jueves, 10 de enero de 2013

Los caprichosos Testigos de Jehová y el Valle de Hinnon


Mateo 10: 28
“No temáis a los que matan el cuerpo pues el alma no pueden matar, temed a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”.

La palabra alma, como algunos prefieren, no se puede traducir vida que es uno de sus significados, porque no tendría sentido decirles que “la vida no pueden matarla”; tiene que referirse a algo que no es la historia, ni la esperanza, ni la fe, sino espiritual que se halla fuera del alcance de las manos de ellos. En cuanto a que Dios sí puede destruir el alma de eso no hay duda; si él es el Creador del espíritu humano, lo puede deshacer cuando lo desee.

El espíritu no es inmortal en lo que a Dios se refiere, es inmortal en relación con la muerte, pues ella no lo toca sino que cuando el cuerpo deja de funcionar ella se libera y vuelve a Dios que lo dio. A las almas impías Dios las envía al infierno donde son destruidas junto con el cuerpo, sin aniquilación; eso quiere decir que la destrucción del alma no tiene que ver con la muerte del cuerpo y ha de ocurrir cuando lo ocupe de nuevo, o sea después de la resurrección. Mientras tanto ¿dónde se halla? En “prisiones de oscuridad hasta el juicio del gran día” (2 Pe. 2: 4).

La palabra infierno originalmente es “gehenna” o Valle de Hinnon, un lugar sucio donde se tiraban y quemaban  los desperdicios de Jerusalén y se sacrificaban niños al dios Moloc. No tiene sentido que Dios haga resucitar a la humanidad impía y la eche toda en ese pequeño valle de Israel para que perpetuamente se estén quemando, llorando y crujiendo los dientes. Ese es un lugar que sirve de símbolo al infierno, donde los demonios y los impíos son echados y son perpetuamente destruidos, que no necesariamente es una aniquilación perpetua, una extinción total, sino un castigo o una prisión eterna de donde la conciencia jamás es liberada y no siente a Dios, a no ser su juicio. Todo lo contrario es lo que creen los caprichosos Testigos de Jehová.