miércoles, 27 de febrero de 2013

Pedirle a Dios cómo no morir

2 Corintios 1:8-11
“El cual nos libró de tan gran peligro de muerte y nos librará, y en quien hemos puesto nuestra esperanza de que El aún nos ha de librar”. 

Pablo no tiene miedo morir pero  hay una clase de muerte que no desea y dice, "nos libró de tan gran peligro de muerte y nos librará". ¿Ser devorado por los leones en el circo? ¿Quemado? ¿Despedazado? ¿Decapitado? No selecciona una forma de morir, pero le pide a Dios que esa clase, “grande” de muerte no lo alcance. Quiere seguir viviendo para beneficio del evangelio y suplica a Dios que le dé otra clase de muerte. Está entusiasmado con la obra del Señor. 

Dios es muy misericordioso y oye nuestras oraciones, conoce nuestros miedos y también mide la altura y profundidad de nuestra fe; por lo cual, él atiende a los ruegos de nuestras debilidades y nos concede peticiones como ésta: podemos pedir al Señor que nos libre de tal y más cual enfermedad, de tal y tal muerte, porque nos espanta y desde afuera, sin llegar a ese momento. 

Pensamos que no tenemos suficiente fe para atravesar esa grande tribulación; y de la forma que Dios le puso a David varios castigos para que eligiera uno, lo mismo hubiera hecho si le pidiera que lo eximiera de horrorosas muertes (2Sa.24:11-14). Y así fue, murió envejecido, desgastado por las guerras y los sufrimientos, y de lo único que se quejaba era de frio (1Re.1:1). Dios es bueno.

Sin embargo hay una excepción. Si la clase de muerte, aunque no se quiera, ha de glorificar a Dios, como fue el caso del apóstol Pedro, “18 De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas a donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras. 19 Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios”. La tradición dice que murió en Roma. Aceptó aquella muerte, que no quería en su vejez pasar por ella, porque habría de glorificar a Dios. La excepción con Pedro y lo que enseña quiere decir que somos libres en la gracia y como hijos de Dios tenemos libertad para rogarle al Señor que hay una clase de muerte que no quisiéramos tener. Sin embargo, él tiene la última palabra.