lunes, 2 de junio de 2014

El pecado es el que convierte a uno en gusano, no la opinión de otros

Salmo 22:6-8 
Mas yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. Todos los que me ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: se encomendó a Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía".  

“Gusano soy y no hombre”. Esto diría David: “ojalá estuviera con mejor ánimo pero no puedo, la gente se ríe de mí y me dice que mi vida cristiana no me ha servido, me consideran como un gusano. Ese no es mi concepto dentro de la gracia de Dios, porque el que se deleita en Dios como ellos reconocen que yo lo hago, no se siente tan bajo sino un privilegiado hijo, predestinado, llamado, justificado, glorificado. El amor que Dios me tiene me hace sentir que tengo para él valor. Por más que ellos quieran que yo me considere un gusano se equivocan, esa es la opinión de ellos sobre mí y no la que yo tengo. A Saúl le pregunté por qué perseguía a un “perro muerto o a una pulga” pero no que yo crea que lo soy (1 Sa. 24:14). El pecado es el que me hace sentir que soy un gusano porque convierte a los hombres en gusanos, pero no a mí, si hago la voluntad de Dios. Así ven los impíos a mi nación y comentan que somos “gusano de Jacob”, quizás porque somos pequeños (Isa. 41:14). Ya he dicho que reconocen que en Dios me deleito, y me tienen envidia porque no pueden, no les late el corazón por Jesucristo, como a mí”.
No te sientas gusano, ni diablo, sino elegido y privilegiado.