miércoles, 9 de octubre de 2013

Ciencia, tú no has matado a mi Dios


Salmo 29:2
“Dad a Jehová la gloria debida a su nombre”. 

David comienza invitándonos a dar gloria a Dios y como para que tengamos idea de ella nos muestra como él actúa en las tormentas. El relámpago que enciende con rojo el firmamento, el ronco trueno que cae sobre los árboles, el diluvio que trae a Jah (v.10). No siente horror sino regocijo, ¿cómo dices que el origen de todas las religiones es el miedo? No es el origen de Jehová. David no conoce ninguna explicación científica sobre el rayo y el diluvio, pero reconoce en ello la voz de Dios. Hoy los hombres que han descubierto las leyes naturales que hacen funcionar todo, se han tornado ateos.  

¿Cómo pueden negar que haya un legislador? No hay razón para que el hombre moderno no adore a Dios con la misma fe sencilla de las remotas civilizaciones. La ciencia no ha destruido a Dios, le ha ayudado a eliminar supersticiones nada más; pero se ha engreído por hallar tantas religiones falsas. Alma moderna, adora a tu Dios como David, con su entusiasmo, con su gozo, con su piedad. Hazte ignorante y serás sabia, adora como los ignorantes. Yo quiero adorar así, moderno en ciencia y antiguo en religión. 

Ciencia, tú  no has matado a mi Dios, no has destruido mi culto, al contrario, me has dicho claramente cuando te leo entre líneas agnósticas, que no lo has podido eludir. (Meditar en 1 Co. 3:18; 1 Ti. 6:20). Si te haces, más por política que por exactitud, agnóstica, te descreo y te apellidas “falsamente”.