martes, 30 de septiembre de 2008

El caso de Judy Kupersmith


Quiero compartir algunas reflexiones sobre el libro "Walking Away from Faith " (Dejando la Fe), escrito por Ruth A. Tucker. No es un libro para edificar a nadie (me falta la 3 parte). Está escrito como un testimonio contra Dios, por la selección de los testimonios, aunque esa no es la intención de la autora.

Ella como que se hace la voz impresa de muchos casos de decepción espiritual de la fe. Da la impresión, en su anhelo por entenderlos, que su deseo es ponerse de parte de aquellas personas que abandonaron la fe, o al menos parece reconocer que tenían razón para volverse incrédulas. Pudiera compararse su estudio a una autopsia de la fe muerta en el corazón de esos casos, valiéndose de biografías y testimonios, de muertos y vivos, sin cuestionar las razones que ellos decían tener. Mientras las leía en no pocos casos me parecían justificaciones, y en todos la asombrosa desconexión de cada uno en su proceso de caída y apostasía, de la Biblia. No leí de ninguno, y la autora pocas veces sugería alguna reflexión bíblica que pudiera haber servido como medicina, aliento y alimento a la tal y cual durante la crisis de su fe. Tragedia espiritual, pese a que algunos eran evangelistas o pastores, ocasionada por el desconocimiento e ignorancia de la Sagrada Escritura o la errónea aplicación de las pocas referencias que se mencionan y la absoluta y total falta de teología apropiadamente aplicada.

Ella escribe: "Este fue el caso de mi amiga Judy Kupersmith, quien abandonó la fe de su niñez-una fe que continuó hasta los años de su adultez. Su vida espiritual fue nutrida desde los seis años dentro de una congregación wesleyana y metodista, donde orar era tan natural como respirar:

"Para ser perfectamente honesta, oraba tanto o más que cualquiera otro de mi edad. Escuchaba con mis oídos y con mi corazón. Para decir la verdad nunca escuché nada. Siempre me maravillé de aquellos que decían "yo sé lo que Dios quiere que yo haga, me lo dijo cuando yo estaba orando, está dirigiendo mis pasos". Yo nunca escuché nada ni di por seguro lo que tenía que hacer...".

“Judy se acercó a Janet la esposa del pastor para que la guiara y le sirviera como modelo en su vida. En Houghton College conoció a un joven que estaba estudiando para ser pastor. Janet, escribe Judy, "pero todo era tan delicioso, pensar que ambas podríamos ser esposas de pastores, y eso me unió más a mi amiga. Yo sabía que haciendo a Janet feliz era como hacer feliz a Dios. Así el romance continuó". Se casaron y como Janet, Judy llegó a ser la esposa de un pastor wesleyano. Pero no por mucho tiempo.

"Ahora esta historia se vuelve más complicada. Dos años y medio más tarde nuestro matrimonio fue anulado porque nunca fue físicamente consumado... me encontraba en problema con mi denominación. Fue un escándalo. Pero yo fui una de las pocas muchachas en nuestra iglesia que estaba en problema por no hacer eso. Los años siguientes fueron los más miserables de mi vida, hasta el día de hoy. Esta experiencia no me hizo perder la fe pero yo estaba segura de que iría al infierno...".

"Después que su matrimonio fue anulado, Judy se volvió a casar y dice, "el fruto de esta unión fueron dos perfectos niños. Entonces el divorcio. Entonces un poco de marihuana, un poco de valium...", y un lento movimiento saliendo la fe. Pero el momento definitivo ocurrió en 1976 cuando yo regresaba de una convención. Cuando entré al apartamento había alguien allí para robarme, entonces me violó y me golpeó. Mientras me encontraba tirada en el piso vi las fotos de mis niños como si me miraran, luché, maldije y traté de salvar mi vida. Y lo logré. No fue hasta unas semanas después que me sentí capaz de reflexionar en lo que había pasado aquella noche. Había estado en peligro mortal, y no había pasado por mi mente ni siquiera orar a Dios. Era como una carga que había salido de mis espaldas. Ya no creía en Dios. Era libre. Me había salvado a mí misma en mi propia mente. Después de aquello, mis amigos continuaron su proceso de salvación, pero a mí no se me ocurrió ni siquiera orar".

"¿Dónde estaba Dios cuando ocurrió aquel asalto y violación? Para Judy su desencanto de Dios fue acompañado con el desencanto con el pueblo de Dios. Unos años después que su matrimonio fuera anulado, algunos de los líderes de la iglesia quienes se suponían que la ayudarían a sanarse se aprovecharon de su vulnerabilidad y sacaron ventaja de ella. Como una ex novata esposa de pastor tal hipocresía (de la cual habla con amargura hasta el día de hoy), contribuyeron mucho a la subsecuente pérdida de su fe. Se culpaba a sí misma, pero Dios, quien era representado por aquellos "hombres de Dios" en su vida, fue disminuido en estatura hasta llegar a ser para ella inexistente". (págs. 156-158).

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Reflexiones.

Por supuesto que es una historia triste y yo no juzgaré a alguien que sufrió tanto. Fue en la universidad donde conoció a su primer marido, también pastor. Fue que siendo esposa de pastor que todos sus sueños se nublaron. Sus dos matrimonios la devastaron. Cuando ocurre lo de la violación y no acude a Dios, su vida espiritual se halla en un nivel bajo. Y las insinuaciones de sus “ayudadores” la terminaron de matar. Un paquete mortal.
Supongo que por falta de ayuda no pudo mirar a su alrededor y dentro de la Biblia. No ha sido ni es la primera mujer que se casa con un marido impotente y se divorcia. Al contrario de ella, muchas que han vivido esa experiencia han encontrado otro, bien elegido, que las ha consolado como mujer. Un marido incapaz y un divorcio, son heridas que hacen sangrar enormemente, pero no mortales, de las cuales muchas hermanas se han repuesto. En cuanto a la violación. Fue algo terrible. Pero también recuperable.
Cayó víctima de ese maleante en medio de una crisis, supuestamente de desencanto con la religión y un profundo sentimiento de fracaso. Ya esas cosas habían mentalmente minado su fe. Cuando no ora en el instante de su tragedia es que su ruptura con Dios ha sido previa. El ladrón lo que hizo fue desgraciarla más. Su vida parece una cadena de infortunios, y mal ayudada. No vino a su mente ningún texto bíblico, no halló en la Biblia ninguna palabra o promesa que pudiera confortarla. Sentó a Dios en el banquillo de los acusados sin comprobar por la Biblia quién era realmente Dios.
La historia de Dina la hija de Jacob o Tamar la hija de David pudieron haberle servido para superar la violación, porque aquellas dos también lo fueron y con ellas tenía algo en común. Saltaba a la vista que otras mujeres también han sido violadas. Y que ambas fueron vengadas, y no por ellas sino por la venganza y justicia de otros. Eran dignos de muerte y sus abusadores fueron muertos. Hay mucho silencio en la Escritura en cuanto al drama interior que ellas vivieron, pero al ver a Dina rompiendo sus vestidos de señorita, gritando y arrojando tierra sobre su cabeza, no es difícil suponer que se sentía horrible.
Una mujer abusada no ha perdido su honor ni se lo han robado, empezando por eso, y lo que más desea de su atracadores es que sean golpeados por la justicia humana o divina o por los tribunales, o por Dios, y si en eso ella puede contribuir con declaraciones y descripciones del culpable, tarde o temprano quedará satisfecha.
Y en cuanto al futuro, la mujer de hoy no vive en un contexto social igual que aquellas otras dos; ésta de ahora tiene más probabilidades de recuperación que las de hace siglos, incluyendo el tratamiento que se les da y la posibilidad de un nuevo matrimonio. La Escritura no presenta a Dios como culpable de la violación de Dina y Tamar sino a los delincuentes. Ninguna de las dos tampoco clamó a Dios, pero ninguna le reprochó que él no lo evitara. Tampoco la familia. Nadie tuvo crisis teológica con respecto a la violación. La experiencia se volvió colectiva pero no produjo ni un solo ateo.

Todos estuvieron de acuerdo que era un asunto inhumano y social; y, con ese enfoque a la manera de ellos les dieron punitiva solución. Hoy en día, tal vez por el concepto más ampliado que tenemos de Dios, esta señora de la historia y otras, ellas mismas y sus familiares, inculpan a Dios y lo hacen responsable de todas las canalladas que los hombres cometen unos contra otros. Es cierto que Dios es omnipresente y omnisciente y le dicen, “tú estabas allí y no lo evitaste, ¿por qué?”. Es cierto que pudo evitar un secuestro y una violación, es cierto que es testigo de lo que pasó, y también es cierto que no lo permitió, y es cierto que no es un castigo lo que les pasó y aunque miraba no lo hizo él, y debiéramos mirar para otro lado.

Si todas las mujeres que han sido vilmente abusadas conocieran la Escritura habrían leído que vivimos en el mundo y en el mundo tendremos aflicción. En el mundo hay ladrones que minan y hurtan. En el mundo hay pecado. En el mundo hay tentaciones. En el mundo hay demonios. En el mundo hay de todo. Hombres perversos cuyas pasiones combaten en sus miembros. Este mundo está bajo el maligno. Y una violación es una de las tantas y miles de cosas que ocurren porque vivimos en este mundo pecaminoso donde todavía no es perfecto el reino de Dios, y cosas con las cuales Dios está en desacuerdo y por la cual ha de juzgar a los vivos y los muertos, y reprobará a los culpables con justa venganza; y es por esas maldades que han quedado impunes que ha de levantarse un día un tribunal blanco donde cada uno tenga que ser juzgado por los hechos grabados en la memoria de Dios y en sus conciencias, y en la vida de aquellos que han dañado.
Si Dios no ha intervenido por las razones teológicas que tenga, Dios sí interviene y ayuda a todas aquellas que sin perder la fe no le echan las culpas de otros a él sino que claman por justicia. Cualquiera que sea la razón que Dios tenga para permitir una violación también debe tener alguna razón incomprensible para permitirlo, cualquiera que sea la amargura y frustración, y odio que se sienta, no debe ser transferido desde los culpables a quien lo permitió. La verdadera prueba de la fe está en la providencia de Dios. El tamaño y la esencia de la fe no se miden ni se pesa por lo que se recibe de Dios sino en lo que se pierde con su permiso.

Son muy complejos los sentimientos de una persona victimizada. Culpa, vergüenza, desaliento, auto desprecio y suicidio, ni matar la fe para sofocar los comentarios de la conciencia. La medicina para curarse esas cosas no es odiar a Dios, al contrario, él es la única medicina, ni lo es la apostasía y el ateísmo que son más rabia que solución. La muerte de la fe y la muerte de Dios serán siempre resoluciones inolvidables que tarde o temprano pasarán a la memoria y le pedirán cuenta a la conciencia.

¿Dónde estaba Dios cuando tú eras violada querida Judy? Allí. Si hubiera evitado que tú entraras a la casa cuando aquél hombre estaba allí ¿habrías orado dando gracias a la providencia, y eso te hubiera devuelto la fe en su Palabra que ya la habías perdido? ¿No es tal vez que las culpas contra ti misma se las echas a Dios? ¿No pensaste que te iba mal con Dios y con la religión cuando naufragó tu primer matrimonio? ¿También de tu segundo matrimonio es él el culpable? ¿Sabes que mientras más triste e incomprensible sea tu historia, y que con más fe la expliques, más sanidad tendrás y más consolación y cura llevarás a los que te escuchen? ¡Qué bueno que hallas en tus nietos felicidad y tienes amigas verdaderas como la señora Tucker! Puede que un día te des cuenta que fue un error de tu vida haber borrado a Dios. Con lo Grande que es, quizás no lo hayas borrado del todo.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Un Predicador Llamado Juan

Mateo 11:7-15 (LBLA)

Mientras ellos se marchaban, Jesús comenzó a hablar a las multitudes acerca de Juan: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? [8] Mas, ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido con ropas finas? Mirad, los que usan ropas finas están en los palacios de los reyes. [9] Pero, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y uno que es más que un profeta. [10] Este es de quien está escrito:"He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, quien reparara tu camino delante de ti." [11] En verdad os digo que entre los nacidos de mujer no se ha levantado nadie mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él. [12] Y desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo conquistan por la fuerza. [13] Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan. [14] Y si queréis aceptarlo, él es Elías, el que había de venir. [15] El que tiene oídos, que oiga.

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Aquí vemos cómo Jesús trata el testimonio de un predicador ausente. Si has leído el texto anterior te asombrará que un hombre como Juan el Bautista haya tenido sus dudas con respecto a Cristo. ¿Cómo es que aquella fe granítica pudo agrietarse alguna vez? Sin embargo, así ocurrió, no para vergüenza suya sino para consuelo nuestro, hombres de poca fe. Cuando los mensajeros de Juan retornaron a él con un cúmulo de pruebas suficiente para curar a su mentor, Jesús hizo un comentario de un siervo de Dios ausente, de un gran obrero que no estaba allí para oírlo.

Si lees el texto, no hallarás en él ni un solo comentario desfavorable a Juan por su duda. Este no fue su pensamiento: “¿Qué dirán estos que han oído que Juan ha dudado de mí? Podrán pensar que si mi estimado predecesor tiene dudas, las de ellos están justificadas; por tanto: tengo que condenar a Juan en ausencia”. No, para el Señor el testimonio suyo para los ausentes es íntegro, no se justifica él condenándolos a ellos.
Es cierto, como suele ocurrir, que los pecados de los santos animan a otros a permanecer en los de ellos, pero ni aun así fortalece su ministerio con un mal reporte hacia Juan. La reputación de aquel obrero ausente se halla bien segura en sus manos, aunque eran dos ministros muy distintos el uno del otro. Es doloroso oír a un pastor desacreditar a otro pastor. El mayor comía y bebía con publicanos y pecadores, lo llamaban “comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores” (11:19), al menor que no comía ni bebía afirmaban que tenía demonio. Ambos eran desacreditados en diferente forma, pero ellos dos estaban unidos.

No solo no lo critica sino que lo defiende aunque era diferente. Jesús era más “popular” que Juan, que estaba como quien dice, chapado a la antigua. Puedes leer cómo el Señor defiende a Juan. No era “una caña” de la cual hacían el papiro; pero para muchos sí lo era, alguien sin atractivos físicos, desprovisto de belleza externa, rústico e irrelevante, sin embargo habían salido al desierto para oírle. Si ellos consideraban a Juan un predicador sin valor, ¿por qué habían ido a oírle? Ciertamente Juan no era alguien bello, y ellos habían acudido a sus predicaciones no por curiosidad personal con él, ni cautivados por el encanto delicado de sus maneras, sino por su predicación poderosa del reino de Dios. El argumento del Señor parece ser éste: “Si no fuisteis a oírle por ningún motivo que no fuera su mensaje, ¿por qué no le creísteis? Si llegasteis a experimentar algún deleite oyéndole, ¿dónde está esa satisfacción que experimentasteis?”.

Juan no tenía las comodidades de un templo para ofrecer a sus oyentes, porque predicaba en el desierto, ni tampoco un mensaje dulzón, sin embargo acudieron a sus prédicas. ¿Por qué les dice eso? Pienso que todo el texto es una defensa que Jesús hace a Juan. Porque ahora los mismos que habían ido a escucharle lo menospreciaban tratando de desvincularse del mensaje que habían oído de él. Está preso y no quieren confesar que habían pertenecido a sus congregaciones.
No, Juan no era una caña como con menosprecio decían, era un poderoso predicador que les atrajo sólo con el contenido de sus sermones. Tampoco un orador de noble cuna y elegante, que hacía que el pueblo fuera a escucharle atraído por sus maneras educadas y su ropaje vistoso. Juan vestía y comía frugal y rústicamente, no era un personaje de distinción, ni un aristócrata (v. 8); ese no era su magnetismo, no poseía ningún atractivo social que justificase que aun sus enemigos fueran a oírle. No pertenecía a la nobleza de este mundo, pero era un príncipe del cielo. Era un personaje enigmático, crudo, veraz, áspero, sencillo y sin pretensiones. Si ahora que estaba preso y decididamente de parte de Jesús le criticaban hasta su modo de vestir, el Señor lo defiende y les dice: “Ustedes cuando fueron a verle lo sabían bien, no fueron a oír a un señor de este mundo sino a un príncipe del cielo, a alguien que se vestía no como un emperador sino como un profeta y sin embargo por aquel entonces no echabais de ver su atuendo, porque os fascinaba su predicación”.
¿No es este el tipo de predicador que hoy se necesita; alguien cuya reputación repose no sobre su belleza o sus modas distinguidas sino sobre la verdad que proclama? ¿Uno que se esfuerce más y más en hacer atractivo no sus maneras y vestuario sino su mensaje? Desde dentro hacia afuera, en alma, antiguo como la verdad revelada, en teología, en destino ministerial.

¿Qué era Juan para Jesús? (v.9). Más que un profeta. Eso fue lo que él vio en Juan y eso fue lo que Juan quería ser; no se proponía hacerse pasar por un hombre moderno y propio de las cortes de este mundo, quería ser un profeta como Elías y deseaba imitarle hasta en su ropa, y eso lo hacia por Jesús, porque quería que según la profecía creyeran en él. No entró al ministerio tratando de cultivar su personalidad y refinando sus hábitos, no le fastidiaba ser tenido como anticuado y áspero, deseaba ser profeta y profeta fue, porque el pueblo así lo tuvo. No hizo señales ni vaticinó el porvenir de nadie, pero habló en nombre de Dios a su pueblo preparando sus corazones para recibir a Jesús, y todo lo que dijo de él fue verdad.
Esa es la clase de profeta que nos hace falta, no la que se empeña en una posición sino que sirve de voz divina para esta época. Ser más que esto es confundir los papeles, aunque Juan era “más que profeta”. No sólo porque había sido profetizada su aparición sino por el tipo de carrera profética que tuvo: Preparar el camino para el Señor. Todos los profetas fueron mensajeros de Dios, pero Juan tuvo el privilegio de ser el precursor del Cristo y conducir a las multitudes hacia él, casi se puede decir que era “más que profeta” porque era un predicador del Evangelio. Eso es lo que hizo que el Señor lo calificara elevadamente con ese honroso “más que…”; el resultado de su predicación, la conversión a Cristo de millares de personas, de lo común del pueblo, de entre los sacerdotes, los militares, los gobernantes y los escribas (v.10).

Las comparaciones entre los siervos del Señor no son nunca bien vistas por Dios, pero si fuéramos a dar el calificativo de más que a un ministro no se lo daríamos por sus atractivos personales, por su saber, por su dinero, por su auto, por su palacio, por su sangre azul, por sus vestiduras preciosas sino por las multitudes que hace que se vuelvan a Cristo, con un mensaje de arrepentimiento, a gente que las hace huir de la ira venidera.
Por ese privilegio de servicio a Cristo fue que se le tuvo como el mayor de todos los predicadores de la Ley, no superado siquiera por Elías a quien imitaba, pero sin embargo cualquier humilde apóstol en la dispensación del evangelio del reino es superior a él en conocimientos con los cuales iluminar de modo más pleno la senda de su auditorio.
No hay en esta tierra nadie superior ante los ojos del Señor a aquellos que trabajan por extender el reino de los cielos, cualquiera de ellos por reducida que sea su influencia y desconocida su labor, aun en el desierto, es superior a todos (v.11). No quiso Jesús desdecir lo que había antes afirmado, sino recomendar al mundo sus mensajeros, los que enviaría delante de su faz, y alentarlos a todos a buscar ser mejores en el servicio rendido, porque una nueva época se inauguraba.

Juan era un predicador dentro de un mundo violento: “El reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan” (vv.12-15). Juan marcaba el fin de una antigua era, “porque todos los profetas y la ley...hasta Juan” (v.13). Era el último de los profetas y su ministerio el resumen de la Ley de Moisés. Ya el Cristo había llegado y con él el reino de los cielos. Avisaba a sus oyentes que el ciclo de la profecía sobre el Mesías se cerraba con él, era introducido un nuevo orden de cosas. Si habían oído los profetas y hecho caso a la Ley, creerían en el Mesías del cual ellos habían profetizado, entrarían a una nueva era llamada “era del reino de los cielos”, o era del evangelio, la era del Mesías, el Día de la salvación.
Es ésta de ahora, sin profetas de la cátedra de Moisés; se oye una sola voz en el Monte que no es la de Elías ni la de Moisés, gloriosa, la del Mesías, invitando a los pecadores a entrar a su reino. Apagada la última voz del desierto, Jesús declara cómo ha sido la inauguración de su reino y de qué modo los pecadores han comenzado a entrar en él. De cierto su definición es una invitación a los presentes a usar “violencia” (v.12).
Es de suponer que entre los que le escuchaban había muchos tímidos y apocados que quizás deseaban entrar al reino, simpatizaban con Jesús, pero tenían miedo a la identificación pública con él. Jesús, en vez de prometerles alguna protección o redefinir el ambiente del reino como un futuro remanso de paz, procede a la inversa y se los describe como un sitio de violencias espirituales y que se entra por asalto; no con menos peligro adaptándolo a los timoratos, sino para que se llenen de valor, sea como sea, vale la pena.
Si alguno quería creer en él y seguirle tenía que exponerse a que le tratasen con violencia, no les reduciría las demandas de la salvación para hacerles fácil que la obtuvieran. Jesús parece decirles: “Mi reino sufre vuestra violencia y ya mis doctrinas son violentamente atacadas, por tanto es tan grande el terror que estáis causando que solo otro que sea violento puede atreverse a ser mi discípulo”. La violencia de que hablaba era la valentía y resolución a tener fe en sus palabras y atreverse a confesarlo en público. Tomarían parte en su reino sólo aquellos que desafiaran la opinión de la mayoría y se les opusieran. No se refería a violentos con la espada por que a Pedro le ordenó luego envainar la suya, no es cólera, ni puños, ni bofetadas ni menos la sangre; se refiere a los que impulsados por el Espíritu Santo se abrazan del evangelio y caminan con él destruyendo fortalezas. Vivamos y prediquemos a Jesús como un reto, sin pedirle permiso al mundo para creer.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Las Dudas de Juan


Mateo 11:1-6 (LBLA)

Y sucedió que cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí a enseñar y predicar en las ciudades de ellos. [2] Y al oír Juan en la cárcel de las obras de Cristo, mandó por medio de sus discípulos [3] a decirle: ¿Eres tú el que ha de venir, o esperaremos a otro? [4] Y respondiendo Jesús, les dijo: Id y contad a Juan lo que oís y veis: [5] los ciegos reciben la vista y los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres se les anuncia el evangelio. [6] Y bienaventurado es el que no se escandaliza de mí.

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No voy a seguir aquí la opinión de hombres como Calvino, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado, que afirman que Juan no envió a sus discípulos a Jesús por razón de sus propias dudas sino para confirmarlos en la fe. Otro gigante es Matthew Henry, y piensa que sí, que el gran Juan tuvo su momento de dudas. Yo seguiré esa interpretación que no descalifica a Juan y sin embargo lo acerca más a nosotros, a nuestra propia experiencia. Coloco a Juan, por un instante al menos, junto con los hermanos de Jesús que tuvieron cierta clase de dudas. Lee con cuidado esto y sácale el provecho que Dios te permita. Amén.

Juan pudo haber confesado…he tenido dudas. Aquí habla de la duda de Juan y lo que hizo con ella. Hay quienes piensan que envió a sus discípulos para confirmarlos, pero que él no tenía dudas, porque ¡había visto al Espíritu Santo sobre él y sabía que era el Cordero de Dios! Además había hecho la confesión que Cristo crecería y él menguaría. Es posible que sabiendo que se iba decidiera que sus discípulos tuvieran otro contacto con Jesús, o que una vez desaparecido ellos no se dispersaran sino que se unieran al movimiento de Jesús. Pero, concedida esa posibilidad, pienso que no se le injuria su memoria si por añadidura se pudiera suponer que al menos quiso estar seguro que no se había equivocado, que por un momento admitió esa posibilidad y decidió sacudirla de sí.
Esta meditación no es para justificar nuestras dudas ni para achicar un gran testimonio como el de Juan, sino para consuelo nuestro. Quizás parece extraño que un hombre como Juan tenga alguna duda, para algunos saber eso es un triste consuelo, para el que esto escribe como otros, es una triste realidad que le augura que por íntima que llegue a ser su relación con el Señor, por destacada que su obra fuera, por distinguido los favores que reciba, no podrá desterrar para siempre la duda de su corazón; está predestinado a tener esa amarga experiencia en algunos puntos de su historia. Es imposible creer todo sin género de dudas.
¿Es así con usted? Quizás, entonces se pregunta: “¿Y para qué entonces continuaré buscando aumentar mi fe si las columnas sobre las cuales repose mi vida espiritual siempre tendrán algunas grietas?”. “¿Hasta qué punto un hombre tiene que estar seguro de lo que ha visto, oído, experimentado sin que dude jamás? ¿Se podrá llegar hasta un nivel en que ya la duda no venga?” El caso de Juan seguro que no es único, sino conspicuo y repetido en el alma de los mejores siervos y santos de Dios. Su estudio, pienso, no dejará de reportar ventajas para los que estamos en la carne y en la lid como él lo estuvo. El gran Predecesor pudo haber dicho para sí mismo: “No habrá otro como yo en los nacidos de mujer, pero... he tenido mis dudas”.

Hablemos de nuestras experiencias convincentes. ¿Hablas de tus “grandes conocimientos y experiencias espirituales? ¿No has llegado a la conclusión que hay ocasiones en que ni lo uno ni lo otro son suficientes firmes? Juan tuvo muchas experiencias y conocimientos convincentes que lo llevaron a aceptar a Cristo, sin embargo, óigalo en prisión, no retractado de lo que había aceptado como seguro sino un poco cristológicamente achicado en su fe.
¿Cómo es posible eso? ¿No sabe Juan que fue engendrado milagrosamente? ¿No vio el Espíritu en forma de paloma bajando sobre él cuando lo bautizaba? ¿No oyó la voz de la gloria afirmando que es su Hijo Amado? Sí, todo eso conoce, pero como se van desarrollando las circunstancias, no entiende, y tiene sus dudas. Si aquel gran hombre fue como nosotros, su fe no estaba hecha de hierro, y todas y las mejores experiencias espirituales del mundo, en algún momento se estremecen. El más inofensivo viento de la duda las sacude o las derriba todas. Las mejores experiencias necesitan gracia para que sean utilizables en otros momentos. Y lo hemos leído en nuestra historia, que muy poca de ella queda cuando todo acaba y si se repiten las circunstancias no bamboleamos de igual manera que la vez anterior. Uno no duda de la existencia de Dios, no duda de su omnipotencia, de su omnisciencia sino de su providencia, de lo inexplicable e incomprensible de la situación, porque muchos porqués quedan sin explicación, porque la vida parece contradecir lo que cándidamente hemos afirmado.
Nuestra historia debe estar constantemente vinculada al Espíritu. ¿No has notado eso, lo rápido que se van desapareciendo las impresiones mejores que Dios deja en tu alma? ¿No te ha pasado que te has dirigido hacia tus pasadas experiencias y has hallado que se tornaron cenizas? Y te preguntas: ¿En realidad las he tenido?
¡Pobre Juan! En un momento se pone tembloroso en su celda, se asusta con horror al pensar que puede ser una equivocación y se dice: “¿Eres tú aquél que había de venir o...“espero” a otro”?” (v.3). ¿No habrá sido todo una ilusión, algún éxtasis mental, una idea que persiguió y se le escapó cuando imaginó que la tenía en sus manos?
Juan había estado convencido, pero ahora su “convencimiento” no se le presenta tan sólido ni convincente, siente que se tambalea. El sabía que Jesús es el que ha de venir, que no tenía que esperar a otro, no solamente lo había creído sino que también lo había predicado. Esa realidad le da más miedo y reflexiona: “¿Y si he detenido a las multitudes que buscaban al Mesías señalándoles con mi propio dedo a Jesús y no lo es?”. ¡Qué horrible es para un predicador siquiera imaginar que lo que ha estado enseñando por años pudiera ser falso! ¿Será que por eso su mensaje es en plural, “esperaremos” y no en singular, “esperaré” a otro? ¿Ha pensado usted horrorizado, por un minuto nada más, que ha conducido multitudes a recibir a Cristo, a dejar padre, madre, mujer e hijos por él, a renunciar a sus preciosas vidas y posesiones y que no sea el Cristo real, ha sacado a muchos fuera de este mundo y sin embargo no hay más?
Y si hay que esperar a otro, ¿a quién y hasta cuándo? ¿Podrá venir alguien que haga más señales que la que éste hace? No había otra silueta que se vislumbrase en el horizonte de la profecía, y si algún día apareciera, él, Juan, no tendría otra vida para esperarlo. Si su vida ha sido erróneamente utilizada en dar testimonio de Jesús, no tendría otra y podrá exponer su cuello a la muerte melancólico y frustrado. ¡Oh Juan qué noche tan horrible pasaste mientras tus discípulos iban a Jesús y venían a ti!
¿Hay algo más negro que al final de la vida descubrir haberla invertido equivocadamente en una esperanza falsa? Las experiencias “convincentes” de Juan se aflojaron todas y su fe se desplomó, no le servían para asiento de su esperanza. Es mejor pues, tornarnos de nosotros mismos y depender solamente en su carácter inmaculado y fiel. ¿No?

Ahora fíjate en lo que pudieran ser las opiniones de Juan. Y ¿cómo empezaron sus dudas? A algunos les provienen sus dudas porque no oran ni leen su Biblia, pero no a Juan que se mantenía completamente nutrido por una corriente de información sobre los hechos de Jesús; como si hoy en día estuviese leyendo continuamente los evangelios. Fue precisamente por ahí por donde el diablo intentó destruir la vida espiritual de aquel gran hombre. “Y al oír Juan en la cárcel los hechos de Jesús...” (v. 2). Lo que Juan ha interpretado sobre el Cristo no es exactamente lo que el Mesías es. Había enseñado un tiempo atrás: “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en su mano y limpiará su era, y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en el fuego que nunca se apagará” (3:11-12). Pensaba que el Mesías inmediatamente quemaría a sus enemigos y establecería pronto su reino. Nada de eso pasaba. Jesús es manso, habla con amor, anuncia su próxima muerte y la paja se está alzando amenazadora en su contra. El reino que parecía haber llegado ha empezado a irse distante. Se puede afirmar que son sus interpretaciones las que le causan las molestias de sus dudas, las cuales él piensa que son correctas y seguras. ¿No son las interpretaciones humanas de la palabra de Dios un surtidor inacabable de dudas, fuente copiosa de incertidumbres?
Pero la duda no brota espontánea de la propia interpretación, sino cuando la confronta con los hechos de Jesús, entonces se percata que no coinciden. De todos modos hizo bien, confrontando sus opiniones con Jesús, peor hubiera sido que tratara de ignorarlas ahogándolas en su pecho o continuar sustentándola pero rechazando a Jesús. Algunas veces nuestras dudas acerca de Jesús, del Espíritu Santo o algún libro de la Biblia tienen un origen parecido, estamos equivocados y una mentira más tarde o temprano revela su inconsistencia. Enfrentar la duda en Jesús, un re-examen del punto, una investigación, puede ser la solución para quitarle la cuerda al cuello de la fe.

Observa que a veces el plan divino confronta las doctrinas de la fe. En el momento cuando comienzan sus dudas se halla confinado en prisión. “Al oír Juan en la cárcel” (v. 2). Las doctrinas que ha sustentado con respecto al Mesías no parecen tener aplicación a su propia situación. Su carrera vocacional ha sido tempranamente acortada, el Mesías no toma posesión de su reino ni extermina a sus encarceladores. Cuando un hombre está preso injustamente se pregunta: “¿Por qué sufro por lo que no he hecho? ¿Por qué Cristo no me saca de aquí? ¿Por qué dura tanto mi encierro?”. Cuando tiene que aplicar lo que ha aprendido de la revelación, es su momento de fe o de vacilación. Juan sabía que tenía que menguar, pero ¿hasta el punto de dejar de existir? ¿Morir tan temprano, siendo joven? Si alguien pierde su salud se pregunta a sí mismo más o menos lo mismo. “¿Por qué soy cortado a mitad de mis días? ¿Por qué si el Señor ha hecho tantos milagros no me sana a mí?”. O quizás cuando la muerte corta el hilo de la vida de alguien muy útil en la obra o muy querido para nuestro corazón. “¿No podría éste haber hecho que Lázaro no muriera?”. Esos son los momentos de la fe, cuando las doctrinas que hemos creído parecen no funcionar para nosotros mismos, porque no entendemos el plan divino o nos negamos a aceptarlo.

Y para terminar, un último esfuerzo para indicarte cómo deshacer las dudas. Por último, cómo el Señor cura a Juan. Las dudas son cíclicas, se mueven en redondo, van y vienen en flujo y reflujo, pero la medicina siempre es la misma. Jesús le envió a Juan la solución para su crisis, sin condenarlo, comprendiéndolo. “Respondiendo Jesús les dijo: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados...” (vv.4-5). El de la duda es Juan y no sus amigos, el Señor les envía diciendo: “Id y haced saber a Juan…”. El de la crisis es Juan. Parece un poco ingenua la forma en que Juan escoge para deshacerse de sus dudas. Si no hubiera sido el Mesías real, interrogado habría contestado: “¡Pues claro que sí!”. En vez de preguntarle cándidamente como lo hizo, mejor hubiera sido que hiciera lo que Jesús dijo, comparar el Cristo de la Escritura con el que pretendía serlo.
El problema de Juan se halla en su errónea interpretación sobre la misión del Cristo, el modo de salir de la equivocación y por supuesto de la duda, es ir a la Escritura. Los textos a los cuales el Señor lo remite son Isa. 35:5-6; 61:1. Lo que los mensajeros veían y lo que Juan podía constatar era mucho más. Jesús dejó para que Juan meditara en prisión, para que comparara la Escritura con sus hechos y viera como estos la excedían en gracia. Los leprosos limpiados, los muertos resucitados, la predicación del evangelio a los pobres, son extras. Jesús cumplía con abundancia sobrada la Santa profecía. El camino de la Escritura es el que hay que tomar para salir de cualquier duda, la confrontación con ella, hallar la correcta interpretación, enmendar nuestras opiniones. La fe no cae dentro del corazón por arte de magia, ni siquiera orando para ser libre de pensamientos impíos, el método es escudriñar la Escritura y hallar su significado correcto, en Jesús.
Si vienen falsos cristos, falsos maestros, falsos profetas, hay que someterlos a una escritural confrontación. Es una vergüenza dudar de Dios y de Cristo, porque las señales de que es el Mesías deseado abundan y no hay que esperar a otro que jamás vendrá. Y bienaventurado el que por motivo de sus dudas no tropiece en él.

domingo, 21 de septiembre de 2008

¡Bien Hecho Comandante!

Hechos 23:12-24 (LBLA)

Cuando se hizo de día, los judíos tramaron una conspiración y se comprometieron bajo juramento, diciendo que no comerían ni beberían hasta que hubieran matado a Pablo. [13] Y los que tramaron esta conjura eran más de cuarenta, [14] los cuales fueron a los principales sacerdotes y a los ancianos y dijeron: Nos hemos comprometido bajo solemne juramento a no probar nada hasta que hayamos matado a Pablo. [15] Ahora pues, vosotros y el concilio, avisad al comandante para que lo haga comparecer ante vosotros, como si quisierais hacer una investigación más minuciosa para resolver su caso; nosotros por nuestra parte estamos listos para matarlo antes de que llegue. [16] Pero el hijo de la hermana de Pablo se enteró de la emboscada, y fue y entró al cuartel, y dio aviso a Pablo. [17] Y Pablo, llamando a uno de los centuriones, dijo: Lleva a este joven al comandante, porque tiene algo que informarle. [18] El entonces, tomándolo consigo, lo condujo al comandante, y le dijo: Pablo, el preso, me llamó y me pidió que te trajera a este joven, pues tiene algo que decirte. [19] Y el comandante, tomándolo de la mano, y llevándolo aparte, le preguntó: ¿Qué es lo que me tienes que informar? [20] Y él respondió: Los judíos se han puesto de acuerdo en pedirte que mañana lleves a Pablo al concilio con el pretexto de hacer una indagación más a fondo sobre él. [21] Pero no les prestes atención, porque más de cuarenta hombres de ellos, que se han comprometido bajo juramento a no comer ni beber hasta que lo hayan matado, esperan emboscados; ya están listos esperando promesa de parte tuya. [22] Entonces el comandante dejó ir al joven, encomendándole: No digas a nadie que me has informado de estas cosas. [23] Y llamando a dos de los centuriones, dijo: Preparad doscientos soldados para la hora tercera de la noche, con setenta jinetes y doscientos lanceros, para que vayan a Cesarea. [24] Debían preparar también cabalgaduras para Pablo, y llevarlo a salvo al gobernador Félix.

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En esta versión de la Biblia se le llama comandante al tribuno. Este texto es ante todo una muestra de la maravillosa preservación de la providencia divina. Esta de las dos partes que contiene mi exposición, es la espiritual. Fíjate que si ese muchacho no hubiera aparecido en escena, la muerte de Pablo era segura. Los judíos se hubieran apoderado de él y lo habrían matado. Quizás la hermana de Pablo vivía en Jerusalén o lo mismo que Pablo cuando era joven, él se hallaba allí por sus estudios. Los judíos no tomaron precauciones sobre sus planes y el joven se enteró y le dio aviso de lo que tramaban. Pablo lo envió al tribuno y conocemos el buen resultado que trajo el informe. Le salvó la vida. Nunca imaginó el bien que le estaba haciendo al cristianismo con haber sabido e informado de los planes homicidas de los judíos. Uno se debe preocupar tanto de los peligros que traerá el servir a Dios que él se encarga de rescatarnos de todo. Ningún macabro plan es más sabio que la Mente Infinita, ni algún secreto es totalmente guardado de modo que Dios no se entere de él. Las cosas se enredan así porque Dios quiere comenzar a glorificarse en ellas. De los peligros que vemos podemos nosotros mismos ponernos a salvo, de los que no sabemos se encarga el Señor. Y los favores que nos hace la familia nos unen más a ella.

Eran más de 40 los que habían jurado (anatematizados) que no probarían bocado antes que Pablo fuera cadáver. Muchos. Y se quedarían con hambre por muchos años. Nunca pudieron cumplir su juramento. ¿Por qué vamos a temblar por sus amenazas? Delante de quien único debemos temblar es de Dios. Del dicho al hecho hay un gran trecho. ¿No podemos calmarles el odio? No importa. Allá ellos. A veces nos sentimos débiles. La iglesia está presa. Sus líderes en prisión. Los mundanos que la cautivan tienen el poder y la mentira a su favor y todo eso envuelto en odio. Pero el poder del mundo, la mentira del diablo, no tienen más fuerzas que el pueblo del Señor. La fuerza de la iglesia está en su Dios. Prevalecerá. Se escapará de sus manos. Ella cumple un plan divino, y ¿quién puede desordenar un plan divino? Nadie, eso es seguro.

Como no tengo mucho que decir de lo anterior, dedicaré un modesto espacio para reflexionar sobre el estado de derecho y sobre las religiones a las que les sirve de sombrilla. Y para eso nota que el tribuno desplegó una fuerza desproporcional, descomunal, casi medio millar de hombres armados para proteger y defender a un ciudadano, sin tener en cuenta para nada la religión de dicho ciudadano. Y eso ocurrió hace dos mil años. El estado tiene todos los recursos para hacer lo mismo, utilizar principalmente su fuerza legal y militar para proteger los derechos civiles de sus ciudadanos contra los malhechores que quieren hacer justicia o injusticia con sus propias manos.

No está el ejército para atemorizar y esclavizar a la población porque “la espada” la lleva no para infundir temor al que hace lo bueno sino lo malo. Como es deber del estado proteger y defender a sus ciudadanos lo es también hacer lo mismo con la religión y garantizar ese derecho de conciencia y pensamiento de cada uno. Si es democracia y no monarquía, debe asentarse sobre los derechos humanos. Inclusive, el estado está para mantener el orden dentro de la misma religión y no permitir que unos fanáticos, como estos judíos de otrora, se lancen mortalmente a eliminar a sus contrincantes, los cristianos, porque no piensan teológicamente como ellos o le hacen cambios a sus libros sagrados y así enseñan a los hombres. Las ideas y opiniones se defienden con ideas y pensamientos no con sangre. Y fíjate que el tribuno no le importó si alguna idea es herética o no. Aquel hombre era un ciudadano romano y debía ser protegido con esos otros que parecían más bandidos que gente honorable.

Eso no es de su incumbencia. Lo que le concierne es que las diferentes religiones se porten bien las unas con las otras y sean tolerantes. Ahí tienen ellos micrófonos, cámaras de televisión, papel y tinta para hacerse recíprocas apologías. Y que prevalezca la razón. Guerras religiosas no se pueden permitir. Jesús le quitó la espada al apóstol Pedro y le dio una llave, la del conocimiento (Luc 11.52), para abrir y cerrar puertas, atar y desatar, no para derramar sangre. Si no están de acuerdo que discutan pero no se maten.

No se debe criticar tanto al gobierno si tiene sus informantes cerca de todas las religiones y por estar con los ojos abiertos sobre aquellos grupos que tienen más dinero y poder. El sobrino de Pablo hizo bien en informar a las autoridades, por humanidad no por dinero ni patriotismo, que aquellos sicarios querían matar a su tío porque no habían podido convencerlo con palabras. El estado posee los medios, el dinero y el poder, para tener oídos en todas partes, incluyendo las religiones que existen bajo su palio, no para interferir ni favorecer alguna en particular sino para guardar el orden entre ellas mismas, porque en nombre de una religión se comenten muchos delitos. Cada ciudadano tiene su conciencia y puede tener la religión que quiera. El estado es el primero que no debe cometer abusos ni tolerarlo. Después que los judíos supieron lo que había pasado, protestaron. Pero eso no importó. No se pudo derramar ni una sola gota de sangre religiosa inocente. ¡Bien hecho comandante!

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Un Misionero en Toda Regla

Una exposición bíblica para que la disfrutes.

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Hechos 22:17-30 (LBLA)

Y aconteció que cuando regresé a Jerusalén y me hallaba orando en el templo, caí en un éxtasis, [18] y vi al Señor que me decía: "Apresúrate y sal pronto de Jerusalén porque no aceptarán tu testimonio acerca de mí." [19] Y yo dije: "Señor, ellos saben bien que en una sinagoga tras otra, yo encarcelaba y azotaba a los que creían en ti. [20] "Y cuando se derramaba la sangre de tu testigo Esteban, allí estaba también yo dando mi aprobación, y cuidando los mantos de los que lo estaban matando." [21] Pero El me dijo: "Ve, porque te voy a enviar lejos, a los gentiles."[22] Lo oyeron hasta que dijo esto, y entonces alzaron sus voces y dijeron: ¡Quita de la tierra a ese individuo! No se le debe permitir que viva. [23] Como ellos vociferaban, y arrojaban sus mantos, y echaban polvo al aire, [24] el comandante ordenó que lo llevaran al cuartel, diciendo que debía ser sometido a azotes para saber la razón por qué gritaban contra él de aquella manera. [25] Cuando lo estiraron con correas, Pablo dijo al centurión que estaba allí: ¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano sin haberle hecho juicio? [26] Al oír esto el centurión, fue al comandante y le avisó, diciendo: ¿Qué vas a hacer? Porque este hombre es romano. [27] Vino el comandante a Pablo y le dijo: Dime, ¿eres romano? Y él dijo: Sí. [28] Y el comandante respondió: Yo adquirí esta ciudadanía por una gran cantidad de dinero. Y Pablo dijo: Pero yo soy ciudadano de nacimiento. [29] Entonces los que iban a someterlo a azotes, al instante lo soltaron; y también el comandante tuvo temor cuando supo que Pablo era romano, y porque lo había atado con cadenas. [30] Al día siguiente, queriendo saber con certeza la causa por la cual los judíos lo acusaban, lo soltó, y ordenó a los principales sacerdotes y a todo el concilio que se reunieran; y llevando a Pablo, lo puso ante ellos.

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Fíjate en los esfuerzos espirituales de Saulo para defenderse de sus perseguidores. Está viviendo una escena parecida a la que vio sufrir a Esteban. Pero nota que no se trata de un sermón bíblico escrituralmente organizado. Este es su testimonio personal. Diferente a los sermones que les predicaba a los judíos, citando las Escrituras; es también diferente al sermón bíblico que les dio Esteban a los judíos que lo apedreaban. Primeramente les contó por qué se hizo cristiano y después como recibió su divina vocación misionera. Es mucho más una defensa que lo que hizo el mártir Esteban. Es una defensa ante el tribuno. Habla de Jesús a través de su experiencia personal. Y fue de balde aunque dijo cosas sublimes. Afirmó que por dos veces vino Jesús desde el otro mundo y se le apareció en visión. Pero a eso no le hicieron caso. Tampoco le dieron importancia a su éxtasis (v. 17), ni que hubiera sido raptado en el cuerpo o fuera del cuerpo. No creyeron ni una sola palabra de las que les dijo. Se extendió bastante sobre su pasada vida. Eso tampoco sirvió. Echaba las perlas a los puercos. Les dijo porqué enseñaba a los gentiles, porque el Señor le dijo: te voy a enviar lejos (v. 21). Hasta ahí le soportaron el discurso y de nuevo rugían pidiendo su muerte.

Observa como Saulo hace uso de sus derechos civiles para evitar su encarcelamiento, la tortura y la muerte. No estaba ansioso por convertirse en un mártir sino que prefería seguir viviendo para predicar el evangelio, y es por eso que no quiere que lo torturen. Si me lo permiten creo que podemos sacar lecciones bonitas de esto, especialmente es importante para el siervo de Dios tener sus papeles en regla en el país donde trabaja de modo que pueda, dado el caso, acudir a sus derechos como ciudadano y evitar que le apliquen leyes en su contra. Es bueno poder predicar el evangelio amparado por la ley. Este es un privilegio que tienen los que han nacido en el mismo lugar donde Dios quiere usarlos y cuentan con todos los derechos que con su nacimiento reciben. Así es el caso de Saulo de Tarso. Cuando le estaban interrogando y pensaban sacarle la verdad torturándolo les dijo: "¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano sin haberle hecho juicio?"(v. 25).
¿A qué otra cosa podría apelar sino al derecho romano? Es bueno que haya sociedades de derechos en el mundo. Al menos hasta cierto punto era un estado de derecho y cuando uno de sus funcionarios se extralimitaba en sus funciones, podría obligársele a retroceder, porque había leyes que amparaban al ciudadano. Es importante que todo ciudadano cristiano viva dentro de las leyes de su gobierno para que tenga derecho a reclamarlas, y las conozca para hacerlo si fuera necesario. Ningún cristiano debe vivir al margen de la ley por ser cristiano y por ser ciudadano. Las leyes no han sido dadas para infundir temor sino para mantener en orden la sociedad. Al “hombre de pecado” que menciona Pablo se le llama “sin ley”. Las leyes no son para incumplirlas sino para respetarlas y un buen cristiano debiera ser un buen ciudadano. En casi todo lugar hay oficiales o ciudadanos de los cuales hay que defenderse, que tienen poco el cristianismo, el honor de los siervos de Dios, los derechos religiosos y la Biblia, y contra quienes la única protección son las leyes.
Hay gobiernos cobardes que todavía hoy en día usan la amenaza, la intimidación y la tortura en sus interrogatorios, y muchas veces la muerte; sociedades gobernadas por caudillos y dictadores que no respetan los derechos humanos ni les importa que la sociedad internacional los condene entretanto ellos continúen sembrando el terror y masacrando la población para mantenerse en el poder y proliferando sus ideales y ambiciones, a todo coste. Perversos tribunos y sanguinarios centuriones, malvados policías, que porque les pagan, encarcelan, torturan y matan. Es una lástima que a veces si uno no tiene dinero para pagar un abogado tiene que sufrir que le despedacen el honor y lo difamen, y cuando menos le cuesta trabajo que le hagan justicia, porque en ocasiones la justicia hay que comprarla. Así fue como Saulo logró, diciendo que sus papeles estaban en orden como ciudadanos romano, que los que le iban a torturar se alejaran de él.

Y hablando sobre otro pensamiento. En último lugar, reflexionemos en el provecho de la ciudadanía romana además de lo que ya dije. Siendo un poco minucioso. Saulo era ciudadano romano porque había nacido en Tarso una provincia del imperio, mientras tanto el tribuno había comprado su ciudadanía (v. 28). Este hombre puede reflejar a los que emigran a otro país por razones políticas o económicas, y entran a él legalmente o no. A ese señor le había costado mucho dinero hacerse ciudadano romano, y según sus palabras, "una gran suma"; que estuvo dispuesto a pagarla con tal de legalizar su situación, adquirir privilegios que de otro modo no podría, y poder llevar a cabo sus ambiciones personales. Trabajó y trabajó, ahorró y ahorró, hasta que reunió el dinero para hacerse ciudadano del imperio. Es decir, sin reunir esa cantidad de dinero y desembolsarla, pareciera exagerada o no, no podría dar ningún paso hacia un futuro mejor si no adquiría la ciudadanía romana.

Ya el idioma lo tenía, supongo que hablaba sirio o griego, y por supuesto el latín; pero le faltaba organizar sus papeles legales. Del mismo modo en esta época aquellos que emigran a otro país, el primer paso es poder comunicarse con la sociedad a través de su idioma, aprendiéndolo si es distinto, y sumando a ello un constante trabajo y bien administrados fondos para poder organizar el estatus migratorio. Con esas cosas se puede proseguir a realizar sueños, satisfacer ambiciones, alcanzar almas para Cristo, defenderse en juicio contra los malos ciudadanos, perseguir alguna carrera, alcanzar un puesto político como tribuno, comandante, emperador o presidente; y si algunas de esas posiciones sabemos que ya son históricamente anacrónicas y han vuelto a resurgir, como la de los actuales dictadorcillos latinoamericanos, hay otras que dentro de una limpia democracia un buen ciudadano puede alcanzar, el ser un buen médico, un empresario, un excelente cristiano y un fervoroso misionero.

lunes, 15 de septiembre de 2008

La Conversión de Saulo

Hechos 9:1-19

Saulo, respirando todavía amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, fue al sumo sacerdote, [2] y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba algunos que pertenecieran al Camino, tanto hombres como mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén. [3] Y sucedió que mientras viajaba, al acercarse a Damasco, de repente resplandeció en su derredor una luz del cielo; [4] y al caer a tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? [5] Y él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y El respondió: Yo soy Jesús a quien tú persigues; [6] levántate, entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. [7] Los hombres que iban con él se detuvieron atónitos, oyendo la voz, pero sin ver a nadie. [8] Saulo se levantó del suelo, y aunque sus ojos estaban abiertos, no veía nada; y llevándolo por la mano, lo trajeron a Damasco. [9] Y estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió. [10] Había en Damasco cierto discípulo llamado Ananías; y el Señor le dijo en una visión: Ananías. Y él dijo: Heme aquí, Señor. [11] Y el Señor le dijo: Levántate y ve a la calle que se llama Derecha, y pregunta en la casa de Judas por un hombre de Tarso llamado Saulo, porque, he aquí, está orando, [12] y ha visto en una visión a un hombre llamado Ananías, que entra y pone las manos sobre él para que recobre la vista. [13] Pero Ananías respondió: Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuanto mal ha hecho a tus santos en Jerusalén, [14] y aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre. [15] Pero el Señor le dijo: Ve, porque él me es un instrumento escogido, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel; [16] porque yo le mostraré cuánto debe padecer por mi nombre. [17] Ananías fue y entró en la casa, y después de poner las manos sobre él, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo. [18] Al instante cayeron de sus ojos como unas escamas, y recobró la vista; y se levantó y fue bautizado. [19] Tomó alimentos y cobró fuerzas. Y por varios días estuvo con los discípulos que estaban en Damasco.

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De todos los apóstoles, la conversión a Cristo y llamamiento al ministerio, es de Pablo de quien más conocemos. Este capítulo presenta sus primeros días como cristiano y predicador. Pablo siempre le dio mucha importancia a su conversión y llamamiento, los cuales a menudo relató ante las autoridades judías y romanas para explicarles porqué predicaba a Jesús y porqué se consideraba apóstol para los gentiles.
Para Lucas es importante mostrar detalles de quien era Saulo y cómo ocurrió su conversión, no por simpatías personales hacia él sino porque era una necesidad por causa del evangelio que él predicaba; dándole fuerza a su vocación apostólica porque había “visto al Señor” (1 Co 9.1), le abría puerta para la salvación de los judíos que tanto importaba a Saulo, y le justificaba su predicación dentro del mundo gentil (22.20, 21). Hay que entender, pues, el contexto donde nace espiritualmente Pablo y la proyección misionera con el evangelio, para darse cuenta porqué era necesario que se presentaran sus credenciales espirituales.

¿Qué fue lo más importante de su conversión? Me parece que el hecho que ha visto al Señor Jesús y que éste lo llamó para que le predicase. La intervención de Ananías tiene como objetivo que haya un testigo de la aparición de Jesús a Saulo, y que por su medio se le comiencen a abrir las puertas de la iglesia. Que el relato tiene esa intención lo demuestran las preguntas que Saulo le hace al Señor, primero para identificarlo, ¿quién eres Señor?, a lo cual se le responde que ¡Jesús!, y la otra, ¿qué quieres que yo haga?, (Añadido aquí en los manuscritos de Occidente. Original en el relato del cap. 26) para indicar la vocación que va a recibir, la tarea apostólica que después tantas veces quisieron negarle (vv. 5,6). Esa es la visión del propósito del relato y como está confeccionado, pero eso no nos diría mucho si no lo meditamos en partes para sacar las enseñanzas espirituales que Dios nos da.

* Nota que en realidad los perseguidores de la iglesia aunque la asolen (8.3; 9.21) siempre van perdiendo (v.5) porque Cristo es soberano e indestructible, y quien persigue la iglesia lo persigue a él; los cristianos pueden perder sus hogares, sus libertades y sus vidas pero esto no matará la iglesia y aquellos que le causan semejante daño se lo harán más a sí mismos que a ella. Ten en cuenta la iglesia perseguida en distintos países del este de Europa, ¿no están ahora más vigorosas y numerosas que nunca?

* Los que se convierten a Cristo inmediatamente deben pensar qué pueden hacer por la iglesia (v.6), la cual han dañado o ignorado, porque es justo que uno restaure el daño que le haya hecho al cuerpo de Cristo o que se ponga a disposición de Dios como se puso a disposición del diablo antes de conocer a Jesús (Ro 6.13). Inmediatamente no hizo nada sino hasta que se unió a la iglesia. No vemos que Saulo saliera del camino a predicar. Tuvo que ser recibido por la iglesia y bautizado. Uno puede servir al Señor fuera de la comunión de los santos pero eso no es normal. El Señor le dijo que se esperara. En ese momento no le dijo ni una palabra sobre su futuro misionero. Al otro día quizás, o después de varios días. Se adentraba en su futuro conociendo el camino pero no lo que le esperaba. En su momento el Señor te dirá lo que debes hacer y por dónde tomar. Amén.

* La primera ocupación de un cristiano es orar (v.11); Saulo hará muchas cosas para Jesús y para el bien de la iglesia, tendrá muchas experiencias como cristiano, maestro, evangelista, misionero, teólogo y escritor, pero antes de llegar tan lejos, a España, y el tercer cielo arriba, empezó orando. Si no oras no llegarás muy lejos. Esa es la prueba de una real conversión. El Señor le quitó el miedo y la duda a Ananías diciéndole que Saulo estaba orando. Si hubiera estado leyendo, visitando, predicando, no le habría dado tanta confianza como que oraba.

* Mira que aunque un pecador conozca a Cristo fuera de la congregación, el Señor le busca algún hermano que lo ponga en contacto con ella, para que le ministre la palabra y las ordenanzas. Ananías lo bautizó. Inmediatamente se identificó con la comunidad cristiana en Damasco, un hermano que le muestre amor y hermanos para que ame.

* Desde un principio el Señor le comunica a Saulo que lo está llamando a un ministerio exitoso pero muy costoso (v. 15). Saulo, que también es Pablo, siempre supo que sus sufrimientos formaban parte de su rotundo triunfo, que no podría ver la corona sobre su carrera ministerial si no padecía luchando por ella; llegaría a la presencia de reyes y de los hijos de Israel pero pagaría el precio con persecuciones, azotes, apedreamientos, robos, etc. Su ministerio sería de mucho dolor.

* Supo que cada paso que daba, si las cosas le salían mal, como en Filipo, (pero hubo conversiones) esa era la voluntad del Señor, pero también su camino hacia el triunfo pastoral. La batalla por causa de Jesús y de la doctrina del evangelio era su trabajo. Luchaba en oración, con la palabra y con la pluma. No se desanimó porque sabía que si el Señor le daba grandes privilegios y una tarea imperial, él lo capacitaría para ello y lo acompañaría donde fuera. No miraba sus derrotas como un fracaso, por eso cuando exhalaba sus suspiros decía: “derrumbado pero no vencido” (2 Co 4.9,10). No hubo otro apóstol que tuviera que enfrentar tanto las fuerzas del mal como este querido ministro por eso declaraba que no ignoraba sus maquinaciones (2 Co 2.11); y fueron tantos los enemigos humanos que su ministerio produjo, que llegó a la convicción que tenía en contra suya a Satanás con sus huestes, y que aquellas oposiciones eran gobernadas por el príncipe de las tinieblas y sus malvados aliados invisibles en el aire (Efe 6.12).
Todo esto se le dijo antes de comenzar, apenas hubo sido bautizado, como un miembro nuevo en la iglesia. Y en su medida, cada cristiano, si quiere tener alguna utilidad en la iglesia tiene que saber que se enfrentará a enemigos espirituales muy poderosos que procurarán hacerle abortar todo lo bueno que emprenda, y que retroceda hasta una posición que no ofrezca ningún problema al diablo. Si le tienes miedo al diablo, entonces no entres al ministerio, y si entras, espera que te salga al frente y trate de muchas maneras ponerte bajo sus pies. Señor, bendice y acompaña a tus siervos leales, aquellos que procuran llevar tu nombre, no el de ellos, por todas partes del mundo, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el cual podamos ser salvos (4.12). Amén.

martes, 9 de septiembre de 2008

María Durant y los Destinatarios de Apocalipsis



Recientemente he terminado de leer Passion, un libro escrito por Karl A. Olsson, antiguo presidente de North Park Theological Seminary and College, Chicago. La nota que copio se encuentra al final de dicha obra. Es esencialmente una nota espiritual y aplicativa sobre Apocalipsis 6: 9-11 donde las almas inmoladas en la persecución y delante del trono de Dios claman justicia o venganza por la sangre derramada.


Este libro fue escrito en el año 1963 y me regocijó leer que en el mío escrito en el año 2008, 45 años después, coincidiéramos en las mismas observaciones. Me parece obvio y muy bien intencionado, cuando hallo comentarios como éste, donde la interpretación simbólica, espiritual y aplicativa es una necesidad obvia. No es un autor amilenario, no lo dice, el libro no trata de doctrinas. Es devocional. Todos sus comentarios sobre Apocalipsis no son simbólicos, aunque sí espirituales y prácticos. Y en algunos textos con una prosa culta y mística prefiere hacer uso de la interpretación literal.


No es un comentario sobre Apocalipsis sino sobre la pasión de nuestro Señor Jesucristo, y la razón por la que utiliza este último libro del N. T., es porque halla en él sustento histórico dentro de las iglesias de Asia para encomiar el testimonio de aquellos discípulos y su pasión por Jesús.


"¿Hasta cuándo Señor no vengas la sangre de aquellos que habitan en la tierra?". Es inevitable para un observador no entrenado en ningún esquema teológico, notar que aquí hay muchos sentimientos de venganza y es imposible que ese clamor sea verdaderamente en el Paraíso. Martin Rist escribe, "es la esperanza de los cristianos perseguidos que Dios vengará sus muertes y es al menos comprensible, y que aunque esté lejos de algo que merezca alabanzas... es una actitud... muy diferente a aquella que tuvo Jesús sobre la cruz o del mártir Esteban". (Es la misma observación que hago en mi libro Apocalipsis el Libro de un Desterrado).


Olsson parece no interpretar bien al autor que cita y lo acusa de cometer dos falacias:

"La primera es asumir que las palabras de Jesús o de Esteban neutralizan lo que se dice en otros contextos acerca del juicio. Si nosotros eliminamos de la palabra de Jesús lo que dijo con indignación o advirtiendo sobre el juicio venidero, tenemos un evangelio equivocado. Y en cuanto a Esteban las palabras que dijo en su discurso y por las cuales fue apedreado de ningún modo podemos pensar que las dijo en un espíritu "de un amable Jesús, de un manso y humilde pastor".


“La segunda falacia es asumir que el deseo por un histórico cumplimiento conlleva a un sentimiento sub- cristiano[i]. Si creemos en la realidad del mal, ¿no desearíamos que fuera desterrado y que el bien prevalezca? ¿Y la liquidación del mal no es siempre algo desagradable? ¿Puede alguien imaginarse que una persona que ha pasado por los campos de concentración piense que el mal puede erradicarse del mundo sin que Dios pise el lagar de su ira? ¿Puede pensarse que es menos cristiano aquel que ha pasado por esa experiencia si desea que el nombre de Dios sea glorificado haciendo cesar esos sitios históricamente obscenos? ¿Se le puede mirar mal su impaciencia hasta que los culpables sean sometidos a juicio?


“El Apocalipsis como ya hemos sugerido es una carta a un pueblo concreto[ii]. Está dirigido a hombres y mujeres que confrontan una situación particular; no fue escrito como algunos parece haberlo entendido, como una especie de rompecabezas escatológico. La prueba de su relevancia es histórica y una necesidad existencial. En períodos de opresión, persecución, y de inminente desastre el libro ha cobrado algo de su frescura primitiva, y eso precisamente es una señal de cómo debe ser leído[iii]. Apocalipsis ha sido un libro para proletarios, sectarios, como para prisioneros, y para los casi heréticos: gente que se encuentra debajo de la bota de otros y les es casi imposible vivir. (El énfasis es mío).


“La crítica de bien entrenados profesores se ha levantado contra este libro y le han acusado de no tener un contenido cristiano. Se ha dicho que contiene poco del evangelio de la gracia y de las enseñanzas de la iglesia en materia de amor al prójimo[iv]. Algo que ellos ven como casi inexistente. Pudiera ser, pero si Apocalipsis es un tratado de cómo permanecer vivo después de un naufragio o de una explosión atómica, muy bien que le podemos excusar a su autor que no nos haya deleitado con temas más delicados con respecto al amor. El libro tiene un solo propósito: que la iglesia se mantenga fiel a su Señor.


“Anima a los cristianos a mantener ardiente su fe pensando en los premios futuros. Tal vez esto no sea una bien calibrada teología y da al contraste con el fondo paulino y juanino de la teología evangélica[v].


“Una vez leí una sensible historia de una muchacha cristiana francesa perteneciente a los protestantes llamados hugonotes que ilustra bien el ánimo de los destinatarios del Apocalipsis. En la última mitad del siglo XVII en Aigues-Mortes, en el sur de Francia, vivió María Durant. Fue llevada delante de las autoridades y acusada de compartir la herejía de los hugonotes. En ese entonces tenía 14 años y era brillante y atractiva, lista para contraer matrimonio. Sin embargo fue llevada ante los tribunales y se le pidió que bajo juramento negara su fe hugonote. No se le pidió que cometiera algún acto inmoral, alguna cosa criminal e incluso tampoco se le dijo que cambiara la calidad de su conducta. Sólo se le dijo que negara su fe. Ni más ni menos. Y no lo hizo. Junto con 30 otras mujeres hugonotes fue cerrada en una torre junto al mar.


“No cuesta mucho decir "juro que no". Esas palabras saldrían muy fácil de la boca. Parecería sólo un pequeño precio que había que pagar por la dulzura de disfrutar de la juventud, la dignidad del matrimonio, por una casa llena de hijos, y un lugar en la villa bien respetada y amada por los vecinos. Durante los siguientes 38 años continuó diciendo lo mismo: que no abdicaría, que no renunciaría a su fe. Y en lugar de decir las palabras "juro que no", conjuntamente con sus compañeras mártires, escribió en la pared de su celda la simple palabra resistir. Todavía hoy en día la palabra puede ser leída por aquellos turistas que visitan la torre en Aigues-Mortes.


“Para nosotros actualmente ese calibre de cristiana es inexplicable, lo mismo que el espíritu de los mártires del Apocalipsis. No podemos comprender la terrible simplicidad de esa religiosa entrega que no le pide nada al tiempo ni espera nada[vi]. No podemos comprender una fe que no se nutre de la esperanza de que mañana las cosas estarán mejores[vii]. Pensemos en ella sentada en una prisión con 30 otras compañeras y sentir que el día se cambia en noche, el verano se vuelve otoño, y los inevitables cambios sistemáticos dentro del cuerpo van teniendo lugar: su piel se seca, pierde su lustre, las arrugas comienzan a aparecer, los músculos ablandándose y cuelgan con la piel, la rigidez de las coyunturas y la lentitud de reacción de todos los sentidos. Sentir todo eso y todavía perseverar parece casi una idiotez a una generación que no tiene la capacidad para esperar y perseverar[viii]. Este no obstante fue el sentimiento de los hermanos y hermanas del Apocalipsis. El confort de Apocalipsis es sin lugar a dudas escatológico. Llama a hombres y mujeres a ser fieles hasta el final". (Págs. 114-118).



[i] Es lo que comento en mi libro y que hace forzosa una interpretación simbólica y pensar que se trata más bien de los sentimientos de los mártires aquí en la tierra o al menos si estuvieran aquí.

[ii] Es lo que he afirmado en mi libro, que aunque se pueda aplicar como mensaje a todas las edades, la prioridad la tiene la exégesis y hermenéutica de ese momento, o sea, en ese contexto, haciendo el intérprete lo mismo que se hace con las parábolas de Jesús y con las epístolas paulinas.

[iii] Así yo lo he leído, no he podido de otra manera si quiero sacarle provecho espiritual, fe, paciencia, valor y honestidad ante las pruebas, o de lo contrario no podría justificar su canonicidad.

[iv] Es cierto que el libro, como he dicho en mi libro, no llana a nadie al arrepentimiento, excepto al final cuando llega al río de la vida e invita a los que quieran a beber de sus aguas. No es para hablar de amor al prójimo sino de justicia divina. Es un libro donde se oye la catarsis de la iglesia, incluso desde el altar del cielo.

[v] Es cierto, dentro de una teología muy judaica donde Moisés y el Cordero (Jesús) cantan juntos y no hay disonancia ninguna. Eso prueba el primitivismo judío del documento y no que haya sido un producto de alguno de los inveterados enemigos de Pablo: los judaizantes.

[vi] Recuerde al apóstol Pablo preso por años, sin esperar nada del tiempo, ni pensando en eso de “aprovecharlo” mejor. Simplemente haciendo la voluntad de Dios.

[vii] ¿Cree usted que es fe esa que hoy oímos que dicen que han que negar la realidad de una enfermedad o situación como si no existiera? ¿Es fe negar la realidad? Fe es pensar sensatamente si las cosas se empeorarán y con todo las acepta y dice “si perezco, que perezca”.

[viii] El tipo de hombre que hoy se celebra es el plástico, el adaptable, el que busca adaptarse a toda situación y sobrevivir, sin principios y amoral. Siempre cambiándose, viviendo para ser una imagen, sin querer descubrirse sino inventarse.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Por qué Dios me trata como si no me conociera

Génesis 42.7, 28, 36
Y José, cuando vio a sus hermanos, los conoció; mas hizo como que no los conocía, y les habló ásperamente, y les dijo: ¿De dónde habéis venido? Ellos respondieron: De la tierra de Canaán, para comprar alimentos. Y dijo a sus hermanos: Mi dinero se me ha devuelto, y helo aquí en mi saco. Entonces se les sobresaltó el corazón, y espantados dijeron el uno al otro: ¿Qué es esto que nos ha hecho Dios? Entonces su padre Jacob les dijo: Me habéis privado de mis hijos; José no parece, ni Simeón tampoco, y a Benjamín le llevaréis; contra mí son todas estas cosas”.

Las palabras eran ásperas, José los acusaba de espías, se comportaba como si no los conociera, los trataba como si fueran enemigos, sospechaba de ellos y las más estrictas verdades las tomaba como si fueran mentiras que había que comprobar. Nada de eso era real, su corazón se deshacía de amor por ellos (vv.21-24) y se esforzaba para no echarse sobre sus cuellos y abrazarlos y besarlos; lejos estaban ellos de sospechar cuanto cariño había detrás de aquellos malos tratos; y todo eso no era para castigarlos por el mal que habían hecho sino para oír de ellos una confesión de culpa. Y cuando eso sucedió sus entrañas se abrieron y brotaron, incontenibles, sus duramente contenidas lágrimas de amor. Dices ¿por qué Dios me trata ásperamente como si no me conociera? Tiene una razón, sacar una confesión de verdad de tus labios. Su trato áspero no revela sus verdaderos sentimientos de piedad y compasión. 

Ellos dijeron: ¿Qué es esto que nos ha hecho Dios? Ni remotamente sospechaban que era todo lo contrario a lo que ellos pensaban. Creían que Dios les estaba haciendo mal, que les había tendido una trampa, que se había acordado de las iniquidades cometidas y les había llegado el turno para rendir cuentas. Querían decir: Dios nos ha hecho mal, no esperábamos que nos pasara esto. Todo esto se agrava, va de mal en peor, no saldremos vivos de esta situación, estamos siendo castigados por Dios; aunque Dios es rico en misericordia ahora no nos atiende por todos los pecados que cometimos. No, no tenían razón.
 
Dios les complica un poco la vida, los maltrata algo, los asusta y no los castiga porque ya lo ha encaminado todo para bien, le ha dado un significado positivo al pecado de ellos, lo ha colocado como una pieza beneficiosa dentro de su proyecto, le ha cambiado el rumbo y con sabiduría ha situado el mal en el camino de la bendición. Ya el mal que hicieron fue transformado y sus efectos, aunque perduren como malos recuerdos y dolor, no surtirán más daño y sus frutos serán beneficiosos. Ahora que todo está arreglado, sólo quiere una simple confesión de culpabilidad, un reconocimiento del daño que se ha hecho, por razón de la misma salvación de ellos y por la relación familiar que lo requiere. 

Dios no anda con un palo detrás de nosotros para pegarnos por nuestras iniquidades, sino que realiza la operación de injerto del mal dentro del bien para que nunca nos gloriemos del perdón que hemos recibido o de las bendiciones que nos hemos ganado, que no son nuestras sino suyas. No quiere nuestro dinero sino nuestra confesión de pecados. Esa fue la interpretación que le dio José al daño que le habían hecho y les pidió que no agonizaran espiritualmente para siempre con una conciencia culpable porque el Señor lo había arreglado todo, componiendo lo descompuesto, arreglando lo roto, sanando lo herido (45.4-8).

Jacob pensó que toda aquella “tragedia” era contra él (v.36); pero le diría: No son contra ti, son a favor tuyo, espera un poco, confía en la providencia de Dios y verás, lo que hoy te parece tan contrario y destructivo, es precisamente lo que más a favor tuyo está. Ríete de tus contratiempos, gózate en tus debilidades (2 Co 12), en escasez, enfermedad y muerte, para ti no hay mala suerte; con un poco de paciencia podrás dar gracias por todo.