sábado, 30 de mayo de 2009

Un cuadro que tal vez nos pinta

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Tampoco Manasés arrojó a los de Bet-seán, ni a los de sus aldeas… tampoco Efraín arrojó al cananeo sino que habitó el cananeo en medio de ellos en Gezer, tampoco Zabulón arrojó… (Jueces.1:27-34)

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Uno lee con tristeza este capítulo y se da cuenta que la época brillante de Israel, bajo Moisés y Josué, ha pasado. Es un gigante debilitado. Un pueblo numeroso, otrora victorioso, ahora no derrotado, pero lejos de ser lo que en otro tiempo fue, impotente para conquistar la tierra, incapaz de ganar victorias completas. Israel está rebajado. Desde el v. 3 te das cuenta que algo ya andaba mal, cuando Judá pide ayuda, sin necesitarla a Simeón su hermano, para conquistar su territorio asignado. Si tenía a Dios no le hacía falta.

No se dice que anduviese en idolatría, que no creyera en el Señor, porque lo consultaban y Dios los ayudaba, pero la ayuda divina era muy limitada, no era completa. Les ayudaba en las montañas pero no en los valles contra los carros de hierro. Si observas en el texto hallarás muchos “tampoco” “tampoco” “ni estos pudieron ni aquellos tampoco”, nadie, por mucho esfuerzo que hiciera podía lograr los deseos de su corazón. Estaban drenados espiritualmente, decaídos y debilitados. Se había repartido la tierra pero no podían tomarla ni disfrutarla plenamente.

Los antiguos propietarios (Lee Gálatas 5:19- 21) permanecían dentro, tenían que compartir las calles, los campos y los vecindarios con enemigos, aceptarlos y acomodarse a verlos y tratarlos siempre. Cuando podían hacer algo los esclavizaban pero no podían echarlos. ¿Qué había perdido Israel? Había perdido el espíritu de sus grandes líderes de la Palabra de Dios. No tenía a Josué ni a Moisés. No tenía profetas. Las conquistas por Jehová, para su gloria, con su dirección, habían desaparecido. Ahora eran ellos, sólo ellos, nada más que ellos, con alguna pequeña ayuda del Señor para que subsistieran y no fueran borrados del mapa. Oh Señor, tal vez este cuadro nos pinta. Levántanos líderes poderosos en tu palabra y que los antiguos propietarios de nuestra carne no habiten dentro de nosotros.


David y el maravilloso amor de las mujeres




Angustia tengo por ti, hermano mío Jonatán, que me fuiste muy dulce. Más maravilloso me fue tu amor que el amor de las mujeres (2Samuel.1:26).

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David habla de Jonatán como su hermano. No quiere decir que lo prefiere sexualmente sobre las mujeres. Hay que conocer algo sobre la vida de David para entender por qué habla de ese modo, que para él el amor de Jonatán el amigo ha sido un deleite mayor que el que tuvo con las mujeres. David no dice que sacó menos satisfacción sexual con sus mujeres que con Jonatán. Tampoco indica que dormir con alguna de sus mujeres era un placer menor que el amor de la compañía de Jonatán. Lo que quiere decir David es que espiritualmente se sentía mejor con la comprensión y amor de su amigo que con cualquiera de sus varias esposas.

Por estas palabras muy suyas podemos deducir que David nunca halló la esposa ideal, no encontró en el amor de sus esposas la comprensión y comunión espiritual que en Jonatán su amigo. El alma de Jonatán era como la suya.

Por ejemplo, la esposa de su juventud, Mical, ¿acaso llenó ella el espacio espiritual que tenía que llenar? No, Mical aunque sin duda lo quería mucho, no logró entender espiritualmente a su esposo y aunque hubiera dado su vida por la suya, como dio su familia, no penetró en el lugar santo de David y él se sintió muy solo y a veces ofendido por el modo en que ella en materia espiritual no le correspondía (2Sa.6:20-23).

Si consultamos sus escritos, los salmos, que reflejan sus íntimos pensamientos y alma como nada, hallamos que siempre tuvo necesidad de un compañero en el Señor con el cual compartir su vida espiritual. En el salmo 55:12-14 abre su corazón desgarrado por la traición de un amigo en el Señor y cuenta los secretos dulces que recíprocamente se contaban y cómo andaban en amistad en la casa de Dios.

David no tuvo ninguna mujer que amara las cosas de Dios como él, ninguna que le acompañara frecuentemente a la casa del Señor como él hubiera preferido de ellas, porque no podían gozarse con Dios como él (Sal.84:1-4). El se alegraba con los que lo acompañaban a la casa de Jehová (Sal.122:1). No cabe duda que siempre buscó y nunca encontró, fuera de Jonatán, un alma como la suya.

Pienso que ese vacío espiritual y ese anhelo de hallar alguien con quien compartir las dulzuras del Señor lo motivó en parte a buscar en la unión íntima del matrimonio alguien espiritualmente como él. Convencido de que Mical no era su compañera espiritual, sí la que más lo amaba pero no la que más lo entendía, se ilusionó con Betsabé, pero como su relación con ella fue pecaminosa su matrimonio resultó en un desastre. La mujer de Urías le dio un gran hijo pero no la comprensión que buscó. Abigail era una mujer inteligente y admirable, pero no lo entendió tampoco. Nunca halló una mujer espiritualmente de su estatura. ¿Quién podría ser la esposa a la altura del Dulce Cantor de Israel y el autor de la mayor parte de los salmos? ¿Y quién hubiera podido ser la dulce mujer espiritual que acompañara a un hombre como Pablo que subió en cuerpo o fuera del cuerpo al tercer cielo? No se halló ninguna.


viernes, 29 de mayo de 2009

No defienda al decrépito libre albedrío

 Mateo 23:37-39
¡Cuántas veces quise juntaros y no quisiste!

¿Por qué tendremos que comentar teológicamente unas palabras que Jesús dijo sollozando sobre Jerusalén cuando están mojadas con sus lágrimas? ¿No ve usted que son una lamentación y un reproche? Explicar el texto con un formato calvinista o arminiano es trasladarlo de su intención y meterlo dentro del viejo debate entre Agustín y Pelagio o Calvino y Arminio.
Pero no tenemos otro remedio que aunque Dios nos libre hacer de Jesús un reformador ginebrino no nos queda más remedio que decirles a los defensores del libre albedrío que no canten victoria que Jesús, si miramos dentro de sus palabras vemos que son ¡exactamente teológicas!, y significan lo opuesto al libre albedrío, o sea que los jerosolimitanos eran esclavos del pecado, y libres, sí, pero para ser incrédulos, agnósticos, para rechazarlo y pedir ingratamente su crucifixión.
 
Nota que el Señor no dijo a Jerusalén que no pudiste creer en mí sino que no quisiste; el rechazo a las invitaciones de Cristo yacía no tanto en que no pudieran recibirlo sino en no querían recibirlo. Fue un asunto de deseos o emocional. No era un problema intelectual y líquidamente volitivo sino porque no querían. Lo que resistía a Jesús era el corazón de ellos y no el cerebro.
¿Se preocupa usted con la doctrina de la reprobación porque Dios deja a un lado a muchos? Deje sus preocupaciones que a ellos no les importa en lo más mínimo. ¿Cree que se quedan llorando porque no fueron elegidos? De eso nada. Se quedan felices, indiferentes y aliviados porque no se han convertido al evangelio. Aman sus propios caminos no los del Señor, se aman a sí mismo, la carne, el mundo y los deseos del diablo quieren hacer (1). No extrañan a Jesús y aunque les haya hecho bien le piden que se vaya de su territorio (2), tratan de despeñarlo y llegado el caso que tengan que decidir entre él y la sociedad, sin pensarlo dos veces, malagradecidos, gritarán ¡crucifícale!
 
Jerusalén la terrenal sufre una incapacidad afectiva que pone en jaque y subyuga la voluntad y le deja al pobre decrépito libre albedrío el solito camino de la incredulidad que conduce a “la Feria de la Vanidad” y la condenación. El rechazo a Cristo se encuentra situado en el orden de las pasiones más que en el del pensamiento. La verdad desnuda es porque no quieren a Jesús y son dominados por las pasiones que combaten en sus miembros (3) por el amor al mundo (4)
La incapacidad intelectual para rechazar a Jesús casi no existe porque el hombre es suficiente inteligente para saber que Cristo es la verdad y la vida; pero no desea ni lo uno ni lo otro y menos que lo traten como polluelos que necesitan el refugio maternal de una gallina. Ese pudiera ser su caso vieja Capernaum, Tiro, Sidón, Betsaida, Miami, Caracas, Lima, Valparaíso o Ciudad México, que hasta el cielo son elevadas y hasta el infierno bajarán. La desnuda verdad es que usted va a sus labranzas y negocios y no quiere que en su tráfico alguien interfiera, ni Jesús. (1)Juan 8:44 (2) Lucas 8:37 (3) Romanos 7:23; (4) 1Juan 2:15

jueves, 28 de mayo de 2009

Renunciaron al pecaminoso libre albedrío



¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? Ellos dijeron: El primero. Jesús les dijo: En verdad os digo que los recaudadores de impuestos y las rameras entran en el reino de Dios antes que vosotros (Mateo 21:28-32).

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Ellos, los publicanos y rameras, gustosos lo oyeron; hacía tiempo que deseaban cambiar la condición de vida en que vivían (como Zaqueo) por otra mejor y Juan el bautista les despertó esa ilusión con la predicación de la venida del reino de Dios; se dijeron: "no queremos seguir siendo lo que somos ni vivir como vivimos, hace rato que pensábamos tener un cambio pero no encontrábamos una motivación o razón para el cambio, queríamos ocupar otra posición social en el reino de Dios, estamos seguros que habrá un reino de Dios mejor que éste, y queremos participar de él siendo nuevas personas; si tú nos das la seguridad que personas como nosotros pueden participar del reino de Dios aquí estamos, "esperándolo y apresurándonos", no nos excluimos”.
Jesús les quiso decir: “Los ladrones y rameras están haciendo cola para oír el evangelio y ustedes, los religiosos, no aceptan la invitación”. Nota que es bueno ir delante y no detrás hacia el reino de Dios, demorarse no es sabio, porque los que van delante pueden perderse de vista y los de atrás hallar más difícil moverse hacia él, y cuando lleguen encuentren la puerta cerrada (ver los del diluvio, 25.10, Ge 7.16; 19. 11-15); y además pueden perder el camino.
Y el centro de la salvación es hacer la voluntad de Dios. Eso fue lo que quiso enseñar el Señor con la pregunta; y ellos lo entendieron bien, que el fin de la vida no es hacer lo que uno quiere y vivir como le gusta sino tener en cuenta los gustos y pensamientos divinos. Los publicanos y rameras entendieron que la voluntad de Dios para ellos no era sólo que oyeran la lectura de la ley, que compusieran salmos y alargaran las oraciones sino que renunciaran al pecaminoso libre albedrío y se rindieran ante la santa soberanía de Dios, haciendo su voluntad.

No es un si verbal señor evangelista


Yo iré, señor; y no fue (Mateo 21:28-32).


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Esta es una gente que miente; acepta todo lo que oye; se le pregunta ¿aceptas a Cristo? Y responden que sí. ¿Te arrepientes de tus pecados, aceptas el sacrificio de Cristo por ti? Sí, responden. ¿Quieres que ore por ti? ¿Quieres ir a la iglesia? Sí. Y cuando el evangelista se va no sabe que lo han engañado, que no irá, y se quedará esperándolo. Se parecen a Herodes prometiendo unirse al culto de Jesús con los magos, María, José, los pastores, etc. (2:8).

¿Qué tiempo hace que hiciste profesión de fe y dijiste aquella mentira? ¿Qué tiempo hace que te levantaste para recibirle y volviste a tu lugar? ¿Se te pasó el entusiasmo? ¿Qué serías hoy? ¿Qué no serías? ¿Cómo podemos contar como conversiones esas promesas verbales de fe o de aceptación de Cristo? No me digas que hay una promesa para eso y que es ésta (Ro 10:9), porque fue dado en tiempos de persecución, para los que se bautizan y se identifican con la iglesia a pesar de la oposición secular, y para cuando el testimonio de Cristo pone en peligro la vida, no aplicable para un individuo sentado y burlándose del evangelio.

Los evangelistas no deben confundir decisión por Cristo, recibir a Cristo, con regeneración que conlleva la obediencia a Dios. No es un “sí acepto a Cristo”, no es una decisión lo que convierte el alma, es una confesión y abandono de pecados, antes que cualquier confesión de Cristo. Es sorprendente la ingenuidad del predicador que declara nacido de nuevo e hijo de Dios a un pecador porque le ha dicho que “acepto a Cristo como mi salvador personal”. Lo que debe esperar un evangelista no es un sí verbal sino una aceptación práctica, el comienzo inmediato de una vida de fe mostrada con el arrepentimiento, un cambio de vida y el despertamiento del apetito por la predicación bíblica. Por muy respetuoso que sea el “sí señor”, no vale si no abandona su estilo de vida con todos su pensamientos carnales.

miércoles, 27 de mayo de 2009

El siempre deja en pie lo esencial



Tú, enemiga mía, no te alegres de mí, porque aunque caí, me levantaré; aunque more en tinieblas, Jehová será mi luz. La ira de Jehová soportaré, porque pequé contra él, hasta que juzgue mi causa y haga mi justicia; él me sacará a luz; veré su justicia. Y mi enemiga lo verá, y la cubrirá vergüenza; la que me decía: ¿Dónde está Jehová tu Dios? Mis ojos la verán; ahora será hollada como lodo de las calles (Miqueas 7:8-10).

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Miqueas habla en lugar de Jerusalén, habla respondiendo a los vecinos que harán burla cuando ella sea abatida por su pecado; de todas partes oirá que le gritan: “¿Dónde está tu Dios?” (Sal.42:3; Joel 2:17). Y ¿cuál sería la respuesta? “La ira de Jehová soportaré porque pequé contra él” “Pagaré por los pecados que cometí, pues bien, la “soportaré”; el profeta habla como si él fuera Jerusalén y dice cosas preciosas y sensibles; forma un alma con su pueblo, como todo un profeta o un apóstol. ¿Te encarnas con tu iglesia? ¿Sufres y te alegras con ella?

Sus gozos son los suyos y sus tristezas también; el profeta es como un redentor, sufre y expía el pecado de los suyos y enseña como el pecado, mejor dicho, como se enfrenta el castigo por el pecado; no con resignación sino con convicción de que hace lo justo, de que tiene que ser castigado sin que eso traicione su amor o haga desaparecer toda esperanza.

No hay renuncia a Dios, ni pesimismo sino fe de que no será exterminadora y volverán los tiempos buenos. Amén. ¿No le darás la cara a tus pecados? ¿Irás sin arrepentimiento? ¡Oh cómo sufre Jerusalén porque sus vecinos la vean destruida! En el castigo de Dios siempre hay limitación y mucha misericordia, nunca se excede, siempre aplica menos justicia que la que se merece. Gracias Señor. El siempre deja en pie lo esencial para que nos podamos levantar, lo principal no lo destruye el pecado. Son peores los problemas que acontecen con la justicia incumplida y engendra más sufrimientos que los que produce cuando ella se aplica completa.