martes, 23 de abril de 2013

Las entrañas y los pies

Levítico 1:9-13
“Pero las entrañas y las patas las lavará con agua, y el sacerdote lo ofrecerá todo, quemándolo sobre el altar; es holocausto, una ofrenda encendida de aroma agradable para el Señor”.

¿Hay dos sitios más inmundos que esos, nuestras entrañas y los pies? Sí, la mente carnal excede en impurezas a los intestinos y acumula más inmundicias. Pero las entrañas y las patas las lavará con agua, y el sacerdote lo ofrecerá todo, quemándolo sobre el altar; es holocausto, una ofrenda encendida de aroma agradable para el Señor”. ¿Las entrañas y las patas? ¿El Señor quiere eso? ¿No tiene suficiente con las partes más honorables y limpias? Digamos las mejillas, la barbilla, los brazos. Con todo, si las entrañas y los pies eran bien lavados, podrían ofrecerse sobre el santo altar de Dios y él recibir con agrado la ofrenda. Claro, había que lavarlas bien, restregar entre los dedos, limpiar las uñas, lavar las plantas, sacar la mugre y dejarlas puras, como nuevas, recién hechas.  

Dejando los animales a un lado y pensando en nosotros. Esto tiene una aplicación espiritual. ¿No ha limpiado él con su Espíritu y la Palabra nuestras entrañas para que amemos con entrañable misericordia?, con las partes más profundas de nuestra vida, como si los intestinos fueran el corazón y la conciencia misma (Luc.1:78; Flp.2:1; Col.3:12). Lávanos, Señor, el corazón y los pies, donde nos metemos, sobre todo cuando vamos al templo a orar. Con significado era aquella costumbre judía de lavarle los pies a la gente, en casa. Si muchos de nosotros como gentiles no practicamos eso, sí desearíamos que el Señor, como dijo Pedro, nos lavara los pies, pero con su Espíritu y la Palabra, y las manos, y sobre todo la cabeza, pero por dentro (Jn.13:9,10). Moisés sabía lo que Dios quería, entrañas y pies limpios.