martes, 8 de enero de 2013

La incredulidad nos levanta más temprano



Mateo  8: 24, 25
" 24 Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. 25 Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!".

Si vemos a Jesús tranquilo ¿por qué nos ponemos nerviosos? ¿No dormía así Pedro en su celda la noche antes de su posible ejecución?  (Hch. 12: 5-7). ¿No dice que él da a sus amados el sueño? (Sal. 127: 2). La incredulidad nos despierta más temprano cuando todo el cuerpo lo necesita. Las preocupaciones nos dan los buenos días antes que la luz del sol. Ya nos vemos sin remedio en el fondo del mar. Fallamos en nuestra imitación de Cristo. Si nos parece que el Señor no le da importancia a nuestra situación es que no la tiene, estando él ahí. Nuestros miedos la exageran, fertilizan nuestra imaginación, la complican, la llenan de fantasmas, nos matan estos temores antes de morir.

Ninguna cosa quiero ahora tanto, cuando mi suelo se mueve, como ver engrandecida mi fe. Jesús domina los tiempos y con él aunque dormido, las cosas se ponen mejor, el viento guarda silencio y las nubes se van. Tal vez imitamos de Jesús muchas cosas, menos su tranquilidad y su manera de dormir. Las promesas divinas son buenas almohadas, lo que no las usamos.