jueves, 11 de abril de 2013

Se dio cuenta de la belleza de la iglesia


Números 24:1-5
“Caído pero con los  ojos abiertos”.   

¿Caído? Quizás en trance espiritual, tal vez en sueño profundo por su visión, pero con los ojos abiertos, quiere decir mirando la visión. Ojalá lo hubiera dicho con el conocimiento teológico que usted y yo tenemos, caído en pecado pero con los ojos abiertos hacia Dios, abiertos para reconocerlo, o de forma antigua, participante de la caída de Adán pero levantado por la resurrección de Cristo, despertado por Jesús, resucitado con él. Caído pero no definitivamente porque se nos da la gracia perseverante y vuelto confirmamos, como Pedro, a nuestros hermanos. Caído en apostasía, en descredito, pero no desechado. Caído y dispuesto a levantarse.

¡Qué extraño, ahora es cuando este hombre afirma que Dios le ha abierto sus ojos! Entonces, ¿fue por mucho tiempo un ministro ciego? Bendecía a Israel, en nombre de Dios, con sus ojos tapados (por la ambivalencia, la motivación del dinero). Oía la palabra divina con los ojos cerrados a la realidad de ella, sin que descubriera el propósito del Señor al enviarla, siendo él mismo la principal razón, su salvación. Era un vehículo de esa Palabra y ella salía por sus labios y no le dejaba ni rastro de bendición, como si nunca la hubiera dicho. Luchaba con Dios, no como Jacob, para recibir una bendición, sino para torcer su voluntad, para cambiarlo, para que él estuviera de acuerdo con su codicia y endorsara sus ambiciones. Quería su oficio, la palabra de Dios, pero no la regeneración. Oh, ¿no quieres la regeneración? 

Hay una enorme verdad, que  no se puede tener una visión correcta de la realidad de Dios, de su voluntad, ni contemplar la iglesia sin que Dios le haga una persona con los ojos abiertos. Lo que Pablo llama, “los ojos del entendimiento” (Efe.1:18). Puedes hallarte ante enormes realidades, acampar junto a las montañas de la revelación, sentir su sombra, admirar su grandeza, y sin embargo no contemplar lo espiritual (Ejemplo, el criado de Eliseo). Moisés se movía “como viendo al invisible” (He.11:27).

Con respecto a la iglesia pasa lo mismo, este hombre no se dio cuenta de la belleza de la iglesia hasta que Dios  le abrió los ojos (v.5). Los que tienen los ojos tapados no la perciben o la miran fea. Oh, que Dios te abra los ojos. El pecado te los puede abrir  al mal, a la tentación y a la muerte; cerrados por Dios para esas cosas y abiertos para lo infinito y bello, para contemplar al Rey y su iglesia, a sus ojos, en su hermosura. Amén.