jueves, 6 de diciembre de 2018

No es posible inventar un mejor Cristo


MATEO 11:2-6
“Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos, para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro? Respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis.  Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí”.  

¿Eres tú el que había de venir o esperamos a otro? La pregunta es tan inocente que tiene que ser tomada no por sí mismo sino por causa de otros, dirigida a confirmar el testimonio de Jesús y a relacionar sus discípulos con el Señor. Presiente su muerte y busca para los suyos un sustituto mejor: Jesús. ¿No te gusta más esa explicación que suponer que aquel que fue más grande que todos los nacidos de mujer, haya estado dudando a última hora? (11:11). Escoge para ti la explicación.
No esperemos a otro. En dos mil años no ha aparecido otro como él, escogido, precioso (1 Pe. 2:6,7); han venido muchos falsos cristos, pero ninguno ha sido como él, no sólo por el testimonio que dio de sí mismo sino por el que Dios y la iglesia dieron de él; ninguno ha sido "la cabeza del ángulo"; ¿quién ha tenido su Persona divino-humana? ¿Su carácter? ¿Quién ha hecho su obra? Ni inventando un Cristo nuevo saldría uno mejor, ni siquiera igual. Los judíos esperaban otro, el mundo de hoy a ninguno. No quiere a nadie. Sus cristos son sus filosofías, y en primer caso cada uno es su propio mesías.

Dígale a Dios en inglés y español, que lo ama


MATEO 10:28-31
“Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos”.

Éstas son palabras muy bonitas, como se dice hoy, para subirle a uno autoestima, aunque de modo distinto a como lo logran los psicólogos, son un encanto “pues vosotros valéis mucho”. Yo sé que esto fue dicho con la intención de desarrollar confianza en la providencia, como si les dijera que, así como Dios llena los picos de las aves llenará las bocas nuestras. Pero me meto un poquito más dentro de ellas. El descubrir que para Dios valemos mucho, precisamente porque Jesús no murió para salvar de pecado a las aves sino a nosotros, para arreglar nuestras vidas, no los instintos de esas avecillas. Y también voy un poco más atrás, me introduzco dentro de la ternura divina, en el nido que hizo para nosotros en su corazón porque somos “muy amados” (1 Te. 1:4), especialmente cuando consideramos nuestra elección, que somos los preferidos de Dios, conocidos muchos años ha. Cogimos un camino que otros no han tomado. No lo han visto, no han visto la puerta estrecha. Tenemos la compañía divina que otros no han tenido, ángeles que guardan nuestros pies, y no guardan los pies de otros. Salvados de no haber cometido muchos pecados que otros los han cometido. 
Quizás hemos negado al Señor dos veces, no tres, antes que cante el gallo. Tal vez por eso le amamos más que otros y pastoreamos sus corderos Jn. 21:15. Nuestra carne se ha manchado menos que la de otros. Y para desbordar mucho más el amor suyo por nosotros, también lo ha tenido con nuestros descendientes. Y, es más, no hemos perdido el primer amor, sino que se ha vuelto más lindo, más tierno, más encantador. Pasamos de haber admirado a Dios para quererle mucho, y decírselo en forma bilingüe, en inglés y en español, porque él nos amó primero, y eso nos crea una autoestima, no seca sino llena de rocío celestial.