jueves, 11 de abril de 2013

Lucha para que los hombres se comporten como Cristo


Padre Nuestro. Primera parte.
Mateo 6:9-10  
Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. 10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

 Aquí hallamos lo que se ha llamado Oración Modelo, porque fue dada como una lección pedida por los propios apóstoles que querían estar seguros cómo se oraba de modo que la oración fuera escuchada sin impedimentos. Jesús incluyó en su oración los elementos agradables a la voluntad de Dios, los más importantes, para que ellos formando sus propias peticiones no olvidaran incluirlos. No es tan provechosa la repetición de esa oración como el estudio de su contenido.

Todo para que aprendieran sobre la calidad de las oraciones que hicieran, que mientras más se parecieran en contenido a ésta, mejores serían. No les enseñó sobre la longitud, eso lo enseñaban los fariseos. Cuando ores puedes llamar a Dios, Padre, un Padre Celestial, "Padre nuestro".  Cada parte de ella está relacionada con la siguiente y la siguiente con la que la precede; además de peticiones son bendiciones distribuidas de esa forma descendente, concedidas más por la obediencia que por las rogativas. Quiero decir que aquellas cosas que se pidan se hacen.

Por ejemplo si no se hace la voluntad de Dios no hay garantía que se reciba trabajo para obtener el pan de cada día. Si no se perdona a los que nos deben tampoco Dios nos perdona nuestros pecados. El Padre nuestro fue dado como una antítesis de la hipocresía farisaica, y la única forma de mostrar la sinceridad es por medio de la obediencia. Así Dios es glorificado, cuando hacemos su voluntad. Cantar en ciertas circunstancias, por ejemplo en la cárcel de Filipos con los pies y las manos atadas con cadenas, después de haber sido molidos a golpes, glorifica más a Dios que si se canta en el aposento alto, con 120 presentes y entre ellos la madre del Señor.

Aceptar que fue la voluntad de Dios echarle fuera el demonio a una esclava adivina y el odio de los dueños por la pérdida de dinero, no fue un error estratégico, el aceptar la voluntad de Dios y hacerla contentos. Eso es glorificar a Dios. Aceptar sus cambios, pérdidas lo mismo que ganancias, derrotas igual que éxitos, respuestas lo mismo que silencios, y negaciones. Dios se glorifica cuando hacemos nuestro deber y ése es siempre su voluntad.

Y para todo necesitamos la ayuda del Espíritu Santo. Dios sabe lo que quiere con nuestra vida mejor que nosotros mismos. Nadie alcanza a "comprender la obra de Dios de principio a fin" (Ecl.3:11). Nadie sabe el tiempo que durará una situación ni cuanto nos tomará ajustarnos a los nuevos cambios. Pidamos a Dios estar contentos cuando estemos haciendo su voluntad (Ro.12:2). Aunque ese texto se puede traducir agradable, también se puede decir aceptable porque siempre es perfecta, y debemos aceptarla como venga estemos contentos o no, porque esa actitud de como tomamos las cosas es lo que lo glorifica.

Nota que es para enseñar a hablar a los hijos de Dios. No es para los bastardos sino a los que les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, no a los nacidos de la carne sino del Espíritu y según la promesa. Por eso se puede hablar con Dios de modo familiar. No para repetir como un rezo los no convertidos. No es para ninguno que viva como esclavo del pecado en alma y cuerpo sino sólo aquellos que han recibido el Espíritu de libertad y han sido adoptados por su gracia por medio a la fe en su Hijo Jesucristo. Los hijos de Dios han recibido el Espíritu de obediencia y viven como vivía Jesús. Esos que son hijos de Dios y no del diablo y los que pueden utilizar tal designación. Jesús los enseñó a alzar los ojos al cielo y saber que su Padre es celestial y está por sobre todos (Efe. 4: 6); y es una designación sublime y elevada.

El que ora se compromete santificar el nombre de Dios. Y teniendo un Padre tan alto y el privilegio de llamarlo así, es lógico que tengan como máximo compromiso santificar su nombre en sus vidas y vivir de modo que el mundo reconozca que han estado con Jesús (Hch.4:13); y  ya lo sabes, si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno,  conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación (1Pe.1:17), de modo que si dicen toda clase de mal contra vosotros sea mintiendo,  y otros glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (5:16), y por los demás,  (1Pe.3:16),   teniendo buena conciencia,  para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores,  sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo; y el nombre de Dios no sea blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros (Ro.2:24). Cuando invocamos a nuestro Padre Celestial lo primero que hace es mirar si somos santos.

Los fariseos deshonraban continuamente el nombre de Dios, fingiendo la religión y dedicándose al pillaje, robándole el honor, orando en sitios públicos para ser alabados por los hombres; pero ahora los hijos de Dios debían glorificar ese nombre con actitudes santas. Fíjate que no dice "santificada sea mi vida", sin embargo es lo mismo pero de modo más sublime y teológico porque el fin de nuestra santificación no es nuestra fuerza espiritual sino la gloria de Dios. 

Cuando se dice santificado sea tu nombre, no se trata de que seas santo porque es un estilo de vida superior que escoges, ni por tu conveniencia cultural, ni por un prestigio social que adquieres, eres santo porque buscas la meta de la gloria de Dios. Ser santo es el más alto deber humano. Y es la razón primera para no meterte en tentación y lo pienses dos veces antes de ceder y quebrar tu vida íntegra, que no es lo que vas a perder y la miseria que se te echará encima, sino más que eso, el deshonor que traerás al nombre de tu Dios y el beneficio que le prestarás al reino de las tinieblas. Nos sentimos defraudados con nuestra santificación  cuando descubrimos que para rechazar una tentación insinuante del maligno necesitamos descubrir más la cara deformante del pecado, lo feo que es detrás de su máscara, y decepcionarnos por esa vía, cuando debiera ser suficiente fuerza para el alma la preservación del honor del nombre de Dios.

No es salvar un alma aquí y otra allá sino establecer el dominio de su reinado. El segundo lugar después de glorificar a Dios es el establecimiento del reino de Dios sobre la tierra, y eso es una petición inmensa, y menos tiene que ver con su segunda venida que con el avance de la salvación entre los hombres. Venga tu reino es una petición misionera y evangelística. Quiere que se ore por el avance de la obra, por el alargamiento de las iglesias, por el crecido número de convertidos en todas las regiones de la tierra. Esa oración no trata de la consumación de todas las cosas sino del progreso de sus iglesias entre todas las naciones. No está bien en pedir por el regreso de Cristo sin haber cumplido sus deseos de predicar el evangelio a todo el mundo. ¿Es que no pensamos en millones de almas muertas expuestas a la condenación? Y es más que aumentar un número es luchar porque los hombres se comporten como Cristo aquí en la tierra.

Fíjate que esa petición está muy bien colocada: después de la santificación de la iglesia. Cuando ya los mensajeros del reino glorifiquen el nombre del Señor en sus vidas, ya están listos para extender la obra de Cristo sin límites ni fronteras. No debe pasar a orar "venga tu reino" "Señor hazme un instrumento tuyo" "haz crecer tu obra" sin pedir “hazme mejor cristiano”, y sin que se haya orado "santificado sea tu nombre oh Dios".

La santificación de la iglesia y la gloria de Dios deben ser preocupación número uno y el evangelismo el dos. Ninguna iglesia está completa si se halla en una sola etapa, pero no debe pasar a la siguiente sin haber estado en la primera. Ese afán de agrandar la iglesia, la denominación, sin santificar el nombre del Señor, es necio. Las misiones carecen de sentido glorioso sin la santificación de los mensajeros y de las congregaciones que los sostienen. Dios bendiga la extensión de su obra en el mundo entero y nos ayude a la reforma, en doctrinas y vida, de su congregación primero.

Venga tu reino es una petición hecha a nuestro Rey. Una petición que debe hallarse siempre en nuestros labios y a la persona apropiada, Dios. Ninguno de nosotros puede hacer venir el reino. Es Dios, con el Espíritu y su Palabra. Dice "venga tu reino";  para que seamos enseñados que el poder, los impulsos, avance y gloria de su iglesia vienen de Dios. El reino de Cristo no es algo que creamos y por nosotros mismos construimos, sino que Dios nos lo da. En esta época de técnica y avance mecánico se suele imaginar que reino de Cristo se puede computarizar y fabricar humanamente, pero no es así, el reino viene de Dios por su Espíritu con la agencia humana santificada. Señor, sustituye los reinos del mundo por el tuyo. "Venga tu reino", implica una total dependencia de la acción del Señor, como si no hubiéramos hecho nada para lograrlo. El énfasis no es el trabajo humano sino la voluntad del Señor. Aun cuando hayamos laborado hasta el cansancio por alargar el reino, siervos inútiles somos, nos queda la espera, la expectativa de las operaciones de Dios.

Todo implica que los reinados deben conocer las leyes del reino y cumplirlas. Y por último nota que la esencia del reino y la manifestación de él tiene que ver con la obediencia a su voluntad como en el cielo así también en la tierra. Eso quiere decir que la iglesia tiene que tener un consistente programa de enseñanza doctrinal y ética. Ya sea que te halles sobre la tierra o en el cielo y eres ciudadano del reino de Dios, en cualquier sitio de su territorio debes respetar las leyes del reino de Dios porque cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños,  y así enseñe a los hombres,  muy pequeño será llamado en el reino de los cielos;  mas cualquiera que los haga y los enseñe,  éste será llamado grande en el reino de los cielos (5:19) y con eso él no sólo exige sino que ayuda para que sea hecho el querer como el hacer por su buena voluntad, porque no todo el que me dice:  Señor,  Señor,  entrará en el reino de los cielos,  sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (7: 21).  Después que ores por la venida del reino de Dios en el mundo, entonces ora para que puedas hacer su voluntad en tu vida. Un reino de creyentes desobedientes a Dios es un reino del demonio. ¿Sobre quién reina un rey si nadie le obedece? Santifica el nombre de Dios primero, ora por su reino y haz su voluntad.