martes, 12 de marzo de 2013

Suelten las piedras y denles una mano

Juan 8:1-11
Decían esto, probándole, para tener de qué acusarle. Pero Jesús se inclinó y con el dedo escribía en la tierra”.  

El meollo de este texto no es declarar que Jesús sabía escribir, como insensatamente alguien ha pensado, ni siquiera tampoco condonar el pecado aquí relatado, ni aún lo más sobresaliente que es descubrir la hipocresía de aquellos hombres que condenaban a sus semejantes como si ellos no tuvieran nada de qué arrepentirse. El propósito del Espíritu, aunque no fuera el de Juan, es presentar a Jesús como ejemplo de suprema misericordia. El texto claramente se nota que está fuera de lugar y no se puede exponer en relación con el contexto. Algunos lo consideran espurio por no hallarse entre los manuscritos griegos más antiguos. Nadie debe derivar de esta historia que el pecado expuesto no debe ser juzgado por la iglesia y que actos como éste deben pasarse por alto puesto que nadie está libre de algún otro pecado. 

La iglesia sí debe tratar este asunto pero con los deseos de Jesús, con misericordia y por medio de un proceso de recuperación. En primer lugar ella es traída  para tentar al Señor y acusarlo de oponerse a la ley de Moisés. No es para que contradiga su práctica de misericordia y perdón sino para que por medio de ella incurra en un conflicto legal con el Sanedrín. De antemano sabían que no la iba a condenar y por eso la trajeron, pero lo que no sabían era que la habría de perdonar sin incurrir en un delito. Prácticamente les dijo: “Sí, condénenla, los que estén limpios de pecados”.  E inmediatamente iluminó sus conciencias con sus palabras y llenos de reproches contra sí mismos se fueron uno a uno retirando. Se vieron descubiertos. Así Jesús continuó predicando la misericordia, desenmascarando a los hipócritas y evadió la prisión. Jesús no dijo que era inocente pero no la condenó. 

La ley de Moisés  siempre da al hombre lo que se merece y la misericordia lo que no se merece. Señor, guárdanos de un pecado así, ayúdanos a darle una oportunidad para que se levanten los que han pecado, y no pequen más. ¿No les daremos una oportunidad para reformarse? Les propuso que no le tiraran piedras sino le dieran una mano.