domingo, 13 de enero de 2013

Mi Libro sobre Apocalipsis, su Introducción




(ESTOY TRATANDO CON PAY PAL PARA REBAJARLE EL PRECIO A $2 Y SEA ASEQUIBLE A MUCHOS).

\T Introducción

\S1 Su literatura

Preparé estas exposiciones para que las escucharan mis hermanos los domingos en la noche. Para hablar, escribir o predicar sobre profecías bíblicas hay que conocer lo mejor posible «todo el consejo de Dios», haber estudiado por años toda la Biblia, sobre todo el Nuevo Testamento, y especialmente al apóstol Pablo. Incluso los mismos evangelios tienen que ser interpretados, con su contexto en Jesús, con la frase «mi evangelio» del apóstol (2 Ti 1:8).
La revelación divina en los cuatro evangelios es enorme, y en las trece epístolas paulinas halla su clímax dentro de una soteriología pragmática y eclesial. Es una obligación conocer un poco más que los rudimentos de una sana hermenéutica para poder mirar históricamente y en conjunto toda la verdad revelada, «combinando lo espiritual a lo espiritual», no atendiendo solamente «la letra» sino «el espíritu», sin errar en opiniones proféticas sobre todo cuando ellas se encuentran en un documento tan oscuro como Apocalipsis.
He consultado no pocos comentarios sobre ese libro y he prestado mis oídos a conferencistas futuristas-dispensacionalistas, y a pesar de que tienen nombres de ser algo y poseen títulos lisonjeros, es evidente en sus escrituras una actitud tendenciosa sobre ciertos textos, inclinándolos hacia sus gustos y preferencias intelectuales y de personalidad, para envolver con una enorme fe artísticas explicaciones que dejan deslumbrado, pero a la vez ignorante, a su fascinado lector o auditorio. Si por algo los pudiera felicitar es por la fe que tienen en el programa de eventos futuros que exponen, porque a mí, delante de Dios hablo, me es imposible creer.[1]
El problema que sus ideas me presentan no es por contender con los grandes nombres de la historia cristiana que enlistan, ni con los brillantes teólogos modernos, sino por la rapidez de interpretación y los elogios repetidos hacia el método literal de interpretación de la profecía, en cómo desvirtúan a los preteristas, incluyendo a otros grandes hombres formadores de la teología de la iglesia como Martín Lutero y Agustín de Hipona; y todo eso con la satisfacción de que son los continuadores del pensamiento escatológico más ortodoxo del cristianismo. Mis exposiciones, que publico con atrevimiento, constituyen una honesta osadía, con menos teología y hermenéutica que la que la que quizás mis lectores desearían.
Apocalipsis es un libro difícil y en asuntos tan agrestes no puedo ser dogmático. A veces en no pocos textos tanto mis hermanos como yo nos quedábamos perplejos y no sabíamos orientarnos hacia un mejor comentario, o como dice Charles Frederick Wishart: «habiendo pasado mucho tiempo desde que cursé mis exámenes de teología y recibí mi diploma, ahora me hallo en la feliz posición de decir en ciertos textos, “no sé”».[2] No me importa decir que no sé cuando no entiendo el significado de una porción de las Escrituras, porque «las cosas secretas pertenecen a Jehová» y eso lo exalta, no mi presunción.
Aunque «Apocalipsis» signifique revelación, es una forma literaria usada no sólo para comunicar un mensaje sino también para esconderlo. Por la misma razón que Jesús habló por parábolas, «para que oyendo no entiendan»”, de igual manera Juan escribe apocalípticamente, para encubrir su mensaje de los espías de Roma. Fue arrestado y deportado a Patmos. Es el libro de un preso. Eran tiempos de miedo. La misma cautela que en tiempos peligrosos toman todos los autores insurgentes, si es que no optan por el silencio como dice Amós: «el prudente en tal tiempo calla, porque el tiempo es malo».
Otros, como se hizo muchas veces en Polonia, según dice Wishart, «se vuelven maestros de las palabras con doble significado», cuando cita a Charles Phillips, en su admirable Vida de Parewski, que cuenta el terrible período que vivieron los polacos cuando el país gemía bajo la bota opresora de Rusia. «Es un hecho innegable que los polacos recurrieron a este método de la alegoría, para velar el significado de sus escritos, y desarrollaron la quintaesencia del arte simbólico del doble significado. Era la única forma que tenían para salvaguardarse de la censura y las amenazas de muerte no sólo los autores sino aquellos que compraban sus libros, como le ocurrió a cierto joven de 17 años que fue enviado a la mazmorra de una prisión y allí se suicidó prendiéndose fuego por miedo a que bajo torturas pudiera revelar el nombre de otros que leían esos libros, como los Ancestros, escrito por Mickiewicz. Cientos fueron enviados a Siberia simplemente porque les encontraron una copia del libro de Krasinski, Tentaciones. El método de encubrir el significado primario se adoptó en Polonia como los poemas de Mickiewicz, de modo que pudieran pasar la censura rusa y la literatura fuera distribuida ... Polonia tiene una vasta librería de doble significado que germinó en tiempos de la opresión y de la literatura proscrita». Apocalipsis fue un libro proscrito cuya razón del simbolismo aritmético fue el peligro.

\S1 El simbolismo de los números

Y el mismo autor dice sobre el camuflaje de los números:
«El asunto de los números siempre ha sido fascinante para la mente Oriental. En aquellos primeros días, cuando el lenguaje era primitivo y el vocabulario escaso, cuando las palabras escritas en hebreo algunas veces tenían varios significados, los hombres comenzaron a usar los números como si fueran palabras. Los números vinieron a representar como símbolos las ideas. Estas ideas se formaron naturalmente y de forma primitiva a través de asociaciones. Así por el sonido de la palabra captaban una idea, del mismo modo ciertos números por una cuestión de asociación vinieron a definir un concepto. De este modo cuando un hombre veía un objeto lo asociaba con el número “1”, y esto le daba la idea de unidad, de una existencia independiente o de un concepto unitario. Así ocurrió al principio con el idioma hebreo y después con el mahometismo, que piensan en Dios en el sentido absoluto de “uno”, unidad, el autoexistente, independiente. De ese modo también, en medio de los peligros de la vida primitiva, como el temor a morir por inanición, o devorado por las bestias, o a los ataques hostiles de los siempre presentes enemigos, el hombre adquirió coraje en la compañía de otro. Dos serían dos veces más fuertes que uno. Así el número “2” vino a simbolizar la fortaleza, la confirmación, el doble coraje y la doble energía. Cuando Jesús envió a sus discípulos, lo hizo con el simbólico significado de que irían en parejas, de dos en dos. En un juicio se necesitaban dos personas al menos que sirvieran como testigos. En la visión del profeta Zacarías los hombres dedicados al servicio están simbolizados por el número “2”. En el Apocalipsis la verdad de Dios es confirmada por “dos testigos”.
»No cabe duda que el hombre primitivo encontró en su hogar la forma más divina de expresión de amor. Mucho antes de que existiera una auténtica revelación de Dios, encontró en la formación del hogar una expresión de la divinidad. Había un padre, con amor paternal; la madre, con amor maternal; y el hijo con amor filial. No es una maravilla que los primitivos comenzaran a pensar que lo divino estaba relacionado con el número “3”. Ni tampoco entonces encontrar entre los hebreos símbolos de la Trinidad divina como también entre los griegos. Lo divino en la vida humana se representaba por el número tres, y el origen divino de la vida era el tres. Así encontramos destellos de lo que sería el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo.
»El hombre salió fuera y miró el mundo. No lo concibió como nosotros lo entendemos hoy, todavía Copérnico no había abierto sus ojos al vasto significado del universo. Para el hombre en ese entonces la tierra era una gran superficie plana con cuatro fronteras, norte y sur, este y oeste. Había cuatro vientos, pensó él, desde los cuatro lados de la tierra. Había cuatro ángeles, creyó, que podrían sostener esos cuatro vientos. Además cuando se refugiaba dentro de una ciudad lo hacía dentro de cuatro murallas. No es extraño entonces que comenzara pensar en el mundo en relación con el número “4”. Así el poeta inspirado vio cuatro jinetes en el Apocalipsis; vio cuatro criaturas alrededor del trono ... después de esto el hombre se volvió del estudio de la tierra a estudiarse a sí mismo.
»Ahora con la deferencia de un amateur que no podría gloriarse en el dominio de alguna materia especializada, me aventuro entonces a decir que nuestro actual sistema decimal surgió cuando el hombre se dio cuenta que tenía diez dedos en las manos y diez dedos en los pies. En aquella cruda, rústica época, existían muchos que por causa de enfermedades, accidentes o por la guerra quedaban mutilados de alguno de ellos. Por lo tanto un hombre perfecto, un hombre completo, a través de los números vino a simbolizarse por medio del “5” y del “10” cuando sus miembros estaban intactos. Así el número “5”, doblado es “10”, pasó a transmitir la idea de un ser humano completo. Todos los deberes del ser humano se resumen en los “Diez Mandamientos”. El poder completo y absoluto de un gobierno se representa por aquella bestia que tiene “diez cuernos”. Así encontramos significados primitivos, rudimentarios para los números en aquella era de la infancia de la humanidad. Pero ahora la mente humana comenzó a analizar y arreglar y a combinar esos números. Así los escritores, como los encontramos en el libro de Daniel y en el de Apocalipsis, revelan fascinación por la combinación de números simbólicos. Ellos tomaron el número “4” como el número del mundo, y añadieron al mismo el número “3” que es un número divino, y de ese modo ya tenían el “7”, el símbolo de la perfección, la tierra coronada con el cielo, las cuatro esquinas del mundo y además la esencia divina completa, la unión del cielo y de la tierra. Siete días para la semana, y terminando con el sábado, el símbolo del descanso celestial. Cuando el cielo complementa las necesidades de la tierra tenemos entonces “las siete palabras de la cruz”. Las siete iglesias, son simbolizadas por siete candelabros de oro. Encontramos también el número “4” que se ha multiplicado por “3” y produce el “12” como el símbolo de la religión organizada en el mundo y el pueblo de Dios. Así existieron 12 tribus, 12 apóstoles y 12 puertas que tiene la ciudad santa. De igual manera multiplicando “10” que expresa la humanidad completa por el “7” que representa la perfección divina, se tiene entonces el número “70”, un reduplicado símbolo de la perfección, una plenitud que no es solamente humana sino también divina; de ese modo para decir lo sagrado del número “70”, existieron 70 miembros en el Sanedrín. Cuando Jesús habló de forma figurada acerca del perdón que se debía dar a un ofensor usó el número “70”. Otro tanto ocurrió con el número “10” cuando fue multiplicado varias veces, tres, se obtuvo el número “1000” que es un símbolo de completa plenitud. Mil años, también llamado “el milenio”, del cual se habla en el capítulo 20, con toda seguridad no representa una cifra aritmética sino un período completo y definido. Así, si se quiere interpretar aritméticamente esa cifra se viola la regla general por medio de la cual el autor estaba trabajando. Cuando los hombres dijeron 1000 simplemente querían decir que una cosa estaba completa, y era un símbolo no matemático. Si seguimos por esta línea y damos un paso más el autor expresa tanto sus ideas por medio de la multiplicación, la suma y la sustracción. Si el número “7” expresa la perfección, ¿cómo pudiera expresar que algo está incompleto y es imperfecto? El asunto no es muy elaborado sino simple. Simplemente cortó el número “7” en dos. La mitad de “7” es 3,5; y esa última cifra significa algo que está incompleto como pudiera ser un gran deseo, alguna aspiración no realizada. De este modo el autor cuando quiere expresar esos sentimientos emplea esa cifra “3,5”. Los dos testigos en este libro predicaron 3 años y medio.
»Un número con significado siniestro fue el seis. Para los judíos el número “6” tenía un significado siniestro. Como el número “7” simbolizaba la divinidad y la perfección, el “6” simbolizaba algo que pretendía ser divino, que se quedaba corto, que fallaba, la imperfección, la ambición, que es casi grande pero no llega a serlo, un símbolo de la maldición; así tenemos el 666 cómo número de la bestia con ínfulas divinas....».

\S1 Juan, Pablo y los Evangelios

El libro tuvo principalmente un mensaje para los hermanos de aquel tiempo, no precisamente para interesarlos en las cosas que podrían suceder dos mil años después, sino dentro de un futuro inmediato, que ya casi estaban llegando.
Me propuse saber lo que Juan quiso decirles para la situación que estaban atravesando y cómo ellos lo entendieron (lo mismo que se hace con todos los textos bíblicos). Hice lo posible por sumergirme en ese contexto y traté de ver las cosas y sentirlas como Juan y los otros. Me di cuenta que el Apocalipsis contenía un mensaje políticamente peligroso. A Roma se le acusa de sanguinaria, se le califica como madre de las rameras y «Babilonia la Grande» cuya ejemplar destrucción ya está garantizada. A su emperador se le dibuja como una bestia cruel y se esconde su nombre entre números simbólicos e imágenes míticas.
Leí el documento y lo comparé con aquellos otros que son más claros y que consideramos como Palabra de Dios: los evangelios y las cartas de Pablo, cuyo «paulinismo» se sabe que es el genuino cristianismo. No le adapté el resto del NT sino él a la totalidad de los otros escritos. No interpreté a Pablo por Juan sino a Juan por Pablo y le confieso que teniendo en cuenta la supuesta cantidad de lectores premilenarios que pudieran leer mi libro quise colocar, por ejemplo el capítulo 20 dentro de la parousía paulina, y literalmente no cupo.
En cuanto al esfuerzo que hacen para decir que en la teología de Pablo se encontraba la enseñanza milenial, Raymond Bryan Brown, dentro de Broadman Bible Commentary, en 1 Corintios, dice: «algunos eruditos (Leitzmann, Weiss, Schweitzer, and Craig), argumentan que los versículos de 15:23-25 indican que Pablo creía que en la venida de Cristo él reinaría con todos los otros creyentes por un tiempo no especificado.[3] Ese período de tiempo supuestamente se corresponde con el milenio mencionado en Ap 20:4-6.
»Pero, ¿no es asombroso que Pablo haya “camuflado” su creencia en un reinado intermedio de modo tan efectivo? Por lo que se lee no da ningún indicio de ello en las epístolas 1, 2 Tesalonicenses. El único modo de encontrar el milenio dentro de 15:23-25, es ponerlo allí»[4] (énfasis mío).
Y en eso los milenarios son verdaderos expertos en diseccionar textos, cortarlos en pedazos y reunirlos con otros aunque estuvieran distantes, para salvar el cumplimiento literal de las promesas proféticas y lograr un sistema coherente y lógico de escatología, riéndose de cualquiera que les haga alguna objeción, tildándolos de espiritualistas y volviendo milenaristas a Isaías, Ezequiel, Zacarías, Miqueas, Joel, Jesús y Pablo.
Spurgeon, hablando sobre el mileno, dijo: «No me queda mucho tiempo para tratar de forma personal este asunto acerca del reinado milenial de Cristo sobre la tierra. He oído a mucha gente hablar sobre eso; y si alguien me muestra algún libro sobre el milenio simplemente le contesto “no puedo leerlo todavía”.
»Hace poco un buen hombre escribió un libro sobre el milenio y un gran amigo mío me lo recomendó con tanta insistencia que no pude sino por cortesía comprarlo, pero inmediatamente lo elevé a una aristocrática región en mi biblioteca, en el nivel más alto que pude encontrar, y allí descansa tranquilo y en total reposo. No me siento capaz de atravesar los laberintos de semejante asunto y tampoco creo que el muy respetable autor haya logrado hacerlo. Este asunto es oscuro y he leído diferentes puntos de vista, y es para mí un total mundo de fantasmas. Yo creo que la Biblia habla de un futuro glorioso, pero no puedo presumir ser quien trace la ruta de todos esos acontecimientos hasta los últimos tiempos. El hecho de que los santos heredarán la tierra y reinarán es para mí suficiente cualquiera que sea el punto de vista que se sostenga con respecto al milenio».[5]

Algunas veces Spurgeon parece premilenario en su punto de vista y otras postmilenario. Lo seguro es que no dogmatiza sobre el asunto, es respetuoso para otras formas de interpretación, y prefiere como predicador dedicar su tiempo a doctrinas que son más claras.
Mi mejor refugio para esconderme de algunas críticas y excusar mi tratamiento del texto, además de mi débil fe, fue mi vocación pastoral y mi deseo de ponerlo al alcance de los púlpitos y hermanos más sencillos de la iglesia; y si mi intento no resulta frustrado, comunicarles mi placentera confianza en la providencia de Dios en la historia más que en un esquema escatológico que no puede ser inexpugnable por todas partes.[6] Quise encontrarle la razón para que ocupe un lugar en el canon que formó la iglesia, y para ello seguí esta ordinaria regla: hallar un mensaje simple, que resultara edificante y predicable, un uso a Apocalipsis que no fuera precisamente la especulación, sino la edificación del creyente y la posibilidad de orar sobre sus palabras. No lo pensé para los doctores de la Ley ni lo enmarqué dentro de ningún sistema teológico tributario del judaísmo que no fuera el de la gracia. Dejé que el pasaje dijera lo que decía y extraje de su mensaje las aplicaciones.
Fui al primer siglo y como un ordinario gentil no me puse de parte del ala judía jerosolimitana dirigida por Santiago y Pedro, sino que proseguí hasta Antioquia y allí me sentí más cómodo escuchando el nuevo enfoque paulino sobre la Ley, a la cual el autor judío de Apocalipsis respeta tanto.
Como en las parábolas de Jesús, y bien lo dice Calvino, la exégesis debe subyugar los detalles al plan general y al propósito del texto. Al Apocalipsis hay que aplicarle las leyes que se aplican a las parábolas del Señor. Su autor mismo quiso expresar su pensamiento sin atender rigurosamente a un orden literario ni a escrúpulos gramaticales. Su intención es lo más importante y se halla camuflada dentro de la forma.
Lo que tiene en sus manos no es un comentario exegético sino más bien exposiciones bíblicas y devocionales, porque me fue más fácil pensar contextualmente sobre ese libro que afiliarme a teorías futuristas y sistemas teológicos que francamente me hunden en las dudas. Gracias a eso, por lo confuso del libro, he superado mis deseos de ponerme junto a la opinión de Lutero y votar que lo saquen del canon, con teológicas y literarias razones que lo justifican.

\S1 Telón de fondo de Apocalipsis: judaísmo

Lo que primero sorprende a un indocto cuando lee ese libro son sus grotescos y bellos símbolos, o como dijo alguien:

\C1 Si un lector moderno se sienta a leer Apocalipsis por primera vez pienso que lo encontraría como un libro extremadamente violento. Algunos han sumado la cifra que da de muertos y la han aplicado al mundo moderno, siendo de cinco billones, lo cual es absolutamente una horrible estadística ... esa cantidad de gente muriendo de hambre, por la guerra, terremotos y plagas ... es esencialmente un libro acerca de la ira de Dios derramada sobre el mundo; sobre gente que la sufren, exceptuando un pequeño grupo de fieles seguidores de Dios ... entonces viene Jesús, no como un Príncipe de Paz, no como un Cordero, sino que al final del libro aparece como un jinete sobre un caballo que va a la guerra con la espada en la mano para herir las naciones.[7]

Pero a mí particularmente lo que me sorprendió fue su judaísmo, verdaderamente chocante para un intérprete gentil. Sus visiones son completamente judías para la iglesia cristiana, con el propósito de evitar la apostasía de los judíos cristianos.
Los lectores son judíos inmersos dentro de un sistema judío de adoración, conocedores de los detalles cúlticos en el tabernáculo o en el templo. Con ese telón de fondo (y en verdad parece una obra de teatro) es que se emite la revelación usando el lenguaje, las imágenes, todo el conocimiento mosaico de modo simbólico, sin que estemos obligados a encontrar el significado del pasaje adaptándole los textos sugeridos del Antiguo Testamento que fueron usados como base para hacer familiar y atractiva la visión con imágenes sagradas con las que ellos estaban familiarizados.
Muchos comentaristas queriendo llegar al fondo de la visión de Juan tratan de establecer la relación entre ella y los textos de la Ley y los Profetas, conduciendo al lector hacia el pasado con la esperanza de que los lectores familiarizados con ellos sepan lo que se dice en Apocalipsis por lo que se dijo siglos atrás; pero en realidad se va dejándolo cargado con el peso de tales referencias sin aclararle mucho. Tal método lo que generalmente hace es privarle de pertinencia a Apocalipsis. Ojalá yo hubiera podido creerlos al oírlos y leerlos, pero me han parecido caprichosas fantasías y extralimitadas explicaciones que como tributo al futurismo han roto con el contexto histórico de esas viejas revelaciones. Quizás mi mayor inconformidad con el método literal y futurista de interpretación sea hermenéutica, porque siento que hacen una equivocada lectura de los profetas con una conexión forzada entre los eventos de los dos períodos. Prácticamente lo que hice fue evangelizar y paulinizar a Juan.
La interpretación eclesiástica debe ser cristiana y hecha con las doctrinas del evangelio sin ser tributaria de una exégesis rabínica. Separé la envoltura judía (que en Apocalipsis es abundante) y me quedé con la grosura cristiana tratando de hallar un mensaje que no estuviera fuera de tono con el de los otros pastores del Nuevo Testamento.
Apocalipsis, aparte del deslumbramiento que logran algunos expositores, no podrá ser suficientemente útil a las iglesias gentiles si no se «purifica» de su judaísmo con una libre interpretación cristiana de la gracia de Dios en Jesucristo. El Cordero es colocado dentro de un esquema judío. Es un libro para judíos y cristianos y un poco más «enmarañado» que Hebreos. Su autor parece pertenecer más al ala izquierda de Jerusalén dirigida por Santiago que a la derecha liberal paulina.

En The Expositor´s Bible Commentary leemos:

\C1 Aunque Apocalipsis no cita directamente algún texto del antiguo testamento, hay cientos de lugares donde Juan alude de una forma u otra a textos del Antiguo Testamento. Swete menciona que entre los 404 versículos del Apocalipsis, 278 hacen referencia a las Escrituras judías. UBS´s Greek NT cita alrededor de 500 veces pasajes de las Antiguas Escrituras dentro del libro. En cualquier caso, el uso por el autor de Apocalipsis del Antiguo Testamento es único; ni siquiera en las epístolas de Pablo se encuentran tantas referencias, solamente 95 citas directas y posiblemente 100 alusiones.
El Antiguo Testamento usado por Juan es primeramente semítico más bien que griego, concordando a menudo con el Tamud Aramaico y ocasionalmente reflejando de fondo materiales de Midrashik. Puede mostrarse que el autor usó otro texto además del Masorético y que tenía una estrecha afinidad con el texto Hebreo y los manuscritos del Qumran. Cita ampliamente a los profetas como Isaías, Jeremías, Ezequiel, y Daniel. Juan también a menudo se refiere a los Salmos, Éxodo, y Deuteronomio. No usa simplemente las citas del Antiguo Testamento en su sentido precristiano sino que más bien las revierte modificadas. Si bien es cierto que existe una verídica continuidad entre Apocalipsis y el antiguo orden, el nuevo emerge desde el Antiguo como un producto distinto (el énfasis es mío).

\S1 Fecha

Continuando con The Expositor´s Bible Commentary:

\C1 La fecha más probable es al final del reinado del emperador Domiciano (81-96 d.C.). Ireneo quien vivió en 186 d.C., que fue discípulo de Policarpo y este a su vez del apóstol Juan, afirma que fue escrito cuando Juan se hallaba en la isla de Patmos estando ya viejo y enfermo.

\S1 La autoría y canonicidad

Al respecto leemos en The Expositor´s Bible Commentary:

\C1 La cuestión de la autoría de Apocalipsis es lo mismo que ha pasado con otros escritos del apóstol Juan (el evangelio y las epístolas). Los testimonios más antiguos que adjudican a Juan el libro de Apocalipsis se remontan hasta Justino Mártir (165); Clemente de Alejandría (220); Hipólito (236); Origen (254). No fue hasta Dionisio, el distinguido obispo de Alejandría y un estudiante de Origen (264), que alguna otra voz hubo de levantarse dentro de la iglesia contra la autoridad apostólica de Apocalipsis. Dionisio cuestionó el origen apostólico de Apocalipsis porque este afirmaba la esperanza milenial y terrenal del reino de Cristo (chiliastas), a lo cual él se oponía, y que aparece como se sabe en el capítulo 20. Dionisio basó su argumento en cuatro comparaciones entre este libro y el Evangelio de Juan y las Epístolas: (1) el Evangelio y la Primera Epístola no mencionan el autor, sin embargo Apocalipsis lo hace; (2) el Evangelio y la Primera Epístola contienen pasajes paralelos, sin embargo el Apocalipsis no; (3) ninguna referencia a Apocalipsis aparece en aquellos escritos y ninguna referencia en estos escritos se da en el libro de Apocalipsis; y (4) el griego en el Apocalipsis es escrito con faltas y completamente diferente del que se halló en el cuarto Evangelio y en la Primera Epístola. El tiempo de Dionisio, el origen apostólico del libro ha sido disputado en el Oriente hasta los tiempos de Atanasio de Alejandría (373) quien cambió el curso de las cosas con su aceptación. En el Occidente la historia fue diferente. Desde al menos la mitad del segundo siglo, el libro fue aceptado, siendo ampliamente leído y formando parte del canon principal. La Reforma Protestante trajo de nuevo sobre el tapete la cuestión de la autoría apostólica del libro de Apocalipsis y su estatus canónico. Así Martín Lutero, ofendido por el contenido de Apocalipsis, declaró que no lo tenía «ni como apostólico o profético».

\C2 Algunas otras cosas se pueden decir a favor del origen apostólico y profético de este libro. Su uso del Antiguo Testamento y en el Targúm hace virtualmente cierto que se trató de un judío palestino quien estaba muy bien informado acerca de los rituales en la sinagoga y el templo. Posiblemente pudo haber sido un sacerdote. Para resumir, se puede decir que la aceptación o negación de la autoría de Apocalipsis es un asunto problemático. Por otra parte, el lenguaje y estilo gramatical son incompatibles con el Cuarto Evangelio y las epístolas; sin embargo, las imágenes y formas literarias, formación litúrgica y simbolismo, contienen mucha similitud con el evangelio y las epístolas. Desde muy temprano y ampliamente hay testimonios que atribuyen a Juan la autoría de este libro y ningún argumento ha sido suficientemente convincente como para desacreditarlo. Quizás nosotros tengamos que satisfacernos en el presente en nuestro juicio en relación con este libro con lo que Origen sugiere que hagamos con la autoría de Hebreos: «Quien escribió esta carta, Dios sólo lo sabe». Cualquiera que sea el problema de la autoría, la iglesia universal ha reconocido la autoridad divina que tiene Apocalipsis como las otras inspiradas Escrituras.

\S1 Problemas teológicos

Enfocándose en la cuestión teológica The Expositor´s Bible Commentary resume que:

\C1 Desde épocas muy tempranas ciertos énfasis teológicos en Apocalipsis son mencionados como objeciones que se les hace al libro o alguna porción del mismo considerándolas subcristianas. Entre estas objeciones se encuentran (1) su punto de vista escatológico de la historia, el cual incluye un milenio terrenal (capítulo 20); (2) el clamor de venganza de las almas 6:10; (3) la debilidad de su cristianizado judaísmo (Rudolph Bultmann); (4) su uso excesivo de visiones y símbolos, según Martín Lutero, quien dijo que Cristo no es enseñado ni aceptado en este libro, y que además lo consideró que no era tampoco apostólico ni profético.
En resumen, Apocalipsis es reconocido como un libro subcristiano en su cristología, escatología, y en la doctrina de Dios, y que cualquiera de las tres oscurece o contradice el mensaje central del Nuevo Testamento. Beasley-Murray señalan la diferencia que existe entre este libro y la otra literatura apocalíptica, y con sabiduría señalan la necesidad de leer Apocalipsis en conjunto con los demás libros del Nuevo Testamento que lo preceden, no como un documento contradictorio sino más bien como un complemento[8] (énfasis mío).

Y además:

\C1 El Montanismo fue un movimiento espiritual que tuvo lugar en Frigia, durante el Imperio Romano en Asia Menor (actualmente Turquía) alrededor del año 172 d.C. Los seguidores de Montano perduraron un par de siglos más y después desaparecieron. El énfasis principal de este movimiento de reforma de la iglesia o más bien sectarismo, consistía en la reactivación según él, del don de profecía que había existido en los tiempos apostólicos, y que comenzaba con él cómo el cumplimiento de la promesa de Jesús escrita en Juan 14 y 16, y en el milenio de Apocalipsis. En su bautismo habló en lenguas y atrajo a su movimiento a dos mujeres que también llamó profetizas, Priscila y Maximila. Montano creía en los libros del Nuevo Testamento pero también en el don de profecía y que en su movimiento estaba activo. Pensaba que el regreso de Cristo era tan inminente que ya había comenzado el milenio y pronto aparecería en el cielo la Nueva Jerusalén como había profetizado Juan en su Apocalipsis. El miembro de la secta más prominente después de su fundador fue Tertuliano, un abogado de la ciudad de Cartago, que fue uno de los principales críticos de la iglesia. El montanismo nunca fue declarado como una herejía por la iglesia pero ella lo miró y siguió de largo.[9]

Si quieres enseñar y predicar sobre Apocalipsis, sin especulaciones sensacionales que han sido descartadas por miles, sin creerte que estás en posesión de la última palabra de la voz profética, aquí tienes un libro de exposiciones muy prudentes y llenas de buena intención que con bondad te ofrezco.

Humberto Pérez


NOTAS



[1] Un buen capítulo sobre el tema «Una crítica al dispensacionalismo premilenial», la hallamos satisfactoriamente en el libro escrito por Anthony A. Hoekema, The Bible and the Future, pags. 194-222; Eermans. Es uno de los capítulos más extensos del libro y su argumentación contra el premilenarismo es demoledora y abunda hasta el cansancio. Con esa crítica uno se queda con la idea que el premilenarismo es la peor hipótesis que sobre el milenio se podría tener. En cuanto a su exposición del capítulo 20 de Apocalipsis, su opinión sobre los muertos que volvieron a vivir, tomada como regeneración espiritual, me parece insatisfactoria aunque la premilenarista es inadmisible; ver pags. 233-238.
[2] Wishart, The Book of the Day, Oxford, University Press.
[3] Broadman Bible Commentary; Vol 10.
[4] Si usted piensa de manera premilenaria y quiere conseguir una asombrosa explicación contraria a lo que he dicho, lo invito a que lea de Craig A. Blaising en Tres puntos de vista del milenio y el más allá, FLET, las págs.79-88, especialmente la pág. 86. La discusión está un poco fatigosa pero interesante. Y si quiere algo exquisitamente duro de roer puede consultar la obra de Geerhardus Vos, The Pauline Eschatology, págs. 226-260, «The Question of Chiliasm», [La Cuestión del Chilianismo (Milenio)], especialmente lo que dice en la pág. 246 sobre la inserción del milenio en Pablo.
[5] C.H. Spurgeon, The New Park Street Pulpit, domingo, 28 de Enero de 1855.
[6] Iain H Murray, en su biografía sobre Jonathan Edwards, que es tenido como premilenario, escribe que la confianza en la providencia de Dios era mayor que su fe en el hipotético período de mil años de reinado de Cristo sobre la tierra, «En la tradición reformada la doctrina de la providencia fue un material teológico muy rico, más rico quizás que la idea del milenio ... el milenarismo mira hacia el futuro como un momento de triunfo escatológico de la iglesia en la tierra. Y en contraste, la providencia expande el alcance de esa escatología, resumiendo el pasado, presente y futuro en un punto dentro de la economía divina y le da un balance a las dos dimensiones posibles, la terrenal y la celestial. Esta completa perspectiva providencial es evidente en los escritos de Edwards y su preocupación con el futuro de la iglesia militante a través de las edades tanto en el presente como en el futuro; y de la misma forma muestra su interés con las glorias de la iglesia triunfante, como la anticipación de esa gloria en la tierra, de lo que será en el cielo».
[7] James Tabor, profesor en el Departamento de Estudios Religiosos en la Universidad de Carolina del Norte.
[8] The Expositor´s Bible Commentary; Zondervan, págs. 399-411.
[9] Historia del Cristianismo, Kenneth Scott, Latourette, págs. 174-176; Evangelical Dictionary of Theology, págs. 732,733.