martes, 5 de marzo de 2013

Morir en la iglesia que más se ha amado


Éxodo 32:34
“Pero ahora ve, conduce al pueblo adonde te he dicho. He aquí, mi ángel irá delante de ti; mas el día que yo los visite, los castigaré por su pecado”.

 Quiso decirle, “no me pidas que no los castigue cuando tengo que hacerlo. Lo que más puedo hacer por tu oración es un aplazamiento o sea diferir el castigo, y porque me lo has pedido, posponerlo para otras fechas”. En otras palabras, como si le hubiera dicho, continúa con tu ministerio, sigue adelante con tu vocación y cumple tu comisión, porque irrevocable son mis dones y mi llamamiento. Eso es lo que quería aquel varón manso, más manso que ninguno, que Dios fuera posponiendo el castigo que su pueblo se había buscado, que lo alejara de su ministerio, que lo hiciera al menos, cuando ya él no estuviera vivo. Y así Dios lo hizo y el mal vino sobre ellos pero de modo distinto y paulatinamente, cuando ya su fiel líder estaba lejos. Si hubiera vivido más o se hubiera marchado, se habría enterado de lo que le pasaba a su muy amada congregación. Pero no vivió para verlo ni oírlo.


Lo que no permitió aquel ministro fue que la iglesia lo detuviera. Siguió con ellos, mirando hacia delante donde iba el ángel, que era lo mismo que mirando a Dios, avanzando detrás de una columna de fuego en sus muy oscuras noches, y en los días nublados y difíciles continuaba caminando como director de todos, sin parar, cubierto por una milagrosa nube. Todo eso le quiso decir con que prosiguiera con el llamamiento, hasta que él le dijera “basta ya”, y eso nunca se lo dijo sino “sube acá”, y cuando Moisés ya había dicho, escrito y hecho todo lo que Dios quería, subió al monte Nebo y allí murió, y antes vio de lejos todo lo que  hubiera querido ver de cerca, el éxito de Jehová y el de su servicio por cuarenta larguísimos años. 

Entonces Dios tomó el anciano cadáver en brazos, llamó como custodio al arcángel Miguel a quien encargó que el diablo no lo fuera a usar con fines idolátricos (Deu.34:1-6; Judas v.9). Moisés tuvo esa dicha, morir en la congregación que más había amado, descansando sin pleitesías póstumas.  Lo último que sabemos de él es que estando en la gloria bajó en una visión, al monte de la transfiguración, no para ver su amada iglesia sino para conocer cómo irían los acontecimientos de la crucifixión (Luc.9:29-31) No hay monumento ni placa que diga “en paz descanse”. Su obra sin él siguió.