viernes, 29 de diciembre de 2017

Las bienaventuranzas


Ten tiernas entrañas como Jesús
MATEO 5:1-7      
Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo: Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”.

¡Dios mío, qué sermón tan hermoso y bien intencionado, qué lleno de amor y comprensión! Mateo, el recaudador de impuestos que lo escuchó tuvo una gran memoria. Todos hemos aprendido desde antes, que el Sermón del Monte contiene los privilegios y las reglas éticas para los miembros del reino de los cielos; no es regla ni parámetro para inconversos (7:26-8:1). El Sermón de la Montaña es para cristianos, para los que son de un reino que sufre violencia, para los valientes que lo arrebatan (11:12). En Luc.6:17 no dice que lo predicó sobre un promontorio sino en “un lugar llano”. Puede que sanó a los enfermos en el llano y después subió al monte, o según predicaba bajaba, moviéndose como suelen hacer los predicadores. Supongo, es una conjetura. Las bienaventuranzas alcanzan su clímax en los vv.11-12 y ellos nos dan el propósito con que fue pronunciado lo anterior. Son pues, preciosas joyas para los que tienen que testificar de Cristo en tiempos difíciles y nos demuestran su compasión por nosotros.
El Señor muestra su compasión primeramente a los pobres en espíritu. Les llama “bendecido, bendito, bienaventurado, afortunado y feliz” (todo eso significa). No los compadece sino que los declara en una posición de privilegio, de envidia y que no tiene que ver con los que tienen una vida espiritual pobre, una fe pobre, los que son pobres de conocimientos, los que oran pobremente y pobremente ayudan. Eso no es ser bienaventurado sino desgraciado. Afortunados y felices los que por él se hallan humillados, rebajados y pisoteados, los menospreciados, los no estimados y sin valores sociales, discriminados por causa de su fe; e indirectamente les está pidiendo que no se compadezcan a ellos mismos ni se tengan lástima. Un comentario excelente sobre esto lo hace Pablo en 1Co.4:11-13.

En segundo lugar son afortunados los que lloran. No les quita el motivo por el que lloran pero les dice que son bienaventuradas esas lágrimas que por él se vierten y les afirma que los sufrimientos no serán ilimitados porque recibirán consolación. También Pablo hace un comentario sobre este tema en 2Co.1:3-5. Cristo los consolará con su presencia. Las lágrimas serán finalmente detenidas, y el Señor los capacitará para sonreír debajo de ellas, o sin ellas cuando por él expongan sus vidas (Mr.10:30).
Ahora pasa su vista hacia la actitud mansa de sus discípulos. Ellos son como ovejas, son enviadas por él en medio de lobos (10:16), y sin ofender pierden sus vidas. Por supuesto que por la promesa que ellos “heredarán la tierra” deduzco que estaba exaltando la no-violencia social, el pacifismo, lo opuesto a las guerras que se llevan a cabo por territorios o intereses económicos.   No dice, “bienaventurado el hombre natural que responde con el puño y odio, o que intriga y mata para heredar la tierra”. No, bienaventurados son los que han aprendido la mansedumbre de Jesús y viven sin violencias. Bienaventurados los que no responden a la violencia con violencia, al ojo por ojo y al diente por diente, al odio por odio y envidia con envidia. Oh no, el Señor les estaba preparando para que no respondieran el mal con el mal, a la bofetada con la bofetada y a la espada con la espada. También Pablo interpreta así a Cristo en Ro.12:18-21. ¡Bienaventurados aquellos, pues, de maneras mansas y tranquilas!
Sin embargo, la iglesia tiene que sentirse lastimada y ansiar que llegue “el día del Señor”. Que se tome venganza sobre los que los masacran. Jesús no intercepta ni desaprueba esos sentimientos sino que los reconoce y declara que no sólo son justos y naturales sino una gran cosa sentir deseos que su justicia se establezca sobre toda la tierra y los suyos colmados de ella. Es lo mismo que enseñó en su oración modelo, “vénganos tu reino”. Es un vivo sentimiento que procuran aplacar los tiranos. Bienaventurados los que tienen hambre de justicia. ¿Cómo morir en medio de esos lobos que nos matan y se ríen sobre nuestra sangre? Jesús les garantiza que habrá justicia en cada caso y que recibirá retribución cada uno. Este clamor de justicia es el que Juan pone en boca de los mártires en el cielo (Apc.6:9-11). Calvino aplica justicia en sentido general a todo lo que es justo, y Gill la espiritualiza y piensa que se trata de la justicia imputada en Cristo. El primero, me parece que tiene más razón que el segundo, y yo sigo pensando que esa justicia general que dice Calvino incluye la satisfacción social hallada algún día en el reino de Cristo.

El Señor exalta un sentimiento opuesto a la mayoría, la bienaventuranza de la misericordia. Bien como un sentimiento de compasión o como un acto de amor por alguien. Es difícil suponer en cuántas cosas estaba el Señor pensando cuando dijo que los que usaran misericordia con los demás la usarían con ellos. ¿Quién, quiénes, cuándo? Es cierto que con la misma vara que uno mide algún día lo medirán; y el Señor aquí invita a sus discípulos a establecer la “ayuda mutua” y a perdonar, porque esas dos cosas siempre formaron parte íntima de su vida. De todos modos, en tiempos de persecución o de paz, son bonísimas para vivir éticamente por ellas. No que alcancemos la misericordia de la salvación por ser buenos con los demás, pero sí es verdad que  a Dios le agrada que seamos misericordiosos con nuestros hermanos y con todo el mundo. Misericordiosos en el juicio del pecado, cuando les vemos padecer necesidades, aun cuando los miramos azotados por la justicia divina. El Señor ama que tengamos tiernas entrañas para nuestro prójimo. ¡Qué sermón tan hermoso y humano!

Predicando con la vida un evangelio social superior


(Segunda Parte)

MATEO 5:8-12 
 Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros”.

Continúa nuestro amado Señor instruyendo a sus discípulos en los reglamentos morales de su reino con un evangelio social distinto, con escatología, con recompensas futuras, es decir no amputado de una teología de salvación, sino para que la iglesia sobreviva y dé su testimonio histórico. No es simplemente filantropía sino esperanza y ánimo. Comienza por la felicidad que disfrutarán los que tienen sus corazones limpios, no sucios. Al mundo no le importa embarrarse la conciencia con tal de obtener lo que quiere y disfrutarlo y por eso se hunde en la desesperación. Para nuestro Señor, felices eran los de limpio corazón, los bienaventurados.  ¿Piensa usted que puede ser feliz o bienaventurado con una vida llena de puntos negros, conocidos por los demás o por Dios solamente? Pero Jesús no dijo eso para que supiéramos cómo hallar la felicidad sino para que supiéramos el premio que tendrán los que tienen el corazón limpio, ver a Dios, encontrarse con él. Bienaventurado para él es uno que es salvado.

Son afortunados y dichosos los que tienen limpio el corazón. Y ¿por qué lo tienen limpio? Porque él se los ha limpiado con su sangre, porque han sido lavados y santificados por el Espíritu de Dios (1Co.6:11; Apc.7:14); pueden saltar alegres que de la mancha del pecado han sido lavados y no queda ninguno que no haya podido ser borrado y “ninguna acusación hay” para los que están en Cristo. Y por esa sola razón, ser llamado “santo y fiel” en Cristo es suficiente para sentirse único, feliz y afortunado.
Son afortunados también los pacificadores.  Que de ningún modo usen la espada, ni se llenen de odios. Aun siendo el blanco de las intrigas, difamaciones y hostilidades, debían promover la paz, no sólo con conductas pacíficas sino con gestiones de paz, con embajadas de paz. Si ves a alguien que promueve la inconformidad entre hermanos y el pleito, y distancia espiritualmente a los que podían haber caminado unidos, ese no es hijo de Dios. Los hijos del reino no procuran sacar ventajas de los conflictos entre hermanos. Un hijo de Dios procura amistar y aliviar tensiones, pacifica, disminuye las distancias humanas, resta importancia a las ofensas para que sean pasadas por alto y anima para que sean perdonadas, no acentúa el ultraje ni ensancha las heridas. Promueve el encuentro y la unión.
Tienen buena suerte y motivo para sentirse felices los que padecen persecución (v.10). El Señor se propone terminar las bienaventuranzas en la forma en que las empezó, hablándoles a los que vivirían los días obscuros que se avecinaban sobre su naciente reino de los cielos, cuyas nubes ya él veía acercarse. Es una palabra de ánimo para ellos, para que no tomen las calamidades como desgracias sin sentido. Padecer por causa de la justicia equivale a padecer por su vida cristiana. Pablo dijo “todo aquel que quiera vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerá persecución” (2Ti.3:12). La única manera que hay para evitar la persecución es agradando a los perseguidores (Ga.6:12) o siendo como ellos, contemporizando con el mundo, siendo sus cómplices, corriendo en su mismo desenfreno; si es lo contrario os ultrajan y les parece cosa rara que no corráis con ellos en el mismo camino de desenfreno.

Y por último, son afortunados y pueden sentirse dichosos aquellos a quienes persiguen por su nombre y les destrozan el testimonio mintiendo. Los condenan por el único delito de amar a Dios y a su Hijo Jesucristo (vv.11,12). Andarían detrás de ellos para darles muerte y serían objeto de una gigantesca campaña de vituperios e insultos rebajándoles la estima de sus testimonios ante el público en general. Después de condenados continuarían siendo difamados.
Aquella propaganda de calumnias, mentiras y tergiversaciones de que serían objeto les mordería sus propias carnes, aún la del corazón, con más fuerza que si los devoraran leones hambrientos, porque humilla y espanta más a un santo que le vituperen su vida piadosa que a la misma muerte, le tortura más oír que es acusado de alguna inmoralidad que no ha cometido que lo arrojen a la arena del circo, y que lo denigren con pecados no cometidos o le acusen de faltas de las cuales no se siente responsable. Aquellos hermanos temían menos a la muerte que a que opacaran la gloria de Dios en sus vidas. No podían aquellos apóstoles esperar del mismo mundo un tratamiento más benigno que sus colegas profetas que les habían precedido.

Lo que el Señor les pide, que cuando oyeran sus nombres manchados y aborrecidos injustamente, debían alegrarse y cantar victoria diciendo ¡bendito sea el Señor porque oigo que me han calumniado así y así! ¡Esta noche iré a la cama alegre sabiendo que el libro de mentiras contra mí se va volviendo más grande! ¡Gracias Señor por esas lenguas viperinas y por esas bocas de serpientes! Para poder sentir eso debían morir completamente al mundo y amar con todas sus fuerzas más la gloria de Dios que la de los hombres (Jn.12:43). ¿Podemos así hermanos, gozarnos, con esa persecución?  ¿Tanto amaremos la bienaventuranza celestial que todo eso no nos importe? ¿Podremos tener la fe de Moisés que le hizo poner sus ojos fijos más allá de Egipto donde miraba el galardón de Dios? (He.11:26). Afortunados seremos si somos capaces no sólo de perder tanto sino todo por quien nos creó y nos salvó. Esto es predicar un evangelio social superior.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Satanás aborrece que actuemos con sentido común


ROMANOS 12:1        
"...Dios, que es vuestro culto racional".  

 O, también traducido, “vuestra adoración lógica”. Si nuestra razón estuviera libre de pecados, por ella hallaríamos a Dios. En tiempo del apóstol Pablo generalmente se aceptaba la filosofía que el pecado era solamente contra el cuerpo, que no tocaba para nada el espíritu. No creían en la resurrección. Pablo en cambio enfatiza la santidad corporal (1Co.6:18-20). Y satanás aborrece que actuemos de forma racional, con sentido común, orientados por la Palabra de Dios y “aprobando lo mejor” (Flp.1:9,10). Ese ángel caído quiere que actuemos más por instintos y obsesiones mentales, y nos comportemos como animales irracionales (Jud.1:10), como “malas bestias” (Tit.1:12). 

Es lógico creer en Dios. El método de Dios primero es poner la verdad en la mente y después en las emociones del corazón, pues dice, “por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel, después de aquellos días, dice el Señor: pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo” (He.8:10). Apelar a las emociones de un auditorio sin haberle puesto conocimientos en la mente, es manipulación y lo que se obtiene es el fanatismo y discípulos sin raíces, cristianos temporales.