domingo, 10 de febrero de 2013

El contenido es bíblico pero vulgar, se lo advierto

Job 20:6-9
“El gozo del impío es por un momento, aunque subiere su altivez hasta el cielo y su cabeza tocare las nubes, como su estiércol perecerá para siempre, los que le hubieren visto dirán ¿Qué de él?”.

La Biblia menciona muchas veces las heces humanas y hasta dice dónde depositarlas y cómo cubrirlas con un palo fuera del campamento para que Jehová “no las vea”. Nuestro amado Señor, el mejor orador del mundo, pensó en ellas cuando habló de lo que contamina al hombre. Dijo que lo que sale del vientre y se deposita en un lugar privado, seco, como dice Mateo 15:17, o “letrina” no es lo más sucio sino lo que le pasa por la mente y se le mete en el corazón.

Esa es mi justificación, caballero, no ser más delicado que Jesús y hacerle pensar en papel de baño y estercolero. ¿Son esas palabras dichas por un hombre, Zofar naamatita, o las inspiró el Espíritu Santo? Es una cruel realidad, que el Espíritu nos llame a reflexionar en heces, como hacen los técnicos en laboratorios, y nos recuerde tal cosa para que no pensemos ser lo que no somos; porque al final no seremos sino sepulcros blanqueados; el cuerpo del pecado hederá descompuesto, peor que un montón de excrementos. Por eso, sí por eso, por nuestro pecado, que son nuestras heces del corazón, es que somos traídos tan abajo; no sólo hemos perdido la eternidad sino la divina gloria de nuestro físico. Menos los ángeles todas las criaturas de un modo o de otro defecan. Y por ende, como tenemos colon no somos dioses, y cada vez que queramos gloriarnos en algo que no sea la cruz de Cristo, debiéramos apuntarnos al vientre y lo que durante todo el día llevamos dentro.

El diablo es el inventor de una clase de hombre de pecado a quien le relame el gusto la exaltación del yo y la egolatría religiosa, y quien hace que se siente como un anticristo en el templo como si fuera Dios o haciéndose pasar por Dios, siendo hombre en su totalidad, hombre, hombre, esto es, hombre de pecado, 666, creado de barro el sexto día. Y desde que el Señor ve que a ese individuo le está gustando que todos los hombres hablen bien de él, deja de bendecirlo porque sabe que si le otorga otra gracia pasaría mucho tiempo pasándole la lengua al éxito y extasiado con el aplauso de la gente y la popularidad, y que su nombre vaya de boca en boca. Dios previene eso reduciéndole la cuota de bendiciones o escondiéndolas donde su vanidoso ojo no las vea.

Es terrible darle la gloria a otra criatura, a un ídolo, y es monstruoso robársela y cogérsela a Dios para uno mismo; a veces no descaradamente sino con sutilidad y envueltita en nobles propósitos. Está mal asaltar lo Divino y hurtar un poco del resplandor de Dios y ponérselo uno sobre la cabeza o sobre su propio nombre, para que compita con Jehová, e insistir ante las otras criaturas con desfachatez diciéndoles con sonrisas, “Yo Soy el que Soy”, cuando no se es sino polvo, defecadores de inmundicias, y lo que dije arriba y que huele mal. Es necesario que ese ladrón de honores divinos, como diría Zofar, hombre petulante y engreído, Dios le baje la cabeza de las nubes, lo cubra con estiércol y lo ponga ante la vista de sus seguidores como un palo de gallinero y los que “le hubieren visto dirán ¿Qué de él?”.