miércoles, 31 de julio de 2013

Deja la conciencia culpable que te desmorona y destruye

Josué 7:10
“Y Jehová dijo a Josué: Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro?”.

“No eres tú el que ha pecado, es Israel el que ha pecado. No quiero que te humilles más ni te sientas culpable de esa derrota, no se ha perdido por culpa tuya sino de ellos, no te hagas responsable de lo que no eres, y ya has orado y te has quejado bastante, estás metido en un círculo vicioso, sale de él, pon en marcha un mecanismo de justicia que me glorifique y resuelva la situación de retroceso (o estancamiento) que permita sacar a la luz el pecado y que se elimine, levántate y deja la conciencia culpable que te desmorona y destruye”.

Oramos desesperadamente y nos quejamos de los fracasos, nos volvemos puros lamentos, descendemos dentro de la situación acusándonos sin salir de ahí, y llega el momento que Dios no quiere vernos más postrados sino accionando si ya sabemos cómo resolver el asunto; hay que localizar el mal que nos dañó y nos quitó la influencia divina, arrepentirnos y santificarnos, y si ya lo confesamos, entonces tomar medidas y después de esto todo cambiará y veremos que Dios fue fiel y lo es todavía. Desde los vv.10-13 se plantea el problema y se dice como resolverlo. Los vv.14,15 añaden al asunto y muestran el veredicto de antemano. Y desde allí hasta el final del capítulo, Dios conduciendo la investigación y el ajusticiamiento del culpable y los cómplices. No eres tú sino ellos, de eso estoy convencido, deja de lado la culpa y sigue trabajando.

Hagamos reflexionar a Dios sobre su gloria


Josué 7:6-9
Entonces Josué rompió sus vestidos, y se postró en tierra sobre su rostro delante del arca de Jehová hasta caer la tarde, él y los ancianos de Israel; y echaron polvo sobre sus cabezas”. 

Lea toda la historia, y la sorpresa que se llevaron al ser derrotados por una ciudad inferior. Josué es el primero que da señales de dolor y arrepentimiento, y pide que lo acompañen los ancianos; y así se completa la directiva de aquel entonces. Los pastores, los ancianos y los diáconos son los primeros que deben postrarse ante Dios para saber porqué las cosas han ido mal y para tratar en su presencia que no sigan así y cambien. Y no por unos minutos sino “hasta el anochecer” “al caer la tarde”, no fue una vigilia sino un día laboral. No debemos conformarnos con perder. Josué se quejó con Dios de forma parecida a como se habían quejado sus hermanos, con parecida incredulidad (Ex.16:3; Num. 29:3).

Nos reuniremos, nos postraremos en oración y le pediremos a Dios que nos haga saber porqué no tenemos otra bendición. Le abriremos el corazón al Señor y le expondremos nuestro miedo, desesperación, y el peligro que es para nuestra fe las derrotas  con promesas de bendición. Le haremos las preguntas más osadas, aunque tenga que perdonarnos nuestro atrevimiento, no moderaremos nuestro tono ante él que sabe lo que sentimos, y quizás por nuestra honestidad pase por alto nuestra incredulidad, y nos responderá porque le hablaremos como hijos y no como lacayos. Y también haremos reflexionar a Dios sobre su gloria, “¿qué harás tú a tu gran nombre?”. ¿Qué dirán de tus doctrinas de gracia pues hemos dicho que tu Palabra sola y tu Espíritu sólo con nuestra fe es suficiente para vencer el mundo? (1Jn.5:4). 

Dirán que para vencer la incredulidad, la sensualidad y la corrupción del mundo, se necesita algo más, que tu brazo no basta, y entonces quedarán en ridículo aquellas enseñanzas contenidas en tu Palabra y tus fieles ministros avergonzados, y seremos tentados a usar elementos de la cultura mundana como otro sazón y otra sal, para darle gusto a tus ordenanzas y que sean recibidas por la gente (Col.4:6). Ante ti nos postramos Señor de toda gracia, ante el trono de ella, para recibir nuestro pronto auxilio y socorro porque queremos derrotar a esta sociedad posmodernista, amén (He.4:16).

lunes, 29 de julio de 2013

Secreto de un misionero


2 Corintios 4:13-18
13 Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos, 14 sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús, y nos presentará juntamente con vosotros. 15 Porque todas estas cosas padecemos por amor a vosotros, para que abundando la gracia por medio de muchos, la acción de gracias sobreabunde para gloria de Dios. 16 Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. 17 Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; 18 no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”.

Observa un secreto misionero de Pablo: su fe, o sea, es primero que un secreto pastoral es un secreto cristiano. Es maravilloso en sus escritos. Aquí asegura que su ministerio tiene continuidad a pesar de la oposición que halla; y que continuará predicando sin “desmayar” (v.16) o sin desánimos como traduce Dios Habla Hoy. Es una palabra de marca mayor. ¿Nunca habrá sufrido desánimos? (Hch.27:20). Si alguna vez estuvo desanimado el Señor lo animó. 
Fíjate que se sobrepone a todas sus oposiciones no porque  esté teniendo éxito y que los convertidos den gracias a Dios  por haberlo conocido (v.15) sino porque cree. Está dispuesto a morir predicando porque es una cuestión de fe, “creí, hablé” (v.13). Lo que abre su boca es la fe más que una obligación con el Señor. Lo mismo que abría la boca de todos aquellos hermanos. Sin embargo, no dice solamente “fe” sino “espíritu” de fe; que puede ser el Espíritu de Dios o que la fe trabaja sobre su ánimo y no le permite parar de hacerlo, y lo hace con buen ánimo, sin murmuraciones y quejas.

Es la fe la que hace que “siendo pobre enriquezca a muchos” estar “derribado pero no vencido” (vv.8-12). La fe suministra un espíritu positivo y de triunfo y es la que hace que emita esas palabras: “leve” “ligera”“momentánea” “pasajera”. Su fe no hace que la realidad desaparezca sino que cambia el enfoque. Las cosas que padeció no eran ligeras ni momentáneas. Estuvo años preso, pero él las enfoca de esa manera. Su buen ánimo no depende de las condiciones ni del lugar donde se halle.

Espíritu de fe es equivalente a actitud de fe; es la actitud con la que se toman las cosas. Su fe preserva su vida síquica que  es positiva no porque sea sicológicamente optimista sino porque cree en la bondad, la sabiduría y los planes de Dios. Si se estudia su vida, esa es la razón que se halla, el hombre cree lo que predica, predica lo que cree y predica porque lo cree.

Pablo espera recompensa; ¿por qué no?, y no escatima preciosa su vida para sí mismo porque la recuperará en la resurrección. La esperanza junto a su fe. Lo que abre su boca no es la oratoria sino su fe y porque quiere hacer participante de su esperanza a los hombres, y no tiene miedo exponerse a los más terribles peligros pues si llegara a perecer, su esperanza le garantiza la resurrección de la vida, la pondrá para volverla a tomar; así que, no es sólo porque la comisión le ha sido impuesta (1Co.9:16) sino porque cree que Cristo es el Mesías, el Salvador del mundo; cree en los cielos nuevos y tierra nueva y que cada persona se presentará ante el tribunal de Cristo.

Y algo  importante, no le pesa la inversión de la vida que está haciendo porque conoce que aunque el mal trato de su cuerpo y las aflicciones de su espíritu lo van desgastando notablemente, toda esa pérdida la recuperará en la resurrección de los muertos recibiendo un cuerpo semejante al de Cristo (Flp.3:21); porque tiene sus ojos puestos en el galardón (He.11:6), en las “cosas que no son temporales” (v.18).

Nota que el envejecimiento y  esas tribulaciones no producen depresión en el apóstol sino exaltación “un eterno peso de gloria” (v.17);  va hacia arriba no hacia abajo, no mira sus arrugas, canas y flaquencia, con tristeza, sino como quien  está comprando lo que quiere (una perla de gran precio) y entrega su dinero contento. La erosión de su físico y la proximidad de la muerte no son cosas que lo humillan sino lo exaltan; un “peso” que lo eleva y lo llena de la presencia de Dios.

El apóstol afirma que en sentido interior se rejuvenece (v.16), en contraste con su desgaste externo. El hombre interior (Efe.3:16) es fortalecido, y se deleita en la ley de Dios (Ro.7:22). Va hacia la juventud no hacia la vejez. Es lo que hace poco ha llamado transformado de gloria en gloria (3:18); un poco más semejante a Cristo cada día, una transformación y rejuvenecimiento glorioso; y como lo que más le interesa es lo que no se ve, no llora al aproximarse a su vejez ni parece pensar en su posible inutilidad física, la cual no ocurrió porque sabe que Dios tiene una casa no hecha de manos, en los cielos. El secreto de la motivación misionera de este hombre, fue su fe en Dios.

sábado, 27 de julio de 2013

Una esposa no amada, y el propósito de Dios


Génesis 29:31-35
31 Y vio Jehová que Lea era menospreciada, y le dio hijos; pero Raquel era estéril. 32 Y concibió Lea, y dio a luz un hijo, y llamó su nombre Rubén, porque dijo: Ha mirado Jehová mi aflicción; ahora, por tanto, me amará mi marido. 33 Concibió otra vez, y dio a luz un hijo, y dijo: Por cuanto oyó Jehová que yo era menospreciada, me ha dado también éste. Y llamó su nombre Simeón. 34 Y concibió otra vez, y dio a luz un hijo, y dijo: Ahora esta vez se unirá[c] mi marido conmigo, porque le he dado a luz tres hijos; por tanto, llamó su nombre Leví. 35 Concibió otra vez, y dio a luz un hijo, y dijo: Esta vez alabaré a Jehová; por esto llamó su nombre Judá; y dejó de dar a luz”.

No soy un experto en la comprensión del alma femenina, así que esto no es más que un intento exegético para sacar del caso de Lea algunas lecciones bíblicas. Mi propósito es dar alguna comprensión y conformidad, en el Señor, a las hermanas lectoras de este blog.

Uno: El varón admira a la mujer como madre, pero la ama como mujer. Los hijos no hacen que la ame más. Dios sabía que Jacob no amaría más a Lea por sus nuevos hijos. Con cada parto él no aumentaría su cariño por ella, pero sí por los hijos que ella le daba. Sin embargo, Lea no parece entender eso, o no quiere admitirlo, que la sucesión de hijos no obraría el milagro de que Jacob cayera rendido a sus pies. Pensó que siendo más madre sería más amada. Jacob amaba más a Raquel que a ella no porque le diera un par de hijos sino, principalmente por su  cara bella y hermosa figura.

Dos: Detrás de esa competencia con su hermana, a ver quién  paría  más, se hallaba el plan divino. Así fue dando a luz a los patriarcas, con los cuales Dios tendría un propósito mejor que el de ella, que era sentirse amada. Es de suponer que si Lea hubiera sido una mujer realizada matrimonialmente, o un tanto más, como Raquel, no hubiera quizás parido tantos  fundadores del pueblo de Israel  Es verdad que Raquel también estaba desesperada por parir, y se murió de parto, pero el amor de su marido la ayudaba mucho en esa equivocación cultural. Es posible que si Lea se hubiera realizado en el amor no hubiera sido tan “creativa”. La poderosa fuerza emocional de su insatisfacción  ayudaba al plan específico  de Dios: ir formando tribus.

A veces creemos que si Dios no nos hace felices a pesar de que oremos y supliquemos, no está cumpliendo su propósito  en nuestras vidas.  Que Lea se sintiera menospreciada (la palabra significa odiada) e inferior, era, sin discusión sobre su soberanía, el propósito de Dios. Si lo hubiera querido, la había hecho feliz. No la hubieran vendido, “ni metérsela por los ojos” (vulgarismo) a su marido.  Gracias a esos sentimientos de inferioridad, sin poder luchar y vencerlos en su cultura, habría de dar continuos hijos. Estos abusos, culpas, frustraciones, tienen otro lado positivo en relación con la creatividad, no reproductora de hijos, sino vocacional. Si ocurriera esa experiencia en una dama moderna, esa experiencia de Lea, que su marido no la ame y con quien tiene varios hijos, si tiene ella calificaciones, pudiera convertirla en una artista que concibe cuadros, una escritora que produce libros,  o magníficos blogs, que tratando de ser alguien para sí misma y para la sociedad, devora toneladas de literatura, se especializa e inventa. Dios tiene algún propósito cuando no la cura de su perenne insatisfacción, y como mujer casada rumia a diario muchas amarguras. El propósito divino con Lea fue dar nacimiento a pueblos.

Resumen: La misión del evangelio no es satisfacer todas las necesidades emocionales de una persona sino salvarla, conducirla a la obediencia a Dios, a hacer su voluntad, a buscar no el balance de su personalidad, sino su operación funcional de cualquier modo, y si conoce las páginas de la Biblia, pensará que lo que lo que le ha ocurrido tiene un propósito divino, cualquiera que haya sido la  injusticia social, las envidias personales y el despotismo doméstico. Que Dios lo quiso así,  y no tuvo fue la mala suerte, porque si pudiera haber vivido tres mil años, el tiempo y la  historia lo afirmarían. No es muy sabio medir la bendición de Dios por los parámetros de la felicidad. Fue la voluntad de Dios que viviera sin ser querida, tal vez admirada como madre pero no amada como mujer, y eso pudo haberlo comprendido con los años porque a sus últimos dos hijos, a uno le puso por nombre Leví que vino a ser el  padre de todos los sacerdotes de Israel, y al otro lo llamó Judá de quien nacieron grandes reyes como David y Jesucristo, y adoró a Dios (vv.34,35).

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Con mucho afecto y gratitud,
Humberto.

 


Si ellos quieren ser santos, déjenlos quietos


Apocalipsis 22: 10, 11
"Que el injusto siga haciendo injusticias, que el puro siga siendo impuro, que el injusto siga practicando la justicia, y que el que es santo siga guardándose santo". 

Estas palabras tienen varias formas para entenderlas. (1) Las he oído en la boca de los desalentados: "Cada uno haga lo que quiera, sea bueno o malo (lo que le dé la gana, despectivamente hablando), Dios le pagará  sus obras, prepárese para recoger el fruto de sus locuras (v. 12); no menciona sino más adelante la invitación (v. 17); porque uno debe pasar poco tiempo resignado a que los hombres se pierdan sin tratar de cambiar la dirección del futuro eterno. Es ese lenguaje el del desaliento (2) El que habla en el Espíritu; el que no se ha enfriado ni ha perdido el celo por la salvación de las almas usa un lenguaje distinto: "Ya no seas más injusto o no heredarás el reino de Dios, basta el tiempo que has sido injusto, sea tu justicia mayor que la los escribas y fariseos...", etc. "Ya no seas inmundo, santifícate". En el lenguaje del desaliento pensamos que los estados humanos son incambiables. 

En este mundo el estado de perdición, injusto o inmundo, es cambiable, no es absoluto. ¿Con qué lenguaje le hablamos al mundo, con el del desaliento o con el de la esperanza? Pero, ¿en qué sentido las dice el apóstol? Algunos dicen que no se debe tomar como una ironía (Ecl. 11: 9). Por el contexto parece que sí lo es, o tal vez no lo es, sin embargo si no se toma como tal cualquier cosa que la explique, no la aclararía bien tampoco. Tal vez no fue dicho exactamente con esa intención esa figura retórica, aunque la desdice la forma, cuando en realidad se quiere  dar a entender lo contrario de lo que se dice. ¿Entonces qué? Yo lo pondría así "el Señor está ya al llegar, si ustedes quieren seguir inmundos, allá ustedes, pero que los que desean no ser ya más inmundos y santificarse continúen haciéndolo, y  no los critiquen, déjenlos quietos". 

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No aprovechaban a sus ministros porque no sabían tenerlos


1Corintios 3:5-8.
“¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor”.

Si usted toma el cuchillo de la verdad y le aplica un corte a las contiendas y divisiones entre hermanos hallará seguramente un poco más profundo en la carne, celos y envidias. El apóstol al principio del primer capítulo habló acerca de las contiendas, preludio de la división, pero abandonó el asunto para dedicar espacio a los profesores de sabiduría mundana, ahora retorna al tema, invocándolo con alguna longitud para su análisis con detalle. Aquellos hermanos juzgaban erróneamente a sus ministros y lo mismo al trabajo que ellos hacían. ¿Quién es mi ministro, qué es lo que está haciendo? ¿Lo hace lo mejor que él puede? ¿Cuál es tu regla de valores para tu ministro y su labor?

No mires así a un ministro. Comienza por el meollo de la cuestión, sus propios líderes. Veamos como no se miran los ministros de Dios. Empieza preguntándoles si ellos conocen, no quiénes son, sino qué son. Ellos saben quiénes son, pero esa no es la pregunta, sino la función que tienen en la iglesia y estrictamente lo que son ante Dios. No entendían lo que era el ministerio pastoral y misionero. Conocían pastores, evangelistas, misioneros, pero no sabían lo que ellos eran. No los entendían.  Por sus palabras notamos que los corintios miraban el liderazgo de sus ministros de forma muy personal, como algo que correspondía totalmente a ellos mismos, en forma de capacidad, talentos y “potenciales” (como hoy se dice) provenientes del interior; de modo similar a como el mundo mira sus líderes. Cuando analizaban a Cefas, a Pablo o a Apolos, lo hacían humanamente, como algo que ellos eran o hacían por sí mismos, sin pensar en la gracia de Dios. Situaban el éxito o el fracaso en virtudes o fallas humanas, no juzgaban por supuesto, espiritualmente, a sus líderes. Ese juicio carnal sobre sus líderes desembocó en celos, envidias y la formación de bandos. No podían aprovechar sus ministros porque no sabían tenerlos.

Mira de este modo a un ministro. Primeramente debes mirar a un ministro como un servidor, servidores por medio de los cuales habéis creído (v.5). Los hermanos corintios no deseaban tanto humillar a los otros ministros como exaltar a los suyos, a los que ellos pensaban que eran superiores. Es casi lo contrario hoy cuando no pocos tienen un concepto pequeño del ministro. Se han apropiado de esta definición bíblica “servidor” y eso es lo que pretenden constantemente que su ministro sea, como un esclavo al servicio de ellos, sin la consideración, estima y reconocimiento que le debieran, porque lo miran como asalariado. Como aquellos antiguos consideraban a sus ministros no estaba bien, eran algo así como semidioses, al menos para sus admiradores.

¿Qué se preferiría hoy, que pensaran así alto o tan bajo como un empleado que se contrata para que realice funciones religiosas? Aquellas congregaciones no se juzgaban mejores que los siervos de Dios. Es cierto que es un instrumento en las manos divinas y no las manos mismas porque dice, “por medio de los cuales”; pero un instrumento precioso por medio del cual se nos ha dado la salvación. Un instrumento que predica, pero no para predicar, sino para creer por medio de su predicación, para obtener la fe, para desarrollarla, para avanzar en gracia y progresar en santificación. Es un embajador de Dios, no alguien a quien Dios ha delegado su bendición sino por medio del cual la otorga. Alguien valioso que nos ayuda en nuestro camino al cielo. No un productor de sermones sino un mensajero de las palabras de vida a quien la salvación y condenación eterna de los hombres se haya asociada. Que no se idolatra ni se adula, pero se ama y reconoce.

El apóstol les pide que sean graciosamente objetivos y no carnalmente comparativos. Que cada uno mire a su ministro “según lo que a cada uno concedió el Señor” (v.5). Lo que un ministro es lo es por la gracia de Dios y lo que tiene lo ha recibido, y lo que no tiene no lo ha recibido. Eso lo dice, para que ellos aprendan a alabar al Señor por su ministro (“solamente oían decir: Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba. Y glorificaban a Dios en mí” Ga.1:23-24). Y ese es siempre el propósito de la gracia, honrar a Dios.

Hay otros ministros igualmente siervos de la gracia que pueden tener las mismas gracias que el nuestro, aun mejores, y que las que cualquiera no tenga es porque no las ha recibido. ¿No es mejor entonces ser de juicio condescendiente con el propio y con los ajenos? ¿Cuál es el período más importante? Ya he dicho que el apóstol quiere que juzguen espiritualmente a los ministros, a los dones que ellos poseen y ahora, al trabajo que hacen, “yo planté, Apolos regó” (v.6). Por sus palabras  veo  que el trabajo de los ministros es complementario. ¿Qué pasaría a la viña si no hubiera quién regara? ¿Podría la semilla crecer? Quizás, pero es mejor que hayan regadores. Y si sólo hubiera regadores y no sembradores ¿podría del suelo vacío brotar algo? Actualmente como la mayoría de las iglesias tienen un solo pastor, éste tiene que hacer las dos cosas, sembrar y regar, pero de todos modos, hay ministros que son mejores sembradores que regadores y viceversa, los que como Apolos son de gran provecho “para los que por la gracia habían creído”.

La intención del apóstol no es acrecentar el trabajo de ninguno de los dos, ni afirmar que son mejores los plantadores de iglesias, los evangelistas y misioneros que los pastores, sino de nuevo, que miren lo que se está haciendo como parte de la obra de Dios y que el mérito mayor es el suyo. Es importante plantar, regar con buenos sermones, pero ¿a dónde iría todo si la semilla aunque nazca no crece ni llega jamás a espiga? La parte más importante es el crecimiento y corresponde a Dios. El crecimiento hay que asociarlo no al nombre de Pablo o de Apolos sino de Dios. Comprendido eso por un pastor, le ayuda a no auto culparse. Si la iglesia crece a Dios se lo debe. El crecimiento es una obra de gracia. Muchos sermones se mueren en el corazón, jamás nacen ni espigan. Sea el crecimiento numérico o espiritual, es de Dios. Después que hayamos hecho lo que debíamos viene la paciente espera, la espera de fe, de oración, de súplica a Dios para que la semilla regada, quiero decir, los sermones oídos, nazcan y crezcan. 

¿Por qué pensar algo sobre nosotros mismos, gloriarnos en preparar el terreno, abonarlo, sembrarlo, regarlo si es Dios el que hace lo más importante?  Bien el apóstol lo dice para todos nosotros, “ni el que planta es algo, ni el que riega” (v.7). Dios podría hacer crecer la semilla y obtener los frutos que quisiera sin usar la agencia humana para siembra o para riego ¿no le basta el viento, los pájaros, y las nubes? De muchos modos el Señor podría salvar un alma sin que nadie le hablara y edificarla sin que algún ministro interviniera. Habla el apóstol de ese modo no para menospreciar el trabajo del que siembra y siega, sino para que los hermanos quiten sus ojos de ellos y honren la palabra de Dios y a su Espíritu que la prospera. Ese es el período más importante.

Al final de cuentas todos los ministros están al mismo nivel ante Dios, cada uno ha recibido su propia gracia y no se le exigirá que responda por el uso de un don que no tuvo. El juicio sobre su trabajo, su “recompensa” estará ligada a su trabajo, “conforme a su labor” (v.8). Un ministro puede ser más dotado que otro ¿pero trabaja más? Uno podrá tener más “triunfo” que otro. ¿Recibirá más recompensa por ese “triunfo”? No, porque su triunfo, si es considerado eso como “crecimiento” no es suyo, sino de Dios. En el cielo no se conoce la palabra éxito sino bendición y fidelidad. No son los triunfadores sino los fieles.  El que ha triunfado realmente, por la recompensa juzgado, no es el que más bendición ha tenido sobre su trabajo, sino el que ha laborado más. Dios no recompensa a un infiel e indolente. 

Un misionero que trabaja arduamente por amor del nombre de Cristo, pero no obtiene casi ningún crecimiento de su trabajo de años ¿no recibirá recompensa pues? Sí la recibirá, no en base al crecimiento sino a la fidelidad que desempeñó responsablemente en su trabajo. Si alguien duda que el trabajo sea la regla de medida para el éxito y la recompensa, lea 15:10, donde el trabajo es el auténtico motivo de comparación del apóstol y no los creyentes que ha bautizado. Al que le dieron un talento y lo reprocharon, no fue porque tenía uno solo sino por holgazán (Luc.19:20-24).

jueves, 25 de julio de 2013

Cómo estar de buen ánimo


Génesis 27: 37
"He aquí, yo lo he puesto por señor tuyo, y le he dado por siervos a todos tus parientes; y con grano y mosto lo he sustentado". 

Esas cosas acaban de comenzar a existir sólo en promesas, digamos que son virtuales, desde ese momento hasta la obtención de todas esas bendiciones habrían de pasar años, siglos, pero ya se dan como ciertísimas (Luc.1: 1), y se enuncian en pasado, aunque todavía no se hayan acercado, porque aquello que se encuentra como en cápsula dentro de una promesa divina ya existe potencialmente para los cuales están destinadas. 

Si con fe suficiente pudiéramos creer de antemano las promesas que leemos en este Libro Santo trabajaríamos con más esperanza, con más paciencia, esperando que se haga realidad lo que se ha pronunciado a nuestro favor. Creer y esperar son las dos virtudes o dones de la gracia que hay que poseer y ejercitar para estar de buen ánimo y tranquilos mientras se aguarda lo prometido, y creyéndolo hasta ese entonces sin incertidumbres ni vacilaciones.