la del areópago, la de la universidad, la de los seminarios, la de la evangelización, la de Santiago es la teología del comercio, del hogar, de la calle, de la oficina, la del testimonio. Los malos cristianos que Judas conoció convertían en libertinaje la gracia de Dios y negaban a Dios y a Jesucristo con sus obras (Judas 1:4). Pablo las desvincula doctrinalmente, Santiago las une en la vida. Las dos posiciones son válidas. Su punto de vista es que la fe actúa juntamente con las obras, y la perfecciona. (v.22).

La justificación, si hablara en sentido legal como Pablo no diría eso porque es un error, no se puede perfeccionar ni ayudar en algo. La justificación paulina es un acto jurídico, una declaración de inocencia y consiste en el apropiarse de la justicia perfecta de Cristo, y no es susceptible de mejoramiento. Las obras, como se ve aquí por el ojo de Jacobo, no son otra cosa que fe visible. El fruto de la fe. Una prolongación de la vida del alma. En ningún punto la fe deja de serlo y se vuelve obra, sino que cree y acaba viéndose en los hechos. La fe lo que hace es materializarse, reconocerse, testificar de su existencia. Una fe que no es perfecta en hechos es un cadáver maloliente. Los que creen y obran son los amigos de Dios. Además de esas dos observaciones hay otra.

Veamos a Abraham en dos épocas. El caso que Santiago pone de Abraham cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar, v.21, se halla en Gen.22:1-14; 30 años después de la justificación que menciona Pablo en Gen.15:6, Ro.4:3-4. Santiago une dos textos muy distantes el uno del otro y cuando dice que se cumplió la Escritura… tal y tal, v.23, sepa que no había ninguna profecía al respecto cuando ofrece a Isaac, lo que sí había era su declaración de fe, que se ratifica como genuina en la obra. La conexión que hace Santiago es válida, la fe de Abraham hubiera sido vana si rechaza la petición de entregar a Dios su primogénito. Cuando él dice: “Se cumplió”, lo que quiere decir es: “No ven que yo tenía razón, la fe de nuestro Padre no era vana sino auténtica y eso se hace manifiesto en su obra”. Ambos manejan los mismos textos pero para probar fines diferentes. Aunque Pablo no hace uso de la petición sacrificial del niño.

Con respecto a la cita de Rahab la ramera, v.25, pasa lo mismo. La mujer fue justificada por haber creído, por su fe, como se dice en Heb. 11:31; pero su fe no fue muerta o estéril, y protegió a los espías. El espíritu de la fe son las obras, son las que la hacen una confianza viva, una profesión activa. El alma de la fe son las obras. Si afirmamos que somos salvos por medio de nuestra fe como dice Pablo, bien haremos si la chequeamos por lo que dice Santiago, por las obras. Si hay fe no fingida, se halla viva y testificante en la comunidad de los justificados.

Aplicación de estas reflexiones

Empecé este trabajo pensando en la realidad e importancia de vivir con fe. Abraham creyó a Dios aquella noche estrellada, y creyó a Dios cuando ató a su hijo sobre la leña e iba a degollarlo. Fue una terrible experiencia. Y la fe hizo que sobreviviera. Triunfó sobre lo absurdo. Desechó el pensamiento que Dios estuviera equivocado. No sólo demostró a Dios que creía sino que se elevó él mismo a un plano superior de vida.

En el caso de Rahab pasó lo mismo. Fue una situación difícil cuando escondió los espías judíos y desorientó a la policía de Jericó que los buscaba. Fue una traición a su gobierno. Una renuncia política. Una decisión que tuvo que tomar para dejarlo todo a cambio de su vida y las de los suyos. Y eso es lo que Dios quiere, no tanto que yo escriba un libro sobre la fe sino que en este mundo hostil donde crecen los espinos, donde sale el sol sobre justos e injustos, donde la tierra es maldita por causa del pecado del hombre, donde se ha derramado la sangre de tantos inocentes, donde los hombres y mujeres han perdido el honor de sus propios cuerpos y se burlan de los yernos que les amenazan con una lluvia de azufre y destrucción total, donde enfermamos y morimos, es aquí donde Dios quiere que vivamos nuestra fe. Hasta que él quiera.

Que demostremos que la doctrina de la soberanía suya es una realidad a pesar que no se vea que todas las cosas le sean sujetas, y muy a pesar de la plaga de terroristas y de los manejos equivocados de los políticos, y las decisiones suicidas de fanáticos que creen que las ideas triunfan con bombas y balas, en tiempos donde no parece que haya algún Ser Divino cumpliendo su sabio propósito, cuando nos parece que el manejo de todo está en las manos de los hombres y no de ningún Ser Espiritual, cuando no se cree en su omnipotencia, su providencia, su fidelidad, su amor y su justicia.

Dios quiere que creamos en la resurrección de los muertos y en la vida perdurable, pero más, que no tengamos miedo enfermarnos e ir al salón de operaciones, que no palidezcamos de susto cuando el diagnóstico es desfavorable, o el tejido canceroso quizás, que no nos angustie envejecer y perder la memoria y la capacidad de valerse por uno mismo. A seguir en la fe con un órgano menos. Como la misma fe de antes del accidente como después.

Que tengamos fe no sólo para pedir y recibir sino para pedir y no recibir y hasta para perder, para ser desgajados, desgarrados y llorar. Y sentir que la familia se ha disminuido, que la casa está más vacía, o que ya no hay la holgura de antes y falta el dinero, y hay temor de perder las propiedades, y hasta la reputación, cualquier cosa.

Bonita es la fe que canta ante un micrófono en la iglesia pero gloriosa es aquella que canta junto al cadáver de su hijo. Bonita es la fe que dice amén a una oración pero estremece aquella que declara “Jehová dio, Jehová quitó, sea el nombre de Jehová bendito”. No tenemos más fe que la que usamos para vivir. Y no se puede aumentar la fe sino con actos de fe y la fe, pienso, tiene un cinco por cien de intelecto y un 95 de obras.

La contextura misma de la fe, su cuerpo interior, sus músculos, sus órganos, su sangre, sus huesos y su piel, son las obras de fe. La desobediencia es un acto de incredulidad, lo mismo que la ansiedad y la preocupación, por humanas que sean esas cosas. No se sabe la fe que se tiene por las emociones y sensaciones que recorren el cuerpo sino por hechos, por cómo se toman las cosas, como se manejan y se aceptan, por la adaptación. La fe que “vence el mundo” es la que toma decisiones de fe, da pasos de fe, se ríe de lo porvenir, camina sobre las aguas, cree si Dios la libra o no, duerme en el suelo de un calabozo o sobre un cabezal. No necesita sedantes y espera, espera, siempre espera.

Como dijo Alejandro Dumas por medio del Conde de Montecristo. La fe tiene que acompañarla la paciencia y la templa el tiempo. Esperar, “no hay palabra más terrible que esa”. Una fe que aguanta 20 años injustamente condenado, traicionado, vendido, y que sirve para hacerle vivir resignado por las pérdidas, tranquilo ante un veredicto injusto, todavía creyendo y resistiendo cuando se envejece inútilmente, no esperando nada del futuro y esperándolo todo, perdonando y con sed de justicia, casi con hambre divina de venganza, fe para morir temprano y cuando no hay respuesta de Dios ni explicaciones, y el Padre Celestial calla…silencio, y parece desinteresado en nuestro asunto, fe en el sufrimiento cuando la vida niega rotundamente la existencia de la providencia y la bondad de Dios, cuando creer parece un disparate.

Una fe que no hallando a Dios sigue buscándolo, y aunque no lo llegue a encontrar sigue creyendo, porque ella tiene un origen divino y él tiene que existir, es una necesidad que tiene el mundo de que él exista. El no pudo habernos hecho eso, haberse ido o mudado a otro mundo. Una fe que cuando ya no sabe si queda algo de ella para aguantar, echa mano del recurso de la terquedad y la obstinación, de la estupidez y se sienta sin ojos, ciega, sola, esperando que llegue. Aunque nunca llegue.



[i] Rom 3:20; Ga 2:16

[ii] 2Pe 1:10

[iii] 1Pe 1:3

[iv] 1Co 1:31; 2Co 10:17

[v] Zac 3:4

[vi] Rom 13:14

martes, 7 de octubre de 2008

Sermonetes y Cristianetes

Nunca en el último siglo la iglesia necesita tanto la predicación expositiva de la palabra de Dios como ahora. Es desesperante cuando uno ve lo que está pasando. Últimamente he tenido oportunidad de visitar muchas iglesias y oír muchos sermones. Ha sido una experiencia decepcionante. Me he preguntado ¿por qué esta gente viene aquí? ¿Qué saca de su viaje a este lugar? Y he sentido compasión por ellos. Con dificultad podrán ser salvos con lo que oyen e imposible que se santifiquen o vivan gloriosamente sin crecer en conocimientos.
En una congregación de 800 ó 900 asistentes, con un circuito de televisión para transmitir el culto a sitios fuera de la ciudad oí al predicador hablar sobre los estados de ánimo que tiene una persona y cómo vencer la depresión. En otra congregación mayor aún escuché hablar sobre el uso del control remoto del televisor. He escuchado a otros escoger tópicos bíblicos, gritados de modo sensacional, pero sin sustancia, a los cuales se les puede decir con razón lo que los israelitas sin razón le dijeron a Moisés sobre el maná, que es “pan liviano”. [i] y no sustancioso como el pan de Aser.[ii]

Sin embargo en otro sitio donde había sólo ciento y tantos oyentes oí a su pastor predicar un sermón expositivo sobre el evangelio de Mateo, el cual llevaba explicando varios meses. Quedé tan encantado que le dije que esa sola hora podía dividirla en 60 minutos y regalar uno solo de ellos a 60 iglesias en Miami y con ese solo minuto de su sermón serían más edificados que con la media hora o más que ellos consumen cada domingo. No hay predicación que sea mejor y asegure más la salvación y de tanta gracia a la vida cristiana como la expositiva. Sin esa clase de predicación en el púlpito, por interesante que sea la temática, va a ser difícil que el cristianismo pase victorioso al próximo siglo. Mi conclusión del porqué la gente acude a esos sitios seguro que no es por el sermón, no es la palabra de Dios sino por otros factores que tienen que ver con el liderazgo del ministro o de sus colaboradores y las ventajas temporales que en ese lugar reciben, el domingo o dentro de la semana. Se manipulan factores hedonistas o culturales y con ellos atrapan a las preciosas almas como mariposas.[iii]

Hace un mes o algo así disfruté la lectura del libro He is not Silent (El no está en silencio) escrito por el Dr. R. Albert Mohler, Jr. El contenido es principalmente para predicadores pero no únicamente sino que concierne a todos los que oyen la palabra de Dios y testifican de ella fuera del púlpito. El título de estos comentarios sale de una frase dicha por el autor [iv], y que debe hacernos pensar seriamente en la clase de cristianos que somos y la relación con lo que oímos en la iglesia, en especial con los sermones del pastor. Hay sermones de textos y temáticos que son buenos si el predicar conoce cómo exponer el pasaje y acomodar lo espiritual a lo espiritual, es decir, si amplía su pequeña porción con otros textos y adorna el asunto con las historias bíblicas. El libro del hermano Mohler es una buena recomendación a la predicación expositiva de la Biblia, o sea, tomar el texto bíblico, explicarlo y hacer las aplicaciones a los oyentes. Si así se hace, habrá iglesias saludables y longevas cuando llegue el mundo al siglo XXII, pero si la mayoría de los ministros siguen enloquecidos con el proselitismo y sustituyendo la Biblia por otras cosas, los cristianetes que formarán esos sermonetes no serán capaces de subir al Tabor[v] y ver la tierra prometida y mucho menos conquistarla. Y si logran trepar a la cúspide serán tan incrédulos que no merezcan bajar. El futuro del cristianismo está en un regreso de la Biblia al púlpito. No hay manera de cambiar el tren de las cosas en esta sociedad postmodernista sino con el ímpetu de la fe en la palabra de Dios.

El mundo de hoy es un mundo postmoderno[vi], la gente con la que nos codeamos es postmoderna, “los campos blancos para la siega” que según la Biblia se refiere a los que debemos compartirles el evangelio, son postmodernos, y los miembros de nuestras iglesias suelen continuar siendo postmodernos con la misma cultura que traen y por añadidura impregnados por el secularismo[vii] (el interés es por el aquí y el ahora, son pragmáticos y piensan más en el provecho que tiene la piedad para esta vida presente que para la venidera). [viii]
Dicho de modo simple, una persona postmoderna se define como que no cree en la verdad absoluta (Que Jesucristo es el único camino a Dios, el único Mediador entre Dios y los hombres). La persona postmoderna cree que cada cual tiene su verdad y lo que es verdad para uno puede que no lo sea para otro (Por ej. “usted tiene su religión y es verdad para usted, yo tengo la mía y es mi verdad”).
Eso es lo que se enseña en los colegios y lo que disemina la prensa, la radio, el cine y la televisión, y todos nos piden aceptación de las cosas, que debemos aceptar a una persona como es sin exhortarla, sea moral o inmoral, aunque el hombre y la mujer postmodernos es más bien amoral, o sea, no cree que hay ninguna regla moral fuera de su yo, y por lo tanto nadie tiene el derecho a opinar contrario con respecto a su comportamiento y mucho menos a criticárselo.

Y como así más o menos van las cosas, el público postmoderno (al que invitamos a la iglesia) no piensa en arrepentimiento, no espera que nadie se atreva a llamarlo a eso porque cree que no lo necesita ni tiene que darle cuenta a alguno, ni siquiera a Dios. El hombre o la mujer postmodernos prefiere no asistir a ninguna iglesia donde se predique moral o arrepentimiento porque esa clase de Dios no lo quiere, busca, si quiere ir a alguna iglesia, una donde se le acepte como es y se le digan cosas que le ayuden a vivir como son, a mejorar su estilo de vida pero no necesariamente quiere un cambio, a no ser que sea para seguir el mismo rumbo. No desea que le toquen la conciencia ni que la palabra de Dios que como espada de dos filos penetra el corazón y los pensamientos, lo escudriñe de esa manera, porque no quiere conocerse a sí mismos sino inventarse.[ix]
El visitante postmodernista admite que con bondad se le hable de “errores” que si quiere se le puede llamar pecado [x]pero no en relación con Dios y ni por cuestión moral sino porque no conviene hacer eso o lo otro, porque perjudica, es decir en relación con su yo e intereses no en relación con alguien más ni siquiera Dios. Todos los sermones que tengan que ver y ayuden al ego, al yo, son bienvenidos, no los que lo sacrifiquen aunque sea en parte.

El Dios que acepta el oyente de hoy es el que es todo amor, que existe para ayudarlo en lo que sea, para darle todo lo que le pida, para hacerlo feliz. Un dios que se adapte bien a su forma de ser. Ese es un dios que le da gusto. Que le gusta oír y que lo acompañe para todos lados apoyándolo. ¡Es es, un dios que lo apoya en todo y gente que hace lo mismo, lo apoyan! Ese es un dios con el cual se pueden llevar muy bien y que a cambio de todo ese comportamiento divino, de la ayuda que le da en emergencias, él lo recibe, le permite ser su dios y adorarlo, pero subrayo, si ese Dios no se mete en su vida a no ser para echarle una mano, un dios al cual se le pueda llamar en oración y en público “Señor, Señor” y no hacer nada de lo que él exige, porque no exige nada y lo da todo.[xi]
Si ese dios opina distinto, si amenaza o castiga, se le echa afuera. El dios que quiere no puede crear un infierno ni juzgar a nadie ni aquí ni en el otro mundo. En realidad el hombre y la mujer postmoderna, el de hoy y ahora, lo que adora es a su propio yo, y su dios es una proyección de sí mismo y de la filosofía de su vida, y el culto que aparentemente le da a ese dios es de placer, de gozo, una celebración y una fiesta. Para eso el hombre postmoderno asiste a la iglesia prefiere una así que “le guste”, donde oiga las cosas que le conviene, donde sienta lo que quiere sentir y oiga lo que quiere oír. Los gustos de ese hombre o mujer (clientes) son los que determinan los asuntos y longitud de los sermonetes, el contenido de la predicación, que por supuesto no debe ser expositiva sino temática, o de tópicos, y no tan bíblica sino mayormente sicologizada, porque ahora la teología no es “la reina de las ciencias” como antiguamente sino la sicología. Esta es una cultura terapéutica.

O sea, que todo es relativo y el único patrón para medir una acción suya es su yo, lo que quiere decir “su interés personal” “su conveniencia” “su imagen” “su autoestima”, él primero y los otros después. Se ama a sí mismo primero y en base a eso, le ha enseñado la sicología moderna que es atea, que si no se ama primero no puede amar a los otros. “Niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” no es un mensaje que él aprueba porque está singularmente centrado en sí mismo, él es el sol y los demás satélites que orbitan a su derredor. Y “con Cristo estoy juntamente crucificado y ya no vivo yo más vive Cristo en mí”, es una meta demasiado costosa y mística para un postmodernista. No quiere morir nada sino vivir. Quiere los beneficios de la cruz pero no morir en ella. Por lo tanto nunca dirá “porque soy crucificado al mundo y el mundo me es crucificado a mí”. Jamás. Ese hombre postmodernista tiene que ser matado conociendo la ley de Dios.[xii] Hay que matarlo con los diez mandamientos para que pueda vivir para Dios con las bienaventuranzas.
El camino de la salvación del hombre moderno no es darle todo lo que quiere sino pedirle todo lo que tiene: Padre, madre, hijos y su propia vida. Jesús mencionó la palabra de resurrección en una buena evangelización, renuncia.[xiii] Salvar a un hombre o a una mujer de este siglo es una verdadera batalla con la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Un sermonete no logra “llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”. Hará que la audiencia reciba la palabra con gozo, pronto, pero sin profundidad y se secará. Los que predican sermonetes son también pragmáticos y quieren resultados en cinco minutos o menos. Al instante. Suministran una oración y ya, el milagro está hecho. Y ¡a contarlo! como un nuevo hermano y heredero del reino de los cielos.

El predicador de sermonetes encumbra todo lo que tiene que ver con el yo de sus oyentes, los piropea, los corteja, los enamora, les sonríe, les cuenta anécdotas y chistes, les regala todas las promesas dadas a los cristianos, o se las cambia porque alce su mano o camine hacia “el altar”. Le dice a cada uno que es una persona única, la mejor del mundo, que su valor es inmenso, tanto como la muerte de Cristo, que Dios tiene un plan maravilloso y que es ¡todo amor! (más que un Padre un Abuelo Celestial). Sabe que el hombre postmoderno es secular y pragmático como él mismo, y que va a la iglesia con un interés utilitario. Si algo funciona, si resulta, lo acepta sino no funciona, si no resulta lo desecha. Quiere ver resultados. No espera. Los quiere ya. Las estadísticas no esperan. Si Dios no los otorga él los produce.
“Se coloca en el templo en lugar de Dios como si fuera Dios”. El Espíritu Santo, el ayuno, la oración, las Biblia, son medios que tiene para lograr sus metas, y si no responden, si Dios no coopera o se demora, él se coloca en su lugar e inventa cosas nuevas. Cambia continuamente de métodos y planes y formula nuevos buscando como una vara mágica para obtener lo que desea. El sacerdote que predica sermonetes es esencialmente un incrédulo y los oyentes serán como él, cristianetes.
Según la opinión de un oyente postmodernista el arrepentimiento es un asunto que está de más en el púlpito o que debe ser de segundo o último orden, tal vez para hablar de eso el miércoles pero no el domingo. Ese es un día para alcanzar a los nuevos invitados, congraciarse con ellos, caerles bien, engatusarlos como clientes, y no para ahuyentarlos. La predicación obviamente no puede ser expositiva sino lo más ligera y pobre posible y que no ofenda a nadie.

Y de esos “sermones” doy testimonio yo que el Dr. Albert Mohler tiene razón cuando le llama “sermonetes” que crean “cristianetes”. Los gustos de los asistentes determinan la clase de “adoración”, si es moderna o tradicional. Si la iglesia está compuesta por viejos y jóvenes, es posible que el culto sea “mixto” o “mezclado”, pero si la mayoría es gente que no tiene ninguna tradición evangélica, la adoración se determina por el contexto cultural y los gustos musicales que traen de la calle al llegar.
Y se da el caso que si alguno entra a una de esas reuniones con las luces semi encendidas, sin púlpito, con todos los instrumentos musicales y los sonidos muy altos, al principio no sabrá si entró a la casa de Dios o a una discoteca. Y eso es lo que quiere el hombre postmoderno, no que el mundo sea como una iglesia sino que su iglesia se parezca a su mundo, no la iglesia al evangelio sino a la cultura, que Dios pueda ser adorado con el gusto que se siente en una sala de baile y otras cosas. A esa iglesia ése viene, vuelve, coopera con sus dones y dinero e invita a otros. Esa es la clase de iglesia, de dios y predicación que quiere el hombre y la mujer de ahora, y si un avispado predicador le da eso allí estará él bautizándose, ministrando y dando dinero. Será una iglesia que “crece” y su pastor será un pastor de “éxito”; agrupando gente conforme a sus propias concupiscencias y devengando un buen salario, con una membresía de hombres y mujeres “nacidos de nuevo” y creyéndose que van directos al cielo por obra y gracia de la inteligencia de un ministro astuto que quiere tener una iglesia grande con muchos ministerios y dinero para llevarlos a cabo, y por supuesto beneficiarse también él, y para eso es una brillante idea la invención de sermonetes que producen cristianetes, una clase de creyente sin virtudes cristianas completamente engañados, pero satisfechos y realizados. Dios salve al mundo y reforme nuestros púlpitos.



[i] Num 21.5
[ii] Ge 49:20
[iii] Eze 13:18
[iv] He is no Silent, A. Mohler, Jr.,Pag. 38
[v] Deut 34:1-5
[vi] “Posmodernismo literalmente significa “después del movimiento modernista”. Mientras que “moderno” mismo se refiere a algo “relacionado con el presente”, el movimiento del modernismo y el subsiguiente postmodernismo son definidos por un grupo de perspectivas. De acuerdo a la teoría crítica el postmodernismo tiene que ver con el apartamiento de las obras de literatura, drama, arquitectura y diseño y lo mismo en relación con el mercado y los negocios, y la interpretación de la historia, la ley y la cultura en el siglo XX” (Wikipedia). Es prácticamente una reinterpretación de todo eso. Una reacción contraria a todo.
[vii] “La palabra secular tiene su origen y raíz en el latín saeculum y quiere decir “mundo”. El secularismo tiene que ver con el juicio de la vida, el valor de ella, su significado y cada actividad humana, en relación con este tiempo presente (Lifeviews, Rc Srproul, pag. 35). Una persona secularizada es una mentalmente condicionada sólo para este mundo y su enfoque de todo está limitado por el “aquí y ahora”.
[viii] 1Tim 4:8
[ix] Losing our Virtue, David Wells, pag. 81
[x] La palabra pecado o malo no se encuentra en el lenguaje de la psiquiatría moderna, como dice M. Scott Peck, MD, en su libro People of the Lie (Gente de la Mentira), pag. 120 “
[xi] Mat 7:21
[xii] Rom 7:9-11
[xiii] Luc 14:33.