lunes, 21 de octubre de 2019

Trata de cumplir tus propios sueños


Salmo 126:1-3 «Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion, seremos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza; entonces dirán entre las naciones: Grandes cosas ha hecho Jehová con éstos. Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; estaremos alegres». 

Este salmo comúnmente se le adjudica a Esdras. La versión siria tiene una inscripción que dice, «es dicho de Hageo y Zacarías que salieron de Babilonia con los cautivos, pero espiritualmente es la expectativa de cosas buenas» (John Gill). Muchas versiones lo traducen en pasado hasta el v. 3; el v. 4 es una oración presente y el resto está en futuro. Si seguimos el futuro de la RV, leeremos las añoranzas de los exilados. Sueñan con el cumplimiento de las promesas de Dios, y, ¿quién no? En cierto lugar Salomón afirmó que donde abundan los sueños también abundan las vanidades (Ec. 5:7), pero no puede referirse ni al sueño físico que Dios da al trabajador en el salmo siguiente (v. 2), ni tampoco a este porque aquí el salmista no sueña con vanidades, sino con la necesidad del pueblo de Dios. 
Cuando dice: «Seremos como los que sueñan» y que Dios los haría regresar de la cautividad, no era una vanidad, sino un deseo profundo, una necesidad grande, sueños de fe, y los sueños de este tipo anticipan el gozo que se ha de experimentar cuando se cumplan, hace que uno deje por un momento la realidad penosa, deje de suspirar, cambie el lamento en risa, quite la sombra del rostro y lo alumbre con la visión de un mañana mejor. Si los sueños no se cumplieran, al menos mantendrían la esperanza viva porque ejercitan la fe. Un ejercicio de fe es soñar. Lo que impide que soñemos con el cumplimiento de alguna promesa del Señor no es la imposibilidad de que eso ocurra, sino la incredulidad. Los creyentes que sueñan con un futuro mejor son optimistas, sienten ganas de vivir y, además, los que sueñan con las promesas del Señor tratan de obtenerlas. Los sueños de un hombre no lo atrasan, no lo empujan hacia atrás, sino hacia delante. Los que creen y sueñan, raras veces se mantienen con los brazos cruzados, el mismo sueño los anima a buscar su realización. El que sueña con algo y no busca obtenerlo, no sueña, fantasea, es pura imaginación. Soñemos con grandes cosas y emprendamos grandes cosas. Grandes obras de fe. 
Hay razones para eso, traen muchas alabanzas al Señor: «nuestra boca se llenará de alabanzas». Está bien que uno cante alabanzas al Señor por todos sus beneficios, pero es mucho mejor alabarle por haber ejecutado grandes cosas. ¿Por qué nuestra lengua está casi seca? Falta hacer grandes cosas. Además, la gloria de Dios entre la gente, pues dirán: «Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros». Si la gente no ve ninguna hazaña de fe entre nosotros, ¿cómo podremos atraerlos hacia ellos? ¿Cómo podrán admirar a nuestro Dios si las condiciones en que nos hallamos no reflejan su misericordia, sino su castigo? Puede que las obras de fe no conduzcan a la conversión de la gente, pero pueden preparar el camino para eso, ganamos una posición de prestigio para ser oídos. El testimonio solo no gana a las personas, pero respalda lo que se predica. 
Otra razón es nuestra alegría. ¿Cómo puede el pueblo santo estar contento en la cautividad? (Sal. 137:1-6). Por más que los babilonios solicitaban de ellos gozo, no podían cantar. Los que aman verdaderamente a Dios y a su pueblo se entristecen cuando está destruido. ¿No recuerdas cómo Lot se entristecía por la salvación de los sodomitas? ¿No te acuerdas de Nehemías entristecido con la situación de Jerusalén? ¿No has leído cómo el apóstol sentía una continua tristeza por la incredulidad en que cayó su nación? ¿Y Jesús, lamentándose sobre varias ciudades? Cuando Dios realice nuestros grandes sueños, volveremos a estar alegres, cuando el Señor salve a los que perecen, cuando el Señor confirme en las doctrinas a los que han creído porque no tenemos mayor gozo que ver que los cristianos «andan en la verdad» (3 Jn. 4).

lunes, 14 de octubre de 2019

Dios nunca le acepta el diezmo a los que no son salvos


DEUTERONOMIO 26:5-15
“He traído las primicias de los frutos de la tierra que tú me has dado”.

El sistema de diezmos es sólo para el pueblo de Dios que conoce su religión, sabe cómo funciona, aprecia el valor de ella y participa de la misma. Es un pueblo que diezma de sus bendiciones, de su abundancia. Para los extraños que miran la obra de Dios desde afuera esto es casi un hurto, porque no pueden entender la obra espiritual en la cual el diezmador se halla envuelto. Los diezmos no son la paga de un impuesto al templo, sino la participación en un mundo espiritual; indica refinamiento, comprensión y asentimiento a una religión revelada por Dios. El diezmador es una persona con esperanza, que no considera que aquello que financia es algo inútil, sino que es una Organización (la iglesia) visible de su pensamiento. Dios nunca le exige diezmo a los que no tienen esperanza de salvación, fe, ni cuentan con la bendición de Dios como hijos suyos. El diezmo forma parte de una religión de fe. No es un sacrificio para mostrar religión, ni para comprar una posición en la iglesia, ni siquiera como un deber exclusivo contraído con el ministerio de la Palabra; sino con uno mismo y con la palabra de fe. Ha sido siempre blanco de las críticas de los no conversos que acusan a los ministros de explotación, porque no le dan valor ni al ministro ni a la palabra que predica. Como el sistema de diezmos es aprendido por la iglesia cristiana de su Antiguo Testamento, cada diezmador no tiene más obligación para entregarlo a la iglesia que la cantidad de fe con que lo haga. Estará completo o incompleto según la fe que lo respalde. No se exige por la iglesia (algunas sí lo hacen), no es una obligación para pertenecer a ella, es una práctica de culto relacionada con la visión del cristianismo en el mundo. Quien comprende todo esto no será escaso en su cooperación, no necesitará el visto bueno de los extraños, sino que se considerará una persona bienaventurada, privilegiada, porque como está escrito: "Dios ama al dador alegre" (2Co.9:7).

miércoles, 9 de octubre de 2019

El que va contra la cultura liberal perece, es mentira


DEUTERONOMIO 7:1-9
“Siete naciones más grandes y poderosas que tú”. 
Aunque el mal parezca más poderoso que el bien, éste ganará. La fe vence al mundo. Las “naciones” que viven en el territorio de tu naturaleza humana son más poderosas que tú; no podrás vencer al cananeo que habita desde la caída de Adán a menos que seas una nueva criatura y cuentes con el poder de la resurrección de Cristo dentro de ti. Por otra parte, estas naciones representan la cultura actual, son siete, completas, “más numerosas y poderosas” que el pequeño Israel, pero no más grande y poderosas que Aquel, “Dios, el Dios fiel” (v.9). ¿Dicen que quien va contra la cultura perece? Eso es mentira. No hay que hacer alianza con ella sino transformarla, no contextualizar con sus ídolos y filosofías sino destruirlos y “llevarlos cautivos a la obediencia a Cristo” (2Co.10:5).