viernes, 29 de octubre de 2010

Viviendo “del aire”, o con dinero

Deuteronomio 8: 3
“Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”.


Dios enseñaba a su pueblo a que viviera por fe, a que anduviera en el Espíritu. ¿Por qué tenemos que comer cada día? Porque somos dependientes de la nutrición. Se come para reponer el cuerpo que se gasta, para evitar el deterioro, la enfermedad y la muerte. El alimentarse es una forma de evitar sucumbir y los creyentes cuando comen deben dar gracias a Dios por los alimentos que creó para que el hombre prolongara su vida sobre la tierra (1 Ti. 4: 3).

Sin embargo en un estado de perfecta comunión en la presencia de Dios no se necesitaría comer ni beber. Moisés estuvo cuarenta días sobre el monte y no comió ni bebió nada y no sólo no se murió sino que descendió muy saludable y resplandeciendo gloria. Moisés que lo conocía por experiencia le dijo al pueblo que el maná que comían simbolizaba la palabra de Dios y con él solamente podrían vivir no solo cuarenta días sino cuarenta años, cuatrocientos y cuatro millones porque “de todo lo que sale de la boca de Dios vivirá el hombre”. Les explicó que hay una forma de alimentación del cuerpo, desconocida por ellos hasta ese momento, un modo espiritual de comunicarle vida que hace innecesario comer. La vida del hombre últimamente no depende de los alimentos, que el cuerpo fue creado para la Palabra de Dios, que Dios dijo y fue hecho, y que entonces oyendo a Dios se puede vivir sin morir.

La nutrición con maná fue un privilegio. Los israelitas si hubieran “acomodado lo espiritual a lo espiritual” habrían podido decir: “Es extraño pero lo único que hemos comido hoy es maná, ayer lo mismo, hace una semana igual, un mes, un año (Num. 11: 6), no tenemos matar ninguno de los animales que trajimos, y no nos sentimos débiles, gozamos de perfecta salud, nunca habíamos comido tan poco, aparentemente casi no nos nutrimos, pero no surgen enfermedades, nadie se desmaya, nuestros cuerpos están como si ingiriéramos las mejores dietas cada día. O este maná es un alimento superior a la carne, la leche y las verduras, o nosotros podemos vivir sin comer, solamente creyendo la palabra de Dios”.

Años después un autor inspirado le dijo a Israel: Comiste “pan de nobles” (Sal. 78: 25). Aquel maná es un símbolo de nuestro Señor Jesucristo y quien come su carne y bebe su sangre vive eternamente (Jn. 6: 54-58).
El maná era un emblema de Cristo, de la palabra hecha carne. Jesucristo es el maná que descendió del cielo y lo importante no es comer o beber sino oír la palabra de Dios, y hacer la voluntad de Dios (Jn. 4: 32-34). Él mismo cuando fue tentado por el diablo le citó este versículo, “no sólo de pan vivirá el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4); probando que el único y verdadero alimento para el alma y el cuerpo es la palabra de Dios.

El diablo quiso interrumpir eso, romper la comunión que había tenido con Dios, aquella forma ideal de vivir, celestial, dependiendo sólo de Dios, nutriendo el cuerpo y el alma solamente con las palabras de Dios. Y se quedó callado porque sabía que era verdad, que el hombre puede vivir sin comida y que más importante que la comida es la palabra de Dios. El Señor quería enseñarnos a vivir por fe y formar un pueblo espiritual que no dependiera de la creación. ¿No has leído en Apocalipsis que en el paraíso hay un árbol de vida cuyo fruto sirve para dar eternidad y hasta sus hojas, las del Evangelio, son medicina que cura el mundo? Ese árbol es Cristo. Si viviéramos cada minuto en la presencia de Dios, si escogiéramos la buena parte que nadie nos quite, si nuestro contacto con el Verbo de Vida fuera completo, podríamos vivir casi “del aire” por fe, con estudios bíblicos y sermones. Y como a los discípulos, se nos olvidaría traer pan; pero igual que ellos, y como no vemos la gloria de Dios como Moisés ni como Jesús, tenemos que ir al mercado con dinero.

lunes, 25 de octubre de 2010

Contentos con la Suerte


Números 33:53,54.

Y heredaréis la tierra por sorteo por vuestras familias; a los muchos daréis mucho por herencia, y a los pocos daréis menos por herencia; donde le cayere la suerte, allí la tendrá cada uno; por las tribus de vuestros padres heredaréis”.


Seguramente tenemos más cosas que agradecer a Dios de las que pensamos. Uno recuerda más las cosas malas que las buenas, pero siempre son más las buenas que las malas. Alguien dice “he tenido suerte” “si la suerte me acompaña”. Aquí veremos por qué Dios le dice al pueblo que se reparta la tierra conquistada echando suertes y qué dice la Biblia sobre la suerte.


Dios les da la tierra, ya les dice que es de su propiedad pero la distribución de cada tribu se hizo echando suertes, toda la tierra alcanzaba para todos. Dios no dijo: Rubén ven acá, Zabulón ponte allí, Neftalí ve para allá, por fuera Dios no intervino. No usó su dedo. No le habló a Josué. Le dijo que echaran suertes porque Dios conoce lo inconformes y mal agradecidos que somos que siempre pensamos que merecemos más de lo que nos da, con el propósito de que nos conformemos y estemos contentos cualquiera que sea nuestra situación.


Por eso Dios esconde su sabiduría y providencia detrás de lo que llamamos suerte o casualidad. Las circunstancias nos llevan a un lado o al otro y usted no puede ver directamente a Dios, está dirigiéndolo todo pero no te permite verlo hasta que estés contento con lo que te da y donde te lo da. Por ejemplo, dónde vamos a vivir y la iglesia a donde nos lleva. No nos gusta el país, la ciudad, le hallamos defecto a la gente, a los vecinos, al clima, a los huracanes, los tornados o las nevadas. La casa no nos gusta sino la de algún vecino. Un poquito de envidia. Y con la iglesia nos pasa lo mismo. No nos gusta mucho, hallamos defectos a los hermanos, las cosas no se hacen como uno quiere. Y no disfrutamos lo que Dios nos ha dado: La mujer, los hijos, la ropa, la comida, el sol, la luna, las estrellas. Detrás de la suerte y las circunstancias se halla Dios, el hombre echa la suerte pero la decisión de ella es de Dios (Pro. 16:33).

jueves, 21 de octubre de 2010

DOS NOTAS PARA MINISTROS CANSADOS


I. La solución que no era un relevo fresco y mejor


Números 11: 11-15

¿Concebí yo a todo este pueblo? ¿Lo engendré yo, para que me digas: Llévalo en tu seno, como lleva la que cría al que mama, a la tierra de la cual juraste a sus padres?”.


Me has dicho "cuídalos con mucho cariño, no los trates por obligación, son difíciles de amar pero son los que te he dado para que los ames. Sopórtalos, instrúyelos, son mis ovejas Moisés, y así es como quiero que las cuides, con todo el corazón (Jn. 21: 16)”. Quizás serán muy pesados para Séfora, Gersón, Merari, pero no para el siervo de Dios. Moisés dijo "yo no soy el padre de ellos, soy su líder, su pastor, pero ellos no son mis hijos". Dios le dijo "trátalos como hijos porque son mis hijos". Las demandas de ellos son grandes, sus niñerías y malcriadeces son molestas (v. 10), inconformidades y quiso decir "no soporto el carácter de este pueblo, hace sólo un año que los pastoreo y no los aguanto más".

Mira como Moisés se queja con Dios, le pide que lo releve o le de muerte y sin embargo los pastoreó 40 años. Ni él mismo lo hubiera imaginado porque Dios siempre le proveyó las soluciones que nunca encontraba. Había otra solución que no era un relevo fresco y mejor, ni abandonar el rebaño, ni morirse, sino capacitación o dicho con otra palabra gracia; y aunque él no la conoció en el Pacto, la experimentó en su vida, como todos los patriarcas, y le llamó con el nombre “misericordia”. No es una substitución, Moisés, sino gracia porque para esta obra “¿quién es suficiente?” (2 Co. 2:16).


II. No te rodees de tantos asesores


Números 11: 16-25

Y yo descenderé y hablaré allí contigo, y tomaré del espíritu que está en ti, y pondré en ellos; y llevarán contigo la carga del pueblo, y no la llevarás tú solo”.


Moisés pedía ayuda humana, se desesperaba con el pueblo y quería líderes que lo ayudaran a llevar las cargas, que resolvieran problemas como él en la consejería familiar y lo civil, y Dios se los dio, y aparecieron esos colaboradores pedidos, y la directiva se incrementó; pero en realidad durante todo su ministerio no hizo uso de ellos, a no ser en la consejería, continuó gobernando con Dios, aconsejado por Jehová y organizando la adoración con Aarón. Este fue el líder que más utilizó, y eso para transmitir la Palabra. Dios le dio líderes con el mismo sentir que él tenía, “el que hubo en Cristo Jesús”; y repartió el Espíritu que había puesto en él entre muchos. Líderes que tenían una sola mente y pensamiento, y corazón. Con ellos no tendría conflictos (v. 25), los mejores; pero no les hacían falta porque ellos necesitaban más la Palabra de Dios que consejeros o jueces. El pueblo lo que necesitaba era la palabra de Dios y Moisés, no tanto al apoyo humano como a Dios.

Él se quejaba que tenía que soportar el pueblo pero Dios tenía que soportarlo a él porque no acababa de entender que su poder se perfecciona en la debilidad y aquello de bástate mi gracia. No son compañeros y líderes lo que el misionero necesita, es Espíritu Santo, a Dios (v. 23). ¿Talleres? ¿Entrenamientos? ¡Siempre puliendo gente que sean similares a Dios! “Hierro con hierro se aguza” (se afila, Pro. 27: 17), pero tú eres Señor más que todo lo que necesitamos. No estarás solo, otros compartirán tus responsabilidades; tú estarás menos preocupado y dependerás menos de mí, me necesitarás menos, tu obra será mucho más humana y menos divina. Estarás más organizado, tendrás una estructura mejor, el pueblo tendrá menos contacto conmigo por tus ayudantes. No te rodees de tantos asesores o colaboradores, ven con frecuencia donde yo estoy y tú podrás.

viernes, 15 de octubre de 2010

¿Fue Calvino el que inventó las palabras gracia, elección o predestinación?

Efesios 2:1-3
“Y él os dio vida a vosotros cuando estáis muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás”

I. No fue Calvino el primero que dijo que la historia de la salvación empieza con la elección

Nota primero la pasmosa situación espiritual de cualquier pecador. Según como tú expliques la situación que un hombre tiene ante Dios; eso tendrá repercusión en tu vida cristiana, en tu adoración y en el evangelismo que hagas. ¿Cuál es el cuadro que la Biblia pinta sobre la desdichada condición humana?
¿Por dónde empezarías a contar o escribir la historia de tu salvación? Si eres bíblico comenzarías por los lugares celestiales no por la tierra, y esto es por la elección y la predestinación (1:3-6); y por favor no me hables de “presciencia” porque cualquiera que sepa un poco de griego conoce que es lo mismo que predestinación, como dijo B.H. Caroll. No comienza por algún testimonio que diste en algún culto evangelistico, ni te engañes porque la decisión no ocasiona la regeneración. Es al revés. La obra del Espíritu Santo en tu conversión es posterior a la de Cristo y al plan eterno; y él incluso, la programó antes de su encarnación. Tu salvación empieza mucho más atrás que cuando obtuviste la fe. Pero demos un paso adelante.

II. No fue Calvino el primero que dijo que todo hombre nace muerto legalmente

Mira como la intención de Pablo es convencerlos a ellos de cómo estaban antes de creer, es decir “muertos”. Está invitándolos a que visiten sus propias tumbas. No es hablar por hablar. Si se quiere realmente ensalzar a Dios por la salvación, si se desea otorgarle toda la gloria por su obra, incluso si se habla de gracia, hay que considerar al pecador en el estado en que Pablo lo presenta, muerto, no semivivo, no capacitado humanamente para hacer aportes a la salvación, no enfermo, sino muerto. Muerto sus sentimientos para Dios, de modo que para salvarlo tiene que obrar primero en él el querer como el hacer, muertos sus pies, porque nadie busca a Dios, muerta su voluntad, porque el apóstol dice que Dios lo hace “por su buena voluntad”. Si hablamos de pecador, se implica no sólo infractor sino cadáver.

III. No fue Calvino el primero que dijo que todo hombre sin Cristo está doblemente muerto

Es cierto que el apóstol habla de muerte legalen delitos y pecados” (v.1). Pero es que la muerte, como se halla originada en la Escritura, es una sentencia primero, algo forense; el pecado es eso mismo, una violación de las leyes de Dios, rebeldía y desobediencia. La muerte espiritual, cuando se pierde toda sensibilidad (4:19), es el resultado de esa muerte legal, más que el pronóstico de una condena. Dios inmediatamente la puso en efecto, la hizo efectiva diciendo: “el día que pecares de cierto morirás”. El Espíritu de Dios le fue retirado al hombre y ya eso ocasionó su muerte. Cuando se habla de “muertos en delitos y pecados”, no hay que pensar que la situación espiritual que tenemos antes de conocer a Cristo sea pasiva (inerte) en cuanto al mal, al contrario, “por naturaleza” el hombre siempre está pecando, activo en sentir y realizar el mal. Cuando Jehová miró al hombre notó que todo designio de los pensamientos de ellos era de continuo solamente el mal (Ge.6:5). Medita en eso, el pecado siempre tiene a una especie de perfeccionamiento; o como lo dice Moisés que pasa cuando ha llegado a su colmo (Ge.15:16); y Daniel habla parecido, “cuando los transgresores lleguen al colmo” (8:23).

El pecado siempre da un paso más, hasta la muerte, nunca dice como el Seol, ¡basta! Mientras más tardes en ser de Cristo tu condición se empeora, hoy serás más pecador que ayer. Y mientras más sean los años que vivas, más ira acumulas, porque por “naturaleza” eres hijo de ira. Eso permite afirmar que básicamente el hombre llega a este mundo en un estado de condenación porque su naturaleza humana es inclinada al mal. Aunque hubiera un hombre que en toda su vida no cometiera ni un solo pecado, por naturaleza, lo que es por nacimiento, ya es enemigo de Dios.

Si el hombre se halla en esa situación, su salvación es equivalente a una resurrección legal y espiritual. Aunque no primero dentro de su alma ni en su voluntad, sino en Cristo. Una resurrección legal, hecha por Dios consigo mismo. La resurrección en este contexto es equivalente a la justificación. El propósito de Pablo es continuar con lo que ya ha comenzado a decir, lo que Cristo les ha dado y lo que él ha hecho para salvarlos, “y él os dio vida a vosotros”; eso es algo que no pueden olvidar, que la vida espiritual que ahora disfrutan es un don divino obtenido por medio de una resurrección, el otorgamiento de un indulto y la suspensión de la sentencia de condenación y que si estaban muertos no pudo pedirles permiso para resucitarlos y cuando quisieron a Cristo y lo recibieron ya estaban vivos.
Es espiritual porque el pecador es transformado mediante la renovación de su entendimiento. ¿No lo dijo en 1:19-20 cuando les habló de la salvación por medio de la intervención poderosa de la fuerza de la resurrección de Cristo? Es el equivalente a una resurrección, la cual nadie sino Dios puede operar. ¿Creer? ¿Hallarse entre el número de aquellos que pueden hablar como “para con nosotros los que creemos”? Eso es un privilegio dado por Dios a algunos porque no es de todos la fe (2 Te.3:2), y tienen que agradecerlo. Lo dice para que alaben a Dios; pero también cuando conozcan el fondo de la salvación no den crédito a ninguna otra forma de salvación y religión.

IV. ¿Esto que he comentado lo llamas con desprecio calvinismo, o es paulinismo?

He visto estudiando sus epístolas que para Pablo la parte de la salvación que hace Cristo en sí mismo para con Dios tiene la primera importancia en su teología. Se esfuerza que el creyente sepa lo que han hecho por él, fuera de sí mismo, y luego lo de dentro de él. La regeneración es importante, el arrepentimiento, la fe; pero todo eso ¿no depende de la muerte del Señor? ¿Y no es ella primero justificación, redención, expiación? El Espíritu Santo aplica lo que ha hallado en Cristo. ¿Eres tan ingenuo para pensar que un pecador se vuelve cristiano por levantar la mano y dice que acepta a Cristo? ¿O por pasar andando junto al predicador? ¿O por repetir una oración? ¿No es eso ensancharle la puerta angosta? Spurgeon dijo que nadie podía ser arminiano en su conversión a Cristo; y por experiencia yo sé que es así. Llamas a esto calvinismo o es paulinismo? ¿Fue Calvino el que escribió Efesios? ¿Fue Calvino el que inventó las palabras gracia, elección o predestinación? ¿Entonces por qué te ofende oírlas o leerlas como si fueran herejías condenadas por la iglesia y no parte de casi todas las confesiones de fe de las primeras iglesias protestantes?

miércoles, 13 de octubre de 2010

SOMOS HECHURA DE DIOS (Parte 2)


(Efesios 2:8-10)

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.


I. Importancia del origen de nuestra fe


1. Dos cosas por lo menos nos quedan pendientes para meditar y contestar objeciones. Como la fe es la que excluye a las obras, las obras se esfuerzan en excluir a la fe. Siempre, desde muy temprano en la historia de la iglesia ha habido un desacuerdo constante entre dos corrientes interpretativas de la salvación, aunque no debiera ser. Unos han creído que la fe es algo que tenemos, que el hombre posee en sí mismo, que nace con él y que lo entrega o deposita en el evangelio una vez que lo escucha. Otros no creemos que eso sea cierto, sino que la fe es un don de Dios, no algo que el pecador posee en su propia naturaleza.


(1) Supongamos que la fe sea intrínseca, que la poseamos o que nazcamos con la capacidad para creer. Si nacemos con esa capacidad y en cuanto oímos el evangelio lo creemos y ya poseemos fe; ¿por qué hay quienes lo oyen muchas veces y jamás creen? ¿No tienen esa “capacidad”? Si la poseyeran y no lo hacen habría entonces que pensar que esa capacidad está sujeta a la voluntad y que si ella se niega la capacidad no entra en funcionamiento. Pero, ¿qué pasa con los que quieren creer, pero no pueden, el corazón se les niega, “no pueden aceptar” los postulados del evangelio? Tenemos que pensar que esa capacidad inherente no está sujeta a la voluntad del individuo.


Esa capacidad para creer, para aceptar el evangelio cuando es explicado, es filosófica y se corresponde más con la sabiduría de este mundo que con la que ha sido revelada a Pablo. Esa eventual posibilidad de que el hombre acepte por su voluntad a Cristo, que por sí mismo tenga ese poder, no se corresponde con el estado caído en pecado ni con el plano en que Pablo lo concibe. Para el apóstol el hombre está muerto y las posibilidades, capacidades de salvación en sí mismo de modo natural, están muertas también. Para él la salvación, como hemos ya visto anteriormente, es una resurrección, algo que principia y se consuma en Cristo y no en el hombre que recibe, por gracia, los efectos de lo que es, hizo y está en su Salvador. Las capacidades mentales para hacer el bien, o espirituales para buscar a Dios, con la caída de Adán en pecado fueron destruidas. Como el leopardo no puede lavarse sus manchas ni el etíope cambiarse la piel, el hombre no puede regenerarse por su voluntad porque los hijos de Dios no son engendrados por voluntad de varón (Jn.1:13).


(2) Si la fe sale del hombre y va hacia Dios, invierte los acontecimientos espirituales, el evangelio por sí mismo no engendra la fe sino el discernimiento humano de él. Es el hombre el que vuelve creíble el evangelio y no el evangelio torna creyente al hombre. La fe que el hombre saca de sí y la deposita no tiene que ver algo con conversión sino que es un proseguir de donde se está y adelantar un poco sobre el mismo curso que se lleva. Una fe con un origen humano no es más que obra y no fe, es un esfuerzo propio, un producto de la cavilación, un resultado de capacidades de asimilación, conveniencia, sensatez y estudio.


En ese caso la fe no es un elemento sobrenatural sino un producto del ser humano y por ello iríamos a creer que la salvación no es plenamente del que está sentado en el trono y del Cordero, sino del que se halla en el Trono y del que está en la tierra. Nuestra explicación del origen de la fe no es el hombre sino Dios, es un elemento sobrenatural que milagrosamente hace que el hombre crea. El ser creyente es convertirse a la fe, es un milagro de la gracia. Si nos interesa explicar el origen de la fe es para salvaguardar la doctrina de la gracia, porque dice, “por medio de la fe” y si ella sale de abajo y no de arriba, la gloria es para el que vive en la tierra y no para el que llena el cielo.


II. Creación o evolución


1. Un solo creador. Si la fe sale del hombre y él tiene esa “capacidad”, ¿cómo es que Pablo dice que somos hechura suya, creados en Cristo Jesús? (v.10). No que “parcialmente” seamos hechura suya. Si el hombre “hace” una parte en su fe, ¿es hechura de Dios? La palabra que usa el apóstol para “hechura” es la misma que usamos para “poema” (poiema), si Dios fue el que escribió el poema de nuestra vida, no fue el hombre. Si el hombre ha escrito aunque fuere algunas líneas en el poema de la salvación, ya no fue Dios, fueron dos los autores. Pero lo que enseña el Nuevo Testamento es que Cristo es el Autor y consumador de nuestra salvación y a eso la iglesia primitiva le llamó “sinergismo” que es la cooperación entre ambos, y la iglesia la condenó como herejía.


2. Darwinismo y Arminianismo teológico. Además, si la salvación es una creación en Cristo como el apóstol sostiene y confiesa, ¿se creó Adán alguna parte de su cuerpo o vida? Si la fe es de origen humano, no es una creación sino una evolución darwiniana. La fe que nace en el hombre y no en Dios es más científica que revelacional, no es la que enseña el Espíritu sino el mundo y está equivocada. El espíritu de Darwin es hallado en todas las épocas de la teología y es más ateísmo que cristianismo. Los impulsos naturales del hombre para obrar su propia salvación mediante sus obras piadosas no son más que soberbia e incredulidad. Los paganos, aunque politeístas, eran ateos, estaban sin Dios en el mundo (2:12).


El sabelianismo y el arminianismo, por humanos y natural tienen raíces paganas. Todo el que insiste en obrar para salvarse lo que manifiesta no es su capacidad para creer sino su incapacidad para creer, y escoge por eso mismo el camino de las obras porque es mucho más fácil, menos doloroso, (aunque trate “duro el cuerpo”, la fe es trato duro del alma) menos humillante y más a su alcance, pero no llega a ningún lado, menos a la salvación. Nuestra capacidad natural es para reconocer que no poseemos fe y por lo tanto para pedirla. Lo único que he hecho para tener fe es decirle a Dios que no la tengo. Y decirle a la gente “ponga tu fe en Cristo” como algo que ellos naturalmente tienen y pueden hacer es engañarlos. Es mejor decirles “pon la fe en Cristo” “cree en el evangelio” “cree que Cristo murió por tus pecados” y esperar que el Espíritu Santo por medio de la “locura de la predicación” obre el milagro de convertir a un pobre incrédulo en un sano creyente.


III. Yo..pero no yo. Mis buenas obras


1. El lugar de las obras de justicia. ¿Y qué pasa con las buenas obras? “Creados para buenas obras” v.10. Estamos obligados a andar en ellas. Sin embargo no las hacemos como una obligación moral según la ley sino que las buenas obras son el fruto de los impulsos de esa nueva creación. Las buenas obras son el resultado de lo que Dios ha hecho. Solamente los que son salvados hacen buenas obras y tampoco van del hombre hacia Dios sino de Dios hacia el hombre. La savia es la gracia, el fruto las buenas obras. No tienen nada que ver con la adquisición de la salvación sino con el resultado de la salvación, con su manifestación. Las buenas obras son frutos, se hallan en las ramas de la salvación, no encajadas en la raíz. El origen y raíz es la fe.


2. El origen de ellas. ¿Qué quiere decir el apóstol con “las cuales Dios preparó de antemano”? Si quiso decir que Dios ha predestinado nombrando las buenas obras, declarándolas, para que supiésemos cuales son y las hiciéramos, ¿por qué tuvieron que ser preparadas (tenerlas listas de antemano)? Muy pocas o quizás ninguna buena obra hay en el cristianismo que ya no hallemos en el judaísmo. La palabra, “preparó” no permite que sea un catálogo declarado. Es algo que se hace, que se ejecuta, una cosa existente no el nombre de ella, un hecho. Cuando nuestro Señor pasó por esto dijo: “Me es necesario hacer las obras del que me envió entre tanto que el día dure; la noche viene cuando ya nadie puede obrar” (Jn.9:4). Y en 17:4 “yo te he glorificado en la tierra he acabado la obra que me diste para que hiciese”. ¿Por qué Jesús entró a Samaria, por qué le fue necesario pasar por allí? ¿Por qué se bautizó sino porque le era necesario cumplir toda justicia? Escoja cualquiera obra hecha por nuestro Señor y encontrará que no solo el Padre le nombró la obra para que la hiciera, se la predestinó, sino que el Padre la hizo con él y en él. Sus obras revelaban al Padre.


Y Pablo decía lo mismo “no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Co.15:10). Si Dios las señala, pero no las ejecuta, entonces no revelarían ni la gracia ni a Dios. Para que las obras glorifiquen a Dios tienen que ser hechas por él a través de su instrumento. Las buenas obras serán siempre hechas porque ya están preparadas, por tanto un salvado siempre obrará santamente y para la gloria de Dios. Si no lo hace, si ellas no son halladas como fruto de su profesión de fe, no hay tal fe. No hablemos de las que deja de hacer, que son pecado, sino de las que existen, las que hace, las buenas obras. (Estudie la exagerada recompensa que tendrán los santos por sus buenas obras, un “trono”, “diez ciudades”, etc. ¿no son más bien regalos?).


En fin, la gloria de nuestras vidas es la gloria de Dios y lo que hemos hecho y haremos es lo que él disponga, eso a la vez que promueve la excelencia en nuestro trabajo y en nuestra piedad, evita que nos desesperemos por no poder ejecutar cosas mejores y también impide que alguna vez vayamos a gloriarnos de algo que haya sacado la admiración de nuestros consiervos porque reverentemente confesamos, “yo…pero no yo” y lo que debimos hacer, como siervos inútiles, hicimos, y como he dicho, lo único que he hecho para tener fe es decirle a Dios que no la tengo.