Páginas

lunes, 30 de noviembre de 2009

¿Soy mal cristiano porque como carne de cerdo?



"Que comen carne de cerdo, se quedan en los sepulcros, y en lugares escondidos pasan la noche y dicen no te acerques a mí porque soy más santo que tú".  (Isaías 65:2-5; 66. 17).


En el Nuevo Testamento hay solo dos grandes mandamientos: Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo. En esos dos se encierran los cuatro primeros para relacionarnos con Dios y amarlo con todas las fuerzas y en los seis restantes la relación de amor con el prójimo. Lo que demuestra que se cumplen los cuatro primeros es el cumplimiento de los seis finales. El amor a Dios por el prójimo pasa. El cumplimiento de la ley es el amor. Por eso dijo Agustín de Hipona “ama y haz lo que quieras” porque el amor “no hace daño al prójimo”.
La Biblia prohíbe ciertos alimentos no por cuestiones dietéticas sino religiosas. Nadie ha podido demostrarme satisfactoriamente que las leyes sobre los alimentos y los días especiales no son “sombras de cosas mejores” que estaban por venir, y que mientras más ceremonial se convierta un cristiano menos posibilidad habrá de que lo contamine la hipocresía. Uno puede medir el amor que un creyente le tiene a Dios no por las ceremonias sino por cómo trata a su prójimo. No  por la carne que no coma sino porque ame a los demás que fueron hechos  a su semejanza. El amor a Dios en el prójimo se sublima.

Dentro del Nuevo Testamento los mandamientos son:
“No matarás, no codiciarás el auto, la casa, el trabajo o la mujer de tu prójimo, no maltratarás la tuya, indefectiblemente le darás un abrazo diario, le dirás de cuando en cuando que cocina bien, que sonríe bonito y que estás orgulloso de ella, no mirarás películas pornográficas ni hojearás revistas de ese tipo, te dejarás de chistes con doble sentido, no gritarás como un poseso, ninguna palabra corrompida saldrá de tu boca porque con ella dices amén, aleluya y gloria a Dios, no adorarás el dinero y abrirás tu billetera para los necesitados, déjate de tanto bla, bla, bla, y muéstrales tu fe por tus obras, no serás egocéntrico ni presumido, no creerás que todo te lo mereces, que eres el mejor, el más perfecto, no permitirás chismes en tu mesa ni pasarás rumores sin fundamento, no hablarás con la boca llena, déjate de hipocresías y nunca llames hermano al que no ayudas, y sé sincero pero no fresco ni cruel, lee tu Biblia todos los días media hora antes de sentarte enfrente de la TV, compra libros cristianos por el valor de una pizza o de una entrada al cine, sé una antorcha encendida en lugares oscuros, aplasta a Satanás debajo de tus pies, no ames el mundo, no engordes mucho porque como Elí puedes caerte y desnucarte, corre con paciencia la carrera que tienes por delante y un kilómetro para bajar el colesterol, toma una ducha diaria y canta himnos debajo de ella, etc.”.    
Es una irresponsabilidad exegética decirles a los que están en estado de gracia que salgan y guarden las minúsculas jotas y tildes de la ley que tengan que ver con comidas y sábados, abluciones, cabellos largos, uñas cortas, el uso de ropas masculinas o antimonio para los ojos y diversas leyes para mujeres antes del parto y después del parto.
¿Es que desobedezco a Dios, yo un pobre gentil, que ama a Dios porque mata y come cerdo? ¿Violo toda la ley porque incumplo ese punto? Yo sé que esos mandamientos ceremoniales fueron dados a Israel para separarlos teológica y éticamente de los demás pueblos hasta que viniera Cristo y nos fuera dado el Espíritu Santo. Y porque interpreto el Antiguo Testamento por el Nuevo y sé lo que es la salvación por gracia, lo que vale el sacrificio de Cristo para comprarla, porque en la vida cristiana comer más o menos no me hace más santo ni agrado más o menos a Dios por eso. Entiendo bien lo que es la justicia de Cristo imputada, la eficacia de su sangre en la limpieza de los pecados, lo que significa que él haya sido hecho por mí “redención, justificación” mi “única esperanza” y mi “todo”.
¿Cree usted que al llegar al juicio final el Señor me dirá: “Sé que me has amado, has sufrido por mí, no has negado mi nombre, eres un tizón arrebatado del incendio, te has justificado en mi Hijo, has confiado únicamente en él para ser salvo, has nacido de agua y del Espíritu, te he dado la fe que tienes, te he conducido al arrepentimiento, no has caído de la gracia, huiste de la ira venidera, te escondiste en Cristo que es tu única esperanza de gloria, tu Abogado y tu Único Mediador, pero estoy decepcionado contigo porque bebías café, comías sin lavarte las manos, trabajabas el sábado que yo santifiqué y guardabas el domingo para el cual no di mandamiento alguno. Vete tú y todos los que compartían la teología de Pablo de Tarso a un distante rincón de mi gloria porque los primeros puestos aquí son para los “más santos que tú” que no comieron carne de cerdo”?

sábado, 28 de noviembre de 2009

El ateísmo judío dan ganas de llorar

Jeremías 5: 12
“Negaron a Jehová y dijeron: El no es”. 
¿Judíos ateos? ¿Descendientes del padre de la fe que no crean en el Dios de Abram, Isaac, Jacob y los profetas? No creían en la existencia de Dios por cuanto negaban que hubiera una providencia que gobernara todas las cosas, que guiara los destinos del mundo e interviniera en la vida y suerte de cada persona. Se imaginan que nada les ocurrirá porque no hay Nada.  El texto del profeta en buena traducción quiere decir que no existe, que son embustes las profecías. Oh pueblo arrogante, ¿cómo no puedes creer en Dios, con tantas evidencias y revelación? A ti nada más te ha demostrado que él existe, que es el que Soy, los de otras culturas son pamplinas (Ex. 3: 14; Deu. 32:39). Si no hay Jehová no hay Jesús, entonces no hay nada que hacer con el desesperado caso humano. 
Y negando la providencia negaban la inspiración de la Biblia, negando que El haya hablado por los profetas o apóstoles es una forma de negar la existencia de Dios porque afirmando que las profecías y los evangelios son inventados se niega la existencia de Dios. ¿Cómo puedes ser tan necio para decir en tu corazón no hay Dios? (Sal. 14: 1). No hay un pueblo tan incrédulo en el mundo como ése que dude  de pruebas indubitables (He. 1:3).
Pero ha quedado un pueblo escogido. Si la mayoría de esos políticos patriotas no son creyentes en Dios sino en el dinero y en su tierra, Dios se ha reservado un remanente elegido por gracia que sí cree y da honor a Jehová y a la historia de la revelación, aceptando al judío Jesús de Nazaret como el legítimo Mesías, Hijo de Dios y el Salvador del mundo.
A todos los demás pueblos ha dejado en la oscuridad, y tuvieron que inventarse sus religiones con sus dioses y supersticiones porque no les llegó la luz de Dios. Las religiones y filosofías vienen de todas partes pero la salvación sólo viene de los judíos (Jn.4:22). El ateísmo judío pasma y dan ganas de llorar como lloró Jeremías en Anatot y Jesús sobre las rocas de Jerusalén. Si no hay Jehová somos los más dignos de conmiseración de todos los pueblos porque sólo hemos esperado en él. De verdad que hay que tener ganas que no haya Dios para negar que Jehová. Hay que tener ganas de vivir sin Dios.

martes, 24 de noviembre de 2009

Las promesas de Dios no son una estafa


Jeremías 4. 10
“En gran manera habéis engañado a este pueblo”.

Las promesas de Dios no son una estafa. La gran mayoría de los comentaristas adscriben estas palabras a los falsos profetas que le prometieron en nombre de Jehová paz a su pueblo y no la tuvieron (5:12;14:13;1 Re 22.23; Eze 14.9). Quizás tengan razón pero yo también sé que hay muchas promesas que hemos podido alcanzar y no las obtuvimos no porque Dios nos hubiera engañado sino porque fuimos infieles antes que ellas se cumplieran y que estando tristes y decepcionados con lo ocurrido nos ha parecido, y francamente le hemos dicho a Dios, o lo hemos pensado dudando, que nos ha engañado, que esas bellas promesas fueron todas una ilusión.
Todas las promesas de salvación son sí en Cristo pero hay otras que las cumple y distribuye la providencia y que quedan dependientes de que vivamos convirtiéndonos a él. Él ha prometido vida eterna, es imposible que Dios mienta (Tito 1.1).
A menudo los sueños de un pastor con su iglesia, sus oraciones por ella dan al traste con los logros obtenidos y las promesas bíblicas que han alentado su labor y fe: Ver en su congregación cumplidas las promesas de Dios, y sin embargo ha contemplado decepcionado que sólo unas pocas de ellas han sido cumplidas por Dios, por un tiempo y no perennemente y el resto tampoco. Sus sueños con la iglesia no se han cumplido, ella no ha sido lo que él quería. Entonces se acusa a sí mismo de no haber alcanzado mejores logros y pone en tela de juicio su propia fe en la Palabra de Dios a quien acusa de no haberlo asistido, que no cooperó con sus sueños ni apoyó sus promesas, sin darse cuenta que Dios no está comprometido con nuestros sueños y ambiciones sino con su propósito.
¿Tú crees que Dios te ha engañado, profeta, porque no te dio el bien que te prometió, que no cumplió su promesa y te ha ido mal y no bien? Hay condiciones de la paz (Luc 14.32). Tal parece que has querido, digo con buenas intenciones, que Dios cumpla sus promesas sea como sea. Y no es así. El Señor les pidió que se convirtieran teniendo fe en ellas y no lo hicieron, por lo tanto las promesas no pudieron alcanzarlas, la paz que les ofreció no llegó y la culpa la tienen ellos y no Dios. Ni tú. No alcanzan lo que Dios les promete porque no mejoran espiritualmente sino que son peores. Y tú no conoces el corazón de ellos como Dios. Quieren que Dios les cumpla su palabra sin condiciones, sean ellos como sean, ya fieles o rebeldes, pecando o siendo santos, obedientes o desobedientes.
Dile a tu pueblo que no pueden recibir las promesas que le lees si no mejoran espiritualmente y que si luego Dios no cumple los mensajes inspirados que les diste no piensen que la fe es una gran estafa ni pierdan su fe en la Biblia y en lo que en ella está escrito porque aunque hiciste todo lo posible por mejorarlos, no pudiste, y que el fracaso de ellos y tuyo no es por tu culpa sino porque tuvieron en poco lo que les decías y Dios no los engañó ni tú tampoco.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Lutero y Calvino en la Casa de Spurgeon

Unas notas sobre cómo Spurgeon vino a ser calvinista.

En su visita a la catedral de San Pedro el biógrafo Lewis Drummond  dice:

"…fue un momento de mucho valor para Spurgeon por su profunda admiración para la teología de Juan Calvino y eso puede demostrarse oyendo sus propias palabras:

‘Recuerdo el día cuando por primera vez recibir estas verdades en mi alma, cuando ellas fueron como Juan Bunyan dice, fueron metidas en mi alma como con un hierro caliente; y también recuerdo cómo me sentí que crecía desde un niño hasta un adulto, y así he encontrado una vez por todas la relación de estas doctrinas con la verdad de Dios. Una noche cuando estaba sentado en la casa de Dios, y esto no tiene nada que ver con el sermón del predicador porque no creía lo que estaba diciendo, me quedé pensando en cómo es que me volví cristiano.
‘Me respondí a mí mismo que fue por causa del Señor. También entonces me pregunté qué cómo es que yo empecé a buscar al Señor. La verdad fue como un rayo luminoso que entró a mi mente. Me respondí que no lo hubiera buscado a no ser que hubiese habido una previa influencia en mi mente que hiciera que yo le buscara. Yo oro, también pensé pero además me pregunté cómo es que he venido a orar. Y la respuesta fue que fui inducido a orar leyendo las Escrituras. Entonces en ese momento me di cuenta que Dios estaba detrás de todos esos asuntos y que él era el autor de mi fe; de ese modo la doctrina de la gracia me fue revelada y de esa doctrina jamás me he separado".

"Además Spurgeon no dejó dudas en cuanto a la base y fundamento de su teología, fue un calvinista dinámico. Típico de esos sentimientos suyos son las muchas veces que tuvo palabras de elogio para Calvino:
‘Calvino es un árbol cuyas hojas nunca se marchitan, todo lo que ha escrito está vivo y nunca pasa de época porque él expuso la palabra de Dios sin prejuicios ni parcialidad. Nunca tuvo algún reparo de encontrarse dentro del marco de los cinco puntos tradicionales del calvinismo como son expresados en el sínodo de Dort’.
“Por supuesto que Spurgeon estaba completamente convencido de que el calvinismo tenía sus raíces en la Biblia. Además de todas estas expresiones mostrando sus creencias en estas doctrinas, tenía en la sala de su casa un busto de bronce de Lutero y otro de Calvino que indicaban su respeto y amor para los reformadores y su teología. La doctrina reformada de la gracia vino a ser el summum bonum para el pastor del Tabernáculo Metropolintano”.    
(Spurgeon, Príncipe de los Predicadores, pags. 255,611, Lewis Drummond. Los énfasis son míos).


viernes, 20 de noviembre de 2009

¡Destruid cuatro sextos de esta cultura!


"No temas delante de ellos,  porque contigo estoy para librarte,  dice Jehová. Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca,  y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca. Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos,  para arrancar y para destruir,  para arruinar y para derribar,  para edificar y para plantar" (Isaías 1.9, 10).


El Señor quiere decir: “Con mis palabras serás poderoso como un general, serás como un ejército. Tú solo con mi mensaje”. Oh ministro, no dudes del poder de tu mensaje, la palabra de Dios es poderosa; más que cualquiera cultura. No le tengas miedo, como un niño, a tu cultura; no es con tu fuerza que ella se cambia sino con la Palabra de Dios.

Fíjate en el número de las palabras: “arrancar y para destruir,  para arruinar y para derribar,  para edificar y para plantar”. Hay más razones para destruir una cultura que para edificarla. El profeta tiene enfrente suyos cuatro sextos  de su cultura para ser destruida y dos para edificarla. Algunas cosas pueden sobrevivir de una sociedad que ha abandonado a Dios pero la mayoría tiene que ser arrancada y destruida.  
Cuando prediques la palabra y pides a los hombres que se conviertan puedes estar seguro que te acompaña un ejército invicto, porque la Palabra y el Espíritu son más que eso (Zacarías 4.6). Se podrá decir de ti como de aquel otro, "Atanasio contra el mundo" (vv. 18, 19).
¿Están los ministros haciendo eso o procuran usar material cristiano para apuntalarla para que no se caiga, mejorarla para que no sea destruida, o peor, “mejorando” el cristianismo y la palabra de Dios para que él pueda sobrevivir en el desafío de ella? Eso es lo que parecen entender muchos consiervos que le tienen miedo a la cultura, profetas que ignoran el poder de la Palabra de Dios que es como un ejército, y atemorizados creen que el evangelicalismo no tiene futuro si no se acomoda a la cultura, se identifica con ella y “salva” a los pecadores con la anuencia y el permiso de ella. No obran sin su consentimiento.

Han izado bandera blanca ante la sociedad y temen desafiar su filosofía y sus ciencias y esconden avergonzados la fe en Dios y en Jesucristo como un abuelo y un tío chapados a la antigua con los cuales no quieren que los relacionen. Entonces los visten de otro modo que parezcan más modernos para que no ofendan a nadie, no se sonrojen con sus públicas inmoralidades ni contesten a la lluvia de blasfemias contra los nombres de ellos  que por cualquier motivo les cae encima, para que con ese silencio socarrón y una estúpida sonrisa les permitan tener un nombre dentro de ella, al menos como figuras muertas en los museos o en sus templos vacíos.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

No Señor, como ellos no




 Isaías 63: 18, 19
"Hemos venido a ser como aquellos de quienes nunca te enseñoreaste, sobre los cuales nunca fue llamado tu nombre".


Otra buena traducción dice “como aquellos en quienes nunca gobernaste”; “como  nunca hubiéramos pertenecido a tu reino y como si ignoráramos tu ley, como si nunca hubiéramos sido escritos en los cielos”.
El profeta dice: “Nos has castigado como a los impíos, ya no somos tu especial tesoro, no tenemos templo, se ha roto nuestra historia, nos quedamos sin ti, sin Nombre, sin nosotros mismos. Hemos vuelto a ser ignorantes, somos paganos y las tinieblas religiosas que han cubierto a otros pueblos nos cubren a nosotros. Oh Señor no, como ellos no, vuélvenos aquí y retorna tu pueblo a tu gracia y misericordia. No queremos practicar lo que otros pueblos tienen por costumbre, no volvamos a ser lo que un día fuimos, acuérdate de tu propósito y que somos  elegidos por tu amor; recuerda a Abram, Isaac, Jacob, a nuestro Señor Jesucristo y que conforme a tu propósito hemos sido llamados.
“Levanta de nuevo nuestros rostros y que el pecado nunca más se enseñoree de nosotros y los que nos vieron humillados oigan como nos has vuelto a honrar y que nuestro actual estado ya es más glorioso que el primero. Que les de envidia nuestra recuperación y sufran con que la herida no fue mortal porque nos hemos sanado. Estuvimos desquiciados como ellos, pero ahora volvimos en sí y a la cordura, por sus hechizos nos volvimos como cerdos y nos pesa; nos dimos cuenta que  lo único que quisieron fue que se les aliviara la culpa con nuestro mal comportamiento, y justificarse de  las traiciones que contra ti habían cometido volviéndonos traidores”.
La Palabra de Dios enseña lo que significa perder las bendiciones y trato preferencial que reciben los amados por Dios cuando son desobedientes y comienzan a golpear a los demás y a comer y beber con los borrachos. Y por sus locuras Dios los castiga con el mundo para que no sean condenados con el mundo.

Cuide su salvación con temor y temblor pero no tema perderla como si siendo elegido por Dios desde la eternidad pueda alguna insensatez quitarle su elección. Honor sí pero no el perdón. No es cierto que a los que predestinó no los justificó y a los que justificó no los glorificó. Es imposible que a los que son vestidos con los delantales de la justicia de Cristo se les despoje de su ropa y se les deje cubiertos sólo con las hojas de higueras de la propia. Como ellos, nunca.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Después de él, bendíceme también



Génesis 27:34-38
“Cuando Esaú oyó las palabras de su padre,  clamó con una muy grande y muy amarga exclamación,  y le dijo: Bendíceme también a mí,  padre mío. Y él dijo: Vino tu hermano con engaño,  y tomó tu bendición. Y Esaú respondió: Bien llamaron su nombre Jacob,  pues ya me ha suplantado dos veces: se apoderó de mi primogenitura,  y he aquí ahora ha tomado mi bendición.  Y dijo: ¿No has guardado bendición para mí? Isaac respondió y dijo a Esaú: He aquí yo le he puesto por señor tuyo,  y le he dado por siervos a todos sus hermanos;  de trigo y de vino le he provisto;  ¿qué,  pues,  te haré a ti ahora,  hijo mío? Y Esaú respondió a su padre: ¿No tienes más que una sola bendición,  padre mío?  Bendíceme también a mí,  padre mío.  Y alzó Esaú su voz,  y lloró”.


 Aunque le parezca una sorpresa, tomo las palabras dichas por un reprobado a su padre, como buenas para orar a Dios cuando se necesita una bendición. Esaú suplicó a Isaac, “bendíceme también a mí, padre mío” (v.34) y repitió lo mismo en el v.38 pero añadiendo a su súplica lágrimas, pues “lloró”. La pregunta no deja de ser conmovedora, “¿no tienes más que una sola bendición?” (v.38), y era una lástima que el viejo tuviera sólo dos y la segunda fuera inferior. Y donde este cazador muestra sumisa y conmovedora desesperación es cuando dice “bendíceme también a mí, padre mío”.
Quiere decirle: “Bendíceme “después” pero aunque sea después, que sea después; si a él lo bendijiste primero, bendíceme a mí aunque sea el segundo, después que termines de bendecirlo a él bendíceme a mí si te queda alguna bendición”. Y si eso fuera poco le añadió un “padre mío”, como quien dice “también eres mi padre porque  yo también soy tu hijo”. Esaú era mejor hijo que Jacob, terrenal, profano y velludo pero no suplantador.

En nuestro caso, no hemos vendido nuestra primogenitura y somos elegidos por Dios que es mejor padre que Isaac y tiene más de dos bendiciones, y cuando rogamos a él no lo hacemos como bastardos ni reprobados sino como hijos legítimos de la promesa. Sin embargo, con humildad cristiana tenemos que reconocer que Dios tiene hijos mejores que lo que nosotros somos o por lo menos hay otros hijos que necesitan tanta bendición como nosotros la necesitamos o quizás necesitan más bendición que la que nos hace falta.
Conscientes de eso podemos con humildad pedir a nuestro común Padre que después que haya bendecido a otros, cuando haya repartido importantes bendiciones, que por favor nos bendiga también. Esaú nunca alcanzó la promesa aunque la procuró con lágrimas pero sí una bendición. Como él le pidió a Isaac nosotros podemos pedirle a Dios. Cuando veamos que Dios bendice a otro no lo envidiemos sino pidamos que después que lo haya bendecido, cuando lo haya hecho prosperar, también lo haga con nosotros.

Si usted ve que Dios está bendiciendo otra iglesia dígale: “Señor después que la hayas bendecido bendice también la mía”. Una bendición pedida con ese espíritu, difícilmente Dios no la conceda. Amén.

  1 Juan Mayormente el contenido de esta carta, si es que a pesar de la repetición de asuntos, se puede considerar de esa manera y no como...