jueves, 7 de febrero de 2013

El arquitecto de una iglesia



1Corintios 3:10
"Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como sabio arquitecto, puse el fundamento, y otro edifica sobre él. Pero cada uno tenga cuidado cómo edifica encima". 

La palabra arquitecto proviene de otras dos que significan "el principal constructor". Pero los arquitectos no construyen (en el caso de una iglesia sí), están envueltos en la obra pero tienen asistentes a través de los cuales él transmite sus ideas, proyectos, sueños y bellezas. Él es el que concibe el edificio, su estructura, su solidez, su tamaño, la distribución y su altura, y para que será usado. Él es la mente de todo el proyecto; ellos hacen los planos, visión del edificio, supervisan que todo se haga conforme a lo planeado, y conjuntamente con los maestros de obras y albañiles, carpinteros, lo construyen. 

El que abre una nueva obra, entre otras virtudes, debe ser un experto teólogo que empiece la congregación con un buen fundamento doctrinal. Y me apresuro a escribir ardiente y entusiasta teología, para evitar que alguno piense que se trata de una asignatura fría. Nada hace subir tanto la gloriosa temperatura del alma como una fervorosa teología.

Luego están los colaboradores, hermanos que vayan con buenas enseñanzas a hacer progresar el trabajo. Una buena iglesia siempre tiene una buena raíz teológica. Una gran obra se empieza con un equipo de teólogos y ardientes misioneros. Es dificilísima la obra cuando los ayudantes del teólogo son pocos o no existen. Y un futuro desastre del edificio es si el arquitecto, su principal constructor, es un tipo pragmático que no valora la teología. Su iglesia se alzará quizás rápido, sobre la espumosa arena. Sin roca. Y después de deslumbrar a muchos por un tiempo, y hacerse de envidiosos imitadores, las implacables circunstancias la sepultarán. Los arquitectos responsables planean construcciones que les sobrevivan.