jueves, 28 de febrero de 2013

La ciencia cuando se trata de Dios, es petulante


Job 37:1-10
5 Truena Dios maravillosamente con su voz; él ace grandes cosas, que nosotros no entendemos. 6 Porque a la nieve dice: Desciende a la tierra; también a la llovizna, y a los aguaceros torrenciales. 7 Así hace retirarse a todo hombre”.

Me dice el corazón del incrédulo: “Llegará el tiempo cuando se puedan explicar naturalmente todos los milagros de Dios y entonces se entenderá que él no los hizo”; y añade, "si un milagro no se puede explicar naturalmente no existe. Los atributos de Dios fueron creados por la interpretación de los fenómenos naturales, o más bien, por la ignorancia de sus leyes". Yo le contesté: "Los hombres antiguos tenían más fe en Dios y le alababan mejor porque eran ignorantes de las leyes naturales pero no de Dios.

Él decía que no iba a llover y no caía una gota; oraban por lluvia y se la daba; sabían que él gobernaba la naturaleza aunque no cómo. No explicaban a Dios por los fenómenos naturales sino a la inversa; la única explicación que tenían era teológica; luego vino la ciencia y los ayudó a explicar los fenómenos del mundo y ellos entendieron mejor por esas leyes al Legislador y creyeron y alabaron con más conocimientos en esta época moderna”. La ciencia cuando se torna orgullosa se vuelve petulante. Por supuesto que "la ciencia hincha" (1Co.8:1). Y el más inflado de todos es Satanás, dueño de los corazones escépticos y agnósticos, el proclamador de que "Dios ha muerto", y el muerto es él, sus acólitos y la miríada de cadáveres ateos que repiten desde sus tumbas universitarias la necedad que "no hay Dios" (Sal.14:1; Sal.53:1).