lunes, 21 de enero de 2013

Pablo se rapó por gusto

Hechos 21:20-26
24 Tómalos contigo, purifícate con ellos, y paga sus gastos para que se rasuren la cabeza; y todos comprenderán que no hay nada de lo que se les informó acerca de ti, sino que tú también andas ordenadamente, guardando la ley. 25 Pero en cuanto a los gentiles que han creído, nosotros les hemos escrito determinando que no guarden nada de esto; solamente que se abstengan de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación”.

En esta exposición hallarás a dos líderes prominentes, dos hermanos en Cristo, sin embargo uno, Santiago, liderando el sector judaico del cristianismo naciente que continuaba apegado a la ley de Moisés y el otro, Pablo, un ministro a los gentiles, que aunque educado dentro del judaísmo predicaba a Cristo sólo, la salvación por la gracia, sin las obras de la ley. Jerusalén no es la ciudad de Pablo, ni donde tiene más amigos ni convertidos; pero está llena de judíos ortodoxos por la ley y de cristianos que también la guardaban. Es allí donde a Pablo le esperaban muchas anunciadas tribulaciones y donde tuvo que hacerse como si estuviese sujeto a la ley aunque no lo estaba. Lo que hizo Pablo allí en relación con los votos, no afectaba su salvación, pero tampoco jamás predicó que alguien lo hiciera, no formó parte de sus enseñanzas porque fue una actitud misionera, circunstancial como dice Calvino, y no teológica.

Santiago hizo la sana proposición de que Pablo desmintiese los falsos rumores que estaba enseñando a los judíos a apostatar de Moisés (v.21); así según él, mejoraría la imagen dentro de su pueblo y lo guardaría de cierto posible peligro cuando oyeran que había venido a la fiesta (v.22). Él pensó que ellos al verlo cumpliendo los votos “comprenderán que no hay nada de los que se les informó” (v.24). Fue muy ingenuo al pensar de ese modo o le faltaba conocer muchas cosas del apóstol, que el simple hecho de pagar aquellos votos no sería suficiente para sus adversarios que le habían escuchado enseñar, sostener y defender la gracia por encima del cumplimiento ceremonial de la ley.

De una manera o de otra, tampoco sus difamadores entendían bien lo que Pablo pensaba de la ley, pero le habían oído decir muchas cosas con las cuales ellos no estaban de acuerdo; por ejemplo: “La circuncisión nada es” (1Co.7:19) “Somos circuncidados por medio del bautismo, circuncisión no hecha de mano” (Col.2:11,12) “De todo lo que se venda en el mercado comed sin preguntar nada por motivos de conciencia” (1Co.10:25-27) “No estéis sujetos al yugo de esclavitud” (Ga.5:1) “El fin de la ley es Cristo” (Ro.10:4) “Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Col. 2:14) “Uno hace diferencia entre día y día, otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente.  El que hace caso del día lo hace para el Señor; y el que no hace caso del día para el Señor no lo hace. El que come para el Señor come y da gracias a Dios; y el que no come para el Señor no come y da gracias a Dios” (Ro.14:5,6) “Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios es evidente porque está escrito: Mas el justo por la fe vivirá; y la ley no es fe sino que dice: El que hiciera estas cosas vivirá por ellas”.

Parecería iluso que si sus enemigos le oyeron enseñar esas doctrinas  aceptaran que por el simple hecho de raparse el cabello o por pagar los gastos de aquellos cuatro nazarenos, él hubiera cambiado. Y así ocurrió, nada más que lo vieron se formó el tumulto. ¿Hasta qué punto Santiago conocía el ministerio de Pablo? ¿Podría pensar que él le predicara un evangelio de libertad en la gracia a los griegos y uno atado al yugo de la ley para los judíos? Santiago había enviado algunos a Antioquía, una iglesia eminentemente gentil, para influir sobre ella con sus emisarios (Ga.2:12). Su reputación en ese entonces era muy fuerte y los mismos hermanos temían contradecirlo. No, Santiago estará ayudando al apóstol pero también parece querer ganarlo públicamente para su grupo  judeo-cristiano. Pablo le había contado una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles (no entre los judíos) por su ministerio (v.19). Glorificaron a Dios por la conversión de los gentiles (v.21).

Pablo no mencionó los millares de gentiles que habían creído, pero los hermanos de Jerusalén, especialmente Jacobo sí lo hicieron diciendo: “Ya ves hermano, cuántos hermanos han creído y todos son celosos por la ley”. Estaba queriendo decir: “Nosotros, los de la circuncisión también hemos sido bendecidos por el Señor y tenemos convertidos por millares y esa multitud guarda la ley”.

Si sacan el asunto es porque en el curso del testimonio de Pablo se hizo referencia (y ellos lo sabían bien) que en la conversión de los gentiles medió la predicación de un evangelio sin la ley. Santiago está queriendo decirle: “Ese evangelio que tú predicas, como acordamos en el Concilio, es para los gentiles y no para los judíos; hemos tenido noticias (por no decir él mismo) de que también estás enseñando a los judíos la clase de evangelio que es sólo para gentiles, según hemos acordado. Por tanto, demuestra ahora con esos votos y gastos, que aunque predicas un evangelio sin ley para ellos, tú como judío practicas el judaísmo”. Es indudable que Santiago está procurando someter al apóstol, al menos ante los ojos de muchos hermanos. Si alguien duda que semejante presión se hiciera sobre él, lea en Ga.2:1-10, como tuvo que predicar en Jerusalén su evangelio sin ley, escondido, y siempre con peligro de espías. 

La “multitud” que oiría de su llegada y se alborotaría, ¿quiénes serían?, ¿los judíos cristianos o los no cristianos? Parece que ambos formaban ese gentío. Lo que quiere decir que los hermanos judíos convertidos se hallaban a gusto en Jerusalén y no sufrían alguna persecución porque estaban bien identificados con las autoridades judías; y eso es lo que explica por qué todos, incluyendo a Bernabé, les temían por las consecuencias. Pablo aceptó aquello no por el miedo que las palabras del hermano Jacobo podrían producir en él, sino porque pagaba el precio, adoptando en forma un apego al judaísmo que ya en sustancia distaba de guardar; con el propósito de tener un buen clima, calmar a los adversarios y haciéndose judío ganar a los judíos (1Co.9:19,20). Pero no le sirvió. Lo detuvieron. No salió libre de esa visita.