jueves, 17 de octubre de 2013

Ningún santo termina jamás de orar


Salmo 72:20
“Aquí terminan las oraciones de David”.

Lo que termina aquí son las oraciones escritas que hizo David, por lo menos en esta colección, pero no las orales; las oraciones cantadas. La última es para su hijo Salomón. Y ¿cuándo David terminó de orar, aquí?  ¿Aquí realmente terminan las oraciones de David? No, fíjate en el título de los salmos 86, 101,103, etc. y verás que aquí no terminan las oraciones de David, aquí terminan las oraciones agrupadas en esta colección.

Ningún santo jamás termina de orar, mientras haya vida en su alma continúa orando porque no hay deleite más grande para su espíritu que orar, estar en la presencia de su Dios. Pudieran haber terminado sus producciones literarias pero él siguió orando, pudo haber concluido su ministerio musical y ya no escribir ningún otro salmo, pero él continuaría orando. Dejó de orar cuando murió, entonces sí pudo escribirse ese epitafio: “Aquí termina la vida de oración de David”. Cuando David envejeció y ya no podía tomar la pluma y escribir, cuando no tenía fuerzas para tocar su arpa y la dejó arrinconada, cuando no podía calentarse sobre la cama, aún seguía orando y meditando dentro de su alma. Si un santo deja de orar deja de ser santo. Oh Señor, no me quites los deseos de orar, auméntalos. Qué delicia es meditar y reflexionar en oración.

No dice que estos sean los rezos de David sino “las oraciones”. Quien haya leído las oraciones de David sabe que son originales, no copias de las oraciones de algún otro santo que le precediera como fueron Samuel o Moisés. Pudo haberse inspirado en las oraciones de aquellos y hubiera sido lícito, pero no lo hizo como ocurrió con el Magnificat de María (Luc. 1:46-55), aplicándolo a sus propias circunstancias. No, David, ungido por el Espíritu Santo, prefiere derramar su alma con sus propias palabras: se exalta, deprime, argumenta, confía, se arrepiente, se espanta, alaba, perdona, pide venganza, exhorta, instruye. La oración es algo muy unido entre su alma y Dios.

Las oraciones de todos los santos, en cuanto al formato, en sentido general son modelos, patrones, pero no son de ningún provecho si se toman para hacer repeticiones. Tanto el alma como las situaciones de cada santo son distintas. Ni las oraciones del Señor Jesucristo han sido preservadas para repetirlas; a no ser que lleguemos a encontrarnos en las mismas situaciones críticas que él.

¿Qué  sentido tiene decir: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” si estamos llenos de gozo? o, “vénganos tu reino”, ¿si cada día amamos más este mundo? “perdona nuestros pecados como nosotros perdonamos a nuestros deudores”, ¿si es mentira y no perdonamos a nadie ni siquiera pequeñas ofensas? No hay oración más muerta que la que se copia de otro y se repite sin sentirla. Es cierto que Esteban oró con las palabras de Jesús, y María como Ana, porque el primero estaba muriendo como él, eso pensaba, y ambas mujeres tuvieron un hijo por un milagro.