jueves, 19 de octubre de 2017

La física y la matemática forman parte del carácter de Dios

SALMO 147:15-19
Él envía su palabra a la tierra; velozmente corre su palabra. Da la nieve como lana, y derrama la escarcha como ceniza. Echa su hielo como pedazos; ante su frío, ¿quién resistirá? Enviará su palabra, y los derretirá; soplará su viento, y fluirán las aguas. Ha manifestado sus palabras a Jacob, sus estatutos y sus juicios a Israel”.


¿Puedes ver como yo, amigo, reconocer en las leyes naturales la acción de la palabra de Dios? No plantea su existencia como en un mundo solitariamente regido por las leyes naturales. No, sino que piensa que la acción continua de cualquiera de ellas, no es impersonal, sino que por la voluntad de Dios que envía su palabra es por lo que cada una funciona. No cae un pájaro a tierra sin su consentimiento, ni la lluvia moja los campos de los justos como de los injustos, sin que sea su expresa voluntad. 

No vivimos en un mundo gobernado por leyes y no por Dios, sino por un Dios que gobierna con leyes (148:6). Una ley cualquiera es una forma concisa, fija, matemática de Dios obrar; es una revelación de su carácter, de su persona. En la naturaleza lo que de Dios conocemos, él nos lo ha manifestado. Cuando el sol sale o la lluvia cae sobre la nieve y se derrite, Dios ha enviado su palabra (v.18); hay actividad divina en cada una, Dios está constantemente en acción operando su inmenso mundo. Ni el ser divino es de sustancia estática, ni en su mundo las leyes que puso lo sustituyeron. Constantemente está en acción totalmente informado y en control de lo que está haciendo; y Cristo, su Verbo, Palabra, sustenta todas las cosas con la palabra de su poder (He. 1:3) y “él es antes de todas las cosas y todas las cosas en él subsisten” (Col. 1:17). 

viernes, 13 de octubre de 2017

Despacio, no quieras llegar demasiado pronto a tu destino

SALMO 126:5,6

“Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla”. 

La traducción preciosa es bonita pero más cerca del original se halla la semilla “sembrante o sembradora”. El evangelio es una semilla para ser sembrada, no un árbol, que viene después. El salmista conoce los sufrimientos del campesino y como llora mientras vierte, y recuerda con tristeza los pasados fracasos, por la incertidumbre del presente, por el clima, por la escasez de la preciosa semilla, y mientras se lamenta, ora. ¿Y qué? Al tiempo determinado recogerá la cosecha, alegremente; así nuestros sueños se convertirán en realidad algún día y recogeremos los frutos de nuestros desvelos y lágrimas. 

Tú dices: “No, ya pasó el tiempo de recoger frutos, Dios no me dará mis sueños, no tendré recompensa, moriré en el exilio, me he desgastado inútilmente”. Despacio, no quieras llegar demasiado pronto a tu destino. Estaré triste pero llevo en mi corazón la “preciosa semilla”; quisiera que ella naciera y no haber corrido en vano, la siembro con suspiros, desvelos y llantos, pero no puedo decir que absolutamente se ha perdido toda, no puedo ver sus frutos pero Dios sí, no los veo ahora, pero quizás algún día sepa lo que pasó con lo que sembré; y lamento sinceramente que de ellas no nazcan más, pero con todo, yo siembro lo que he comido y ¡qué rico es el trigo del cielo, el pan de ángeles molido en mortero, cocido en cazuela y comido en la mañana y en la tarde en la soledad con Dios! (Ex.16:23; Sal.78:25).

domingo, 8 de octubre de 2017

Suspiros por los viejos tiempos

SALMO 119:131

No dice: “mi boca abrí y bostecé” sino “mi boca abrí y suspiré porque deseaba tus mandamientos”.  ¿Suspiras por el retorno de épocas de oro que la iglesia ha vivido, por la vuelta de aquellos viejos tiempos y viejos profetas, que aun después de muertos sus huesos continúan teniendo más vida que muchos vivos, por un buen sermón que esté basado íntegramente en la Palabra de Dios, que sean los pensamientos del Espíritu Santo dejados en la Biblia? 
El alma que ama la palabra de Dios suspira cuando recuerda aquellos tiempos cuando en los cultos la Biblia era lo principal, y no otras cosas que han importado para adornarlo, azucararlo o hacerlo más atractivo pero superfluo. El alma de quien ama los mandamientos divinos suspira cuando lee aquellos grandes sermones y aquellas grandes exposiciones del pasado, dice: “Oh Dios, envía hombres como Agustín, obispo de Hipona, hombres como Lutero, Calvino, Owen, Bunyan, Spurgeon, Wesley, Whitefield, que sean verdaderos maestros de la Palabra de Dios”. Oh, quien suspira ora para que retornen esos tiempos en que haya “hambre de oír la palabra de Dios” (Am. 8:11), y no que sientan “comezón de oír” conforme a sus concupiscencias (2 Ti.4:3). Hombres que deseen nutrir al rebaño con la Palabra del Señor, con oro, plata, piedras preciosas, que suspiran cuando ven que tantas almas se alimentan con paja, rastrojo, heno y hojarasca, y otros, como dice el profeta, con cenizas (Isa. 44:20). 
Suspira por leer acerca de los mandamientos de Dios porque “la exposición” de sus palabras son las que alumbran (Sal. 119:130); porque en el púlpito se emplee con más frecuencia ese método de predicación, que los maestros de la escuela bíblica lo empleen continuamente dentro de un curso mejor diseñado que los que hoy conocemos en abundancia. Suspiramos por gente como el salmista, que suspiren, sensitiva, que anhelen la palabra de Dios, que suspiren por sus necesidades espirituales sin aburrirse ni cansarse. Esos suspiros son los “gemidos del Espíritu”, indecibles que nos habla Pablo (Ro. 8:26), que revelan la intensidad espiritual de las oraciones que se hacen. Oh Dios, provéenos hoy de hombres y mujeres espirituales que suspiren por lo que nosotros suspiramos, y por lo que Cristo suspiraba (Mr. 8:12): el engrandecimiento y fortalecimiento del Reino. Amén