sábado, 12 de octubre de 2013

El pastor que tuve, que tengo y debiera tener


1 Corintios 4:6-8
“Pero esto, hermanos, lo he presentado como ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros. Porque ¿quién te distingue? ¿O qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? Ya estáis saciados, ya estáis ricos, sin nosotros reináis. ¡Y ojalá reinaseis para que nosotros reinásemos también juntamente con vosotros!”.

Supongamos que sí, que los corintios hubieran sido bendecidos con el ministerio de excelentes siervos de Dios, ¿era justificable que comentaran e hicieran llegar a oído de Apolos y Pablo los comentarios de que habían hallado siervos de Dios mejor preparados que ellos, más alumbrados? No hagas eso. No compares al pastor que tienes ahora con el que se marchó, sobre todo para lisonjear los oídos del actual a costa de la desvalorización de quien antes te sirvió. A Dios no le gusta oir eso, el ama a todos sus ministros y a unos capacita de un modo y a otros de otro.

Medios para formar una idea
Si quieres conocer quien es un pastor tendrías que conocer su vida íntima, por ejemplo sus oraciones cuando se halla solo intercediendo por su iglesia o pidiendo luz para su mensaje o alabando al Señor con gratitud. Pero tú no tienes acceso a eso, él no te lo permitiría, esas voces de su lugar santísimo pueden ser oídas solamente por Jehová. Mi esposa en broma una vez dijo a sus dos periquitos mientras marchaba al trabajo: “Recojan todo lo que oigan y luego me lo dicen”. Algunas veces sonrío pensando en eso. Si ellos pudieran hacerlo no me importaría que contaran mis conversaciones telefónicas ni delataran las entrevistas personales que he sostenido en mi oficina, pero me llenaría de estupor si dijeran lo que me han oído orar.

Pero como no puedes ir al santuario del alma de un ministro, quizás puedas leer lo que escribió, si es que ha escrito algo. Entonces, como dijo el apóstol aprenderás a “no pensar más de lo que está escrito” (v.6). El apóstol quería que lo juzgaran no por lo que la gente decía sino por lo que él mismo había escrito con sinceridad diciendo la verdad o quizás también se refería al Antiguo Testamento, para que se formaran una opinión escritural, bíblica suya y de cualquier otro siervo. Los libros de un ministro autor son en realidad un retrato de su alma. Es como si hicieras el recorrido en su torrente sanguíneo y visitaras su cerebro y corazón, como si cabalgases sobre sus mismos pensamientos y mirases el mundo con sus mismos ojos.

No obstante, como hay muchos que no han escrito ni siquiera con el dedo en tierra, tienes que formarte tu opinión por lo que la Biblia enseña que debe ser un ministro santo y esto especialmente cuando vayas a valorarlo o compararlo. Al apóstol no le dolía tanto que lo tuvieran en poco como que se excedieran en valorar a quienes en realidad no eran tanto, los malos ministros que le sucedieron. Lo que les dice no es para que mejoren la opinión suya sino para que rebajen a los que injustificadamente, juzgados por sus escritos o por la Escritura, no merecían ser puestos en tan alta estima. Sin embargo ambas cosas son solamente medios para que te formes una idea aproximada de lo que un pastor debe ser.

El pastor de tu preferencia
Casi que es ilimitado el tipo de pastor que cada hermano quisiera tener, habría que hacerle uno particular, como aquel levita errabundo del tiempo de los jueces, para cada Micaías que uno entreviste. Es asombroso mi amado, como el juicio de una iglesia puede ser torcido tanto y sentirse contenta y feliz con los peores predicadores y enseñadores, con aquellos que la están edificando con heno y hojarasca y madera mala que pronto el fuego la quemará. Sin embargo acuden en masa a oírlos, les nutren sus conferencias y servicios y como moscas sobre un cadáver vuelan a sus templos y les piden membresía. Sin embargo pedirían la renuncia o no votarían para llamar a un gran siervo de Dios que los edifique y administre con sus misterios. Hablas con hermanos de esas congregaciones y se sienten satisfechos, “saciados, ricos” (v.8). Te manifiestan que ahora sí han hallado la iglesia conveniente. ¿Cuál es tu opinión sobre eso? ¿No es que ellos no aman la palabra de Dios? No buscan oro refinado en fuego, ni perlas preciosas porque lo que quieren es el heno y con heno viven, o mejor dicho, mueren.

Compare a Pablo, a quien ellos debían la salvación, con los otros robadores de iglesias. Piensa en el ministerio riquísimo del apóstol y la pobreza de enseñanza de aquellos otros y con todo se sentían felices y como reinando sin él. Ya no extrañaban sus pláticas, sus conversaciones, sus sermones, otros habían ocupado su púlpito, valían menos, pero se acomodaban mejor a lo que ellos eran, como si el apóstol hubiera echado sus perlas a los puercos. Habían cambiado de ministerio para perder. Pero ¡ojalá reinaseis! (v.8), porque realmente ni estaban espiritualmente saciados, ni enriquecidos, ni reinaban sobre el mal. Estaban muriendo de hambre sin notarlo, empobreciéndose en cada sermón, siendo dominados más que dominando. Pasa tus ojos por las iglesias vecinas, mira el horizonte actual de la obra de Cristo. ¿Qué podrás hacer?

Gratitud
¿Y tú hermano ministro? ¿Podemos tú y yo presentarnos “como ejemplo” (Aplicar esquemáticamente o figurativamente como indica la palabra) a las iglesias como símbolo de unión ministerial, ¿o nos asaltamos recíprocamente?, de humildad, ¿o apelamos a la iglesia para hacerle creer que ha hallado el mejor pastor del área y del país?
Hermano ministro, ¿no serás culpado tú ante Dios de promover la idolatría? ¿No serás tú el culpable de hacerle creer a los hermanos tu superioridad, aparente, absurda, imaginaria? Ese pudiera ser el pecado por el cual tu obra no prospera como debe. “¿Quién te distingue? ¿O qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorias como si no lo hubieses recibido?” (v.7). ¿Crees que eres algo? ¿A quién se lo debes? Si sabiduría tienes, no es innata, te fue dada, si predicas bien, ¿quién te dio esa voz? Si tus sermones y estudios agradan, edifican, salvan, ¿de quién es el crecimiento, del que planta, del que riega o de Dios? Lo que eres lo eres por Dios, porque su gracia te ha ayudado a serlo, te ha formado de esa manera. Más que orgullo debieras sentir agradecimiento. Si te ves forzado a confesar que lo que tienes ha sido dado por Dios, ¿qué sentido tiene que seas arrogante? Detén las alabanzas que has promovido y dirígelas al cielo. De punta a cabo eres una obra de la gracia de Dios y a ella es a quien debes ensalzar, sus méritos, no los tuyos.

A ti te digo que si Dios te ha dado un ministro rico, que predica enjundiosamente, si es distinguido, muy conocido, famoso, gloríate en Dios no en él, agradécelo al Señor. Si quisieras tener uno así, pídelo al Espíritu Santo. Y lo que dice de él se aplica a todos por igual, la falta de humildad tan abundante entre los ministros es un defecto de todos. Quien te distingue es Dios y lo que tienes es solamente para tu uso y  promover Su honra como fiel instrumento y agradecido receptor, contento con exportar al mundo, al reino de Cristo, a los ángeles, a los demonios, una imagen bíblica de lo que es un pastor, el tuyo.