lunes, 28 de febrero de 2011

Vivir bien a costa de los feligreses


12:38-40

Jesús acusa a los escribas

(Mt. 23.1-36; Lc. 11.37-54; 20.45-47)

38 Y les decía en su doctrina: Guardaos de los escribas, que gustan de andar con largas ropas, y aman las salutaciones en las plazas,39 y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros asientos en las cenas;40 que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones. Estos recibirán mayor condenación.



Esta es una porción estrecha de una larga advertencia que Jesús hace a sus discípulos sobre el comportamiento de los escribas; y en los otros dos evangelios incluye también a los fariseos que hacían las mismas cosas porque eran seres iguales, con las mismas enfermedades del carácter. Aquí no se toca ninguna falta doctrinal o error de interpretación de estos exégetas de la ley sino la forma en que practicaban su religión, por dentro y por fuera; por dentro mentiras y por fuera pretensión; expresándola no con grandes y buenas obras sino haciéndole cambios a su ropa clerical; quiero decir que estos falsos ministros de Dios se descubrían por su exageración religiosa, agrandando las cosas más de lo normal, y lo hacían de modo que fueran distinguidos por la forma de vestir. Otro modo de decirlo es que se inflaban.


Jesús miraba más allá del vestuario que se ponían y juzgaba que los cambios que le habían hecho, era con el propósito de expresar teóricamente lo que en realidad no poseían, una vida piadosa. No que se mostraran más elegantes que los demás hombres sino más ridículos, y dándoles el mal ejemplo a los demás al enseñarles que la exteriorización de la religión es una equivalencia de la vida espiritual; cuando eso es falso. En la ropa no radica la santidad, la fe, el amor a Dios ni la oración; esas son cosas que se alojan en el alma y no en el cuello de la camisa, en la corbata, en el traje, en un manto sagrado o en una sotana.


Si así fuera, ¿cómo juzgaríamos acaso como malos ministros, a Juan el Bautista que se vestía a la usanza profética antigua, como un tipo pasado de moda; y al propio Jesús que para identificarlo, quien no lo conocía, tenía que preguntar dentro del grupo quién era? Dice a sus discípulos en Mateo 5:40, que no amen sus ropas, ni se vistan con "vestiduras delicadas" como los cortesanos y reyes (Luc. 7:25). El mismo no se vistió como los lirios del campo ni imitó la gloriosa ropa de Salomón porque superándolo en sabiduría la ropa no interesaba, y cuando la gente lo oía, comentaba “he aquí más que Salomón en este lugar” (Mt. 6:28,29; 12:42). Otros en cambio tenían mucha ropa y poco cerebro. La diferencia consistía en lo que él era no en lo que aparentaba, no en la imagen que ellos se proponían reflejar en la sociedad y por ella ser reconocidos. Él se vestía de forma sobria, como una persona honorable pero sin ostentación y quizás con intención de anunciar su sacerdocio universal (Jn. 19:23,24). Jesús nunca se vistió de modo diferente a como lo hacían todos los judíos, ni diseñó un uniforme especial para que fuera usado por sus apóstoles como un atuendo clerical.


El problema de estos señores fariseos radicaba profundo en sus corazones donde se encontraba su yo personal puesto que toda aquella simulación que se extendía desde el vestuario hasta las insinceras prácticas religiosas. Es de buen cristiano saludar a todo el mundo, porque eso lo dijo el Señor (Mt. 5: 47), no solamente a unos y a otros no, a los hermanos de la iglesia y no a los extraños, a los ricos y no a los pobres, a los importantes y a los desconocidos. Ellos no amaban tanto saludar sino ser saludados, nombrados en voz alta en la plaza del mercado público llena de gente, abrazados y besados en aquel lugar; sobre todo si eran muchos los que les conocían, de modo tal que dieran la impresión de ser gente importante y famosa a quien todos admiraban.


Además de eso esperaban que se les reservara en las sinagogas asientos en primera fila y en las cenas el sitio más importante junto al dueño de la casa. Y para llegar al colmo de esa vida fantástica religiosa que deseaban proyectar se añadía el hecho que con el pretexto de consolar a las viudas, ricas por supuesto no a las pobres que sufrían desoladas y sin consuelo, iban a sus casas a comer con frecuencia y recibir de ellas compensaciones de cualquiera clase, y para eso se mofaban de Dios haciendo largas oraciones (v. 40) que nunca llegaban a él porque no salían del tejado. La palabra que usa el Señor aquí que se ha traducido pretexto indica especialmente apariencia y show; es decir algo fingido que en vez de estar en la presencia de Dios actúan como si se encontraran en un teatro.


Jesús dijo que la longitud misma de sus oraciones también alargaba su condenación, porque mientras más grande sea el fingimiento religioso y se tome a Dios, a Jesucristo y al Espíritu Santo como pretexto para sacar provecho, más grande es el castigo merecido. El propósito de Jesús no era meramente condenarlos a ellos sino instruir a sus discípulos a que detestaran esa clase de conducta pública y sirvieran a Dios con humildad y hasta donde él les permitiera extender sus influencias para la gloria de su Nombre, no para prestigio y adorno personal y hacer crecer la importancia. Mucho daño se le hace al evangelio cuando la gente, más perspicaz de lo que uno cree, percibe el doble estándar en la vida del ministro y que su oficio no es glorificar a Dios y servir a sus semejantes, sino incrementar con farsa su reputación, caerle bien a todo el mundo y vivir bien, no como un obrero digno de su salario (Mt. 10:10; 1 Ti. 5:18), sino como aquellos chinches a costa de sus feligreses.

martes, 22 de febrero de 2011

Cosas jamás hechas por nadie



Marcos 11:12-14; 20-26

Maldición de la higuera estéril

(Mt. 21.12-14)

12 Al día siguiente, cuando salieron de Betania, tuvo hambre. 13 Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si tal vez hallaba en ella algo; pero cuando llegó a ella, nada halló sino hojas, pues no era tiempo de higos.14 Entonces Jesús dijo a la higuera: Nunca jamás coma nadie fruto de ti. Y lo oyeron sus discípulos.

La higuera maldecida se seca

(Mt. 21.20-23)

20 Y pasando por la mañana, vieron que la higuera se había secado desde las raíces. 21 Entonces Pedro, acordándose, le dijo: Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado. 22 Respondiendo Jesús, les dijo: Tened fe en Dios. 23 Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho. 24 Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá. 25 Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas. 26 Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas.


Este es un incidente realmente emotivo. Tres cosas: Jesús al adoptar nuestra humanidad adquirió con nuestra naturaleza las necesidades básicas que todos tenemos. Sintió hambre (v. 12). Su cuerpo tenía necesidad de alimentos. El diablo reconocía eso y en el desierto después de un prolongado ayuno le invitó, tentándolo, a que satisficiera su hambre haciendo un milagro inútil para sí mismo, convirtiendo las piedras en pan (Mt. 4:1-4). A la mujer samaritana le pidió agua, diciendo "dadme de beber" (Jn. 4:7). Pero esto es obvio y no necesita más comentarios.


Una cosa importante es que según una lectura ligera del pasaje sugiere que Jesús sufrió una equivocación con respecto a esta higuera, o que no sabía que ella no tenía fruto, que ignoraba la estación del año en que estos árboles se reproducen y que por supuesto en el mercado posiblemente no existía ese producto en esta época. Jesús tenía que ignorar todo eso para dirigirse al árbol esperando encontrar algún fruto para comer. Cuando dice que Jesús “pensaba” que el árbol tenia higos, eso es lo que los discípulos ven por fuera y lo que ellos piensan, no lo que piensa Jesús. Otra cosa: Si Jesús podía leer la mente de los hombres, saber dónde se halla una moneda en el fondo del mar, conocer que los discípulos andando hallaran a otro que lleva un cántaro de agua sobre el hombro, calcular la distancia en que lo encontrarán y hacia dónde el hombre va ¿no sabría que el árbol no tenía frutos?


A esto habría que añadir un tipo de intemperancia y que el Señor poseía, contrario a toda evidencia, un carácter irascible y explosivo que con el más mínimo contratiempo y disgusto se molestaba. Ésa forma de actuar estaría lejos del temperamento balanceado y maduro que nosotros conocemos que tuvo. Jesús por gusto no maldeciría a una inocente planta.


Pero si se lee en conjunto, como yo lo he hecho, la maldición y lo que pasó después secándose la higuera, se tiene el cuadro completo y éste enseña que todo aquello fue intencional aprovechando la ocasión. Fue como si les hubiera compuesto vívidamente una parábola para que aprendieran la necesidad de tener fe en la Palabra predicada y en la oración (vv. 22-24). Jesús constantemente estaba preparando sus discípulos en esas dos cosas, la predicación y la oración, permeadas siempre con fe. Usted no lee que les diera clases de oratoria, eso podrían aprenderlo oyéndolo y mirándolo. Si alguna vez les dijo cómo hablar en público, no consta; pero sí está escrito acerca de su insistencia en que desarrollaran una poderosa vida espiritual en relación con la fe y la oración. Jesús no les habló acerca de una acumulación de fe sino más bien de ella como una adquisición obtenida mediante un acercamiento a Dios.


Los vv. 25-26 parecen el producto de una organización sobre este tema, del escritor evangelista, que recordando otras cosas dichas por el Señor sobre este mismo asunto las introdujo aquí, pensando en las reuniones de oración a las cuales pudieran asistir hermanos resentidos que se tardan en saludarse o se evitan, y se vuelven de la reunión casi sin edificación porque tal o más cual se encontraba en ella y contra quien se tienen algunos reproches o heridas tapadas.


Jesús específicamente no está pensando en el ofensor sino en el ofendido, el que tiene razón para sentirse mal; a ese le pide que disculpe a quien le hizo daño confesando su dolor al Señor y suplicándole gracia para olvidar lo sucedido, y poder continuar la relación en amor como si nada hubiera pasado.


Desde el mismo nacimiento de la iglesia Jesús dio por sentado que el trato entre unos y otros no sería perfecto y que ocasionalmente, como en toda relación humana, habría que utilizar la paciencia, el perdón y el olvido con alguna que otra persona. Quien se una a una iglesia cristiana, donde no hay dudas que ahí está el Señor, no piense que va encontrar ángeles de los cielos o espíritus de los justos hechos perfectos, sino hermanos y hermanas que están en proceso de santificación y de crecimiento a la imagen y semejanza de Dios, y que en esa etapa todavía no han alcanzado la perfección a la cual aspiran, y que muy a pesar de ello continúan recibiendo gracia y misericordia para como dijo Jesús "ser perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto".


Aquí Jesús no lo dijo pero en otra parte sí (Mt. 5:23-26), que si uno tiene algún reproche contra algún hermano, antes de envolverse en la adoración, vaya y platique con él y pídale excusas y perdones si fueren necesarios, y después de abrazarse y despedirse con ósculos santos, regrese al culto habiéndole ganado ventaja a Satanás. Si ellos no procedían así tratando de conservar la armonía en las relaciones interpersonales, que se olvidaran de ejercitar la fe en el traslado de montes al corazón del mar, y vencer gigantescos obstáculos con los poderes dados por Dios, revivir vidas que sean hojas nada más y sin fruto, quiero decir invertir el proceso de alguna maldición (“bendecid y no maldigáis”, Ro. 12:14), porque nada de eso ocurriría y el grupo seguiría sin conseguir notables triunfos, porque si no eran capaces, y quiero decir humildes para convivir en familia y en la iglesia, no tenía por qué Dios destacarlos concediéndoles hacer cosas jamás hechas por nadie.

viernes, 18 de febrero de 2011

Bartimeo y el silencio de la iglesia



Marcos 10:46-52

El ciego Bartimeo recibe la vista

(Mt. 20.29-34; Lc. 18.35-43)



46Entonces vinieron a Jericó; y al salir de Jericó él y sus discípulos y una gran multitud, Bartimeo el ciego, hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino mendigando. 47 Y oyendo que era Jesús nazareno, comenzó a dar voces y a decir: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! 48 Y muchos le reprendían para que callase, pero él clamaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! 49 Entonces Jesús, deteniéndose, mandó llamarle; y llamaron al ciego, diciéndole: Ten confianza; levántate, te llama. 50 El entonces, arrojando su capa, se levantó y vino a Jesús. 51 Respondiendo Jesús, le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Y el ciego le dijo: Maestro, que recobre la vista. 52 Y Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino.



En vez de usar el camino de la espiritualización preferido por varios, que hablan de ojos espirituales que se abren, me ha parecido conveniente derivar suposiciones no alejadas del contexto y que puedan tener aplicaciones provechosas. Es cierto que he tenido que figurarme muchas cosas con respecto a este texto del ciego de Jericó, pero juzgue usted mismo si las inferencias no son posibles, y si no son mejores que dejarlo intacto con la poca información que la letra tiene, a no ser que se lea entre líneas, que es lo que quise hacer.


Por lo menos dos importantes cosas se pueden aprender examinando con cuidado este pasaje. La primera es que a la misericordia se le clama muchas veces, y más que otros. Esta es la historia de un ciego; en realidad eran dos los que estaban mendigando cuando Jesús pasó cerca de ellos, en la ciudad de Jericó (Mt. 20:30). Ninguno de los dos era sordomudo, sino sólo ciegos. Y eso quiere decir que ambos escucharon al gentío pasar y conocieron de qué se trataba. Pudiera ser que los dos gritaran pidiendo auxilio; si así fue uno de ellos dejó de hacerlo y el otro por su perseverancia en pedir misericordia fue el único atendido. Si ambos hubieran continuado haciendo un dúo de gritos a la misericordia, Jesús se hubiera dirigido a los dos, pero en el relato solamente aparece Bartimeo, no porque fuera el más prominente sino porque de los que oran poco no se escribe nada. Para mí fue que el segundo, el que se quedó atrás se calló; y hasta se puede pensar que aquel se quedó sentado y el otro se puso de pie y dio algunos pasos. Hay creyentes como el compañero de Bartimeo, que piensan que Dios tiene buena memoria y con una vez que pidan bendición ya es suficiente. No habrá de ellos historia que escribir.


Gritó de forma tan inmoderada que el personal que marchaba alrededor de Jesús le pidió silencio (v. 48), a lo cual no hizo caso y continuó con sus gritos a la misericordia porque a ella se pide una y otra vez, y no basta con un solo grito sino con incontables de ellos. Estaba dispuesto a no perder su oportunidad gritando a la misericordia repetidamente como si ella no lo hubiera oído la primera vez, hasta que diera un giro y se volviera hacia él y le prestara atención. Por la misericordia hay que trabajar duro y luchar hasta que raye el alba como un verdadero israelita que dice “no te dejaré si no me bendices”. Jesús habló de pedir y pedir siempre lo mismo, sin desánimo (Luc. 18:1,7,8). Entonces se detuvo y dijo que alguien le acompañara hasta su presencia, y el ciego ni tonto ni perezoso arrojó su capa, las monedas sobre ella, dejó el bastón y soltó la correa del perro, y levantándose fue conducido a la presencia de la Misericordia (v. 49), la cual no dejaba tranquila.


En segundo lugar pienso que la voz de la iglesia no debe irse de las calles, mercados, restaurantes, etc., sino que los cristianos debieran seguir lo dicho por el Señor, hacer de la Palabra de Dios un tópico frecuente de sus conversaciones (Deu. 6:7), para que, intencionalmente o no, los que se hallan cercanos oigan algo de Jesucristo. El punto es que la mayoría de la gente no está tan interesada en él como para acudir con frecuencia a los templos. ¿Será que hay creyentes que pudieran tener algún espíritu sordo y mudo?


Estamos ante un caso de un hombre que no es completamente ignorante acerca de Jesús, hasta su conocimiento es un poco más avanzado que la mayoría, ya que no solamente sabe que procede de Nazaret sino que además le da un título mesiánico cuando lo nombra como el "Hijo de David" (v. 47). Téngase en cuenta que estamos leyendo acerca de un hombre ciego y eso por supuesto como es obvio, los conocimientos y la fe que tenga no llegaron a él mediante la lectura de la Ley.


Pero un ciego puede oír la lectura de la Escritura, y tiene cerebro para pensar y para hacer comparaciones y arribar a la conclusión que lo que había aprendido de los maestros de la Ley se ajustaba con perfección a lo que venía escuchando acerca de este hombre.


Otra prueba de su información es que más adelante Bartimeo no le llama por el título mesiánico que usó para reclamar su atención sino que utiliza el de "raboni" que quiere decir Maestro; y que también utilizó después una mujer agradecida por los muchos demonios que Jesús le quitó del cuerpo (Jn. 22:16). Esto me hace suponer que había adquirido sus conocimientos y fe como quien dice de segunda mano. Un ciego es todo oídos y a veces está mejor informado mediante la voz populi sobre acontecimientos, situaciones y movimientos de la sociedad, que algunos videntes desinteresados en oír o leer lo que se dice o se escribe acerca del momento.



Es una posibilidad que la fe de este ciego, porque no se puede dudar por la fuerza de los pulmones con que clama, que su corazón estaba lleno de ella, la había obtenido al prestar atención a comentarios verbales hechos a su alrededor, por transeúntes, y almas caritativas o gente que iba y venía del mercado o de cualquiera otra parte. Ninguno de ellos, si eso pudo ser así, imaginó al hablar de Jesús y de sus maravillas la fe que estaban engendrando en un oyente ignorado y que a su debido tiempo habría de ejercitarla para su salvación, porque Jesús la calificó con ese potencial espiritual que incluía el perdón de sus pecados, "tu fe te ha salvado" (v. 52). Es cierto que la palabra también pudiera indicar sanidad, pero la mejor traducción es "salvado"; él no dijo sanado sino salvado.


Da pesar en la actualidad observar el silencio de la iglesia con respecto a Jesucristo, a no ser que alguien se tome el trabajo de entrar a algún templo porque las parejas cristianas que van y vienen por el mundo lo hacen conversando sobre infinidad de tópicos que excluyen el Nuevo Testamento; y algunos si llegasen a tratar ese tema lo hacen en voz tan baja que nadie que no tenga el fino oído de Bartimeo podría discernir algún mensaje doctrinal de salvación. Cuando los temas cotidianos son tan hermosos como los que supongo escuchó Bartimeo, alguna palabra saltará y caerá en el oído correcto, y aunque no sepamos nunca quién nos escuchó, la bendición del Señor se conocerá en la eternidad cuando se le pida a cada cual que cuente la forma en que alcanzó la fe de Jesús.

martes, 15 de febrero de 2011

Uno de cuatro es Muchísimo



Marcos 4
Parábola del sembrador
(Mt. 13.1-23; Lc. 8.4-15)

1 Otra vez comenzó Jesús a enseñar junto al mar, y se reunió alrededor de él mucha gente, tanto que entrando en una barca, se sentó en ella en el mar; y toda la gente estaba en tierra junto al mar. 2 Y les enseñaba por parábolas muchas cosas, y les decía en su doctrina: 3 Oíd: He aquí, el sembrador salió a sembrar;4 y al sembrar, aconteció que una parte cayó junto al camino, y vinieron las aves del cielo y la comieron. 5 Otra parte cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra.6 Pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó.7 Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto.8 Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues brotó y creció, y produjo a treinta, a sesenta, y a ciento por uno.

DEJA EL RESULTADO A DIOS
Cuando Jesús les contó a los apóstoles esta parábola, recientemente habían ingresado en su Seminario o Colegio para Predicadores. Esta parábola con todo su detallado y explicativo pragmatismo muestra que nuestro Señor ante todo quería enseñar a sus predicadores a perder el tiempo y el trabajo realizado. Si no es eso lo principal ¿por qué comienza prediciéndoles que la mayor parte de la siembra no alcanzará fructífera madurez? El Señor los preparaba para perder el trabajo de años. Jesús no los preparaba con la ilusión de realizar los sueños, sino que desde un principio les creó la mentalidad que sus logros estarían por debajo de sus deseos y expectativas (v. 8). Y eso no es moldearlos con pesimismo...caballero.

Esta exposición no está escrita para inspirar el éxito sino para dar comprensible consuelo, manejar las derrotas y sufrir las pérdidas sin ser consumidos por la desesperación y la culpabilidad. Si usted es de aquellos que sólo han cosechado triunfos con muy pocas bajas, no necesita leer esto. Si es una célebre estrellita, tampoco, pues esto es escrito por un ministro promedio que alumbra a pocos en un lugar oscuro.

El problema de la cosecha no estuvo en la semilla que era buena porque la misma que se comió el diablo, igual que ella otra nació, lo que no llegó a mucho, y otra la planta se secó con placeres carnales que la asfixiaron. Los sermones fueron buenos. No hay por que encontrarles faltas.

Tampoco el sembrador, quiero decir el predicador, tiene que echarse la culpa encima, porque no es de él, él hizo su trabajo y lo más abundante que pudo. No seleccionó su auditorio sino que le predicó y le enseñó a todo el que se le pusiera enfrente. Quiero decir en todos los terrenos donde puso la planta de su pie. El diablo le puede decir a su conciencia que es su culpa, que es ineficiente, pero eso es mentira. Su trabajo estuvo bien. Pero lo perdió. Eso le costó tiempo, sudor, oración, intensa preparación, separación de su familia, y dinero, y todo se perdió. Exactamente tres cuartas partes de su tiempo, de su trabajo y de su dinero se perdieron, sólo una pequeña cuarta parte fue la que compensó aquello que ya no tenía remedio.

La primera lección que un predicador tiene que aprender con respecto a sus sermones es que la mayor parte de ellos, y la mayor parte de su trabajo en todas las iglesias donde esté, no alcanzará el reino de los cielos. Tiene que estar preparado para las apostasías, de una manera o de otra, perder hermanos y perder amigos, y algunas veces hasta familiares; y para sufrir deserciones y decepciones, por un tiempo tener mucho y por otro perderlo casi todo, que cuatro se reduzca a uno y cien a veinticinco. Y con ese pequeño grupo continuar trabajando a expensas de que la experiencia se repita; pero en ese caso después de otro tiempo no hay doscientos pero hay cincuenta, y no debe añorar ni lamentar a los otros ciento cincuenta que ya no están, porque se han ido y "no eran de nosotros". Y si un grupo tan grande no es de Cristo es mejor que no esté en la iglesia, y aunque ella parece grande tiene muchos problemas, y son más los pesares que causan que los gozos que dan. Si se es capaz de asimilar interiormente, quiero decir mentalmente, las pérdidas de tiempo, esfuerzo y dinero, entonces se sobrevive en el ministerio, se puede continuar hacia adelante sin tener que por enfermedad renunciar. El sembrador tiene que ser un hombre experto en desilusiones y con una tenacidad, dada por Dios, inflexible.

El éxito, si así puede llamársele a la bendición, como tal no es el motivo final de la predicación. La mayor parte del trabajo que hacemos, ya está augurado y predicho, pronosticado, advertido, será en vano en cuanto a buenos resultados se refiere. Vivir en vano una gran porción de nuestra vida. Nadie quiere eso (Ga. 2:2; Flp. 2:16). Así lo quiere Dios que es el dueño de ella, y no nos llamó a tener éxito sino a ser fieles, a rendirlo todo a él día tras día, semana tras semana y año tras año. El resultado de nuestro trabajo no es la recompensa sino la aprobación del Señor, por el trabajo hecho, con o sin perennes resultados.

A pesar de mirar la mayor parte de nuestra vida gastada en el servicio de malagradecidos, renuentes y apóstatas, y que por decreto divino terminemos siendo desconocidas mediocridades, nos queda, sin aplausos humanos, bajo el escrutinio de los ángeles, la deliciosa recompensa del gozo de la Palabra entregada y la dulce comunión con el Espíritu Santo, e incontables éxtasis tenidos en su presencia. Esos raptos de divina inspiración han sido el combustible que ha evitado que el desánimo nos cope, y explica la extraña perseverancia nuestra en tiempos infructuosos y trágicos. Al cielo no llegaremos con las manos vacías sino con una cuarta parte del trabajo y una cuarta parte de la vida aprovechada, al treinta, sesenta, y cien por ciento fructífera. ¿Es poco? Quizás no, pero si tal vez lo fuera, la gloria de Dios en la cuarta parte de nuestra vida, en la cuarta parte de nuestros sermones, en la cuarta parte de nuestra influencia, pienso que su gloria en esa última cuarta parte, jamás es poca porque uno de cuatro es muchísimo. Y posiblemente también se le sume la gloria de Dios en la fidelidad mostrada en las tres cuartas partes perdidas.