domingo, 31 de julio de 2011

La guerra y el amor

Daniel 4:19
“Señor mío sea el sueño para los que te odian y su interpretación para tus adversarios”.


No fueron sólo palabras de cortesía y respeto que usualmente se oían en la corte sino salidas del verdadero corazón de un ministro de Dios, un hijo de la deportación que le habla al gobernante que conquistó y masacró su nación. No siente odio político ni rabia para los enemigos de su pueblo. Su teología le permitía “amar a sus enemigos” o por lo menos a los que fueron sus enemigos y ahora son los esclavistas.

Digo su teología porque miraba las desgracias de su nación en manos de la otra como largamente anunciada por los profetas y merecida por su patria, y que como castigo le había caído encima por decreto de la soberanía de Dios. Daniel enseña lo que es amor tras la guerra, al amor de los vencidos para los vencedores; introduce el olvido, el perdón, la cooperación con aquellos mismos que fueron los invasores.

Las guerras generalmente lo que dejan es odio y más odio, rencores e inolvidables e imperdonables horrores, y los descendientes de los sobrevivientes no pueden vivir sanamente por las verdades históricas que padres y maestros transmiten, algunas veces con deseos de inocular hasta el alma la retribución y la venganza, y no les dejan quitarse de la memoria los sonidos de los grillos y cadenas con que les sujetaron las manos y los pies para emprender el largo recorrido hacia el extranjero, y no dejándoles dormir ni morir aquellas añejas amarguras, y se las despiertan y resucitan con los cantos de “odio eterno” a los que los saquearon, explotaron y rompieron su cultura.

El odio no será eterno, nunca lo ha sido, el amor sí es eterno. Se sacan lecciones de la historia y no se les inocula odio, se hacen pueblos nuevos mentalmente sanos. Por eso Daniel le dijo al rey Nabucodonosor, “Señor mío sea todo lo malo de la revelación de este  sueño para los que te odian y su interpretación para tus adversarios”, y el rey miró admirado a aquel joven que ya era distinto a los que en su misma ciudad anhelaban estrellar los niños de los babilonios contra las piedras (Sal. 137:1-9).

jueves, 28 de julio de 2011

Una defensa para los canosos

Proverbios 16:31; Levítico 19: 32
“Corona de honra es la vejez"  Delante de las canas te pondrás en pie; honrarás al anciano, y a tu Dios temerás; yo soy el Señor”.


 “Cabellos grises, guedejas blancas debido a la edad son ornamentos; además de ser bellas, hablan de seriedad y sabiduría, prudencia, que piden reverencia y respeto. Los antiguos romanos honraban grandemente a la persona de edad, mucho más que a la familia o a la riqueza. El anciano era tenido por los jóvenes como alguien que está muy cerca de Dios y en el lugar de los padres (Lev. 19:32)" (John Gill).

“Fagio relata que según la tradición de los hebreos un hombre joven estaba obligado a ponerse de pie cuando se encontraba cierta distancia de él, para volver a sentarse una vez que hubiera pasado, y esto se hacía para demostrarle honor. Y era costumbre no solamente entre los judíos sino también entre los paganos que consideraban una abominable maldad y un crimen capital si un hombre no se ponía de pie ante una persona mayor, o un joven ante aquel que ya tiene barba. 
"Herodoto reporta lo mismo entre el pueblo egipcio y los de otros lugares juntamente con los griegos, que cuando un joven se cruzaba en el camino como un anciano debía cederle el paso y cuando se acercaba a él ponerse de pie, y todos los escritos antiguos concordaban que era un gesto muy humano. Y esto se hace precisamente porque los ancianos habían estado en el mundo primero que ellos y revelaban la bondad de Dios y el honor que le daba al haberle concedido tantos años, y además indicaba la experiencia, el conocimiento y la sabiduría que habían adquirido" (John Gill).

No imagines que porque te envejeces te devalúas. ¿Por qué has de disimular las señales de tu vejez? ¿No es ridículo y afeminado que un hombre se tiña las canas de su cabello, sus bigotes y su barba? Dejad la pintura del cabello, el arreglo de las uñas y las cejas para las damas. 
¿No son tus arrugas los surcos que han dejado el arado de los años y donde Dios ha plantado las semillas de preciosas experiencias? Lleva con orgullo tu edad, tu título de abuelo, tu andar lento y tus enfermedades. ¡Oh, la gracia que  madura los frutos dulces de la senectud!

Para la sociedad hoy un anciano es alguien acabado, sin futuro, obsoleto y a veces un estorbo. Para ser moderno hay que ser de ideas jóvenes. Se le mira con envidia a la juventud. Sin embargo entre el pueblo de Dios los ancianos eran los pastores y los mejores directores de la iglesia apostólica, y ancianos fueron los que en la antigüedad juzgaron, aconsejaron y llevaron por buen camino al Israel de Dios. ¡Oh ancianos menospreciados, sois de Dios un tesoro, un envidiable tesoro! (Pro. 16:31). ¿Qué es eso de teñirse lo que Dios nos ha dado para honra, los cabellos plateados por los años?  Es una cobarde payasada (discúlpeme por esta vez si soy ofensivo) que indica la debilidad en una parte del carácter que ha claudicado ante la opinión social.


martes, 26 de julio de 2011

El ministerio de quitar dudas

Daniel 5:10-12
"Fue hallado en el entendimiento para interpretar sueños y descifrar enigmas y resolver dudas".


La palabra también significa desatar nudos, resolver enigmas, acertijos y problemas. Se afirma que Daniel era un experto en resolver dudas o problemas difíciles, esto es en "desenredar líos, zafar nudos, descubrir acertijos".
Piensa primero en la duda relacionada con  los apóstoles, pastores, maestros y evangelistas. Yo quiero resolver mis dudas, no puedo acercarme al final sin que estén resueltas. Lo deseo para poder disfrutar con gusto las cosas celestiales y no perderme la bendición de vivir en el Espíritu. No quiero tener dudas porque me torturan, me hacen sentir como un hipócrita, me separan de aquellos que amo y admiro, demuestran la posibilidad de mi apostasía. No deseo para nadie la duda de su fe.

No quiero tener dudas sino que todas sean resueltas porque como un maestro, enseño la palabra de Dios y ¿cómo enseñar como verdad aquellas cosas que no estoy seguro que lo sean? ¿Cómo incitar a los hombres que dejen este mundo si no estoy seguro que haya otro? ¿Cómo haré que los demás esperen el regreso de Cristo desde el cielo, la resurrección de sus cuerpos si no estoy seguro de lo uno ni de lo otro? ¿Y cómo pediré a los moribundos que estén tranquilos que pronto habrán de ver el rostro de Jesús, si dudo que tengan alma inmortal?

¡Oh que bendición pierdo sin un espíritu como Daniel que me resuelva mis dudas, como era Daniel para el reino, con sus palabras, su sermones, sus entrevistas, sus escritos!

Es feo sembrar dudas y desconfianzas pero es un bonito ministerio aclarar dudas. Jesús constantemente exhortó a sus discípulos a que no tuvieran poca fe y Pablo dijo a los hermanos que ayudaran a los que tenían dudas (Juan 20:27; 1 Te. 5:4; Judas 22).

Creo que fue Spurgeon quien dijo que las dudas son “extravagantes”. Son fantasmas aparatosos y  sin consistencia que flotan en la mente sin dejarse mirar de frente, vistiéndose de lógica con  atuendos de superchería, engaño y fraude.

Mata tus dudas con la espada de la Palabra de Dios. Si no has podido creer por el tamaño de ellas, pide la ayuda de algún varón de Dios como Daniel que sea hábil en resolver dudas, compra libros escritos por hombres de fe, lee las biografías de sus vidas, no prestes atención a los que van por el mundo sembrando incertidumbres, oye sólo al predicador que con pasión exponga Las Escrituras. En este mundo hay cada día muchas cosas que resolver pero dedica tiempo al ministerio de quitarte las dudas y quitárselas a otros. Anímate a contradecirlas porque son caprichosas y cobardes.

viernes, 22 de julio de 2011

¿Dios, absurdo o tremenda realidad?


Salmo 145:3
"... su grandeza es inescrutable".

Hay dos palabras hebreas que se traducen inescrutable, ayin que significa “es nada” “no existe” “la nada”; Dios desde el punto de vista físico, bioquímico, es nada y por lo tanto es inescrutable, imposible de escudriñar, no existe. Si la ciencia se basa en el estudio de las leyes y procedimientos de la creación, Dios no existe para ella, es nada, cero, impensable, porque si existe no existe aquí, si es cierto que existe como dice la Biblia, existe allá, pero si “en él estamos y nos movemos”, está también aquí y allá al mismo tiempo y sin espacio y sin tiempo, en una dimensión diferente, en “luz inaccesible” (1 Ti. 6:16), el Existente, “Yo soy el que Soy”, el Origen de todo y la Primera causa, por quien y por medio de quien todo lo que existe ha llegado a existir.

La otra palabra hebrea es chequer que significa “examinar” “enumerar” “deliberar”. Si las dos se aplican a la existencia de Dios, esto es, sus atributos: eternidad, omnisciencia, omnipresencia, gloria, etc., por un lado es inescrutable pero por el otro es examinable, deliberable y numerable, o sea, es lógico y matemático; no es científico pero sí es científico, no existe para la ciencia pero sí existe para la ciencia, pero con una inescrutable dimensión, una innumerable dimensión, una inexaminable existencia y una indebatible existencia. 

Dios es una paradoja, una hermosísima y ciertísima contradicción, y siempre un aspecto de él, el más profundo es asunto de fe, de creer en lo que nos dice de sí mismo y no de investigación, de teología no de ciencia, y de pensarse así en esos dos extremos divinos, se enloquecen los sabios y se entontecen los entendidos (1 Co. 1:17-21; 2:6-9), se salvan unos y se pierden los otros, para unos es un absurdo para otros no, para ellos una tremenda realidad.

jueves, 21 de julio de 2011

Quítate la venda de los ojos


Salmo 141:5
“Que el justo me castigue (golpee) será un excelente bálsamo”.


Bálsamo hay que tomarlo como aceite y la palabra excelente no aparece en el texto sino “sacudido”, posiblemente referido al aceite de la unción. Amado, de un modo o de otro es bueno que seamos exhortados, aunque fuera, como dice Hebreos, brevemente. Sí, la exhortación debe ser breve (He. 13:12) porque duele; aunque es beneficiosa  va dirigida a aquella parte enferma de nuestro carácter. La exhortación señala un área enferma, “pone el dedo en la llaga”.

El orgullo por un lado y la falta de amor por la verdad por el otro hace que duela y mortifique. Si fuéramos más humildes soportaríamos bien una reprensión pero tendemos a creernos perfectos, pensamos que jamás nos equivocamos, que todo lo hacemos y lo decimos bien y que por ende, somos mejores que los demás; por eso sentimos la reprensión como una ofensa y no como “un excelente bálsamo” o una medicina que nos ayude en la salud del carácter. La reprensión hiere el yo y dentro de él algunos de sus componentes, orgullo, arrogancia, perfeccionismo, deificación, hedonismo.

Nuestra crianza tal vez, la cultura, los dones, la posición social, etc., nos hacen creer que somos criaturas excepcionales, llena de virtudes, que merecemos el respeto, la admiración de los demás y por consiguiente las alabanzas y lisonjas, pero nunca la reprensión que contrasta con lo que suponemos y deseamos ser. 
Llegamos a creernos dioses, somos “sabios en nuestra propia opinión” y que por ser tales por orden natural existimos para juzgar y estar por encima de los otros.

Si alguien nos halla una falta nos escandaliza, no lo creemos y nos enojamos con los que se han atrevido a hacernos un señalamiento y sentimos que no tiene derecho a hacerlo, que está equivocado, que siendo inferior, ¡cómo se ha atrevido!, y juzgamos su sinceridad como una osadía y atrevimiento, casi como una insubordinación. Las exhortaciones nos hacen encontrarnos con nosotros mismos, nos enfrentan cara a cara a la realidad y sin ellas no se nos caería la venda de los ojos y seguiríamos cometiendo las mismas estupideces que no nos damos cuenta que decimos y hacemos.

martes, 19 de julio de 2011

Tu asiento estará vacío


1 Samuel 20: 18
“Luego le dijo Jonatán: Mañana es nueva luna, y tú serás echado de menos, porque tu asiento estará vacío”. "Mañana es domingo y tú serás echado de menos por la iglesia porque tu asiento estará vacío".  

Mañana no es “luna nueva” sino “el día de la resurrección del Señor”. Cada sábado debiéramos prepararnos para acudir a la invitación del Rey, un día que si lo dejamos pasar demorará seis más para que retorne.

I. David tenía razones de vida o muerte para no hallarse en la mesa del rey; si iba tendría la compañía de un rey que lo odiaba y lo más posible es que quisiera enclavarlo en la pared con una lanza; pero nosotros tenemos un Rey mayor que Saúl que nos ama y este es un deseo suyo, no un mandamiento que es menor, una señal de la gracia y de obediencia, pequeña si quieres pero una señal de obediencia.

David no podría disfrutar de la comida por causa del miedo y del sobresalto con que estaría allí sentado; no sería ningún momento feliz en su vida y era mejor dejar pasar la ocasión que cometer esa imprudencia. Pero para nosotros el día del Señor  es uno de los mejores momentos de nuestra vida y sus impresiones son excepcionales.


II. El texto es magnífico para pensar en la incambiable hora del día de reposo. Cada día del Señor  Jesucristo nos manda a llamar; quiere juntarnos a todos, vernos a todos, para estar unidos como un cuerpo en el cielo, para oír de su boca palabras de sabiduría, esperanza, consuelo y perdón. Mientras más santo es un creyente más ansias tiene que llegue ese día  para estar junto a los hermanos y al Señor. ¿Qué amas más oír la Palabra o estar en compañía de amigos y familiares? ¿Qué haces cuando alguien te pide que faltes el día del Señor  y se lo dediques?

Pregúntenle a María y dirá “no me importa lo que diga mi hermana y que me necesite, la dejo que sirva sola, yo estoy oyendo al Rey y de aquí nadie me levanta”. Yo no cambio por ninguna cosa del mundo la ocasión de ir a oír palabras celestiales por cualquier entretenimiento mundano, ni siquiera por la mejor compañía que sea un obstáculo.

Piensa en lo que perderías si tu asiento está vacío: 1. El mejor espacio celestial de toda la semana. 2. Cantar con los santos y ángeles. 3. Orar y escuchar orar. 4. ver los rostros amados por Dios y saludarlos con ósculo santo. 5. La comida calentita con muchas oraciones, preparadas por el pastor y el Espíritu Santo especialmente para ti, un manjar nuevo, con sazones distintos, molido, majado en mortero, ofrenda mecida, “olor grato a Jehová”, “olor del conocimiento de Cristo”, podemos estar seguros que es exquisita y que no se compra con ningún oro. Todo eso se pierde cuando tu asiento está vacío.


III. Ese asiento tiene nuestro nombre, fue puesto allí por el Señor y él quiere vernos sentados en su mesa; no es una oportunidad que tenemos y no debemos dejar pasar la ocasión, sino una obligada gratitud de ir a ocuparlo conociendo que es un privilegio que haya un asiento en la iglesia que tenga nuestro nombre que fue puesto allí expresamente para que nos sentemos y se siente herido con la ingratitud que deja un asiento vacío en su mesa y pudiera preguntar: “¿Dónde está fulano a quien bendije toda la semana? ¿Por qué no ha venido a darme gracias? ¿Por cuál  goce carnal ha sustituido el placer espiritual y por cuales  otras voces ha dejado de escuchar la mía? Córtenle el suministro de mis bendiciones para que se queje, así es como lo tendré de nuevo en mi presencia, no contento sino llorando y gimiendo”.


IV. El asiento vacío es un logro espiritual del diablo, que mientras más asientos vacíos vea más contento se pone por el efecto que consigue en la iglesia. Le afecta la salvación de los que han ido a la cena. Cuando se nota uno, dos o muchos asientos vacíos, los que han ido se desaniman, se decepcionan y sienten deseos de irse, y si viene alguna visita juzga que no vale la pena ir porque muchos miembros han faltado y nadie quiere ir a una iglesia que tiene tan poco entusiasmo con tantos asientos desocupados. Cuando el grupo es grande no se siente, pero en el grupo pequeño, como en una mesa, cada uno cuenta y tiene más importancia que cuando es numeroso, tiene más significado. Otras traducciones del texto dicen: “El pueblo se preguntará dónde estás tú” “Se extrañarán que tu lugar esté vacío”. Dios conceda que tengamos hambre y sed de la palabra de Dios y un amor cristiano inquebrantable que no haya ninguna cosa el día del Señor más importante que esas dos.