martes, 31 de enero de 2012

El amor al prójimo en la fidelidad matrimonial, al dinero y otras cosas



 Hebreos 13:1-6
Permanezca el amor fraternal. [2] No os olvidéis de mostrar hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles. [3] Acordaos de los presos, como si estuvierais presos con ellos, y de los maltratados, puesto que también vosotros estáis en el cuerpo. [4] Sea el matrimonio honroso en todos, y el lecho matrimonial sin mancilla, porque a los inmorales y a los adúlteros los juzgará Dios. [5] Sea vuestro carácter sin avaricia, contentos con lo que tenéis, porque El mismo ha dicho: Nunca te dejaré ni te desampararé, [6] de manera que decimos confiadamente:
            El Señor es el que me ayuda; no temeré.
            ¿Qué podrá hacerme el hombre?


Cuando uno lee esas palabras se sorprende y piensa ¿qué conexión podrá tener esta porción con lo dicho anteriormente? Es un salto desde la doctrina hacia la práctica, y aquí se inicia esa hasta el final, y su inicio escogido es el amor fraternal haciéndome pensar que no necesariamente hablando sólo del amor de Dios se tendrá una congregación amorosa sino que más bien lo que infunde amor entre hermanos es el temor de Dios. Sin eso último las más tiernas prédicas caerán en saco roto.

Miremos de modo general hasta dónde el autor extiende la práctica del amor al prójimo. Primero que todo reclama del amor permanencia y por eso dice permanezca el amor fraternal (v.1), puesto que no debe ser intermitente sino algo continuo que no se deje frenar por nada y venza todo reproche, maltrato y poca correspondencia. Lo que nunca debemos, haya o no reciprocidad, es dejar de amar al prójimo, sino hacerlo hasta el final de nuestra vida. Y para eso hay que esforzarse en perdonar y olvidar.

Pero aquí la primera muestra que debemos dar del amor no trata de perdonar ofensas y cosas parecidas sino de abrir las puertas de nuestra casa a los hermanos mostrando hospitalidad, y eso es lo que está pidiendo porque la palabra lleva el sentido de darle una mano a los que andan, por causa del evangelio, sin techo. Esa palabra en griego es “filadelphia” y en 2 Pe 1:7 de traduce “afecto fraternal” o simplemente fraternidad que según la lista que enumera Pedro ocupa la última virtud para añadir al carácter cristiano y constituye la cumbre de la personalidad.

La palabra hospitalidad (v.2) es filonexia que significa amor o bondad hacia los extranjeros o ajenos. Recibir en casa, darle una cama y un bocado a un familiar no exige mucha gracia porque eso es natural pero hacer lo mismo con un hermano que ha llegado de otro país y temporalmente necesita auxilio, es distinto. Si no se puede meter en la casa porque no hay espacio, se le pudiera ayudar a encontrar otro sitio. Eso también es hospitalidad a la moderna.

Hay algo aquí muy bonito en lo cual podemos pensar, nadie conoce cuánta gracia de Dios tiene un hermano en su corazón y que está pasando necesidades en un mal momento, y llega hasta su puerta. Se puede engañar uno al mirarlo mal vestido, hambriento o enfermo y tenerlo en poco y declinarle una ayuda por lo que se ve, cuando en su corazón es uno de los elegidos de Dios. Ninguno de los comensales que pasaban por la puerta del hombre rico de la parábola hubiera imaginado que aquel pobre enfermo y sentado afuera era un ángel con más gloria que todos los que estaban dentro.  

Abram, sin saberlo, por lo menos antes que supiera la misión celestial de ellos en el destino de Sodoma, hospedó a tres ángeles. La experiencia es que uno no acaba nunca de conocer la clase de cristiano que es el otro y hay hermanos pasando penurias que son hechos “un poco menor que los ángeles”, y ver el rostro de ellos es como ver el de un ángel (2 Sa. 14:17), sobre todo si son pastores o mensajeros de Dios para alguna iglesia (Apc. 2:1). Ayudarlos económicamente, o con algún otro beneficio, es  más que si se socorriera a un ángel sino al mismo Jesús (Ga. 4:14). El que ayuda a un profeta, dijo el Señor, recompensa de profeta tendrá y el que ayuda a un ángel de la iglesia recompensa de ángel recibirá por su ministerio.

Y si usted sigue la lista a quienes hay que mostrar amor debe incluir los presos (v.3), que asumo que son hermanos detenidos, procesados y condenados por dar su testimonio. A ellos la iglesia no debe abandonarlos ni lo ha hecho hasta ahora (10:34) porque ella sabe que si un hermano muy querido en la asamblea es tomado, incautadas sus propiedades, dejada su familia sin protección, y es olvidado ¿cómo dirá que alguna vez lo amaron? Jesús enseñó que ayudar a un hermano preso es como ayudarlo a él (“y en la cárcel y vinisteis a mí”, Mt. 25:36) y teniendo en mente esas cosas la iglesia utilizó en ese ministerio a los diáconos y diaconisas. Una carta hermano, un poco de dinero, alguna visita, ayudarlo con la compañía para que no se sienta abandonado y tome fuerzas (2Ti. 4:16-17). La iglesia de Roma pudo haber tomado la principal responsabilidad en el pago del alquiler de la casa alquilada conde estaba preso el apóstol Pablo. ¡Bravo por ellos y viva ese recuerdo! Eso es amor mostrado no un día ni una semana sino ¡dos años!

Ahora otro asunto que lo voy a circunscribir dentro de su contexto en las persecuciones de la iglesia, la fidelidad matrimonial (v.4).  Aquellos hermanos presos dejaban a sus mujeres e hijos sin protección, y ¿no habría algún fariseo que por pretexto de hacerle una larga oración y ofrecerle un socorro buscara una relación íntima a cambio de sus favores? No pienso ya en las “mujercillas cargadas de pecados” que podían cargar con ellas sino hermanas santas que estos desalmados buscaban conquistar.

La mujer de un hermano es algo muy sagrado porque si un pagano como Abimelc dijo a sus amigos que Abram era como un velo ante sus ojos que impedía a todos mirarla con codicia (Ge. 20:16) ¿tendrán los creyentes en Jesús menos firmeza moral que este idólatra? ¿Podrá la moral matrimonial de él ser mejor que la de esos que dicen saber de memoria el Sermón del Monte? Si el buen José huyó dejando su capa, pero no su reputación, en las manos de la desquiciada mujer de otro ¿no correrán igual los cristianos cuando oyen a un apóstol aconsejar “huid de la fornicación”? El matrimonio debe ser honroso en todos y el lecho matrimonial sin mancilla o “la cama” sin mancilla porque a los inmorales y a los adúlteros los juzgará Dios (v.4). Y de estos hechos de infidelidad matrimonial no se hacen chistes porque Dios, el juez de todos, se halla muy serio mirándolos. Una forma de mostrar amor al prójimo es no tocando su mujer (o marido).

 Y de la corta lista que se nos ha entregado para mostrar el amor al prójimo se halla este otro, el amor al dinero (v.5). Estas palabras en apariencia parecen dejarse mejor para cuando hayan cesado de ser expropiados los hermanos; pero no es así porque la cita del AT con la que refuerza su argumento es tomada en toda su amplitud y añade, sin tener que ver con el amor al dinero, no temeré ¿qué podrá hacerme el hombre? (v.6). Pudiera querer decir “no ambicionen las propiedades abandonadas o incautadas de vuestros hermanos, confórmense con lo que tienen” o que hubiera hermanos que en vez de estar contentos con lo que tenéis (v.5) se aprovechaban de la situación desventajosa de otros para quedarse con algo de lo suyo. Aunque es preferible defenderlos  y pensar que lo que tenían era poco y podía acabárseles, o si el hombre enemigo le quitaba lo que tenía tendría más para socorrerse él mismo y a los suyos por cuanto les recuerda la promesa que ha dado el Señor, no te desampararé; es decir, no tengas miedo que te quiten o se te acabe lo que tienes porque yo proveeré de mis riquezas en gloria y te asistiré de alguna manera providencial para que no te falte lo necesario.

Y ¿no será más sabio tratar de tener un poco más de lo que uno necesita y no estar contento con vivir del “pan nuestro de cada día”?  Ese consejo  ¿impide de plano el progreso económico? No es progreso económico lo que se condena sino la avaricia (v.5), el apetito desordenado de riquezas, ἀφιλάργυρος, amor al dinero (Luc. 16:14; 2 Te. 3:2; 1 Ti. 6:10), porque ese defecto del carácter es directamente proporcional a la falta de fe y al buen testimonio por causa del “vituperio de Cristo” (11:26).

Sabe el autor que si estos hermanos con ciertas comodidades, no corrigen el amor que tienen al dinero, y si las autoridades obvian el poder y la influencia que pudieran tener y los acusan de nazarenos y les amenazan con quitarles lo que tienen, entre el amor al dinero y el amor a Dios elegirán el primero. Aquellos no iban a estar dispuestos a pasar problemas financieros por causa de la religión. Y esta reflexión, me parece, hace sentido a lo que dice y se enmarca dentro de su contexto.

lunes, 30 de enero de 2012

El evangelio y la acción social


Juan 12: 1-8
(Mt. 26: 6-13; Mr. 14: 3-9)
 1 Seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos. 2 Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él.  3 Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume. 4 Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: 5 ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? 6 Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. 7 Entonces Jesús dijo: Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto.  8 Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mí no siempre me tendréis.


¿Quién era Judas para opinar de esa forma, para criticar a María, si él no había puesto ni un solo centavo en el precio del perfume? Lo que dijo parecía tener cierta lógica, y el uso de benevolencia que estaba proponiendo sonaba como una decisión más práctica en la utilización del dinero de María, que según él había sido un derroche inútil o un completo desperdicio. María no respondió ninguna palabra, lo hizo Jesús, señalando con bondad que aquella unción sin ella proponérselo, estaba como honrando su cuerpo muerto. El sentido común de Judas parecía tener mucha cordura y conocemos por otros relatos que su opinión fue compartida por los otros discípulos. Ninguno de ellos parecía penetrar en la profunda gratitud que María sentía hacia Jesús por haberle recuperado a su querido hermano de entre los muertos.

El evangelista a posteriori dio su opinión de que el pragmatismo de Judas estaba al servicio de sus intereses. Solemos elogiar a una persona práctica, que en vez de divagar entre opiniones teóricas, reduce la discusión al cómo, de qué forma, cuándo, dónde, etc.; y si eso suele ser virtuoso en ciertas personas, en otras es una equivocación cuando quiere reducir la espiritualidad, sin comprender un acto de consagración y de fe.

María representa a los que tienen posibilidades glorificar a Jesús, ungiendo el evangelio, y Judas a los que con más pragmatismo preferirían que la misión principal de los discípulos de Jesús fuera el testimonio social. A María no le pasó por la cabeza el pensamiento de entregarle a Jesús, ni aún en sus propias manos, el fajo de billetes para repartirlo entre los menesterosos, sino que sintió que debía hacer algo más personal que no consistiera en filantropía sino en un culto a su persona. Judas era de otra forma de pensar, le dijo que no estaba bien gastar tanto en ese culto de adoración cuando había muchos pobres que pasaban hambre, no tenían con qué vestirse, niños desnutridos, enfermos y sin medicinas, y endeudados con malos créditos.

Como él lo miraba, lo que había hecho la agradecida hermana de Lázaro era un derroche, tirar al piso tanto dinero, mientras que si se repartía entre los pobres o se compraban víveres para ellos, o se les pagaba alguna factura médica, o algún alquiler, o alguna deuda atrasada, se le daría un uso más sabio y conforme al segundo mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo.

A veces pasa así, que la adoración espiritual de algunos encuentra la oposición de los que manejan el dinero en la iglesia, y ponen el grito en el cielo cuando una fuerte suma es dedicada a financiamiento de misioneros y de pastores, y otras disciplinas divinas más relacionadas con la salvación que cualquiera iniciativa social que cuente con el visto bueno de los pragmáticos, que si por ellos fuera inducirían a la iglesia exclusivamente a realizar labores sociales. Pudiera suceder que estos sensatos hermanos enfaticen la justicia social como una forma de rehuir la evangelización de la sociedad, porque le tienen miedo, y ella le da mejor recepción a un humanismo sin religión. No obstante Jesús dijo, o mejor dicho dio a entender, que debíamos pensar en los pobres y tener el corazón dispuesto para ayudarlos (Ga. 2: 10).

Lo que María hizo, fue ungir el evangelio con perfume, con sus manos, cabellos y besos. El costo del perfume era equivalente a trescientos sesenta y cinco días de trabajo de cualquier obrero. Carísimo porque tenía que ser transportado desde India, en camellos y con muchos peligros. Se sabe que la calidad del producto era la máxima, por cuanto  era purísimo, no una barata imitación ni una cobarde adoración. Se ha dicho que era una mujer rica y posiblemente lo era, y con la cena de celebración de la resurrección de su hermano no le bastaba, y en vez de lavar los pies con agua común lo hizo con exquisito perfume, y escogió como mejor toalla sus cabellos largos, sacados de debajo del pudoroso turbante que los ocultaba de las vistas masculinas. Jesús les dijo a todos que la acción social tenía un segundo lugar después de él, y enmendado el asunto, el pragmatismo secular de Judas quedó postergado y el trabajo social muy junto al espiritual, que aunque no es parte de la salvación, acompaña a la salvación. Jesús dijo que cuando quisiéramos hacer algún bien a los pobres lo podríamos hacer porque siempre hay alguno cerca, sin tener que vender ninguna parte del culto a Dios.

sábado, 28 de enero de 2012

Pedid de favor que os abran la Biblia


“¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Luc. 24:32).

Si queréis que una habitación se ilumine, ¿no encendéis una llama? Y si queréis que se caliente, ¿no armaréis un fuego? Si el hogar ha comenzado a apagarse es sensato que le pongáis más leña porque sin ella “se apaga el fuego” (Prov.26:20). La lengua chismosa puede encender un fuego que “inflame la rueda de la creación”, pero ¿qué pasaría si esa lengua ardiente es la de un profeta, la de un apóstol, la del Espíritu Santo? Las palabras dichas por Jesús también hacen arder el corazón de los discípulos y ellos reflexionando en retrospectiva dedujeron que era él porque ningún otro podría atizar tanto las brazas de sus corazones como el Hijo de Dios.

Si queréis que vuestro corazón arda de nuevo y la llama brote de debajo de las cenizas que ahora cubren vuestra madera, tenéis que encender un fuego dentro de vosotros mismos, o mejor dicho, acudir al Señor, sea leyendo, oyendo su palabra y orando, porque a veces ella os es enviada sobre el entendimiento como chispas que salen del altar celestial y caen reavivando el espíritu.

Si vuestro corazón se enfría mortalmente, si no podéis deshaceros del peso de la ceniza de la carnalidad y la indiferencia lo cubre todo, si el frío llena una vida que antes estuvo caliente, hay que actuar rápido, yendo al Señor, pidiéndole que saque la llave de David y abra su Libro y que sus palabras ardan en vuestro corazón. El alma se enfría o arde siempre en relación con el modo en que os llega la Escritura, si ella no es abierta y no podéis verla en su interior, si no podéis llegar adentro a su significado espiritual, si no os impresiona su exposición os estáis muriendo, la llama de vuestra vida está languideciendo. Pensad en vuestras últimas semanas y no os conforméis andar con un corazón que no lo sintáis ardiendo en fe, en amor, en esperanza, como identificación de que es Jesús quien os ha hablado. Pedid de favor cada día que os abran la Biblia.

viernes, 27 de enero de 2012

No llores más en la provincia apartada



“¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan y he aquí yo perezco de hambre!” (Luc.15: 17).

Cuando el Señor se propone que alguien le busque para atraerlo a una comunión más íntima con él suele crearle una fuerte necesidad. Si el hijo pródigo no hubiera caído en tantas estrecheces, si no hubiera sentido los aguijones del hambre en su estómago no hubiera recordado la mesa bien surtida que en casa de su padre los jornaleros del campo disfrutaban.

Sentir hambre no es una sensación grata, pero los que más disfrutan el festín son los que mejor apetito tienen. Un apetito cerrado, anorexia, como dicen los galenos, es funesto para la salud y la vida. Sentir hambre de Dios es experimentar la desagradable sensación de no sentirlo cerca, de tener la impresión que se ha ido, que la comunión se ha roto, que no se camina con él como antes, que no se ora como otrora, que no se disfruta su compañía como meses atrás, que algo se ha quedado abandonado.

Dios no quiere que se quede con hambre, su propósito no es que continúe con el estómago vacío, enflaquecido, con el corazón semiseco, con escasas fuerzas para servirle, con un poco o nada de oración en el alma, con un celo casi apagado o muerto por completo. La percepción de la realidad espiritual es una obra de su Espíritu porque los reprobados no la ven, pero ahí no termina el plan divino. El crea la sed para satisfacerla porque tiene un río de bendiciones espirituales que salten para vida eterna. Por eso ha dicho que es ¡bienaventurado! el que “tiene hambre y sed de justicia” (Mt. 5: 6).

No se puede sentir feliz con hambre y con sed, si permanece con esas necesidades sin cubrir, pero lo será, se dijo que irá a “su Padre” y le pedirá que le deje sentarse en la bien provista mesa de su misericordia y comer de sus muchas riquezas. Es necesario que haga lo que dijo que iba hacer, no llorar más en la provincia apartada y comenzar, ¡ya! a orar y a buscar lo que ha perdido.