sábado, 31 de octubre de 2009

Estan poniendo el mundo patas arriba




“Se celebró una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús” (Jn. 2:1-12).


Bíblicamente el matrimonio no se define sólo como una “pareja” tal cual hoy se dice, “mi pareja” para indicar que viven juntos como marido y mujer sin casarse. También eufemísticamente se llaman “novios” cambiándole el significado a la relación. Es una unión carnal sin compromiso ni tiempo definido, sin estar legalmente casados.

Esa no fue la clase de unión que se festejaba en Caná a la cual Jesús y sus discípulos asistieron. Eran verdaderamente novios sin haber tenido contacto físico pero deseaban hacer pública su decisión de vivir como marido y mujer, formar una familia civilmente constituida. Esa unión fue la que el Señor santificó con su presencia.

El compromiso forma parte de la definición de un matrimonio bíblico y es visto como un yugo, igual que cualquiera otro mandamiento de Jesús (Mt. 11:29). Sin esas ataduras (“cuerdas de amor”, Oseas 11:4) no se puede criar una familia; se pueden engendrar hijos pero no criarlos juntos por la problemática misma que implica la unión de dos vidas. Una familia no es algo que brota simplemente con la unión sexual sino que se forma con esfuerzos del carácter de ambas partes, con ayudas, perdones y olvidos. La resolución de construirla tiene que ser firme para ayudar a las tormentas que trae la vida de casados.


El tipo de persona egocéntrica que está formando esta sociedad es la que ha hecho que se debiliten y redefinan todas las antiguas instituciones humanas y fraternales; por el deseo egoísta de cada cual de velar por sus intereses y felicidad y no por la de los demás. ¿Por qué hay que anular esos trámites legales como innecesarios u obsoletos? ¿No es más bien por libertinaje y sensualidad?


Además, es obvio que en Caná de Galilea la boda era heterosexual; o sea se casaba un hombre con una mujer, como honorablemente ha sido desde Adán y Eva. Aun Caín, envidioso y homicida y que huía de Dios todo lo que podía, cuando ya había muchísimas mujeres en el mundo, salió muy lejos hasta tierra de Nod a buscar una para casarse (Ge. 4:17). Con un sexo ya dañado por el pecado engendró a Tubal-Caín y a este le pareció poca una mujer y tuvo dos. Y ahí empezó la poligamia y quizás los harenes, pero en toda su genealogía no hubo ni un solo homosexual. En el mundo entero no había ni uno. Después de ellos, entre los paganos, aparecieron los “inventores de males” (Ro. 1:30), cuando ya en la teología del sexo no se hallaba Jehová.

Ya más para acá. Es imposible pensar en Jesús, Pedro, Juan o María asistiendo al “matrimonio” de dos hombres o dos mujeres. Eso es impensable, y sería injusto acusarlos de ser personas con mentes cerradas y homofóbicos, que no comprenden que Dios es amor y quiere que cada uno sea feliz a su manera, porque lo importante es que se amen y se sientan bien el uno con el otro y dictarles lo contrario es obligarlos a una unión que ellos no desean.

Dicen que tienen el derecho de hacer con sus vidas lo que quieran y la sociedad está obligada a respetarles su decisión, y las iglesias recibirlos, apoyarlos, ministrarlos y casarlos. No tienen el NT como palabra de Dios y afirman que es un error cultural de quienes escribieron en contra, y que por esa razón “hormonal” no puedan participar de la esperanza cristiana de la resurrección de un cuerpo glorioso. Si hoy el NT se escribiera, piensan, diría lo que ellos dicen y no lo que Jehová y Pablo dijeron, y por eso andan descabellados queriendo referirse a Dios con el artículo o pronombre neutro; y los discípulos harían más énfasis en el amor al prójimo que en enseñarles al mundo reglas morales que se vuelven prejuicios en la conducta y obstaculizan la asistencia de personajes eclesiásticos que rechazan ir a la fiesta y enviar sus regalos. La meta de los habitantes de Sodoma no es saciarse con las hijas de Lot, el sexo de ellos les pide más, corromper sexualmente a los ángeles y a Dios si pudieran (Ge. 19:9). Están locos los habitantes de Sodoma poniendo el mundo patas arriba.


martes, 27 de octubre de 2009

Desaliento ministerial


Isaías 49. 1-4

"Jehová me llamó desde el vientre de mi madre, puso en mi boca espada aguda, me dijo mi siervo eres, pero yo dije por demás he trabajado".


Calvino comenta:

“Aunque no veamos el fruto de nuestros trabajos, podemos estar contentos por esta razón, el testimonio de nuestra conciencia que estamos sirviendo a Dios para quien nuestra obediencia es aceptable. Cristo anima a los piadosos maestros a luchar ardientemente hasta que obtengan la victoria sobre la tentación y que poniendo a un lado la malicia del mundo continúen contentos en el desempeño de su deber y no permitirle al corazón desalentarse. Si al Señor le complace probar nuestra fe y paciencia hasta el punto que no obtengamos ningún provecho de nuestra labor, debemos reposar sobre nuestra conciencia. Si no somos capaces de ser consolados con ese testimonio es que nuestra motivación de servicio a Dios no es pura sino que somos movidos por el mundo y nuestras ambiciones.

“Sin embargo aquí Cristo y la iglesia acusan al mundo de ingratitud porque ella se queja de tal manera que acusa al mundo por no dar fruto ante el evangelio que en sí mismo es eficaz y poderoso. Toda la culpa la cargan los hombres que con obstinación rechazan la gracia de Dios que una y otra vez se les ofrecen, cavando su propia destrucción… son los hombres y no el evangelio los que tienen que ser acusados de improductivo. Los ministros santos que con amargura se quejan que los hombres perecen por sus propios pecados y se sienten mal consigo mismos por no poder evitar tan grande perversidad, deben consolarse y animarse y nunca abandonar la espada y el escudo y no piensen que mejor se ocuparían en otra cosa que predicando el evangelio”



Desaliento ministerial

Isaías 49: 5, 6

"El que me formó desde el vientre para hacer su siervo, para congregarle a Israel".


No te quejes mucho, ministro; si lo haces es que se te ha olvidado cómo mira Dios tu trabajo y desconoces la trascendencia de tu ministerio. La Reina Valera traduce “poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra”, y confunde un poco.

Lo que el Señor quiso decir fue “es para mí algo ligero y fácil si quisiera levantar contigo todas las tribus de Israel pero por la dureza de ellos eso no sucederá. Ahora bien, tengas éxito con ello o no, la luz de tu mensaje llegará a todas las naciones y salvará gentes en los confines de la tierra”. Nosotros, consiervo. Dios miraba su trabajo como no lo miraban los hombres.

Isaías nunca congregó a Israel en su tiempo; pero siempre supo que él era muy estimado y honrado a los ojos de Dios, y tuvo la experiencia en todo momento que en sus desmayos recibiera de su Señor fuerza para perseverar ante la dureza de corazón de aquellos a quienes les predicaba y que se negaban a cambiar y a dar oídos a sus predicaciones y advertencias. He ahí, le alza el velo del futuro.

Sabe para qué el Señor lo llamó y que no lo ha cumplido aún, y lo haría algún día. Supone que se ha agitado en vano. Dios le aclara que no, que no es el salario que devenga su recompensa porque ella provendrá del cielo y es escatológica (v.4). Y con todo puede perseverar porque tiene dos cosas a su disposición: fuerzas y la seguridad que es muy estimado (honrado a los ojos) por Dios. Sabe que Dios lo estima a él y a su trabajo. Aunque no tenga resultado su labor a los ojos del Señor es valiosa y apreciada.

Y de aquí una poderosa lección para combatir la frustración y el desánimo: Que nunca nos quejaremos de que estamos recibiendo poco en nuestro ministerio porque de un modo o de otro, ahora o luego, el Señor usará para alguien, sepa yo o no quién es, lo que predicamos. Dios no nos llama a poco, visto por sus ojos, lo que pasa es que no podemos ver todas las dimensiones de nuestro ministerio, ni sus proyecciones futuras pendientes.


lunes, 26 de octubre de 2009

Suspira, no bosteces

Salmo 119:131
Abrí mi boca y suspiré porque anhelaba tus mandamientos”.

No dice el salmista que “mi boca abrí y bostecé” sino “mi boca abrí y suspiré porque deseaba tus mandamientos”. La palabra suspirar se usa también para las “palpitaciones del corazón”; cuando a uno le palpita el corazón por “todo el consejo de Dios”.
¿Suspiras por el retorno de épocas de oro que la iglesia ha vivido, por la vuelta de aquellos viejos tiempos y viejos profetas, que aun después de muertos sus huesos continuaban teniendo más vida que muchos vivos? ¿Por un buen sermón, que esté basado íntegramente en la Palabra de Dios, que sean los pensamientos del Espíritu Santo dejados en la Biblia?

El alma que ama la palabra de Dios suspira cuando recuerda aquellos tiempos cuando en los cultos la Biblia era lo principal y no otras cosas que han importado para adornarlo, azucararlo o hacerlo más atractivo. Recuerda que en la Ley estaba prohibido ponerle miel a los sacrificios pero no sal (Lev.2:11).

El alma de quien ama los mandamientos divinos suspira cuando lee aquellos sermones y aquellas grandes exposiciones del pasado y dice: “Oh Dios, envía hombres como Agustín, obispo de Hipona, hombres como Lutero, Calvino, Whitefield, Maclaren, que hacían arder el corazón, y se les oían sin parpadear ni a los diez minutos bostezar”. Los bancos o las sillas de las iglesias son sitios incómodos para dormir sentados, tanto como la ventana de Eutico. Y ¡cuánto agradecería uno la brevedad cuando siente que sus párpados les pesan más que una piedra de molino de asno!

Eres bienaventurado si cuentas cada domingo con un predicador que sin que su sermón tenga la extensión desde Dan hasta Beerseba y te quiera enseñar toda la Biblia en una hora, puedas agradecer su didáctica y además bella exposición, sin mirar el reloj de Acab ni el tuyo, ni estar esperando que diga la felicísima frase “y en último lugar hermanos…”, y con la boca abierta exhales tu último suspiro de gratitud a Dios porque acabó.

sábado, 24 de octubre de 2009

¿Eres Testigo de Jehová siendo hispano?


Isaías 43. 10

“Vosotros sois mis testigos”.


Mire, que si usted es mexicano, salvadoreño, hondureño, de América del Norte, Central o del Sur, y si no salió de los lomos de Jacob, olvídese de auto-nombrarse Testigo de Jehová. Jehová nunca ha dicho: “Vosotros los egipcios, los babilonios, los sirios y los hispanos sois mis testigos”. Estrictamente Testigo de Jehová son los israelitas y no los que así nombró Rutherford el 26 de Julio de 1931 a su secta que hasta entonces se llamaba Estudiantes de la Biblia y por la revista que publican, La Torre del Vigía.

Tal vez los jerarcas de su secta han tomado el nombre “Testigos de Jehová” porque quizás les parecieron pintorescas las palabras, o porque querían congraciarse con los judíos o suplantarlos en la historia; y eso, presumo, lo hicieron sin mucho reflexionar porque les quedan inapropiadas. Se queda atrás en la revelación, en la historia y pierde la actualización que le dio Jesús cuando al irse a su gloria dijo: “Recibiréis poder, y me seréis testigos en Jerusalén, en Samaria, en toda Judea y hasta lo último de la tierra” (Hch. 1:8).

Y ese poder proviene del Espíritu Santo para dar testimonio de Jesús, que es el Mesías, que murió por nuestros pecados, que resucitó y que es Hijo de Dios, engendrado, no hecho, poder no para justificarse ante Dios ganando la vida eterna distribuyendo panfletos y cotorreando doctrinas de obras y ensalzando su religión, y haciendo proselitismo en las plazas y los mercados y yendo de puerta en puerta.

Si a alguien, no siendo israelita, le gusta que lo llamen Testigo de Jehová tiene que ser testigo de Abram por medio de la fe, ser circuncidado no en la carne sino la circuncisión del corazón que obra el Espíritu Santo (Ro. 2:28,29), y de ese modo pertenecer al “Israel de Dios”(Ga. 6:16).

Y en ese caso usted dará testimonio de “cosas mejores” que pertenecen a la salvación (He. 6:9), será testigo de “un mejor pacto fundado sobre mejores promesas” (He. 8:6), y no testigo de las siete plagas en Egipto, del paso del Mar Rojo, de 40 años en el desierto y de la expulsión de los cananeos. El deseo de Dios es que si somos Testigos de Jehová seamos testigos de la gracia suya por medio de Jesucristo.


Sepa que los que quieren pertenecer al Reino de los Testigos de Jehová ganando prosélitos, “por la ley os justificáis” y la consecuencia es funesta, “de la gracia habéis caído” (Ga. 5:8). Vosotros os golpeáis en el pecho con el título de vuestra denominación y servís al mundo como testigos falsos porque no sois israelitas, ni siquiera de los 144000 apocalípticos porque ellos lo son y vosotros no, y dejáis de lado el ser testigo de la gracia de Dios en Cristo y no podéis testificar de ella porque no la habéis recibido, y es completamente extraña en vuestro credo porque lo es en vuestras vidas. Así que esos que le dieron su apellido de Testigo de Jehová están atrasados dos mil años en el tiempo y dos mil años en la gracia y en la salvación. ¿Cómo sois testigos de Jehová si sois hispanos?