viernes, 18 de abril de 2014

Sábado solemne y domingo alegre


Lucas 24:1-12
(Mt. 28: 1-10; Mr. 16: 1-8; Jn. 20: 1-10)
 "1 El primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al sepulcro, trayendo las especias aromáticas que habían preparado, y algunas otras mujeres con ellas. 2 Y hallaron removida la piedra del sepulcro;  3 y entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. 4 Aconteció que estando ellas perplejas por esto, he aquí se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes; 5 y como tuvieron temor, y bajaron el rostro a tierra, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? 6 No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea, 7 diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día. 8 Entonces ellas se acordaron de sus palabras, 9 y volviendo del sepulcro, dieron nuevas de todas estas cosas a los once, y a todos los demás. 10 Eran María Magdalena, y Juana, y María madre de Jacobo, y las demás con ellas, quienes dijeron estas cosas a los apóstoles. 11 Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían. 12 Pero levantándose Pedro, corrió al sepulcro; y cuando miró dentro, vio los lienzos solos, y se fue a casa maravillándose de lo que había sucedido".

Aquel amanecer domingo estuvo lleno de sorpresas para este grupo de mujeres que no recordaban las predicaciones de Jesús acerca de la resurrección de su cuerpo. Algunas de ellas son nombradas como María Magdalena, Juana esposa del intendente de Herodes, María la madre de Jacobo, y otras mujeres que podrían ser de Jerusalén o de Betania, y en este último caso, aunque improbable, tal vez Marta y María. Todo eso no es tan importante como el hecho de la sorpresa que se llevaron, al ir con las buenas intenciones de ungir un cadáver y encontrarse que el cuerpo había desaparecido y que sólo los lienzos y el sudario quedaban dentro de la cueva.

Se sabe, y se ha dicho, que son señales de que Jesús no fue robado, puesto que nadie se roba algo, como hacen los ladrones apresuradamente, y sin embargo con toda la paciencia del mundo lo desvisten. Es mucho más sensato pensar que el que estaba muerto, se despierta como uno que estuvo dormido, de alguna manera se desata de la sábana y se quita el sudario, y después de eso, de modo imperceptible, se ausenta dejando la puerta cerrada y a los guardias ignorantes de todo, hasta que los ángeles se les aparecen y huyen despavoridos.

Por supuesto que hay diferencias entre los evangelistas en cuanto a las narraciones que ellos escriben, pero son diminutas y para nada afectan el hecho glorioso de que el cuerpo ya no se encontraba, que había ángeles en la tumba esperando a los humanos, que los guardas se fueron, que les dieron dinero para para taparles la boca. El meollo de todos esos relatos es que Jesús estaba vivo. El detalle de Lucas que las mujeres bajaron sus rostros con temor y reverencia hasta el suelo, le da elegancia al relato. Lucas es médico y le gusta escribir bonito.

El evangelista no las acusa de incredulidad sino más bien de olvidadizas, porque se les habían ido pronto algunas partes importantes de los sermones de Jesús, y eso no porque no se las haya dicho una y otra vez. Es que las mujeres no concebían la idea de que fuera a morir, menos entonces recordar la palabra resurrección. La palabra de los ángeles no es un reproche; normal era que ellas visitaran la tumba al otro día, porque no hay otro sitio a donde ir cuando no se cree o no se sabe sobre la resurrección, sino al cementerio donde yace el amado cadáver. Cuando se les hace mención de esa enseñanza entonces la recuerdan, se enjugan las lágrimas y esbozan algunas sonrisas.

No eran ellas las únicas lentas para recordar o para creer lo que Jesús les había dicho, porque también sus queridos apóstoles estaban en las mismas, y cuando ellas les dijeron que la tumba estaba vacía y que un par de espíritus vestidos de gloria habían platicado con ellas explicándoles el misterio de la desaparición del cadáver, ellos no pensaron que era mentira sino que estaban desvariando, porque tampoco tenían presente lo que debieron haber tenido presente, la resurrección. Pedro y Juan se disponen a darle verificación al reporte de sus hermanas en la fe, y corriendo uno detrás del otro, Juan delante y Pedro detrás, llegaron hasta la tumba. Juan se detuvo y permitió que el más adulto y notable se convenciera por sus propios ojos de que el reporte era fidedigno, y que él creería lo que dijera ese ministro más maduro, que el evangelio que se estaba históricamente escribiendo en ese momento era auténtico.

En fin, la resurrección no fue una elaboración supersticiosa de nadie, sus pregoneros eran bastante escépticos con respecto al asunto, y las mujeres por muy religiosas que fueran, teniendo los hechos en las manos no podían creerlos, y María Magdalena lloraba sin consuelo aunque tenía a Jesús enfrente. La resurrección de Jesús fue lo que le dio impulso y sello de aprobación a sus enseñanzas y estilo de vida. La noticia corrió de un extremo a otro dentro del círculo bendito de sus amigos, que la pasaban de boca en boca enjugando toda lágrima de los ojos de ellos y ellas, y haciéndolas reír y adorar a Dios. Su fe no terminaba en una tumba ocupada sino vacía, y continuaba viva dentro del ser que había resucitado, el amado Maestro de todas y de todos. Fue un domingo maravilloso, un día distinto al sábado de reposo, al sábado de la ley, un día hecho cristiano por motivo de la resurrección, no menos solemne, pero más alegre por buenos y razonables motivos, con más alegría por las noticias, que la que cupo en los pechos de todos, el día anterior. Jesús estaba vivo,  y ninguno era sabatista ni dominguero sino cristiano, tanto el último día de la semana como el primero".