viernes, 30 de mayo de 2008

Creando un hombre

1Reyes 2:1-4 (LBLA)

Y acercándose los días de la muerte de David, dio órdenes a su hijo Salomón, diciendo: [2] Yo voy por el camino de todos en la tierra. Sé, pues, fuerte y sé hombre. [3] Guarda los mandatos del Señor tu Dios, andando en sus caminos, guardando sus estatutos, sus mandamientos, sus ordenanzas y sus testimonios, conforme a lo que está escrito en la ley de Moisés, para que prosperes en todo lo que hagas y dondequiera que vayas, [4] para que el Señor cumpla la promesa que me hizo, diciendo: "Si tus hijos guardan su camino, andando delante de mí con fidelidad, con todo su corazón y con toda su alma, no te faltará hombre sobre el trono de Israel."
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En esos días cuando David tenía que dejar este mundo dijo algo a Salomón, “esfuérzate y sé hombre” (sé fuerte) y enseguida añadió que guardara los mandamientos de Dios. ¿No te parece raro que le dijera que fuera un hombre, en vez de decirle: “sé buen creyente, lee mucho la ley, asiste a las reuniones de tu pueblo, no te pierdas ninguna fiesta solemne, cuida el arca de Dios, lee mis canciones espirituales, nos veremos aun más allá de la muerte”? No, sólo le dijo: Sé hombre, esfuérzate.

David pensaba en la obra de Dios, en el reino, y concerniente a eso le habló. No se preocupó por decirle que no llorara por él, que cuidara su madre, que administrara bien las propiedades que le dejaba, que no maltratara a sus hermanos, etc. Su preocupación principal era el papel que Salomón tomaría en relación con la obra de Dios. De muchas otras cosas pudieron haber hablado, pero este fue el punto principal. Es cierto que Salomón había sido elegido como su sucesor y esto justifica el tema de la charla. Sí, para ocuparse de la obra de Dios tenía que esforzarse, no habría de ser cosa fácil y ser todo un hombre.

Lo significativo es que inmediatamente le añadió que guardara los mandamientos de Dios y todo le saldría bien. Es que hay relación entre las tres cosas, ser un verdadero hombre, obedecer los preceptos de Jehová y tener éxito en su trabajo. Nota, lee, medita en el texto y lo comprobarás. No quiso decirle que tuviera muchas mujeres y concubinas; no, lo que quiso decirle es que fuera valiente, lo mismo que se le dijo a Josué (Josué 1.8); lo mismo que él había escrito en su primer salmo sobre el varón que medita en la ley de Jehová de día y de noche, que todo le saldría bien (Salmo 1).

Un joven demuestra que es hombre no en que es un picaflor o un don Juan Tenorio, sino en cómo toma la vida, principalmente en su trabajo y sobre todo en su formación viril cristiana. Sí, mientras más cristiano sea un joven, más hombre será. Los mandamientos de Dios no lo hacen menos hombre sino realmente lo que es serlo. A nuestro Señor se le llamó “el Hijo del Hombre” porque realmente era un hombre. Y Pablo le dijo a los hermanos corintios: “Estad firmes en la fe, portaos varonilmente y esforzaos” (1 Co 16.13). Si te formas como cristiano, si estás firme en la fe, si te portas como un hombre cristiano y no carnalmente como lo hacen los que no tienen el Espíritu de Cristo, todo te saldrá bien.

miércoles, 28 de mayo de 2008

El Sumo Intercesor

Hebreos 7:26-28 (LBLA)

Porque convenía que tuviéramos tal sumo sacerdote: santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y exaltado más allá de los cielos, [27] que no necesita, como aquellos sumos sacerdotes, ofrecer sacrificios diariamente, primero por sus propios pecados y después por los pecados del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, cuando se ofreció a sí mismo. [28] Porque la ley designa como sumos sacerdotes a hombres débiles, pero la palabra del juramento, que vino después de la ley, designa al Hijo, hecho perfecto para siempre”.

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El sacerdocio de Jesús es superior primero en relación con su persona por cuanto es santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores (v.26). Nota que el requisito primario de todo ministro es su santificación. Las otras cualidades que pueda tener tienen que tener a ésta como base. La santidad es lo primero de uno que está a favor de los hombres y vive para interceder por ellos. Vale la pena detenernos unos minutos para examinar cada una de sus virtudes con que se le recomienda. Observa que difícilmente puede ser hallado otro hombre que posea esas características, por lo menos en grado de perfección y en continuidad. Jesús siempre fue así. Ni una sola vez en su vida dejó de ser santo; y eso lo logró por su naturaleza y por sus ejercicios espirituales, por su origen celestial pero también porque dedicaba muchas horas a orar y estar en comunión con Dios. y su vida espiritual, pienso, era fuerte porque no se retiró de en medio de los pecadores pues los recibía y con ellos comía, incluso era tocado por ellos y oprimido. Esa es la meta de todos sus discípulos: Vivir en el mundo sin ser del mundo. En segundo, el lugar donde oficia como sumo sacerdote: Más allá de los cielos, es decir, en el trono de Dios (v.26), más allá de los cielos, o “más exaltado que los cielos”. Pablo dice cómo. Dejando detrás suyo su estado de humillación (Flp 2.5-11); y por ende ya no es tocado más por la muerte puesto que la suya consistió en ofrenda y sacrificio por el pecado de los hombres. En ese estado de inmortalidad no necesita relevo y en la resurrección certificó Dios que la aceptaba como ofrenda y expiación por los pecados.

En segundo lugar lo ventajoso que para nosotros es el cambio de Jesús como sumo sacerdote celestial. En primer lugar piensa en la desgracia que tendríamos actualmente si no hubiera ocurrido la crucifixión, muerte y resurrección y ascensión de Jesús. Ya todo aquello se terminó hace muchos siglos. No tendríamos a ningún mediador entre Dios y los hombres. Dios sería algo inalcanzable. Sin templo, sin sacerdotes y sin sacrificios. Pero Dios previó que todo eso habría de desaparecer y lo hizo desaparecer. Ahora en la confianza que podemos tener en esa clase de sumo sacerdote que no necesitó ofrecer por sus propios pecados primero para luego ofrecer por los ajenos. Porque aquellos tenían que confesarlos so pena que se les olvidar alguno o que no los confesara todos, o que no los confesara bien. Uno tendría que decirle “por favor acuérdate primero de tus pecados y después de los míos”; y en eso había repetición, pero con Jesús no pasa eso, ya la mediación está hecha para todo aquel que por él se allega a Dios. No hay motivo de preocupación con eso. Y no hay defecto en la ofrenda mientras que en aquellos sacrificios el sumo sacerdote podía estar ofreciendo, sin darse cuenta, una ofrenda que en alguna parte tenía defecto, o no era suficiente como para reclamar la reconciliación y el perdón. Pero no es el caso de Jesús. Su ofrenda es perfecta y suficiente.

Y por último, en tercer lugar, el texto contiene un requisito para todos los que interceden por otros a Dios, que ofrezcan primero por sus propios pecados y después por aquellos por los cuales intercedan. No olvides la confesión antes que comenzar tus peticiones. Que tu intercesión no halle ningún obstáculo en ti. Que Dios no diga “no puedo concederte lo que me pides para otro porque no has pedido para ti mismo primero, pídeme primero por ti y luego te oiré lo que quieres para los demás, quita primero la viga de tu ojo”. Y en segundo lugar expresa el Señor mucha condescendencia con los que interceden por los otros por cuanto sabiendo de antemano que son débiles hombres les permite ministrar y rogar por los pecadores. Y Dios lo hace a propósito para que aquellos que intercedan por los otros sepan cómo hacerlo y con el espíritu apropiado por cuanto están rodeados de debilidad, y aquello que piden para otros lo piden como si fuera para ellos mismos. Las debilidades de esos ministros no es un obstáculo sino más bien, algo dejado a propósito para que seamos buenos intercesores, si ellas son confesadas y perdonadas, y en eso el pueblo tiene que mostrar la misma condescendencia con sus ministros intercesores. No son perfectos.

martes, 27 de mayo de 2008

Los Cánticos de Babilonia versus los Cánticos de Jehová

Salmo 137.4, 5

“Cantadnos algunos de los cánticos de Sion”.

Sería un cántico distinto al de los babilonios, en contenido y en música; cánticos de Jehová, los que se le dirigían a él para alabarle. Los babilonios no les pidieron que hicieran algunos arreglos a los cánticos de Jehová para que satisficiera el gusto de ellos; simplemente querían cánticos de Jehová, como los judíos los habían escrito, como los empleaban en el culto del Señor, íntegros, intactos, sin modificaciones ni arreglos adaptados a los solicitantes del extranjero. Lo que les resultaba curioso y atractivo a ellos era lo diferente que serían de los cánticos a Belial.

Al interesarse en la música judía se estaban interesando en la religión de ellos, quizás tenían sólo interés musical pero de hecho ya entraban al plano religioso. El interés musical era lo principal, la música, no la letra, no la religión, pero la recibirían comenzando por los cánticos porque estaba en los cánticos. Si la música de Jehová se hubiera culturizado al estilo babilónico el interés hubiera sido suprimido, y si ingenuamente los judíos de la cautividad hubieran querido hacer prosélitos entre la gente de Babilonia, y para ser oídos o para poder enseñarles la ley hubieran cambiado la música escrita y cantada en Judá, el mensaje entre sus líneas y notas hubiera perdido mucho de la fuerza motivadora que la canción extraña les traía.

Antiguamente los padres de la evangelización y los misioneros llevaban su cultura con la música y no trataban de hacerla coincidir con la que hallaban. Llevaban la cultura propia porque la sentían como parte de ellos mismos y no un elemento del evangelio que anunciaban; el énfasis que hacían se hallaba en el mensaje del evangelio. No declaraban una guerra cultural al sitio donde arribaban como embajadores de Cristo; más bien se adaptaban ellos para hacer salvos a muchos. El énfasis cultural de la música es hoy más preponderante que antaño y se siente como indispensable en la evangelización. Antaño la música acompañaba al evangelio, no le servía de competidor. El propósito principal de aquellos evangelistas era la persona de Cristo.

No exageraban los arreglos culturales para presentarlo. La consonancia musical folclórica añade muy poco de beneficio a la salvación y cristianización de la sociedad. La importancia musical es exagerada. Ni esta música ni la otra importa tanto como el énfasis que se le da con relación al mensaje de salvación; un culto aborigen pudiera ser del gusto de todos y contener muy pocos gramos de verdades para la salvación y su destino ser el deleite de la gente más que la adoración, y ambas cosas desplazar la importancia del evangelio de la salvación. Aunque el cántico de Jehová sea autóctono debiera ser distintamente atrayente, algo nuevo, que sólo se dedique a Jehová, para consumo de lo sagrado, como los perfumes en los sacrificios levíticos; no con los mismos tonos que la gente de Babilonia canta en sus cumpleaños y baila en sus orgías.

lunes, 26 de mayo de 2008

Vosotros no sois dioses

Salmo 141.5

Que el justo me castigue (golpee) será un excelente bálsamo”.

Bálsamo hay que tomarlo como aceite y la palabra excelente no aparece en el texto sino “sacudido”, posiblemente referido al aceite de la unción. Amado, de un modo o de otro es bueno que seamos exhortados, aunque fuera, como dice Hebreos, brevemente. Sí, la exhortación debe ser breve (He 13.12) porque duele; aunque es beneficiosa va dirigida a aquella parte enferma de nuestro carácter. La exhortación señala un área enferma, “pone el dedo en la llaga”. El orgullo por un lado y la falta de amor por la verdad por el otro hace que duela y mortifique.

Si fuéramos más humildes soportaríamos bien una reprensión pero tendemos a creernos perfectos, pensamos que jamás nos equivocamos, que todo lo hacemos y lo decimos bien y que por ende, somos mejores que los demás; por eso sentimos la reprensión como una ofensa y no como “un excelente bálsamo” o una medicina que nos ayude en la salud del carácter. La reprensión hiere el yo y dentro de él algunos de sus componentes, orgullo, arrogancia, perfeccionismo, deificación, edonismo.

Nuestra crianza tal vez, la cultura, los dones, la posición social, etc., nos hacen creer que somos criaturas excepcionales, llena de virtudes, que merecemos el respeto, la admiración de los demás y por consiguiente las alabanzas y lisonjas, pero nunca la reprensión que contrasta con lo que suponemos y deseamos ser. Llegamos a creernos dioses, somos “sabios en nuestra propia opinión” y que por ser tales por orden natural existimos para juzgar y estar por encima de los otros. Si alguien nos halla una falta nos escandaliza, no lo creemos y nos enojamos con los que se han atrevido a hacernos un señalamiento y sentimos que no tiene derecho a hacerlo, que está equivocado, que siendo inferior, ¡cómo se ha atrevido!, y juzgamos su sinceridad como una osadía y atrevimiento, casi como una insubordinación. Las exhortaciones nos hacen encontrarnos con nosotros mismos, nos enfrentan cara a cara a la realidad y sin ellas no se nos caería la venda de los ojos y seguiríamos cometiendo las mismas estupideces que no nos damos cuenta que decimos y hacemos.

Ayúdame Señor a desintegrar ese yo para poder llegar a ser otro, distinto a mí mismo, más de lo que soy, para ser lo que quiero ser, he soñado ser y tú quieres que yo sea. Que no tome a mal esas buenas contribuciones que los otros me hacen para ayudarme a liberarme de la idiota tiranía de mi propio y natural yo. Amén.

domingo, 25 de mayo de 2008

¿Caben Estas Palabras en la Biblia?

Salmo 137:7-9 (LBLA)

Recuerda, oh Señor, contra los hijos de Edom el día de Jerusalén, quienes dijeron: Arrasadla, arrasadla hasta sus cimientos. [8] Oh hija de Babilonia, la devastada, bienaventurado el que te devuelva el pago con que nos pagaste. [9] Bienaventurado será el que tome y estrelle tus pequeños contra la peña.

¡Oh amado!, puedes tú saber algo de lo que un hombre ha sufrido por lo que cuenta y cómo cuenta sus experiencias. Este salmo es escrito por alguien que vivió los momentos terribles del sitio y destrucción de Jerusalén, la cautividad en Babilonia, y el regreso a su tierra. Si es así, el salmista es un anciano de casi cien años; parece tener un par de ojos en su espalda y solamente mirar hacia atrás, hacia su negro pasado. No hay una visión del futuro porque ya su vida está casi concluida, pero tampoco alguna delicia por la bendición presente del retorno. Es pasado, todo pasado; y un pasado que ninguno de nosotros quisiera envidiar, espantoso. Si pudiéramos dar una explicación porqué un hombre vive muchos años, en este caso diríamos que para escribir este salmo y que la posteridad de lectores sacara el provecho debido de un monumento de sufrimientos.

¿Te parecen altamente chocantes esas palabras? Antes de juzgarlas y pensar que son indignas de formar parte del libro de Dios debes esforzarte por entender la experiencia humana de su autor. Si hubieras sufrido lo que él quizás entenderías su lenguaje. El incendio del templo de Jehová, la violación de las mujeres, tal vez su misma esposa, hijas, la muerte de sus niños, descuartizados o atropellados por las bestias; el asolamiento de los vecinos, los amigos, toda la ciudad. Luego la salida en cautividad, atado con una cadena y la vida de humillación y de dolor por setenta largos años sin poder adaptarse al país, sin aprender su idioma y sin quererlo tampoco.

Después el retorno, ya envejecido, humillado, y hallarse frente a otra realidad; ¿condenarías al autor de este salmo por esas palabras, sabiendo parte de su vida? ¿Quitarías después su salmo de entre los de David, Salomón, Coré, por considerarlo indigno? ¿Quitarías su única obra del libro sagrado? No, ni los santos varones a quienes Dios encargó juntar las colecciones de himnos inspirados ni el Espíritu Santo pensaron de ese modo. Llegó como de los últimos, para que aprendiéramos a comprender a nuestros hermanos que han sufrido mucho desde niños, a los que han perdido por la violencia humana a sus seres queridos y a aquellos que les han tocado en carne propia sufrir las barbaridades de sus semejantes: hogueras y cámaras de gases. Deben ser oídos, tienen que ser oídos y sus palabras ocupar un sitio sagrado entre nosotros.

Vengan y hablen los que han pasado una guerra, cuenten sus frustraciones y amarguras las mujeres que han sido abusadas, dígannos los ancianos cómo han sido maltratados, que los oiremos con respeto atentamente; desahóguense con las palabras que quieran, que somos vuestros hermanos para escuchar atentamente vuestras palabras y las pondremos en un sitio apartado del salterio de nuestro corazón. Y oremos por ellos para que Dios endulce sus recuerdos y espíritu noble los sustente, para que en el Espíritu de Cristo puedan decir, “Padre, perdónalos porque no supieron lo que hicieron” o como aquel mártir que de rodillas ante sus ejecutores oró, “no les tomes en cuenta este pecado”.

viernes, 23 de mayo de 2008

Una Familia Bienaventurada


Salmo 128
“Bienaventurado todo aquel que teme a Jehová, que anda en sus caminos.  Cuando comieres el trabajo de tus manos, bienaventurado serás, y te irá bien. Tu mujer será como vid que lleva fruto a los lados de tu casa; tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa. He aquí que así será bendecido el hombre que teme a Jehová. Bendígate Jehová desde Sion, y veas el bien de Jerusalén todos los días de tu vida, y veas a los hijos de tus hijos. Paz sea sobre Israel”.   

¿Te has dado cuenta con qué insistencia la iglesia atiende los problemas de la familia? Muchos son los programas que tratan sobre la familia; pero veo que a duras penas los matrimonios que reciben cursos especiales se arreglan, con los hijos se consiguen algunos éxitos, pero en sentido general por parte de ellos el hogar sigue igual. Se quiere arreglar la familia con consejos familiares y reglas de conducta. Se le pide a los esposos que tengan más “comunicación”, que estén más tiempos juntos, que salgan solos o que modernicen con inventos un nuevo sexo. Para los hijos se les dice que los saquen a pasear, que les dediquen tiempo y sepan en qué andan. ¿Todo es bueno? Sí, sirve para zurcirlo, pero no es suficiente.


Para tener un hogar bienaventurado (v.1) el comienzo es el temor a Dios (v.1). Los esposos, los hijos, los abuelos, los nietos, todos deben aprender a temer a Dios (Deu. 31:12,13, ver nota). El temor de Dios no es una ética en sí, no es un reglamento, es más que eso; es respeto, reverencia, miedo a pecar contra Dios. Se aprende por la Escritura, oyen, aprenden, temen. La familia tiene que aprender de Dios, sobre su justicia y como castiga el pecado, todas sus doctrinas al respecto; aprender sobre el amor de Dios, como nos ama sin merecerlo y como no debemos traicionar ese amor. Los atributos que definen a Dios, una admisión de él, su omnisciencia, su omnipresencia, deben ser cosas que sepamos bien. Si hay temor de Dios en una familia se conoce porque se practica, o como dice el salmista: se anda en sus caminos. Esa es la ética, el comportamiento, dentro y fuera de la casa, porque en cualquier parte ha aprendido como Agar, que Jehová es el Viviente que me ve.

Otro aspecto que la familia tiene que añadir es el concepto del trabajo, eso camina en el salmo seguido al temor a Dios, principio de la sabiduría. Al trabajo hay que achacarle muchos males de la familia moderna, en unas por exceso y en otras por defecto. No hay un balance. En el hogar, hasta donde la edad y la salud lo permitan, todos deben trabajar. Si se mira la holgazanería como un pecado, si no se permiten parásitos en el hogar, si todos laboran por su construcción, muchas de las enfermedades que el carácter sufre por la ociosidad, desaparecerán. El que no quiere trabajar, pues, dice Pablo, tampoco coma. Pero el trabajo no debe suplantar a la religión y al temor de Dios. El primer mandamiento no es trabajar seis días sino honrar a Dios. Aun en el v.3, que es una estampa doméstica tan linda sobre la familia puedes ver que el salmista usa símbolos provechosos, la vid, el olivo. El hombre realmente bendecido por Dios es el que ha sido bendecido primero en su familia y luego en su trabajo (v.4). Si la familia es bendecida, lo es la ciudad, lo es todo Israel, la nación (vv.5,6).

miércoles, 21 de mayo de 2008

El Espíritu Santo Para Negocio

Hechos 8:9-23

Y cierto hombre llamado Simón, hacía tiempo que estaba ejerciendo la magia en la ciudad y asombrando a la gente de Samaria, pretendiendo ser un gran personaje; [10] y todos, desde el menor hasta el mayor, le prestaban atención, diciendo: Este es el que se llama el Gran Poder de Dios. [11] Le prestaban atención porque por mucho tiempo los había asombrado con sus artes mágicas. [12] Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba las buenas nuevas del reino de Dios y el nombre de Cristo Jesús, se bautizaban, tanto hombres como mujeres. [13] Y aun Simón mismo creyó; y después de bautizarse, continuó con Felipe, y estaba atónito al ver las señales y los grandes milagros que se hacían. [14] Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan, [15] quienes descendieron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo, [16] pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; sólo habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. [17] Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo. [18] Cuando Simón vio que el Espíritu se daba por la imposición de las manos de los apóstoles, les ofreció dinero, [19] diciendo: Dadme también a mí esta autoridad, de manera que todo aquel sobre quien ponga mis manos reciba el Espíritu Santo. [20] Entonces Pedro le dijo: Que tu plata perezca contigo, porque pensaste que podías obtener el don de Dios con dinero. [21] No tienes parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. [22] Por tanto, arrepiéntete de esta tu maldad, y ruega al Señor que si es posible se te perdone el intento de tu corazón. [23] Porque veo que estás en hiel de amargura y en cadena de iniquidad.

Me hubiera gustado dedicar tiempo a la penetración espiritual de Samaria y disfrutar devocionalmente sobre “los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio”, pero eso no es más que un preámbulo para establecer algo más importante que ocurre después que Felipe les dio a conocer a Cristo, y sobre todo cuando los apóstoles hermanos radicados en Jerusalén envían una pequeña embajada para enterarse de lo que había ocurrido en Samaria (v. 14).

Notarás, que aunque uno quiera ser conciliador, como intenté en la exposición anterior, el Espíritu Santo se recibe en el momento de convertirse en cristiano. Pedro y Juan, y Felipe seguramente también, se dieron cuenta que la experiencia de “conversión a Cristo” de los samaritanos estaba incompleta y que Dios en el caso de ellos no había seguido el patrón al cual estaban acostumbrados, que el Espíritu Santo diera testimonio de que se habían verdaderamente arrepentido. Encontraron que la gente había creído lo que Felipe les predicaba, por las señales que hacía, y siguieron su mensaje bautizándose como señal de fe y de aceptación. Estas fueron las personas que Pedro y Juan encontraron, ya bautizadas, pero sin el Espíritu Santo. No hay ningún reproche hacia ellos o crítica, no investigaron sus vidas para saber si la profesión era genuina o no, pero ellos espiritualmente no eran iguales a los hermanos de Jerusalén; no mostraban señal de tener ninguno de los dones que el Espíritu daba e inmediatamente preguntaron lo que debían preguntar como genuinos apóstoles, si recibieron el Espíritu Santo cuando creyeron (19.2).

Todos, incluyendo a Felipe, negaron con sus cabezas y dijeron que no. Tampoco dijeron porqué, pero estaban seguros que debían tenerlo, no sólo para que fuesen cristianos completos sino para que se convirtieran verdaderamente. No parece hallarse en la mente de los dos enviados la idea que la iglesia necesitaba para su edificación y ministerios los dones que el Espíritu les otorgaría, sino que no habría iglesia alguna si ellos no recibían el Espíritu, era un asunto de salvación y no de edificación.

Observa qué próximo a la salvación puede llegar la gente y sin embargo no estar en el reino de los cielos. Los samaritanos habían “creído” y “se bautizaron” como señal de discipulado, identificación con Cristo y con las doctrinas apostólicas y sin ser una farsa o una experiencia fingida no ser auténtica porque el Cristo que aceptaron, el evangelio que lo anunciaba y el poder que lo demostraba, era superior a la magia que también creían pero no más que una religión triunfante y competitiva, con poder y ritos pero sin Espíritu Santo, sin esperanza de salvación y sin una transformación de la vida. Estas eran las raíces de la llamada “conversión” de los samaritanos, si no nos dejamos impresionar por la profesión de bautismo de ellos, por el asombro que mostraban y por la afirmación verbal que hacían y que el mismo texto contiene. La salvación venía de los judíos y ahora lo acababan de confirmar (Jn 4. 22).

Simón el mago es un caso típico cuando el cristianismo se acepta como una religión y prevalece como una religión, en línea directa con la magia o cualquiera otra forma de culto, sin sentido de salvación y perdón de pecados, cuando la persona sigue en “hiel de amargura y en prisión de maldad” (vv. 22,23), una clase de superstición más poderosa. El caso de Simón no es seleccionado por ser notorio el personaje sino porque él representaba una idea errónea sobre el dominio del Espíritu Santo y un uso impío del mismo.

Posiblemente el anhelo de Simón fuera el de muchos, poseer con fines comerciales el Espíritu Santo para que cualquier persona a la cual él impusiera las manos, si le pagaba primero, recibiera el Espíritu Santo. Haría mucho dinero vendiendo al Espíritu Santo si eso fuera posible. Pero ¿para qué la gente querría el Espíritu Santo y estaría dispuesta a pagar para recibirlo? No es seguro que fuera para obtener la vida eterna o para obviar la dolorosa experiencia de arrepentimiento de los pecados, sino porque el Espíritu Santo se pudiera convertir en una codiciosa fuente de entrada de dinero, un instrumento para hacer fortuna, la gente pagaría lo que fuera para hablar en lenguas, profetizar y sobre todo, lo que más les gustaba y que había hecho que se acercaran fascinados al cristianismo, “echar fuera espíritus inmundos que dieran grandes voces al salir y sanar paralíticos y cojos” (v. 7) y supongo que cualquiera otra enfermedad.

Ahí estaba el negocio religioso, adquirir aquel poder para sustituir la medicina, porque la magia era una forma de ciencia mezclada con errores y supersticiones, y el cristianismo era mucho más simple y efectivo, curaba directo sin ocasionar gastos ni producir dolores. Una buena alternativa para los pobres que no podían pagar un médico ni comprar en una farmacia. El Espíritu no se dio para eso, para echar afuera cualquier píldora, ungüento o cirugía, sino para testificar del Nombre de Jesús. Tomando las palabras en este sentido se pueden comprender bien las palabras casi enojadas del apóstol Pedro, “tu dinero perezca contigo, tú no tienes parte ni suerte en este asunto y tu corazón no es recto ante Dios” (vv. 20,21). Se dio cuenta que lo que Simón quería era comenzar un negocio religioso por medio del Espíritu Santo, explotando el poder de Dios para generar dinero.

lunes, 5 de mayo de 2008

Los Ancianos en los Tempos Modernos

Salmo 71.1-6

En ti, oh Jehová, me he refugiado; no sea yo avergonzado jamás. Socórreme y líbrame en tu justicia; Inclina tu oído y sálvame. Sé para mí una roca de refugio, adonde recurra yo continuamente. Tú has dado mandamiento para salvarme, porque tú eres mi roca y mi fortaleza. Dios mío, líbrame de la mano del impío, de la mano del perverso y violento. Porque tú, oh Señor Jehová, eres mi esperanza, seguridad mía desde mi juventud. En ti he sido sustentado desde el vientre; de las entrañas de mi madre tú fuiste el que me sacó; de ti será siempre mi alabanza.

El salmista comienza pensando en su juventud y no la lamenta; no se queja de que pasaron pronto y no la aprovechó, no le pesa haberse consagrado a Dios en sus años mozos, vivido en la fe del Hijo de Dios, absteniéndose de pasiones juveniles y mirado al mundo o lo que hay en el mundo, los deseos de los ojos, la vanagloria de la vida. Venció al mundo y al Maligno en sus años juveniles. No recuerda aquellos años con lástima por sí mismo como si los hubiera vivido en vano. No, no hizo mal, sino bien; porque es bueno que el hombre lleve el yugo desde su juventud (La 3.27). No le pesa haber vivido piadosamente en Cristo Jesús. Pero nota que en sus recuerdos va más allá, sigue hasta acordarse de su niñez. No menciona que hubiera heredado la fe de sus antepasados o que hubiera sabido desde la niñez la Sagrada Escritura; piensa más bien en la providencia de Dios, en el día de su nacimiento cuando alguien gritó: “Ha nacido un hijo varón”; reconoce que sobre las manos de la partera se hallaban las de Dios. La madre tuvo un feliz alumbramiento.

Pero ahora los recuerdos del salmista se tornan imaginación y la imaginación preocupación, no por su presente sino por su futuro; medita en su vejez (v. 9). Piensa que llegará a ser dependiente de los demás como lo fue cuando nació. Los años pasarán, la vida se tornará parecida al final como cuando comenzó, dependiente, pero con muchas desventajas. Ya no habrá salud, las fuerzas se habrán agotado y tampoco habrá una mamá que lo tome en los brazos o una abuela que lo acune, ni un padre que provea el sustento. ¿Y los hijos?

Cuando lleguemos a la vejez, ¿quiénes nos cuidarán? ¿Los hijos? ¿Proveerán ellos para nosotros en nuestros últimos años como lo hicimos en la niñez de ellos? ¿O serán peores que los incrédulos? (1 1 Ti 5.4,8), ¿Será la iglesia gravada con esa responsabilidad? ¡Oh Señor, qué solo se quedan los ancianos!, otros nos ceñirán llevándonos a “donde no queremos” como dijiste de Pedro, (un hogar para ancianos) para que desconocidas enfermeras nos atiendan con la fría cortesía de un profesional de la medicina, si bien nos atendieran. ¿No consideramos eso un abuso necesario? ¿No son los afectos lo que más necesita un anciano? Oh Señor, cuando nos falten las fuerzas que no seamos estorbos ni cargas para nadie, antes recógenos en tu presencia.


Asusta llegar a la vejez, no tanto por la proximidad de la inminente muerte, sino por los trabajos que se puedan pasar. Y ¿por qué el salmista no planea su vejez como se hace en estos tiempos modernos? ¿Por qué no guarda dinero? ¿No es eso lo que hoy se hace, proveer sostén económico con planes de jubilación? Quizás no lo tiene, no puede o no lo desea. No, más que planear su vejez la entrega a la providencia; clama en su juventud para que el Señor se la planee. Oh Dios, tú que conoces los detalles de nuestros últimos días en este mundo, por favor, danos fe para confiar en ti y no vivir el presente preocupados, con provisión o sin ella, para el futuro.

Sin embargo, en estos tiempos modernos, la preocupación por la ancianidad es quizás mucho más grande que en otros siglos; quizás por las posibilidades de tener la ancianidad económicamente asegurada, tal vez por la incredulidad existente que nada se le entrega a la providencia divina, o tal vez, lo que con ojos agrandados por el asombro palpamos: Los hijos desafectos. Nuestra mayor preocupación no ha de ser económica sino espiritual, sobre todo con los hijos. Criar hijos a los cuales la providencia pueda bendecir para que nos cuiden, buenos cristianos. Si la bendición de Dios los acompaña, nuestra vejez no tendrá problemas. Pero lo que veo en estos tiempos es la disolución de los afectos familiares, no porque los hijos, padres, hermanos, no se quieran, sino que no estamos enseñándolos a amarnos como a ellos mismos; la familia moderna falla en instruir en el segundo mandamiento, que no es precisamente humanismo o compasión social. Aman más sus carreras, sus propias vidas que a sus padres, sus abuelos. La dureza de corazón de ellos, más que la situación económica que tengan, es lo que hace que les vuelvan la espalda a los ancianos y los entreguen en mano de cualquiera porque los abandonaron afectivamente primero. De nuevo hay que hacer girar, o reconocer que los problemas de deshumanización de la sociedad giran en torno a la clase de familia que estamos construyendo. La exageración en la “autoestima” es uno de los errores con los cuales estamos deformando el hogar. Enseñamos a los hijos que ellos son únicos, que valen más que nadie, y comenzamos a formar casi monstruos egocéntricos. Fortalecemos el individualismo de ellos por encima, en aras de la libertad y del respeto a la personalidad, de los intereses colectivos. Los instruimos en los valores de la filosofía materialista de aquellas cosas que se ven, les enseñamos a amarse a sí mismos, a considerarse a sí mismos, que sobre todo pongan mucha atención, por encima de lo demás, al oficio y al dinero. ¿Es ese el sueño americano? Si esos son los hijos que educamos, así nos tratarán cuando envejezcamos. ¡Ay sociedad materialista y egoísta que te desentiendes de tus ancianos!



jueves, 1 de mayo de 2008

La Muerte de un Santo

Hechos 7:54-60

Al oír esto, se sintieron profundamente ofendidos, y crujían los dientes contra él. [55] Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, fijos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios; [56] y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios. [57] Entonces ellos gritaron a gran voz, y tapándose los oídos arremetieron a una contra él. [58] Y echándolo fuera de la ciudad, comenzaron a apedrearle; y los testigos pusieron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo. [59] Y mientras apedreaban a Esteban, él invocaba al Señor y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. [60] Y cayendo de rodillas, clamó en alta voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Habiendo dicho esto, durmió.



Observa lo que dispara el detonante de ira contra Esteban. ¿Cuál fue la reacción, humillación y arrepentimiento? No, sino de ira hasta el extremo. ¿Fracasó su sermón? ¿Se dejó llevar por demasiado celo y echó las perlas a los puercos? ¿No debió haber sido más prudente y medir sus palabras? ¿No fue un sermón suicida? En los hermanos y predicadores del NT tú ves esto siempre, no dicen la verdad con prudencia, o mejor dicho, predicar un buen sermón, lleno de verdades y con deseo de salvación, vale más que seguir viviendo. El resultado era algo que invariablemente dejaban a Dios, fuera favorable o desfavorable. Uno de los propósitos de Lucas pudo haber sido mostrarnos la semejanza que había entre este diácono, ¡es un diácono quien predica así no un pastor!, y Jesús, y alentar a los hermanos a vivir la fe y predicarla contra toda oposición, como un desafío. Oh, que nuestra fe no sea tímida.

Sin embargo, su muerte no resultó en vano porque allí había un joven que consentía en su muerte, Saulo de Tarso, que en poco tiempo después se habría de convertir en el más famoso de todos los apóstoles (Hch 22.20), aunque en ese momento pareciera no haber hecho ningún tipo importante de impresión, ni luego tampoco, pero formó parte de su conciencia cristiana y un elemento bueno en su humildad como ministro porque estaba consciente que persiguió la iglesia de Dios (1 Co 15.9).

No desvaloremos nuestros sermones, vida, sufrimientos o muertes por el evangelio porque Dios hará el uso suficiente que estime conveniente; quizá nuestra participación en la vida de alguien sea formar parte solamente de su experiencia cristiana, provocarles algún remordimiento por todo el daño que nos han hecho. Por eso, amado, nadie padezca como homicida o ladrón o por entremeterse en lo ajeno, sino como cristiano (1 Pe 4.15,16); nuestra participación en la vida de un gran santo aunque sea mínima es importante y vale la pena sufrir mucho o poco para ayudar a formar el carácter cristiano de un hermano y su ministerio. Hasta dónde Dios va a llevar nuestra influencia no lo sabemos, pero no queramos ser más grandes ni más útiles en el reino que lo que Dios quiere que seamos. Nos podemos considerar bienaventurados y privilegiados de que nuestra risa o lágrimas ayuden a alguien, especialmente cuando somos víctimas.

Nota que los que viven como un ángel, por la influencia de la palabra de Dios en sus vidas (Hch 6.15), pueden hablar como profetas y morir como Jesús (vv. 59, 60). Esteban fue ante todo un varón lleno del Espíritu Santo que en sus horas críticas y para hallar soluciones ponía sus ojos en el cielo, no se defendía de sus enemigos con las manos sino que ponía ante los ojos de ellos la Escritura y oraba (v. 55), en sus últimos momentos, cuando no podía hacer nada, trataba de no mirar a los hombres sino a Jesús, llamándolo, no para que deshiciera en pedazos a sus adversarios sino para que ¿qué?, los perdonara (v. 60). No tenía ningún cargo de conciencia para morirse pero sabía cuán horrible cosa es comparecer ante el tribunal de Dios con las manos llenas de la sangre de un santo o las lágrimas de un ministro, las cuales Dios ha puesto en su redoma para sacarlas en aquel gran momento cuando se alce sobre el mundo el tribunal de Jesús (Sal 56.8).

Nota que si Esteban muere viendo a Jesús, Jesús lo está viendo a él. Créanlo o no, quieran oírlo o no, en su experiencia espiritual final corrobora que es totalmente cierto el credo que había aprendido en la iglesia que Jesús ascendió al cielo, que está a la diestra del Padre y por supuesto, que de allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Oh hermano, cuando llegue el momento final, quizá antes de salir de este mundo, pero en la hora misma de la muerte veremos a Jesús, antes de ver a nadie más lo veremos a él y seremos conducidos directamente adonde él se halla; en ese momento recibiremos confirmación, para los que queden vivos, para testimonio de ellos, que las doctrinas por las que hemos vivido y que hemos creído que son “indubitables” y “certísimas” realmente lo eran, e hicimos bien haber expuesto todo por ellas, a pesar de la ira ajena y el mal trato (Lc 1.1,2; Hch 1.3).

No asentamos nuestra fe en las experiencias que de ultratumba nuestros hermanos nos dejen, sino sobre la revelación dada por Cristo a la iglesia, pero ellas suelen ser dejadas atrás, con la autorización de Dios, para promover la fe de los creyentes y traer esas materias a consideración de los incrédulos. Lo triste es que muchos cuando las oyen las tratan de explicar solamente como “alucinaciones” y para nada les sirven, sino para enojarse o calificar a los muertos cristianos como fanáticos religiosos. Valen nuestras experiencias, amigo, y Dios las concede como un aporte para tu salvación.