sábado, 26 de abril de 2014

La población inconforme con el estado


2 Crónicas 10:9-11
“Y les dijo: ¿Qué aconsejáis vosotros que respondamos a este pueblo, que me ha hablado, diciendo: Alivia algo del yugo que tu padre puso sobre nosotros? Entonces los jóvenes que se habían criado con él, le contestaron: Así dirás al pueblo que te ha hablado diciendo: Tu padre agravó nuestro yugo, mas tú disminuye nuestra carga. Así les dirás: Mi dedo más pequeño es más grueso que los lomos de mi padre. Así que, si mi padre os cargó de yugo pesado, yo añadiré a vuestro yugo; mi padre os castigó con azotes, y yo con escorpiones”.  

Sin una gota de sabiduría. No es el aumento del número de leyes más estrictas sino oportunidad económica, libertad política y educación. Humanismo. No es el aumento de los impuestos y más y más regulaciones estatales sino menos, dando oportunidad a la clase media a que prospere. Muy mal hace el rey en alzar descomedidamente la influencia del estado y elevar los impuestos. Razón tenía la población para sentirse incómoda con el estado. Ese experimento moderno de la omnipresencia y omnisciencia estatal, casi divina, llenando de mil regulaciones la sociedad, no es más que como dice la Escritura, “un yugo”, odioso creador de esclavos, hipócritas y zombis.  Diferente a los tiempos de Salomón cuando la plata abundaba como “cabrahígos de la Sefela” (1:15).

jueves, 24 de abril de 2014

Dejemos a la discreción de Dios lo que hemos hecho


1Cronicas 29:29,30
“Y los hechos de David están escritos en el libro de las crónicas de Samuel vidente, en las crónicas del profeta Natán, y en las crónicas de Gad vidente”. 

Qué lástima que no tenemos también acceso a esos libros, tendríamos un retrato más completo de David, la iglesia se beneficiaría con ellos; pero Dios no quiso que así fuera, por lo menos para la posteridad. Nos queda reservado para el futuro de los tiempos la admiración de la gracia de Dios en los que creyeron (2 Te. 1:10).

Por otra parte, ¿qué de los autores de esas crónicas? Fueron leídas en su generación y tal vez en alguna otra pero luego cayeron en desuso, no se hicieron más copias de ellas, y al fin fueron olvidadas. Sus obras no fueron inmortales pero Dios sí las recuerda (He 6: 10). Trabajamos para la memoria de Dios y no de los hombres. Lo que se vaya escribiendo de mí en el libro de la vida es lo importante, las cosas que se hagan para Dios (Mt. 10:42); pero algunos hechos sencillos, asociados a Cristo y al evangelio, pueden ser recordados muchos siglos después (Mt. 26: 6-13). No buscamos fama sino “honra e inmortalidad” (Ro. 2:7) 

Al escribir aquellas cosas, estos hombres sagrados, Samuel, Natán y Gad, tuvieron en sus mentes buscar el provecho de sus ministerios, avanzar en utilidad, extender sus vocaciones según la perspectiva de Dios y del pueblo, y ayudar como David, a la generación en que vivieron (Hch. 13:36). Eso es todo. Cada uno hizo su parte, colaboró y se olvidó, y dejó que se olvidara,  a la discreción de Dios, lo que habían hecho. Hacer por el Señor y por el prójimo y dejar que la gente y el tiempo lo entierren si quieren, que hicimos un poco para transformar el mundo y la obra  intrascendente.

domingo, 20 de abril de 2014

Juan dijo, no me lo van a creer pero fue así


Juan 19:31-37
31 Entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua, a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí. 32 Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él. 33 Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. 34 Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. 35 Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. 36 Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo. 37 Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron”.

Miremos lo que pasó con los mazos de tortura. Si los soldados estaban resueltos a quebrar las piernas a Jesús, se quedaron con las ganas porque cuando llegaron donde estaba su cuerpo ya no hacía falta completar el suplicio, el joven había muerto. Jesús permitió la cantidad de suplicio que quiso le dieran. Eso de quebrarle los huesos de las piernas era tenido como "un tiro de gracia", que aceleraba la muerte del condenado. Como Jesús demostró tener dominio sobre su vida y su muerte, no dejó este último suceso en manos de los romanos sino que expiró en el momento que consideró apropiado, después de haber consumado su obra de salvación. Cuando ellos llegaron se sorprendieron de la celeridad con que había muerto, y que eso les ahorraba el trabajo, tal vez el placer, de ensañarse por última vez de su cuerpo. Esto no fue una iniciativa de los soldados sino que cumpliendo las órdenes de Pilato, que había sido rogado por los judíos que hiciera tal cosa, fue que ellos, mazos en mano, subieron para hacer su trabajo. Pero no lo consumaron, como había dicho la profecía que ningún hueso suyo, en especial de sus pies, sería roto, también como evidencia que sin cojear como Jacob, descoyuntado su muslo, habría de hallarse donde estuviéramos. Llegar hasta nosotros, no sólo volando sino andando en nuestros tristes caminos de Emaús. Fueron los pies de Jesús los que besaba muy agradecida por ellos, María, recordado que había entrado a su hogar y vida (Luc.7:38).

El apuro tenía que ver con la fiesta de la pascua, y tres cuerpos muertos comunes, sin que hicieran diferencia entre ellos. Era viernes a las tres de la tarde y estaba a punto de comenzar el sábado, en tres horas más. Y según los ritos de la ley el colgado en madero debía ser bajado antes de la noche (Deu. 21:22,23). El sábado resultaba ser de mucha solemnidad precisamente por eso, por la víspera de la pascua; y quien estuviera inmundo no podría comerla. Aquella pascua también la había comido Jesús unas horas antes, el viernes, y le había dicho a los discípulos que sería la última antes que se diera inicio a la santa cena cristiana, cuando les dijo "este es mi cuerpo que por vosotros es partido, esta es mi sangre que por vosotros se derrama".  Aquella última pascua fue el fin del rito. De cierto, ahora "él es la pascua" (1 Co. 5:7; Ex. 12:8-19), cuya sangre sobre los dinteles y las vidas de nuestros hogares, nos libra del ángel de la muerte. Es la única protección de nuestra familia. Por ella seremos salvos. Dondequiera que el ángel de la justicia de Dios mira la sangre de Cristo, pasa de largo.

Llegamos a lo que Juan no quiere que crean que es mentira. Cuando el discípulo amado vio que habían  hincado el costado de Jesús con una lanza, sus entrañas se conmovieron pensando que sobre ese sitio se había recostado él muchas veces. El dolor dio paso al asombro cuando de la grieta comenzó a brotar agua mezclada con sangre, señal de que el pericardio fue roto y después el corazón. Sin que hallara en ambas algún simbolismo doctrinal. Un médico y cualquier otro testigo ocular, hubieran esperado ver sólo sangre, pero no esas dos cosas. Mas los doctores de ahora le pudieran explicar a Juan la procedencia natural de ambas, que aquel discípulo consideró como extraño el asunto, y pensó que cuando lo dijera no le darían crédito, y es por eso que sin que alguien todavía lo desmintiera se adelanta para afirmar que no son cuentos suyos sino que lo que pasó, “sucedió como lo digo, sin que esté inventado alguna mentira”. Escribió como si dijera, “no me lo van a creer pero fue así", porque siempre hay quien ponga en duda que el Verbo se hizo hombre, que el que lo veía fue como si viera al Dios que nunca se ha visto, y que resucitó de entre los muertos a pesar que con un millón de mentiras y dinero quisieron tapar el asunto. Juan dijo, “no lo creerán pero es así”.

No es fácil ver para creer


Juan 20:29-31
“Jesús le dijo: Porque me has visto,  Tomás,  creíste;  bienaventurados los que no vieron,  y creyeron. Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos,  las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo,  el Hijo de Dios,  y para que creyendo,  tengáis vida en su nombre”. 

¿Y piensas que es fácil creer viendo? Eso se supone, pero te digo que no. Estas cosas están escritas para que por esa escritura se crea. Es cierto que Jesús dijo “creedme por las mismas obras” (Jn.14:11); pero no creyeron. Si viendo grandes milagros eso originara la fe o la aumentara, los habitantes de Corazín y Betsaida, o Capernaúm hubieran creído (Mt.11:21-23). Pero no creyeron. Y la fe que pudiera aparecer por medio de la vista es débil y defectuosa y yo no la quiero, esa clase de fe no merece ninguna alabanza de parte del Señor como la que se establece y crece igual que la del centurión, por medio de la Palabra de Dios (Mt.8:8-10). Decididamente, la fe viene por el oír y el oír por la palabra de Dios. Si los hombres vieran a Dios tampoco creerían a sus ojos, como cuando vieron a Jesús resucitado y algunos dudaban lo que contemplaban.

Los difíciles de convencer


Juan  20:25
"Entonces los otros discípulos le decían: ¡Hemos visto al Señor! Pero él les dijo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y meto el dedo en el lugar de los clavos, y pongo la mano en su costado, no creeré".

Predispuesto a no creer. No dijo: "Si hago todo eso creeré porque quiero creer, ojalá el Señor me de evidencias para creer; lucho con mi carácter para creer, batallo contra mi incredulidad y no puedo vencerla". Por más que a una persona se le den pruebas de la resurrección si de antemano ha decidido no creer no creerá, quiere seguir siendo incrédulo. Tomás no quería seguir siendo incrédulo pero es alguien difícil de convencer. No digas "yo nunca tendré fe". Solicita evidencias, búscalas y las hallarás. En muchos la incredulidad suele ser más un deseo de incredulidad que incredulidad misma; más ganas de no creer que de creer; sólo la incredulidad en los santos no tiene como raíz el deseo de sustentarla sino la agonía de la impotencia de no poder matarla.

viernes, 18 de abril de 2014

Sábado solemne y domingo alegre


Lucas 24:1-12
(Mt. 28: 1-10; Mr. 16: 1-8; Jn. 20: 1-10)
 "1 El primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al sepulcro, trayendo las especias aromáticas que habían preparado, y algunas otras mujeres con ellas. 2 Y hallaron removida la piedra del sepulcro;  3 y entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. 4 Aconteció que estando ellas perplejas por esto, he aquí se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes; 5 y como tuvieron temor, y bajaron el rostro a tierra, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? 6 No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea, 7 diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día. 8 Entonces ellas se acordaron de sus palabras, 9 y volviendo del sepulcro, dieron nuevas de todas estas cosas a los once, y a todos los demás. 10 Eran María Magdalena, y Juana, y María madre de Jacobo, y las demás con ellas, quienes dijeron estas cosas a los apóstoles. 11 Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían. 12 Pero levantándose Pedro, corrió al sepulcro; y cuando miró dentro, vio los lienzos solos, y se fue a casa maravillándose de lo que había sucedido".

Aquel amanecer domingo estuvo lleno de sorpresas para este grupo de mujeres que no recordaban las predicaciones de Jesús acerca de la resurrección de su cuerpo. Algunas de ellas son nombradas como María Magdalena, Juana esposa del intendente de Herodes, María la madre de Jacobo, y otras mujeres que podrían ser de Jerusalén o de Betania, y en este último caso, aunque improbable, tal vez Marta y María. Todo eso no es tan importante como el hecho de la sorpresa que se llevaron, al ir con las buenas intenciones de ungir un cadáver y encontrarse que el cuerpo había desaparecido y que sólo los lienzos y el sudario quedaban dentro de la cueva.

Se sabe, y se ha dicho, que son señales de que Jesús no fue robado, puesto que nadie se roba algo, como hacen los ladrones apresuradamente, y sin embargo con toda la paciencia del mundo lo desvisten. Es mucho más sensato pensar que el que estaba muerto, se despierta como uno que estuvo dormido, de alguna manera se desata de la sábana y se quita el sudario, y después de eso, de modo imperceptible, se ausenta dejando la puerta cerrada y a los guardias ignorantes de todo, hasta que los ángeles se les aparecen y huyen despavoridos.

Por supuesto que hay diferencias entre los evangelistas en cuanto a las narraciones que ellos escriben, pero son diminutas y para nada afectan el hecho glorioso de que el cuerpo ya no se encontraba, que había ángeles en la tumba esperando a los humanos, que los guardas se fueron, que les dieron dinero para para taparles la boca. El meollo de todos esos relatos es que Jesús estaba vivo. El detalle de Lucas que las mujeres bajaron sus rostros con temor y reverencia hasta el suelo, le da elegancia al relato. Lucas es médico y le gusta escribir bonito.

El evangelista no las acusa de incredulidad sino más bien de olvidadizas, porque se les habían ido pronto algunas partes importantes de los sermones de Jesús, y eso no porque no se las haya dicho una y otra vez. Es que las mujeres no concebían la idea de que fuera a morir, menos entonces recordar la palabra resurrección. La palabra de los ángeles no es un reproche; normal era que ellas visitaran la tumba al otro día, porque no hay otro sitio a donde ir cuando no se cree o no se sabe sobre la resurrección, sino al cementerio donde yace el amado cadáver. Cuando se les hace mención de esa enseñanza entonces la recuerdan, se enjugan las lágrimas y esbozan algunas sonrisas.

No eran ellas las únicas lentas para recordar o para creer lo que Jesús les había dicho, porque también sus queridos apóstoles estaban en las mismas, y cuando ellas les dijeron que la tumba estaba vacía y que un par de espíritus vestidos de gloria habían platicado con ellas explicándoles el misterio de la desaparición del cadáver, ellos no pensaron que era mentira sino que estaban desvariando, porque tampoco tenían presente lo que debieron haber tenido presente, la resurrección. Pedro y Juan se disponen a darle verificación al reporte de sus hermanas en la fe, y corriendo uno detrás del otro, Juan delante y Pedro detrás, llegaron hasta la tumba. Juan se detuvo y permitió que el más adulto y notable se convenciera por sus propios ojos de que el reporte era fidedigno, y que él creería lo que dijera ese ministro más maduro, que el evangelio que se estaba históricamente escribiendo en ese momento era auténtico.

En fin, la resurrección no fue una elaboración supersticiosa de nadie, sus pregoneros eran bastante escépticos con respecto al asunto, y las mujeres por muy religiosas que fueran, teniendo los hechos en las manos no podían creerlos, y María Magdalena lloraba sin consuelo aunque tenía a Jesús enfrente. La resurrección de Jesús fue lo que le dio impulso y sello de aprobación a sus enseñanzas y estilo de vida. La noticia corrió de un extremo a otro dentro del círculo bendito de sus amigos, que la pasaban de boca en boca enjugando toda lágrima de los ojos de ellos y ellas, y haciéndolas reír y adorar a Dios. Su fe no terminaba en una tumba ocupada sino vacía, y continuaba viva dentro del ser que había resucitado, el amado Maestro de todas y de todos. Fue un domingo maravilloso, un día distinto al sábado de reposo, al sábado de la ley, un día hecho cristiano por motivo de la resurrección, no menos solemne, pero más alegre por buenos y razonables motivos, con más alegría por las noticias, que la que cupo en los pechos de todos, el día anterior. Jesús estaba vivo,  y ninguno era sabatista ni dominguero sino cristiano, tanto el último día de la semana como el primero".

La predicación de un Jesús ubicuo


Juan 20:19-23
(Mt. 28:16-20; Mr. 16:14-18; Luc. 24:36-49)
19 Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. 20 Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. 21 Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. 22 Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. 23 A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos".

No fue una visita de cortesía la que Jesús les hizo. Llegó hasta ellos para activarles el llamamiento al ministerio. El miedo que los apóstoles sentían no era por ser encarcelados sino por morir. Si algo necesitaban urgentemente, era cambiar el estado emocional que sentían. Un estado psíquico que rápidamente no les abandonaría a no ser que Jesús duplicara la paz en sus corazones (vv. 20,21). El Señor les dijo que no los dejaría huérfanos, y con su presencia entre ellos les hace sentir que no están solos y abandonados, sin líder y sin cabeza, sino todo lo contrario que allí está él, y estará con ellos de una forma invisible e incorpórea; tal vez las apariciones en diferentes formas fueran un entrenamiento para adquirir la convicción que él sería el mismo aunque estuviera fuera de la vista, y que su cuerpo glorioso no estaría limitado por el espacio u obstáculo alguno. Los discípulos quedarían impresionados por esta nueva forma de comunicación con ellos, y aprenderían que tendrían su compañía en forma espiritual con la convicción que el Espíritu Santo procedía de su boca, que sería su mismo aliento cuando les hablara y los acompañara como su vicario.

El hecho que Jesús soplara es un símbolo, un gesto para darle firmeza y recuerda a la doctrina. Pertenece únicamente a él, y en esa sola ocasión. No hay ningún registro apostólico que éstos fueran por el mundo, soplando. Las palabras del v.23 son una repetición (Mt.16;19; 18:18); y creo que lo más importante al escucharlas es aclarar que no se trataba de entregarles a ellos el perdón de todos nosotros, ni a ellos ni a sus sucesores, que son los pastores evangélicos y no los sacerdotes católicos romanos. ¿Dónde ha leído usted en todo el Nuevo Testamento que Pedro, por ejemplo, recibiera confesiones de pecados de los hermanos y les otorgara perdón?

Las palabras leídas de modo superficial parecen indicar que Jesús los estaba autorizando para que en lugar de Dios recibieran a los pecadores y los perdonaran. Pero esa interpretación nada más que de pensarla asusta. Dios no ha dado esa tremenda responsabilidad a nadie sino a Jesús (Mr.2:7-12). Las palabras apostólicas que más se acercan a estas dichas por Jesús, fueron las de Pablo, "porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan y en los que se pierden, a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y aquéllos olor de vida para vida" (2Co.2:15,16).

Si tomo estas palabras paulinas, dichas por el Espíritu Santo, que salieron de la boca de Pablo, e interpreto las de Jesús, lo que quiso decir fue esto "por medio de la predicación, que es la llave del reino de los cielos, y el testimonio de ustedes, los pecados de muchos serán remitidos y los pecados de otros serán retenidos, o sea serán endurecidos". La llave que abre y cierra la puerta del cielo es el conocimiento que se adquiere por medio de la predicación (Luc. 11:52; Mt 16:19). La predicación es un don de Dios dado no solamente a Pedro sino a todos los apóstoles, que salieron desde allí, seguros de predicar a un Jesús crucificado, muerto, enterrado y resucitado, y hecho ubicuo, omnipresente por la virtud del Espíritu Santo, abriendo y cerrando la estrecha puerta de la salvación en todos los países y en todos los auditorios.

sábado, 12 de abril de 2014

No cierres tus ojos sin haberte muerto



2Reyes 3:18-20
Y esto es cosa ligera en los ojos de Jehová; entregará también a los moabitas en vuestras manos”. Y esto es cosa ligera a los ojos de Jehová.  Aconteció, pues, que por la mañana, cuando se ofrece el sacrificio, he aquí vinieron aguas por el camino de Edom, y la tierra se llenó de aguas” (Mr. 10:27; Luc. 1:37). 

No pienses que Dios ya ha obrado lo máximo que puede hacer porque, cosas mayores verás; ninguna bendición es final, él es capaz de hacer más de lo que hizo. Tú dices "las decisiones más importantes de mi vida ya las he hecho, sólo me queda continuar cómo estoy y poseer lo que poseo, nada extraordinario me depara el futuro, he acabado mi carrera, no puedo empezar cosas mejores, no puedo exceder a mi pasado. El plan de Dios conmigo en este mundo está terminado". Te equivocas, mientras tengas fe y deseos de servir al Señor lo que has recibido es poco en relación con lo que pudieras recibir. No cierres tus ojos sin haberte muerto porque verás cosas mayores (Jn. 1:50; Flp. 1:23-26). ¿No tienes tan vivos deseos de servirle como otrora, inclusive, ahora con más emoción y celo? Si el Espíritu no te ha dado deseos de descansar ¿por qué dices que tu vida y utilidad declinan?

“A la hora del sacrificio” que tenía lugar en Jerusalén, “por el camino de Edom”; no desde el cielo sino de la tierra, desde las montañas hasta el lugar de ellos, así las trajo Dios, aquellas aguas. Desde Edom, por donde menos ellos lo esperaban, de quienes ni imaginaban que serían surtidos. Así nos ayuda Dios por caminos inesperados y por donde no estamos mirando.

jueves, 10 de abril de 2014

Desempolvando las viejas doctrinas



1Reyes 18:30
“Entonces dijo Elías a todo el pueblo: Acercaos a mí. Y todo el pueblo se le acercó; y él arregló el altar de Jehová que estaba arruinado”. 

“Y reparó el altar de Jehová que había sido derribado”. Quizás edificado por piadosos judíos desde la división del reino, antes de la construcción del templo cuando el pueblo se había hecho muchos y Acab destruyó (3:2; 19:10). No edificó uno nuevo sino el viejo altar de Jehová donde santos antes que él habían ofrecido sacrificios. Eso es una señal de reforma, no se trata de inventar uno nuevo, ni siquiera para el Dios único sino usar el que ya fue construido en la antigüedad y ha pasado por una etapa de menosprecio, abandono  y ridículo; poner en orden las viejas doctrinas, desempolvarlas y colocarlas en el sitio que ellas tuvieron cuando el culto al Señor estaba en su apogeo. Las “mejoras” de oro y plata que hizo Salomón (1 Re. 6:20-22) no eran necesarias, o no lo mejoraron. Estoy pensando en lo que se conoce como “doctrinas de la gracia”, ese viejo altar al que aquel Elías llamado Martín Lutero o Juan Calvino le hicieron una magnífica reparación.

Renuentes a cambiar la mala opinión de casi todos los pastores



1Reyes 17:17-24
“Después de estas cosas aconteció que cayó enfermo el hijo del ama de la casa; y la enfermedad fue tan grave que no quedó en él aliento. Y ella dijo a Elías: ¿Qué tengo yo contigo, varón de Dios? ¿Has venido a mí para traer a memoria mis iniquidades, y para hacer morir a mi hijo? Él le dijo: Dame acá tu hijo. Entonces él lo tomó de su regazo, y lo llevó al aposento donde él estaba, y lo puso sobre su cama. Y clamando a Jehová, dijo: Jehová Dios mío, ¿aun a la viuda en cuya casa estoy hospedado has afligido, haciéndole morir su hijo? Y se tendió sobre el niño tres veces, y clamó a Jehová y dijo: Jehová Dios mío, te ruego que hagas volver el alma de este niño a él. Y Jehová oyó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él, y revivió. Tomando luego Elías al niño, lo trajo del aposento a la casa, y lo dio a su madre, y le dijo Elías: Mira, tu hijo vive. Entonces la mujer dijo a Elías: Ahora conozco que tú eres varón de Dios, y que la palabra de Jehová es verdad en tu boca “Ahora conozco que tú eres hombre de Dios y que la palabra de Dios es verdad en tu boca”.

El tiempo pasa y cambia muchas cosas, entre ellas la opinión que uno tiene sobre los ministros de Dios y sus sermones. Con algunos los lazos de relación se aprietan y con otros se zafan. He percibido y sentido en algunos hermanos un espíritu anti-pastoral, justificado a veces por malas experiencias con pastores, e injustificado otras, producto de pasiones, ambiciones, mostrado en críticas, desvalorización de su persona y trabajo, o en abierto menosprecio. Como en todas las profesiones, hay pastores buenos y malos, auténticos y asalariados impostores. Uno no sabe quién es quién a menos que pase mucho tiempo y la proximidad le permita a él mostrarse como un legítimo embajador de Dios y que si ha cometido algún error, sea perdonable. Esta mujer, sin ser anti-pastor, ilustra el remedio de cómo dejar atrás una mala experiencia con un ministro del evangelio. Esa es mi intención.

Hay hermanos y hermanas renuentes a cambiar la mala opinión que tienen de casi todos los pastores porque algún ministro les ha hecho perder el primer amor por Cristo y no se pueden recuperar del desencanto,  se vuelven refractarios a todos y rumian una perenne amargura que no se les quita nunca oigan a quien oigan, y jamás son bendecidos aunque el predicador sea Juan el bautista que ha resucitado o uno que predique con seráfica elocuencia, tenga dos alas y se llame Arcángel Miguel. No es exactamente el caso de esta viuda de Sarepta, pero ilustra en parte la cura de esa impresión negativa, fuerte y tan duradera, que por el bien de la persona dañada y del que ocasionó el daño, si lee esto, pudiera el Espíritu bendecir esta reflexión.

La viuda dijo que “ahora” con su hijo sanado, sí que creía que Elías era un profeta y que sus sermones eran inspirados por Jehová. ¿Ahora? ¿Y el aceite reproducido y la harina aumentada? Sí, esa bondad vale pero no es igual. Pudo responder, “yo sabía que este es un varón de Dios, en mi economía lo he comprobado, sus oraciones me han ayudado, no me ha faltado nada que comer, el dinero tampoco ha escaseado, me ha orientado en mi prosperidad y me ha salido bien el negocio, trabajo he tenido; mi fe ha aumentado con esta experiencia y mi gratitud hacia él y a su Dios Jehová.

“Pero he dicho “ahora” porque mi fe se ha completado con su bendición hacia mi familia, ahora es cuando siento que creo verdaderamente en la iglesia de la cual él es un representante, ahora es cuando creo en sus sermones porque por medio de la bendición que ha sido a mi familia no puedo negar que a ella la acompaña el Espíritu de Dios; ahora creo más lo que dice y en Dios porque creo como madre porque mi hijo estaba muerto y ahora vive. “¿De qué me hubiera servido tenerlo a él, el profeta, su pueblo y sus doctrinas si como madre mi fe estaba incompleta porque mi tristeza y mis preguntas no me hubieran dejado creer como quisiera?”. Y creyó que era un varón de Dios, que se podían oír sus sermones, sin resistencia, y que podría ser  un pastor perdonable y admirable, después de todo.