miércoles, 23 de octubre de 2013

Perder un amigo es como sufrir un divorcio


Salmo 88:8,18
“…has alejado de mí al amigo”. 

Recuerda esa experiencia que como el salmista tú también has vivido. Un día tus amigos y conocidos se alejaron de ti y eso fue duro, ser traicionado por aquellos a quienes amabas. Tardaste mucho tiempo en adaptarte a esa realidad que ya no tendrías contigo con quien te gozabas en la casa de Dios y se comunicaban dulcemente los secretos; sufriste como un esposo de quien la mujer se divorcia. Perder un amigo es como sufrir un divorcio.

¿Nunca se te ha ocurrido pensar en la providencia de Dios y que fue él quien los separó de ti? Si realmente ellos te hubieran hecho falta, ¿cómo un Dios de amor te hubiera privado de tenerlos? Las luchas que has tenido las has pasado sola y con ellos te hubiera sido más fácil compartiéndolas, con sus auxilios. Como Jonatán sólo con tu espada has tenido que atacar la guarnición de los filisteos (1 Sa. 14:6,14,15).

¡Oh cuánto has hecho para retenerlos, pero todo ha sido inútil! Dios había decretado tu separación de ellos porque necesitabas tu amarga soledad. Hubieras querido en aquel entonces huir a otra parte, asociarte con gente mejor, sustituir a los que te dejaron, llenar el espacio vacío que dejaron en tu alma, conseguir nuevos amores que cicatrizaran las heridas que ellos te hicieron; pero eso tampoco Dios te ha permitido y han tenido que cerrarse solas sin el bálsamo humano. Dios te ha encerrado y lo dijiste: “Encerrado estoy, no puedo salir”. ¡Qué preciosos eran aquellos amigos, los de la juventud! Hasta el momento no sabes completamente por qué todo eso ha ocurrido ni todo el bien que te ha hecho haberlos perdido, pero sí estás seguro que has tenido contigo a Dios y su palabra.