lunes, 7 de octubre de 2013

No es la Madre Naturaleza sino el Padre Dios


Salmo 8:1-2
“Oh Jehová, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra! has puesto tu gloria sobre los cielos”. 

Hay cosas que uno oye decir que tienen que herir el corazón de Dios; por ejemplo, en alusión al tiempo bueno o malo dicen: “Si la madre naturaleza nos concede tal y tal”. Sí, ¿la madre naturaleza te hizo? ¿Quién es ella? ¿Es sabia, inteligente, habla, piensa? No, no han sido sus leyes las que te han formado, no fueron sus leyes las que te dieron origen; fuiste formado con leyes pero no por leyes. Las leyes de la naturaleza son los procedimientos de Dios, la forma por la cual hizo y gobierna el mundo; las leyes son impersonales, actúan en cierta dirección pero no se mueven a voluntad propia sino en el sentido que se les impuso. No es la madre naturaleza la que te dio origen, la que ocasiona el clima y las estaciones del año sino el Padre Dios, que hace el invierno y sus nevadas, las primaveras con sus flores y cantos de aves, el abrasador verano y el triste pero no menos bello, y colorido otoño. Pero hablas así porque estás ciego, como dijo Abraham Lincoln: “Bien ciego es, o más bien, bien ciegos son los ojos de los que no ven a Dios”.

El v.2 no parece formar parte del contexto de maravilla de todo el salmo, pero sí lo es; David adora a Dios públicamente enfrente mismo de muchos enemigos. El rey, el varón derramador de sangre, el soldado combatiente adora como un niño, canta alabanzas a su Dios, se exalta, se emociona y precisamente en eso, cuando se hace mil veces más vil es cuando más fuerte es en Dios. Le confiesa delante de gran congregación. Por eso la versión griega recoge “perfeccionaste la alabanza” y la hebrea: “Fundaste la fortaleza”, ambas cosas forman parte del mismo sentimiento que tiene el cantor. ¡Oh sólo los que son niños entienden el privilegio de haber sido creados por Dios y enseñorearse de la obra de sus manos! Este fue el salmo que los astronautas dejaron en la luna cuando llegaron por vez primera. David nunca pudo imaginar semejante cosa, su pequeño salmo cantado en la luna.