miércoles, 29 de febrero de 2012

Suicidarse a plazos


“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días que traigamos al corazón sabiduría” (Sal.90:12).

 Este es un día especial y en nuestro calendario se repite solamente cada cuatro años; trata de vivir de modo especial, ora hoy de modo inusual, más tiempo, con más intensidad, medita con más profundidad. Hemos avanzado algo en el transcurso del año, ya hace dos meses que lo comenzamos, cuenta los días que has gastado. ¿Cuántos años tienes?

El salmista no dice que contemos los años, ni los meses, ni las semanas, sino los días. ¡Qué importante son los días! Tus días están siendo consumidos, no sabes cuántos de ellos te quedan porque pronto pasan y volamos, acabamos todos nuestros años con la velocidad asombrosa de un pensamiento (vv.8-9). Distribuye bien tu tiempo, trae al corazón sabiduría, haz cosas que sean útiles tanto para esta vida presente como para la porvenir, acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud si eres joven, antes que vengan los años sin contentamiento de la vejez.

La adolescencia es vanidad y se evapora como la neblina. Tu hombre exterior se va desgastando por día y no podrás detener esa erosión, las canas vendrán y las arrugas aparecerán. Los apóstoles decían que la vida era una carrera que uno lleva aprisa y cuando menos lo notes ya llegaste a la meta y se acabó. No mates el tiempo ni tires tus horas como si nada valieran, matar el tiempo en entretenimientos y fruslerías es matar tu vida. Es suicidarse a plazos. No uses muchos “pasatiempos”, la vida es importante para estar en ella entretenidos y pasando el tiempo.

Los días hay que aprovecharlos. Si has de salir al campo para descansar un poco que sea solamente para eso, para reponer tus fuerzas y comenzar de nuevo, gasta tu vida pero gástala sabia y provechosamente.  Los días no regresan, los días de la semana y los meses son los mismos pero los años cambian, el sol no se detiene en Gabaón ni la luna en el valle de Ajalón. El reloj de Acab no descenderá ni un grado en su sombra.

martes, 28 de febrero de 2012

El extraordinario y raro hogar cristiano


Efesios 5:21-24
“Someteos unos a otros en el temor de Dios. Las casadas estén sujetas a sus propios maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo”.

I. Cristo, un lazo de amor

I. Cristo en todo. No parece existir conexión entre estos versículos y los anteriores, es un asunto nuevo que lleva hacia delante. Si leyeras hasta el cap. 6:9 comprobarías que en todas esas relaciones humanas, cualquiera que sea ella o su nivel, el apóstol entrelaza a Cristo. Cuando dice: “Someteos unos a otros en el temor de Dios…” (v.21), que debiera decir más bien, “en el temor de Cristo” y añade: “Las casadas, los maridos, hijos, siervos…”.

En todo este texto y contexto está presente su Señor Jesucristo. He ahí una enseñanza importante: no sacar a Cristo de cualquier relación que se establezca. Los problemas en las relaciones interpersonales brotan por eso, Cristo es ignorado, su evangelio olvidado; los hombres se comportan como hombres (1Co.3:3) nada más y actúan con los otros sobre otras bases de intereses y conveniencias no cristianas. Dejo para que te convenzas de esa verdad contando por tu cuenta las veces que Cristo es mencionado en el pasaje. Cuando su Nombre aparece tanto, ¿no te indica eso que el Espíritu te está mostrando el medio y la solución para prevenir o solucionar cualquier problema humano?

I. El temor de Cristo explicado

1. Relación de salvados.Las casadas...los maridos...” (v.21), deben empezar si pueden, formando el hogar conjuntamente con Cristo; bien se sabe que el yugo desigual (2Co.6:14) se halla prohibido; pero si ya está formado el matrimonio cuando uno o los dos han llegado al conocimiento de la verdad, nunca como antes, tienen que procurar ir arreglándolo todo bajo las enseñanzas de Cristo y por su autoridad. Esa dispuesta obediencia de traer a Cristo al matrimonio Pablo la llama “temor de Cristo”. Una relación de salvados es lo que se espera que la pareja desarrolle, que se comporten como dos almas que han sido regeneradas por el Espíritu Santo y conocen lo que es la fe y la justificación. Algo que fácilmente olvidan los esposos es que en las relaciones que sostienen puede meterse el pecado y tratarse recíprocamente de modo pecaminoso, no como reales salvados. Con gritos, abusos, egoísmos, envidias, malos deseos, iras.

2. La relación ideal de los esposos es espiritual, no carnal, no la sensual. Hay muchísimos libros que los peritos han escrito sobre la familia; algunos escritores cristianos son bastante atrevidos y los temas que tratan casi son pornográficos. Hacen muchas recomendaciones psicológicas y sexuales y aconsejan carnalmente a la solución de los asuntos domésticos. El modo excelente de estar unidos los esposos es hacerlo en Cristo, si cada uno de ellos se acerca a la piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, posiblemente el matrimonio sería más sólido. Pero no pocos desechan la piedra del ángulo y el resultado es que tropiezan en la palabra a lo cual fueron también destinados (1Pe. 2:6-8). Si a Cristo no se le consulta en nada, si su influencia es pequeña, ya conocemos cuál será el destino del matrimonio. Los esposos tropiezan entre sí porque tropiezan con Cristo, con la Biblia. Por muy importante que sea cualquiera otra relación, el sentido espiritual tiene que penetrarlas todas. Deben sentirse cristianos, actuar y gozarse como cristianos, espiritualmente.

Hay esposos que comparten todo, finanzas, angustias, privaciones, alegrías, pero no comparten un texto bíblico o alguna experiencia con el Señor, alguna respuesta a la oración. Vivir en el Espíritu tiene que ser el lema de la pareja. Ese tipo de relación, con la conciencia presente de que son salvados, que tienen que cultivar el crecimiento espiritual y mantenerlo por oración y lectura bíblica los llevará al respeto mutuo. Cuando el crecimiento espiritual se detiene, enfrentan problemas.

III. El modelo de la familia cristiana

1. Pero, desde su mismo inicio tiene que definirse cómo se gobierna el hogar. Eso es importante. ¿Cómo formarás una escuela sin que nombres un director? ¿Podrás alistar un ejército sin un jefe? ¿Constituirás una nación sin que tenga un presidente? ¿O una empresa? No oigo mucho que los desposados hablen sobre esto, se unen en matrimonio, a veces con grandes diferencias culturales, sociales y otras, porque se aman, sin hablar como funcionará el hogar cuando esté establecido. Quizás eso no es romántico, pero es práctico y por supuesto necesario.
Pablo no  inventa un orden nuevo para la familia, ni para la estructura social. Su herencia judía del Antiguo Testamento, la revelación dada por Dios a Moisés, le enseña que el hombre es quien dirige a la mujer, no la mujer al hombre. Para él la familia tiene que tener un jefe, una cabeza, lo mismo que la iglesia. El mundo podrá estructurar la familia como él lo quiera, machista o feministamente. El apóstol no concibe una familia en el sentido despectivo de “machista”, absurdo y abusador; su familia, como la pensó Dios está integrada por la pareja y por Cristo y se dirige virilmente o varonilmente, sin que las opiniones de la mujer cuenten como un cero a la  izquierda: Nada.

Esa forma de organizar la familia es eclesiástica, quiero decir, dada por Dios a su iglesia. Como el sermón del monte son los lineamentos del Reino, la organización aquí dada es para la iglesia, para hombres y mujeres salvados, que no forman el hogar con sus propios principios sino bajo el temor de Cristo y con su constante compañía. Que el mundo adopte el feminismo si quiere, si lo ve como más conveniente, quizás para ellos, que no puede darle un sitio a la mujer, honroso bajo el hombre y para lo mismo tiene que alzarla hasta su nivel igualándola. El mundo bajo el dominio del pecado tiene que hacer esos ensayos, concederle a la mujer esa posición, llenarla con derechos que Dios no le dio, porque no tiene otro medio de formar un hogar feliz que no sea de ese modo.

Pero los elementos abusivos, groseros, pecaminosos que justifican el nuevo modelo familiar de la sociedad no existen dentro de la pareja cristiana. Cuando una pareja cristiana tiene necesidad de adoptar para el funcionamiento del hogar los formatos filosófico-sociales del mundo, es que la relación espiritual y cristiana que tenían que haber desarrollado ha fracasado y por eso andan buscando y descubriendo otras alternativas. Como el mundo está cansado de Dios se ha cansado de todo lo suyo.

Hablando sobre el gobierno de las naciones, sobre quién era el mayor, Cristo dijo: “Más entre vosotros no será así”. “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos como al Señor” (v.22). El modelo de organización de la familia es el mismo que el de la iglesia, “Así como Cristo es cabeza de la iglesia” (v.23). Si una familia, esposos e hijos, son dirigidos y tratados como Cristo mismo lo haría, ¿hay campo para protestar y tratar de abolir el orden? ¿Qué abuso hay en eso? ¿Cuáles malos tratos? La correspondencia apostólica da testimonio que las iglesias primeras estaban formadas por familias: la de Filemón, Apia, Aquila, Priscila. La iglesia estaba en sus casas.
2. La cuestión de los dones en la pareja es lo que preocupa a algunos. ¿Cristo no usa todos los dones? ¿Por qué un esposo menos dotado, por ejemplo en finanzas, no usará el talento divino de su mujer? Si una mujer capaz y santa administra con amor el dinero de la familia, eso no implica que ella la gobierna.  ¿Gobierna el tesorero la iglesia o Cristo? El que da los dones no se equivoca, y cada uno aporta al grupo lo que tiene y lo que sabe.

Sin embargo por el tenor y el énfasis que tienen las palabras de efesios, el problema que pudo haber existido entre los hermanos, no fue de mal trato a la esposa y a los hijos, no que el padre fuera un tirano, un déspota o un verdugo, sino más bien lo que parece respirar el pasaje es la liberación femenina que el evangelio había traído a las mujeres. Si en la sociedad greco-romana la mujer era discriminada, usada o golpeada a caprichos del hombre, con la conversión a Cristo de ellos, el problema no había proseguido dentro de la familia de Dios. Lo contrario, ellas se sentían tan bien que hay que recordarles insistentemente que la formación del hogar judeo cristiano no ha cambiado y que la igualdad que tienen ante Cristo conjuntamente con el varón, no ha disuelto el antiguo y sagrado orden, que comenzó desde la creación. ¿Qué otra razón para explicar palabras “como la iglesia está sujeta a Cristo así también las casadas...? (v.24).

Reflexiones varoniles


Efesios 5:25, 28, 29, 33
“Maridos, amad a vuestra mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismo cuerpos. El que ama a su mujer a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia; por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido”.

I. Esposos consagrados

Amor virilmente sacrificial. No hay duda que la relación entre Cristo y su iglesia es la misma que el apóstol le pide a los matrimonios que sostengan ellos mismos. A él particularmente le incita a que la ame con entrega, como Cristo se “entregó” por la iglesia, “amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (v.24). No solamente que la ame, sino que se lo demuestre, no sólo verbalmente halagándola y llamándola bienaventurada (Pro. 31:28); que haga algo por ella, no tan sólo “algo” una vez sino cada vez que tiene oportunidad. Un amor matrimonial así puede decirse que se halla “consagrado” y es un amor “sacrificial”. ¿Amas así, varón, a tu mujer? Quizás oyes que los esposos tienen que consagrarse al Señor, eso está bien, pero también a sus mujeres, en tiempo, dones, dinero. Se promueve una mayordomía integral para Cristo; también ha de haber una mayordomía integral, completa, para la esposa.

Hay esposos que son muy consagrados “al Señor”, van siempre a la iglesia, la sirven en todo, pero no pasa igual cuando tienen que cumplir con sus mujeres, para ellas no tienen casi tiempo, ni sentimientos, ni dinero. Eso no debe ser así. Cristo se “entregó” por su iglesia, su esposa, y del mismo modo los maridos deben amar consagrada y sacrificialmente a sus compañeras. No te descuides, que podrás ser en la iglesia un buen cristiano, pero un mal esposo. Y eso no agrada al Señor que sirves. Más tarde o temprano, las circunstancias y la edad de tu matrimonio, con el consecuente desgaste físico, probarán si tienes un amor “sacrificial” o convenientemente cómodo.

II. La providencia varonil

1. Si el grado de entrega a la esposa mide la intensidad del amor del marido, el cuidado providencial hacia ella es otro aspecto que hay que considerar. “Los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos…sino que la sustenta y la cuida así como Cristo a la iglesia” (vv.28-29). ¿No se entregó Cristo por su iglesia? ¿No continúa sustentándola y cuidándola? En aquellos tiempos cuando la mujer dependía económica y totalmente del hombre, que fuera él su providencia, como el ángel providente, es algo hermoso. Las dos palabras que el apóstol utiliza, “ektrephei”, nutrir, alimentar, y “thalpei”, calentar, como en regazo, cual una madre con su niño en brazos; ejemplifican la providencia básica que un marido tiene que realizar para su compañera; por lo menos comida y protección. ¿Quién cuida en el hogar sino ella? ¿Quién proveerá para ella sino él? Como Cristo cuida providencialmente de su iglesia atendiéndola en sus necesidades, así, el varón con la compañera de su peregrinación.

2. La mujer y el trabajo. Sin embargo, ahora el contexto social de muchas mujeres no es el mismo; ellas trabajan, ganan su pan, tienen medios para nutrirse y calentarse por sí mismas; son como auto-providentes, siendo sus propios custodios. Esa independencia y beneficio económico de la mujer por un lado, también por el otro la ha hecho independiente de la voluntad del varón, y en ciertos casos ha contribuido a minar la organización bíblica de la familia. Dicen: Si te independizas económicamente deshaces la sujeción al hombre y acabas con su machismo. Aquí algunas mujeres se hacen fuertes y hallan poder para romper las cadenas de esclavitud insoportable a las cuales han estado cautivas; un trabajo en la calle les ha caído como del cielo una redención. Lo necesitaban y lo lograron, o se compuso el macho abusador o vino el divorcio. Otras, sin presiones masculinas que romper, han visto más fácil suprimir el hogar que trabajar afuera.

Si la razón para ellas en conseguir un trabajo afuera no es deshacer los grillos que la aprisionan a la servidumbre, sino una necesidad doméstica, entonces el hogar puede seguir funcionando según el modelo bíblico y él no perder la satisfacción masculina de proveer para ella, y asaltarla con mil mimos, cuidados y ternuras. En casos así la mujer no está buscando una redención laboral sino un refuerzo a su economía. El mayor problema en este sentido son los hijos; y aún se disminuye si cuando no queda ninguno en casa a la hora de las clases, ella hace su labor en el exterior, si no hay cerca una buena abuela o una discreta suegra. Que la mujer tenga un empleo como el hombre no es el principal factor en la disolución de la familia, sino el motivo por el cual busca ese trabajo y el tiempo que emplea en ello. Aunque ella se pueda auto sostener, y a veces gane más dinero, seguro que se siente feliz si su marido la atiende responsablemente con la ternura providencial de su Salvador.

III. Compartir la vida recíprocamente

1. Un factor  importante en el trato del esposo que ha contribuido a dañar la relación con su amada es su personal egoísmo. Pablo le pide al esposo que la atienda con amor providencial, lo mismo que Cristo a su iglesia, y si eso no fuera suficiente, le dice: “Dale a tu señora el mismo cuidado que te das a ti”, “porque nadie aborreció a su propia carne”  (vv. 28-29). Es como una regla de oro para los esposos que lo que quieras hacer por ti mismo, hazlo por tu mujer. Un trato providencial así, usando la medida de la necesidad personal está bien. Pero ese no es el ideal. Mejor que proveer para ella como se provee para sí mismo, es proveer para ella tanto y más como para sí. Hacer las cosas y sentirlas tomando como referencia a uno mismo conlleva a la regla de oro, pero mejor aún es cuando las cosas se hacen con el punto de referencia en el cónyuge y todavía mejor en el cielo.

2. Es mejor lo que el apóstol propone porque permite pensar en muchas cosas: Los goces que quieres para ti, procúralos para ella, y así emerge un principio importante regulador de las relaciones, el principio de compartirlo todo, el dinero, el vestido, la comida, el techo, la cama, los hijos. Preferirse el uno al otro en humildad y amor es mejor, y viene después que se ha aprendido a compartir la vida recíprocamente. Hay mujeres que se quejan de que sus maridos son egoístas, incluso en la intimidad, y tienen razón, porque lo son en las demás áreas y por eso llegan a serlo cuando se juntan para ser los dos una sola carne (v.31).

domingo, 26 de febrero de 2012

Adorna la doctrina que declaras


“En Edén, en el huerto de Dios estuviste; de toda piedra preciosa era tu vestidura; de cornerina, topacio, jaspe, crisólito…” (Eze.28:13).

Este texto me ha hecho pensar en la gracia de Dios. Ha venido el profeta hablando sobre el rey de Tiro y la gracia que Dios había usado con él. Aunque a aquel príncipe se le aplique físicamente esas joyas, a mí me parece que hay una semejanza inmensa con nuestra salvación, y que es una alegoría esencial de ella. En Edén fue creado el primer hombre. La gracia también nos ha creado como a Adán y hoy somos “nuevas criaturas” y un “hombre nuevo” en el cual resplandece la gloria celestial por el rostro de Jesucristo. El sitio particular donde nos convertimos, donde la gracia divina nos engendró por el evangelio, ese es nuestro huerto, el jardín de Dios. ¡Oh qué maravilloso haber sido creados por Dios con su gracia!

Luego vienen las joyas del evangelio que adornan la vestidura de nuestra regeneración y justificación: cornerina, topacio, jaspe, crisólito, berilo y ónice, zafiro, carbunclo, esmeralda y oro”. ¡Cuántas son las riquezas en gloria en Cristo que inmediatamente acompañan a nuestra salvación! No fuimos creados pobres sino muy ricos espiritualmente en Cristo y aunque pobres vamos enriqueciendo a muchos (2 Co. 6: 10). El diamante de la fe, el jaspe del amor, la esmeralda de la esperanza, el rubí del gozo, el topacio de la paz y así otras que el Santo Espíritu ha tomado de nuestro Salvador y las ha colocado en nuestro vestido celestial para que luciéramos ante el Padre bellos, hermosos como su Hijo unigénito, vestidos como escogidos de Dios (Col. 3: 12), vestidos con el Señor Jesucristo (Ro. 13: 14); y así ataviados, adornar las doctrinas que declaramos (Tito 2: 10).

 Pero nuestra creación no fue algo seco y silencioso. Cuando la gracia se derramó haciéndonos una nueva creación hubo mucho gozo, los primores de sus tamboriles estaban listos y las flautas fueron tocadas por serafines y ángeles, porque siempre hay gozo en el cielo por cada pecador que se arrepiente (Luc.15: 7, 10). Ha sido un día de fiesta espiritual, ha habido alegría ante el trono de Dios.
¿No tenemos hoy motivos para sentirnos contentos y agradecidos, y esperanza para implorar la misma misericordia para otros?