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miércoles, 30 de octubre de 2013

Lutero, Monje Católico, renuncia a la salvación por obras



"Lutero... el misticismo lo cautivó por algún tiempo, como antes lo había hecho la vida monástica. Quizás allí encontraría el camino de salvación. Pero pronto este camino resultó ser otro callejón sin salida. Los místicos decían que bastaba con amar a Dios, puesto que todo lo demás era consecuencia de ese amor. Eso le pareció Lutero una palabra de liberación, pues no era entonces necesario llevar la cuenta de todos sus pecados, como hasta entonces había tratado de hacer. Empero no tardó en percatarse de que amar a Dios no era tan fácil. Si Dios era como sus padres y sus maestros, que lo habían golpeado hasta sacarle la sangre, ¿cómo podía él amar le? A la postre, Lutero llegó a confesar que no amaba a Dios, sino que lo odiaba.

"No había salida posible. Para ser salvo era necesario confesar los pecados, y Lutero había descubierto que por mucho que se esforzara, su pecado iba mucho más allá que su confesión. Si, como decían los místicos, bastaba con amar a Dios, esto no era de gran ayuda, pues Lutero tenía que reconocer que le era imposible amar al Dios justiciero que le pedía cuentas de todas sus acciones.

"En esa encrucijada, su confesor, que era también su superior, tomó una medida sorprendente. Lo normal hubiera sido pensar que un sacerdote que estaba pasando por la crisis por la que atravesaba Lutero, no estaba listo para servir de pastor o de maestro a otros. Pero eso fue precisamente lo que propuso su confesor. Siglos antes, Jerónimo había encontrado un modo de escapar de sus tentaciones en el estudio del hebreo. Aunque los problemas de Lutero eran distintos a los de Jerónimo, quizás el estudio, la enseñanza y la labor pastoral tendrían para él un resultado semejante. Por tanto, se le ordenó a Lutero, quien no esperaba tal cosa, que se preparase para ir a dictar cursos sobre las Escrituras en la Universidad de Wittenberg.

"Aunque muchas veces se ha dicho entre protestantes que Lutero no conocía la Biblia, y que fue en el momento de su conversión, o poco antes, cuando empezó estudiarla, esto no es cierto. Como monje, que tenía que recitar las horas canónicas de oración, Lutero se sabía el Salterio de memoria. Además, en 1512 obtuvo su doctorado en teología y para ello tenía que haber estudiado las Escrituras.

"Lo que sí es cierto es que cuando se vio obligado a preparar conferencias sobre la Biblia, nuestro monje comenzó a ver en ella una posible respuesta a sus angustias espirituales. A mediados de 1513 empezó a dar clases sobre los salmos. Debido a los años que había pasado recitando el Salterio, siempre dentro del contexto del año litúrgico, que se centra en los principales acontecimientos de la vida de Cristo, Lutero interpretaba los salmos cristológicamente. En ellos es Cristo quien habla. Y allí vio a Cristo pasando por angustias semejantes a las que él pasaba. Esto fue el principio de su gran descubrimiento. Pero si todo hubiera quedado en esto, Lutero habría llegado sencillamente a la piedad popular tan común, que piensa que Dios el Padre exige justicia, y es el Hijo quien nos perdona. Precisamente por sus propios estudios teológicos, Lutero sabía que tal idea era falsa, y no estaba dispuesto a aceptarla. Pero en todo caso, en las angustias de Jesucristo empezó a hallar consuelo para las suyas.

"El gran descubrimiento vino probablemente en 1515, cuando Lutero empezó a dar conferencias sobre la epístola a los Romanos, pues él  mismo dijo después que fue el primer capítulo de esta epístola donde encontró la respuesta a sus dificultades. Esa respuesta no vino fácilmente. No fue sencillamente que un buen día a Lutero abriera la Biblia en el primer capítulo de Romanos, y descubriera allí que "el justo por la fe vivirá". Según él  mismo cuenta, el gran descubrimiento fue precedido por una larga lucha y una amarga angustia, pues Romanos 1:17 empieza diciendo que "en el evangelio la justicia de Dios se revela". Según este texto, el evangelio es revelación de la justicia de Dios. Y era precisamente la justicia de Dios lo que Lutero no podía tolerar. Si el evangelio fue fuera él  un  mensaje de que Dios no es justo, Lutero no habría tenido problemas. Pero este texto relacionaba indisolublemente la justicia de Dios con el evangelio. Según Lutero cuenta, él  odiaba la frase "la justicia de Dios", y estuvo meditando de día y de noche para comprender la relación entre las dos partes del versículo que, tras afirmar que "en el evangelio la justicia de Dios se revela", concluye diciendo que 'el justo por la fe vivirá'.

"La respuesta fue sorprendente. La "justicia de Dios" no se refiere aquí, como piensa la teología tradicional, al hecho de que Dios castigue a los pecadores. Se refiere más bien a que la "justicia" del justo no era obra suya, sino que es don de Dios. La justicia de Dios es la que tiene quien vive por la fe, no porque sea en sí mismo justo, o porque cumpla las exigencias de la justicia divina, sino porque Dios le da este don. La "justificación por la fe" no quiere decir que la fe sea una obra más sutil que las obras buenas, y que Dios nos pague esa obra. Quiere decir más bien que tanto la fe como la justificación del pecador son obra de Dios, don gratuito. En consecuencia, continúa comentando Lutero acerca de su descubrimiento, "sentí que había nacido de nuevo y que las puertas del paraíso me habían sido franqueadas. Las Escrituras todas cobraron un nuevo sentido. Y a partir de entonces la frase "la justicia de Dios" no me llenó más de odio, sino que se me tornó indeciblemente dulce en virtud de un gran amor" (La Era de los Reformadores, Justo L. González; páginas 48-50).

martes, 29 de octubre de 2013

Los tiempos de una iglesia pequeña



Salmo 105:12-15
“…cuando ellos eran pocos en número, muy pocos y forasteros”  (ver Ge. 20:7; Num. 12:7; son llamados profetas).

¿Perteneces a una iglesia con pocos miembros? En esa época cuando los miembros de Israel eran pocos en número, no fue su peor tiempo sino uno de los más bendecidos porque toda la congregación no sumaba más de setenta y cinco personas (Hch. 7:13); y eso ya en tiempos avanzados cuando habían aumentado algo, porque en los tiempos de Abraham e Isaac eran menos. Cuando el padre de la nación libertó a su sobrino Lot de manos de aquella confederación cananita que atacó a Sodoma, (Ge. 14), dice que tuvo mucho miedo pero Dios lo alentó así: “No temas Abram, yo soy tu escudo y tu galardón será sobremanera grande” (Ge. 15:1). Y después de esto en tiempos de Jacob, cuando sus dos hijos Simeón y Leví vengaron la deshonra de su hermana Dina sobre los hijos de Siquem, el patriarca temió que lo extinguirían por completo y dijo: “Entonces Jacob dijo a Simeón y a Leví: Me habéis arruinado, haciendo que yo sea odioso entre los habitantes de esta tierra, entre los cananeos y los ferezeos. Teniendo yo pocos hombres, se juntarán contra mí, me herirán y me destruirán a mí y a mi casa” (Ge. 34:30). Pero sus temores tampoco se hicieron realidad porque Dios cuidó aquel pequeño grupo a pesar que hacían cosas no convenientes para la supervivencia de la familia.

Hay veces que las iglesias son pequeñas y desaparecen por problemas internos que les pasan, pero si el que dirige la obra es un consumado siervo de Dios, los pecados y desatinos que cometan los miembros de la familia no perjudicarán definitivamente su existencia; el rebaño sobrevivirá y seguirá creciendo porque Dios cumplirá su propósito con él.  Los tiempos de una iglesia pequeña pueden ser tiempos de mucha bendición espiritual y grandes manifestaciones divinas.

Una congregación pobre y pequeña puede tener futuro y ser una bendición del cielo para sus miembros, aunque no tenga recursos para fabricar su propio templo y se convierta en una congregación nómada, obligada a ir de un sitio a otro como Israel “de nación en nación y de un reino a otro pueblo” (v.13). No hay base bíblica para afirmar que Dios sólo visita los cultos de aquellas iglesias grandes que tienen su propio edificio y mucho dinero para sostener diferentes ministerios, ni siquiera hay garantía para afirmar que la palabra que predican es inspirada por el Espíritu Santo. Puede que sí o puede que no, porque el Espíritu no tiene en cuenta esas cosas. No tengas reparos en pertenecer a un pueblo pequeño, siempre y cuando sean fieles a Dios. Ojalá  sean muchos y no pocos, y todas las iglesias pequeñas crezcan y sigan fieles. Quizás estés espiritualmente más seguro en una manada pequeña que en un gran rebaño. Cuando el pueblo de Dios era pequeño, fue tan hermoso para él que quien lo tocaba, tocaba la niña de sus ojos y no consentía que nadie los agraviase en lo más mínimo.  Cuando Labán traía palabras groseras para decírselas a Jacob, Dios le apareció en sueños y le advirtió que guardara su lengua de hablarle “descomedidamente” porque no quería que insultasen a su ungido. No menosprecies nunca una iglesia pequeña que pudiera ser que en ella es donde mejor cuidada se halla tu alma. Amén.

lunes, 28 de octubre de 2013

Sincronizados a la voluntad de Dios

Salmo 101: 2,6
“Entenderé el camino de la perfección cuando vengas a mí”. El texto más bien contiene una pregunta y se leería así, “me comportaré con sabiduría en el camino de la inocencia (perfección) ¿cuándo vendrás a mí?...”. 

La Versión Reina-Valera deja el texto confuso. El salmista habla de su perfección, su inocencia y cómo procura vivirla dentro de su casa y para los suyos, primeramente, y entonces le pregunta al Señor que cuándo vendrá, que ya él y su familia están preparados para recibirlo, por supuesto con las manos llenas. En el v. 6 afirma que esa clase de creyentes son los únicos visitados por Dios, en contraste con los que se desvían (v. 3); los vv. 3,4 parecen referirse a él, que no se juntará con esa clase de gente y desde los vv.5-8 se refiere a Dios, que es como él y con los mismos sentimientos. El dice “aborrezco la obra de los que se desvían”, y Dios responde “Yo también”; él dice “ninguno de ellos se acercará a mí, no tendré que ver con sus vidas ni compartiré su techo ni sus alimentos, no haré alianza con ellos ni meterá conmigo la mano en el plato” y Dios dice “conmigo tampoco”. 

Es hermoso que haya en nosotros “este sentir que hubo también en Cristo Jesús” y que el corazón nuestro sea como el de Dios, y al concluir una reunión podamos decir que ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros (Hch. 15: 28), y hay un santo orgullo cuando se dice “Dios y yo somos semejantes, él siente lo mismo que yo y hemos hecho las mismas decisiones”. Ojalá fuésemos así, estemos así, sincronizados a la voluntad de Dios aunque nos saque sudores de sangre, como nos enseñó el Señor en el Padre nuestro, lo ejemplificó en el jardín de Getsemaní y lo demostró en la cruz.

viernes, 25 de octubre de 2013

En el aire me sostuvo una mano invisible


Salmo 94:18
“...cuando yo decía mi pie resbala tu misericordia me sostendrá”; otras versiones lo vierten en pasado y queda más bonito y útil, “cuando resbalaba tú me sostenías”. Resbalé pero no llegué al suelo. Se taparon la boca sin poder creerlo y abrieron los ojos y dieron un grito. ¡Imposible! Pero no llegué al piso, en el aire me sostuvo una mano invisible.

¿Has perdido alguna vez tu equilibrio espiritual? Hay dos causas al menos por las cuales uno se cae: porque tropiece o porque resbale. No hay santo alguno que no haya tenido esa terrible experiencia,  sentir que su pie resbala y como el salmista pensar que ha de caerse. No se trata que haya tropezado, pues en ese caso bien pudiera haber puesto sus manos para amortiguar la caída o sostenerse de algo para evitarla; pero cuando se resbala la caída no es hacia delante sino hacia atrás, no hay tiempo para sostenerse y el golpe generalmente es mayor y más peligroso.

Hay cierto grado de inocencia o ingenuidad cuando se resbala, porque se pone el pie en un sitio que se cree firme, parece firme y de pronto no se halla apoyo y el pie resbala. El que resbala no nota las causas deslizantes antes de apoyarse confiado, sino después que ha caído. Aunque no hay ninguna razón que justifique la misericordia divina, quizás esa es una,  por la que Dios extiende sus brazos de misericordia y sostiene al que resbala para que recobre su equilibrio espiritual y no sea quebrado hueso suyo. Cuando uno resbala es porque se ha salido del Camino; en los pasos por donde va nuestro Señor no hay ningún punto que resbale. Los que han resbalado pero no han caído tienen secretamente el testimonio de la fidelidad del Señor, puesto que él los ha seguido por una vereda no suya y ha extendido sus brazos no dejándolos caer, ni las cosas que puso en sus manos.

No hay persona más indefensa que el que ha resbalado, y sólo un milagro podrá evitar que se haga daño. ¿Cuándo has visto que vayan dos juntos y uno resbale que el otro lo sostenga? No le da tiempo, lo más que puede hacer es ayudarlo a levantarse pero no alcanza a evitar su caída; excepto que su segundo sea Dios. El invierno se acerca y habrá nevadas y heladas, roguemos al Señor que guarde nuestro pie de resbalar, sobre todo los hermanos y hermanas mayores. Cuando ya se tienen algunos años un resbalón, una caída, puede significar un golpe muy mal dado y una rotura sin soldar por el resto de los días. Las quebraduras a una edad avanzada son difíciles de soldar, hay demasiados sentimientos en la sangre que no dejan que lo que se quebró se recupere. Es lentísima la recuperación espiritual de un adulto maduro. ¿Tienes temores de caer en pecados? Piensas, "perdí mi equilibrio y algunas cosas que tenía en mis manos se me cayeron y estuve a punto de tocar el suelo pero me recibieron acá abajo Sus brazos eternos (Deu.33:27), y me agarró antes que el sonido de mi caída lleguara muy lejos". ¿Sientes miedo que al fin las codicias te venzan y te atrapen las iras? Toma un par de horas para llorar y confesar tu pecado (vv.16-18). Y en cuanto a tropezones: abre bien tus ojos y mejor aún, dicho en sentido figurado, levanta el pie del sitio donde estás o frecuentas, mientras más pronto te vayas, mejor, no sea que “tu pie tropiece en piedra” y te desmenuce.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Perder un amigo es como sufrir un divorcio


Salmo 88:8,18
“…has alejado de mí al amigo”. 

Recuerda esa experiencia que como el salmista tú también has vivido. Un día tus amigos y conocidos se alejaron de ti y eso fue duro, ser traicionado por aquellos a quienes amabas. Tardaste mucho tiempo en adaptarte a esa realidad que ya no tendrías contigo con quien te gozabas en la casa de Dios y se comunicaban dulcemente los secretos; sufriste como un esposo de quien la mujer se divorcia. Perder un amigo es como sufrir un divorcio.

¿Nunca se te ha ocurrido pensar en la providencia de Dios y que fue él quien los separó de ti? Si realmente ellos te hubieran hecho falta, ¿cómo un Dios de amor te hubiera privado de tenerlos? Las luchas que has tenido las has pasado sola y con ellos te hubiera sido más fácil compartiéndolas, con sus auxilios. Como Jonatán sólo con tu espada has tenido que atacar la guarnición de los filisteos (1 Sa. 14:6,14,15).

¡Oh cuánto has hecho para retenerlos, pero todo ha sido inútil! Dios había decretado tu separación de ellos porque necesitabas tu amarga soledad. Hubieras querido en aquel entonces huir a otra parte, asociarte con gente mejor, sustituir a los que te dejaron, llenar el espacio vacío que dejaron en tu alma, conseguir nuevos amores que cicatrizaran las heridas que ellos te hicieron; pero eso tampoco Dios te ha permitido y han tenido que cerrarse solas sin el bálsamo humano. Dios te ha encerrado y lo dijiste: “Encerrado estoy, no puedo salir”. ¡Qué preciosos eran aquellos amigos, los de la juventud! Hasta el momento no sabes completamente por qué todo eso ha ocurrido ni todo el bien que te ha hecho haberlos perdido, pero sí estás seguro que has tenido contigo a Dios y su palabra.

sábado, 19 de octubre de 2013

La funesta historia de un hombre triunfador

                LUCAS 12:13-21

 “13 Le dijo uno de la multitud: Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia. 14 Mas él le dijo: Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros con un juez o partidor? 15 Y, les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. 16También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho.17 Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? 18 Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes;19 y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. 20 Pero, Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? 21Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios”.

Este no es la historia de un cristiano, tampoco es la historia de un hombre sensual y común sino de un hombre de negocios y buen comerciante, con la gran meta para su vida de alcanzar fortuna y una seguridad económica, para él y los suyos, que les permitiera vivir tranquilo y saludables toda la vida. Pero las cosas no sucedieron como él las deseaba y las había planeado, sino que sin aviso alguno se murió, y de la noche a la mañana se frustraron todos sus proyectos súbitamente.
El caso parece que fue una muerte repentina, no por accidente ni sufriendo una prolongada enfermedad, sino que disfrutando completa salud su corazón se paró sin previo aviso y todo se acabó. Cuando Jesús compuso esta parábola tuvo que haber estado pensando en muchos casos, y la gente sabía que le estaba diciendo la verdad. Le podían poner nombres al personaje de este cuento.
Todo empezó cuando uno de entre el gentío se acercó a él para que arbitrara, supuestamente el mayor de varios hermanos, para que los otros les cedieran toda la porción de las propiedades que habían heredado, para sumárselas a las de él, que ya era el doble por ser el mayor, de la que había correspondido a cada uno de los otros. Jesús inmediatamente se dio cuenta de la injusta petición motivada por la avaricia y el apetito desordenado de posesiones.

Y mirándole a los ojos le quiso advertir que estaba equivocado con el enfoque que le estaba dando a su vida, hacer dinero de cualquier manera que fuera posible, y en este caso dejando a sus hermanos sin nada y él poseyéndolo todo. Nuestro Señor sin indignación, pero firme, sin amabilidad tampoco, le dijo que no le cambiara la función de predicador por la de árbitro y administrador en esos asuntos, que mejor fuera se buscara algún abogado y le pagaran para que les resolviera esa disputa familiar sobre dinero (v.14). Jesús no les dijo que dejaran de darle importancia al dinero, ni les aconsejó que se pusieran de acuerdo para vender toda las propiedades y repartírselas a partes iguales, ni les pidió que le mostraran el testamento del padre difunto, sino que él no se metía en esos asuntos sino en aquello que estaba percibiendo, que el preguntón era un avaricioso y debía cambiar el rumbo que le estaba dando al propósito de su vida que excluía, por lo que el Señor vio, cualquier preocupación espiritual después de la muerte cuando tuviera que presentarse delante de Dios (v.21).
La parábola, que fue dicha de un modo solemne, tuvo como propósito redirigirle la vida hacia un fin mejor, que hacer de toda ella un mecanismo productor de dinero y prosperidad económica. Aquel hombre dedicado completamente a hacer dinero para vivir bien no tendría tiempo, ni lo tuvo tampoco, para hacer una oración de acción de gracias por lo que estaba recibiendo, por la salud que disfrutaba, o para confesar algún pecado, sino que cada día se levantaba a trabajar y cansado se iba a la cama sin tomar en sus manos uno de los libros de la ley de Dios y leer alguna porción y juntamente elevar una oración.
En sus proyectos no se incluía a Dios, toda su vida era un asunto que le incumbía a él nada más y que nada tenía que ver la religión con ella, al contrario, podría perjudicarle si lo forzaba a examinar éticamente sus contratos de negocios. Así que intencionalmente echó la religión de su vida y de su casa, y una vez sus negocios libres de ella, de cualquier modo posible los hizo prosperar al punto que aquel último año de su vida fue el más próspero de toda ella. Como todo un magnate no pensó en agrandar sus graneros, sino que ordenó que se contrataran todos los hombres que hicieran falta para derribarlos, pagar a carpinteros y albañiles, y edificarlos nuevos y más grandes donde cupiera todo lo que había cosechado, de lo cual podía ir comiendo y bebiendo, y vendiendo por muchos y largos años. Es decir, en ese momento se sentía un hombre realizado, inmortal, que había triunfado en la vida, había dado de comer a muchos trabajadores y amasado una buena fortuna para poder vivir tranquilo, y divirtiéndose como quisiera.

No obstante, la providencia divina pensaba de otra manera y una noche se acostó cansado pero contento de que no era un hombre fracasado sino un triunfador y un modelo para jóvenes ambiciosos a quienes podía enseñarles la ciencia del triunfo. Pero no tuvo tiempo para eso porque en el libro de la vida y de la muerte, donde Dios tiene escrito la longitud de ella se encontraba anotada la fecha de su terminación, y estaba más próxima que lo que él se imaginaba. No habría de llegar a la senectud ni peinaría canas, ni abrazaría nietos. Habría de morir en la plenitud de sus fuerzas y funciones, y aquello frustraría por completo su imaginación de lo que consistía vivir, que no era sólo tener éxito con el dinero sino enriquecerse con la gracia de Dios, con fe y buenas obras, que son de las cosas únicas que se puede llevar un muerto cuando abandone este mundo para su morada eterna. Este no es el mismo caso de la parábola llamada "el rico y Lázaro". De este hombre rico no se dice que su alma estaba en tormentos sino simplemente que se murió, pero la intención escatológica la tiene él versículo veintiuno que implica el interés que debe mostrarse en esta vida por aquellas cosas que no perecen, sino que uno se lleva consigo hasta Dios.

La pregunta que hace el Señor ¿y lo que ha provisto de quién será? (v. 20) pudiera haberla contestado "de mi mujer y mis hijos", pero Jesús no le da tiempo a responder de esa manera, como si le dijera por adelantado "sí está bien, de ellos, pero ¿qué será de ti si mueres sin un céntimo de fe, de gracia, misericordia y perdón? ¿De qué te sirvió a ti personalmente dejarle toda tu fortuna a la familia si no te llevas con tu alma otros valores en los cuales no pensaste?". Así termina la funesta historia de la perdición eterna de un hombre de éxito.


jueves, 17 de octubre de 2013

Ningún santo termina jamás de orar


Salmo 72:20
“Aquí terminan las oraciones de David”.

Lo que termina aquí son las oraciones escritas que hizo David, por lo menos en esta colección, pero no las orales; las oraciones cantadas. La última es para su hijo Salomón. Y ¿cuándo David terminó de orar, aquí?  ¿Aquí realmente terminan las oraciones de David? No, fíjate en el título de los salmos 86, 101,103, etc. y verás que aquí no terminan las oraciones de David, aquí terminan las oraciones agrupadas en esta colección.

Ningún santo jamás termina de orar, mientras haya vida en su alma continúa orando porque no hay deleite más grande para su espíritu que orar, estar en la presencia de su Dios. Pudieran haber terminado sus producciones literarias pero él siguió orando, pudo haber concluido su ministerio musical y ya no escribir ningún otro salmo, pero él continuaría orando. Dejó de orar cuando murió, entonces sí pudo escribirse ese epitafio: “Aquí termina la vida de oración de David”. Cuando David envejeció y ya no podía tomar la pluma y escribir, cuando no tenía fuerzas para tocar su arpa y la dejó arrinconada, cuando no podía calentarse sobre la cama, aún seguía orando y meditando dentro de su alma. Si un santo deja de orar deja de ser santo. Oh Señor, no me quites los deseos de orar, auméntalos. Qué delicia es meditar y reflexionar en oración.

No dice que estos sean los rezos de David sino “las oraciones”. Quien haya leído las oraciones de David sabe que son originales, no copias de las oraciones de algún otro santo que le precediera como fueron Samuel o Moisés. Pudo haberse inspirado en las oraciones de aquellos y hubiera sido lícito, pero no lo hizo como ocurrió con el Magnificat de María (Luc. 1:46-55), aplicándolo a sus propias circunstancias. No, David, ungido por el Espíritu Santo, prefiere derramar su alma con sus propias palabras: se exalta, deprime, argumenta, confía, se arrepiente, se espanta, alaba, perdona, pide venganza, exhorta, instruye. La oración es algo muy unido entre su alma y Dios.

Las oraciones de todos los santos, en cuanto al formato, en sentido general son modelos, patrones, pero no son de ningún provecho si se toman para hacer repeticiones. Tanto el alma como las situaciones de cada santo son distintas. Ni las oraciones del Señor Jesucristo han sido preservadas para repetirlas; a no ser que lleguemos a encontrarnos en las mismas situaciones críticas que él.

¿Qué  sentido tiene decir: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” si estamos llenos de gozo? o, “vénganos tu reino”, ¿si cada día amamos más este mundo? “perdona nuestros pecados como nosotros perdonamos a nuestros deudores”, ¿si es mentira y no perdonamos a nadie ni siquiera pequeñas ofensas? No hay oración más muerta que la que se copia de otro y se repite sin sentirla. Es cierto que Esteban oró con las palabras de Jesús, y María como Ana, porque el primero estaba muriendo como él, eso pensaba, y ambas mujeres tuvieron un hijo por un milagro.

  1 Juan Mayormente el contenido de esta carta, si es que a pesar de la repetición de asuntos, se puede considerar de esa manera y no como...