jueves, 20 de septiembre de 2018

Tu pecado te daña a ti no a Dios

JOB 22:2,3
¿Traerá el hombre provecho a Dios? Al contrario, para sí mismo es provechoso el hombre sabio. ¿Tiene contentamiento el Omnipotente en que tú seas justificado, o provecho de que tú hagas perfectos tus caminos?”.  

Esta es una verdad muchas veces comentada entre nosotros, que la salvación o la perdición de un pecador no le quita ni le añade nada a Dios, al contrario, es el hombre quien gana; el pecado destruye la vida presente y malogra la esperanza de la vida eterna, es dañino para la mente, el espíritu, el cuerpo, la familia y la sociedad, no para Dios. La oposición de Dios al pecado, además por su gloria, es por causa nuestra, porque somos sus criaturas y nos destruimos a nosotros mismos; nos envenenamos con alcohol y drogas, nos matamos con tabaco, nos engañamos cuando somos desleales, nos hace daño la envidia, nos aniquilamos por odio y por codicias, sembramos vientos y recogemos tempestades.
Dios ni siquiera tiene que castigarnos porque nuestro pecado nos castiga, sufrimos con nuestros celos, nos consume la envidia, nos matan los odios y rencores, destruimos nuestro matrimonio y la vida de nuestros hijos engañando a nuestro cónyuge, la miseria le sigue los talones al jugador y al ebrio, las enfermedades al libertino y la vergüenza al inmoral. El infierno mismo es nuestra forma de ser, el gusano que nunca muere nuestra conciencia mordida sin cesar por los remordimientos, y el fuego que no se apaga nuestras pasiones insaciables que nos queman el alma y la mente.  Quien gana con tener el Espíritu Santo eres tú, quien gana con tener la mente de Cristo eres tú.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Dios no ha muerto, como escribió Nietzsche


JOB 19:25-27
Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí”. 

Ni el sentido ni las palabras pueden tomarse como que Job declara la esperanza de la resurrección de su cuerpo. No dice que "mi redentor vivirá" sino "vive" y que "al fin se levantará". No se refiere a que emerja de entre los muertos; es una forma figurada para decir que Dios al fin, que es su Redentor, entrará en acción, saldrá de su escondite en el polvo, desde donde nadie lo espera, súbitamente, y lo librará de toda su enfermedad. Sus palabras indican que cree que el fin es de Dios y que todo se arreglará. Y ese es el bendito consuelo de nuestra esperanza cuando estamos en tribulaciones, que el Redentor vive, que el Dios en el que creemos está vivo; como sepultado pero vivo, y que sorprenderá al fin (Sgo.5:11), el Señor, y al término del asunto, más acá de la resurrección, le veremos, testificando dentro de nuestra experiencia cristiana que es “el viviente que me ve”. No, Dios no ha muerto, como escribió Nietzsche.Y como imaginan los ateos y seculares. Ni el evangelio, ni la iglesia cristiana.

Y en una sustanciosa afirmación, por lo mucho que Job habla de su justificación, querrá decir que Dios lo justificará; conteniendo en germen, al menos verbalmente la idea que espera que su Redentor lo justifique; y de ese modo se acerca como por debajo, desde el polvo, a la idea de que Cristo fue resucitado para nuestra justificación, y pudo haber mencionado el grandioso asunto sin conocerlo.
Sin embargo, si la iglesia cristiana gusta, conocedora primero de la resurrección de Cristo, puede hacer como hicieron los apóstoles, adaptar las palabras para sí, porque el lenguaje es hermoso y lleno de su preciosa esperanza futura. Cada creyente puede decir: yo sé que Cristo vive, que es mi Redentor y está vivo, y que al tercer día se levantó del polvo, que la muerte no lo retuvo, que llevó cautiva la cautividad, que aunque muera y sea deshecha mi piel, saldré del polvo, cuando diga mi nombre, y volveré a mi ser, tendré de nuevo mi carne aunque se haya desintegrado en el polvo, mis ojos se abrirán y podré ver con mis propios ojos al Dios que ahora no veo". ¡Oh lo mucho que significa estar en Cristo, vivir con Cristo y morir en Cristo! Cristo no está muerto ni Dios tampoco.

jueves, 13 de septiembre de 2018

El diablo piensa que nuestra salvación fue un error suyo


ÉXODO 14:8,9
“Entonces los egipcios los persiguieron con todos los caballos y carros de Faraón, su caballería y su ejército, y los alcanzaron acampados junto al mar, junto a Pi-hahirot, frente a Baal-zefón”. 

¿No ves en esos egipcios, faraón y sus soldados yendo detrás de los israelitas, lo mismo que ocurre cuando un pecador es llamado por Dios afuera de su cautividad, como el diablo y sus huestes lo persiguen tratando de darle alcance y hacerlo retroceder para que le sirva?

Nota como el diablo lamenta haber tenido que dejar ir a un pecador fuera de sus dominios (v.5) “¿Cómo hemos hecho esto de haber dejado ir a Israel para que no nos sirva?”. Tienes que saber que una vida entregada al diablo es una vida a su servicio, y es esclavitud. La paga del pecado es muerte y el diablo no paga de otro modo; y no regala nada, sino que exige algo a cambio. Estrictamente no da nada. Faraón no les pagaba a los israelitas a no ser malos tratos y azotes si fueran necesarios. Cuando uno sirve a Dios siempre tiene más porque “al que tiene más se le dará”, pero cuando se sirve al diablo todo se “desgasta con el uso” (Col.2:22), y eso sin un balance o compensación. El apóstol Pablo dijo que su hombre exterior se “destruye más el interior se renueva de día en día” (2Co.4:16).

La obra del diablo es doblemente mala, hace daño por dentro y por fuera, envejece por fuera y más por dentro, enferma por fuera y peor por dentro pues mata todo lo que del espíritu pueda. Con Satanás nunca hay renovación. Su meta es el deterioro continuo.   ¿Y a cuál de los santos y fieles en Cristo Jesús el diablo nunca lo ha alcanzado en algún punto del camino? No digo que el diablo lo haya vencido, pero sí que ha ocasionado heridas graves, cicatrices que ahora lleva en su memoria y que de algún modo son como “marcas de Cristo”.
De veras que esperamos no volvernos a encontrar con él.  Mira que la salvación es hecha por la poderosa mano de Dios. No fue la mano de Moisés ni la de Aarón sino la del Señor, porque hace falta mucho poder para sacar a un pecador de su pecado (Flp.3:10; He.6:5). Se puede afirmar también que el diablo lo persigue y le puede dar alcance en algún punto del camino, mas no hacerlo volver porque la mano poderosa de Dios que lo sacó de la servidumbre lo sigue defendiendo. No te lamentes como estos inmaduros israelitas, que hablaron sin saber lo que decían cuando se lamentaban de haber seguido a Cristo (vv.9-14).  Lo que hay que lamentar es no haber salido antes del pecado, haber huido del dominio del diablo. Como ya dije, el diablo piensa que nuestra salvación fue un error de él y que puede corregirlo. Y no es así (v.8).

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Una doctrina para dar saltos de alegría