miércoles, 6 de marzo de 2013

Grandes cristianos, hechos a martillazos


Éxodo 37:7
“Hizo igualmente dos querubines de oro; los hizo labrados a martillo, en los dos extremos del propiciatorio”.

Parece un buen símil de la santificación de los creyentes en Cristo. Como los querubines que estaban sobre el arca del pacto fueron labrados a martillazos, así hay creyentes, comúnmente muy santos, quienes a las aflicciones o golpes de la vida, pueden agradecer la forma que tienen, tan virtuosa, dedicada y emblemática. Si no fuera por la multitud de golpes que les han dado no serían lo que hoy son, como ángeles de Dios, apartados del mal y semejantes a su Señor, aquel varón de dolores, experimentado en quebrantos.

¿Por qué has de tomar tus aflicciones y sinsabores como mala intención de la providencia? Si no fuera por el cruel martillo, la forma, tan semejante a Jesús que hoy tienes, no la tuvieras. ¿No has querido ser transformado de gloria en gloria conforme a la imagen de su Hijo? Pues Dios te ha concedido esos deseos permitiendo que el martillo caiga sobre ti una y otra vez, sobre los pies hasta que queden formados y firmes como los de un varón del cielo, sobre tu corazón para que lata al ritmo de Dios y no de la época, preparado para recibir y aguantar adversidades; y hasta sobre el rostro también han llegado los firmes golpes, desde donde ahora brilla la gloria del Señor y la hermosura de su santidad, forjados con vergüenza y honor.

Cuando Aarón hizo su idolátrico becerro de oro, dijo él que echó el oro y salió el animal (excusa), también usó el doloroso buril (32:4), pero cuando el Señor ordenó aquellos dos querubines no fue así, sino que por medio de golpes se propuso que los esculpieran. No fue un vaciado momentáneo, no fue un molde prefabricado. Nada de eso. La forma estaba en la mente y en el pensamiento de quienes los hacían.

Cuando el Señor quiere hacer un creyente muy singular, nadie conoce lo que hay en sus pensamientos, son cosas que Dios tiene reservadas para sí, y le da forma, casi siempre con contratiempos, según corre el curso de su vida. No quedaría, quizás tan pareja y perfecta como si hubiese usado un molde ajeno, pero Dios no ha querido eso, una reproducción de otro santo, una réplica humana, sino uno propio, según su gusto, a su forma, no perfecto, si se juzga por las leyes del arte de los hombres pero para el Señor es suficiente conocer que se ha hecho conforme lo mandó, según la apariencia del cielo y no la de la tierra.