domingo 12 de julio de 2009

Apostasía teológica


Hebreos 6:4-8 (LBLA)

Porque en el caso de los que fueron una vez iluminados, que probaron del don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, [5] que gustaron la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, [6] pero después cayeron, es imposible renovarlos otra vez para arrepentimiento, puesto que de nuevo crucifican para sí mismos al Hijo de Dios y lo exponen a la ignominia pública. [7] Porque la tierra que bebe la lluvia que con frecuencia cae sobre ella y produce vegetación útil a aquellos a causa de los cuales es cultivada, recibe bendición de Dios; [8] pero si produce espinos y abrojos no vale nada, está próxima a ser maldecida, y termina por ser quemada.


Sobre este texto podemos meditar en porqué los que parecían ser cristianos dejan de serlo. Algunos escritores lo han usado para negar la perseverancia de los santos. Pero si lo interpretas teniendo en cuenta la intención que tuvo el autor, que fue prevenir la apostasía de los fieles, no lo usarías para afirmar que quien es cristiano una vez puede dejar de serlo. Al contrario, quiero que observes qué lejos puede llegar alguien en la experiencia cristiana, qué abundante y genuina puede ser, y sin embargo no llegar a ser una nueva criatura formada a la imagen de Cristo. Lo que estremece más bien es qué fácil alguien puede confundirse y pensar que es cristiano, o uno tomar a otros que no lo son, por tales.

Es muy difícil, a juzgar por fuera, saber si alguien es cristiano o no. Ambos tienen, en apariencia, la misma experiencia de conversión, son “iluminados, gustaron del don celestial, son partícipes del Espíritu Santo, de los poderes del siglo venidero”, que culmina en una renovación por medio del arrepentimiento. El cambio de vida en ambos es igual. La experiencia de conversión de los que siguen fieles y de los que recaen parece ser similar aunque no idéntica. Caen, son muchos los que empiezan, ilusionan la iglesia con ellos y luego la abandonan. No cabe duda que han sido renovados y por eso son bautizados y admitidos en la congregación.

Nota que Dios ha usado gracia con los que no continúan siendo fieles. Mejoran muchísimo, parecen otros. Los que recaen no pueden quejarse que Dios no haya invertido gracia en ellos, que no haya intentado salvarlos, porque por voluntad propia se precipitaron afuera de la gracia cayendo de ella, retrocedieron porque lo desearon, no teniendo motivos para abandonar al Señor Jesucristo. Sin razón pecaron, sin motivos se alejaron de lo que les había sido hecho una bendición. Aunque habían experimentado las cosas más hermosas del mundo, tenido los privilegios más exclusivos, sido elevados tan alto, lo menospreciaron todo y lo abandonaron. La razón no hay que buscarla en Dios que los haya abandonado sino en la perversidad e ingratitud del alma humana, no porque él los haya hecho así, sino por el humano libre albedrío.

Los que no recaen son aquellos que entregan su libre albedrío a la palabra de Dios, se abandonan a Dios y crucifican el yo, para que viva Cristo en ellos. Lo que hace la diferencia entre un fiel y un infiel es eso, la entrega de su yo a Cristo. El que maneja por sí mismo los asuntos de su vida cristiana, decide por sí mismo, es sabio en su propia mente y no en la de Dios, llegará el día en el cual mercadee con su fe. Hay quienes tienen esa experiencia de “conversión” sin que nunca se entreguen de corazón al Señor, se renuevan, pero no se rinden. Rendición espiritual es la palabra. Si no hay rendición, algún día el yo erguido, deshará esa renovación, y quien afirmó haber creído en Cristo, arrepentido de sus pecados, sentido los poderes del siglo venidero, que se deleitaba saboreando la palabra de Dios y participaba de las bendiciones del Espíritu Santo, recaerá y desmentirá todo aquello que un día afirmó rotundamente haber experimentado.

Nuestra gran meta espiritual es quedarnos sin libre albedrío y poder decir como Pablo, “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”, para ninguna cosa mala hacer. No me asombra tanto que sea imposible que se recuperen, lo que me parece imposible es que a pesar de tener estas cosas hayan recaído. Aquellos que han recaído son hierba mala, que no atienden agradecidos a la fresca lluvia que les baja del cielo, han oído por gusto la palabra, y han deshecho la obra del Espíritu en sus vidas.

Son maldecidos y el fin de ellos será el horno. Esto tiene que decirse en relación a los muchos sermones y estudios de la palabra de Dios que recibieron y que no les sirvieron para nada (los que cayeron); ya no podrán volver a oírlos porque tuvieron que aprovecharlos en los tiempos en que los estaban recibiendo y no lo hicieron. El fruto que dieron en vez de ser bueno fue malo, espinos, por lo tanto, no pueden esperar alguna bendición de Dios sino la maldición; bebieron por gusto el agua de vida, no les hizo ningún bien, por lo tanto, serán quemados en el fuego. El aprovechamiento no estuvo parejo con los privilegios que se les concedieron. Por eso el autor piensa que no vale la pena volver a instruirlos en lo que ya aprendieron (v. 1).

Pienso que el autor se está refiriendo a una clase específica de apostasía. Este texto no fue escrito para rescatar a los apóstatas sino para prevenirlos; no dice: “Si has dejado al Señor vuelve a él, tienes esperanza”, sino, “no lo dejes porque perderás toda posibilidad de salvación”. La apostasía es una ofensa tan grande a Dios que no hay ni un rayo de esperanza salvadora para los que por un tiempo nada más dejan la gracia. ¡Cuidado! (10.26-29; 12.16, 17). Aquí tiene que referirse a una clase de apostasía no retornable, la que deja al S.J.C. como medio de salvación para poner su esperanza en las obras y ceremonias de la ley; es principalmente una apostasía teológica más que carnal. De la otra, la que ocurre por debilidad carnal, la Escritura nos da ejemplos de hermanos que han retornado y se han “vuelto” al Señor, como David y Pedro. Nos mueva al Señor, nuestra gratitud, y nos conceda firmeza. Amén.

sábado 11 de julio de 2009

La Biblia tampoco lo sabe



Amós 3.7

No hará nada el Señor sin que revele su secreto a sus siervos los profetas”.


A Noé Dios le reveló el diluvio, a Abram la suerte de Sodoma y Gomorra, a José los siete años de hambre, a Isaías la muerte del Mesías, etc. Eso quiere decir que el futuro sólo lo conoce Dios y nadie más, ni hombre, diablo o ángel. Todos los que afirmen saberlo, mirando la palma de una mano o unas pocas estrellas, cobren por revelarlo o no, mienten. Tampoco porque lo diga algún libro o documento antiguo, exceptuando la Biblia. Y muchísimo menos algún popular señor auto titulado profeta que no pertenece al Antiguo y Nuevo Testamento y quiso recibir su nombramiento cuando ya las puertas del canon bíblico estaban cerradas por Dios.

No hay otro libro escrito que contenga la revelación de Dios que la Biblia. Fueron los profetas de la Biblia los que oyeron la voz de Dios no los de otra religión. La única revelación histórica sin mitos y leyendas, plenamente confiable es la que pertenece al pueblo de Israel y se halla en su literatura sagrada, la Biblia, compuesta por los profetas del Antiguo Testamento y los profetas del Nuevo Testamento. Y toda ella es “inspirada por Dios y útil”.

El futuro no se conoce por un cálculo de probabilidades; aunque uno pueda suponer a dónde van a caer algunos hombres por el derrotero que llevan, lo que les sucederá como consecuencia de sus actos; con todo no se puede garantizar que les pase esto o aquello. Lo que se conoce sobre el futuro es por revelación. Cuando Pedro le dijo al Señor que era el Hijo de Dios no lo supo estudiando o porque algún otro se lo comentó sino porque el Padre se lo dijo; por ende, el futuro está en la mano de Dios y él sólo conoce nuestros tiempos y podría cambiarlos o no, y precisamente esa es la razón por la que se lo revela a los profetas, para incitarlos al arrepentimiento y a volverse a él.

Además aunque la Biblia es una revelación suficiente sobre el futuro de todas las cosas; eso no quiere decir que ella dice todo lo que quisiéramos saber sino todo lo que nos hace falta saber. Hay cosas que los profetas no supieron como por ejemplo el día y la hora de la segunda venida de Cristo, y cualquiera que le haga un itinerario con milenios y dispensaciones, registrando dentro de la Escritura y entrevistando a un centenar de autores, está envanecido y “no sabe lo que dice ni lo que afirma”.

Sépalo estudiante, que tiene que ser humilde y confesar “no lo sé” porque “las cosas escondidas pertenecen a Jehová” y sólo “las reveladas a nosotros y a nuestros hijos” (Deu. 29.29); y si ni aún los ángeles o el Señor Jesucristo sabían el siglo y el año de su retorno, ¿cómo lo puede usted hallar en las setenta semanas de Daniel, en el libro de Isaías, en el evangelio de Marcos o Lucas, en Apocalipsis, en Tesalonicenses, si ellos no lo sabían? Si ellos no lo sabían, la Biblia tampoco lo sabe.


No le nacen hijos a Dios en un burdel teológico


Oseas 2.4, 5

“Porque son hijos de prostitución”.


Estas son palabras fuertes y ofensivas, pero honestas y completamente ciertas. No se alarme usted si sigo el impulso del Espíritu y comento esto en esa forma de la verdad. ¿Es usted de los que creen que hay hijos e hijas de Dios en todas las sectas, vestidos con todos los colores doctrinales habidos y por haber? Los hijos que nazcan fuera del pacto matrimonial entre Cristo y la iglesia son hijos de prostitución, quiero decir fuera del pacto de gracia y no tienen derecho a llevar su apellido, cristiano, ni son coherederos con los hijos nacidos dentro del legítimo matrimonio, entre la iglesia y él. Somos hijos del evangelio los que llevamos su forma y parecido.

Es importante cómo uno es engendrado espiritualmente, por medio de la verdad Cristo, no por un evangelio prostituido con enseñanzas falsas, con una justificación mentirosa de obras con fe, apartada de la persona de Jesucristo, engendrados por las doctrinas y herejías de una secta que miente sobre la divinidad de Cristo, o siendo más hijos de una cultura secular que de la cultura del evangelio.

Señores, la mentira no engendra hijos para Dios porque su difusión no cuenta con la presencia del Espíritu Santo, jamás engendra hijos santos sino del diablo y los deseos de Satanás quieren hacer y no los de Dios. A la mentira no la acompaña el poder de Dios y por lo tanto nadie puede convertirse de su mal camino sin los poderes divinos del siglo venidero. El Espíritu Santo no engendra hijos por medio de herejías porque ellas no son la simiente de Dios y no pueden engendrar hijos a imagen y semejanza de Jehová.

Dios no acepta cualquier maestro como rabí suyo, o cualquier iglesia como su legítima esposa, ni cualquier ética llamada cristiana que apoya el aborto, la eutanasia y la homosexualidad. Es importante que usted sepa de quién ha aprendido (2 Tim. 3:14), por medio de quién ha llegado al conocimiento de la Biblia y los lugares que frecuenta para aprender religión.

Fíjese en el texto que Israel por interés personal va detrás de sus amantes, es decir, vendió su honradez a cambio de un vivir mejor, a herejes que lo compraron con dinero y comodidades. En ese sentido: aceptó unirse a un evangelio falso con mentirosas proposiciones. ¿En qué usted puso su esperanza? ¿Quién es su padre y con qué él o engendró? (1 Co 4.15; Filemón, vv.10,11). No le nacen hijos a Dios en un burdel teológico porque son hijos de prostitución y Jesucristo no tiene hermanos y amigos allí, y menos lo visita.