sábado, 13 de abril de 2013

No hables más de eso


Deuteronomio 3:25,26
“Basta, no me hables más de esto”. 

Fue un no rotundo pero no arbitrario, mostrando la concordancia que existía entre su pecado y el propósito de Dios. Por este tiempo Moisés viviría 120 años, muy viejo para emprender la conquista de la tierra. Era de suponer que había vivido bastante, era un longevo y ya le tocaría morir.  Si Moisés pasaba a la tierra podría  ser más de estorbo que de ayuda y limitaría el liderazgo de Josué ante los ojos del pueblo (es una atrevida suposición).  Posiblemente, pienso, esa era la extensión de su vida, pero el Señor le dio un obstáculo espiritual para que continuara viviendo, recordándole que el pecado, por pequeño que sea, es el origen de la muerte. 

Moisés insistió en que el Señor cambiara su propósito con él, seguramente  porque no creía que era para tanto, sin embargo no se lo concedió. Y él no se lamentó, no leo que haya vivido con una terrible conciencia de culpa por causa de su pecado. Aceptó la decisión divina y se propuso  partir.  Aceptemos nuestros pecados y equivocaciones como parte del propósito divino, que si no hubiéramos pecado o no nos hubiéramos equivocado, el plan divino hubiera  continuado igual. No cambiamos nuestro rumbo, el Señor lo cambió, si no hubiéramos hecho tal y tal cosa, él hubiera proseguido con su propósito y hubiera hecho lo mismo con nuestra vida; pero lo permitió para bien, para que obtuviéramos una buena lección, amarguísima, de lo malo que hicimos. 

No debiéramos pasar toda la vida lamentándonos por algo que no salió bien y que debiéramos haberlo hecho mejor. Nuestros errores, sin disculparlos, también tienen su origen en la permisiva voluntad divina. No penetro demasiado en el estudio del misterio de la voluntad divina; y llego hasta ahí. Carguemos, con la ayuda del Señor, con los frutos que cosechan nuestras acciones y no hablemos más de eso. Si Dios no quiere que se le platique sobre el asunto, que ya es incambiable, tampoco es un punto de charla con los demás. Dios no se deja manejar por nosotros y no va a ser injusto porque se lo propongamos. “Todas las promesas en Cristo son en él sí” (2Co.1:20), pero no todas las oraciones son en él sí.