miércoles, 9 de enero de 2013

Engañarse bien no es tener fe



Mateo 9: 21
"Y la mujer fue salva desde aquella hora".

O sana, como una mejor traducción. Es muy raro que el Señor halle fe en alguna parte y no la honre, aunque no sea pura. La fe de esta mujer es genuina, como se lee, pero con impurezas; ¿qué es eso de prescribir el modo de sanarse?; porque ella había dicho que si tocaba su manto se sanaría. Su fe es genuina porque la puso en Jesús, pero estaba un poco distante de su centro. No hubiera hecho falta que tocase algo de su persona para ser sanada; como el centurión y otros, con su Palabra bastaba. Fue un toque supersticioso. Fue una invención suya y no alguna sugerencia del Espíritu porque ella era la que a sí misma se decía que si tocaba el manto se sanaría. ¿No había muchos que le oprimían echándose sobre él? El Espíritu no impulsa a nadie a depender de algo más que de la fe misma. 

El proceso de creer es interno y no precisa de semejante apoyo como poniéndole un punto límite, una barrera a la obtención de su deseo. Cuando dentro del corazón se usan esos apoyos externos, disminuyen la fe desde un discernimiento espiritual de Cristo hasta un capricho hecho firme por un procedimiento repetitivo o psicológico. Engañarse bien no es tener fe. Hubiera hecho mejor que repetirse continuamente que si tocaba su ropa se sanaba, dar la vuelta y frente a sus ojos caer de rodillas y plantearle su necesidad; por cualquier razón queremos quitarle algo a Cristo sin tener que comprometernos con El, entrar en su discipulado por la espalda y quedarnos escondidos y no darle ni servicio ni honra (Luc. 8:47).